La Ermita. Rito hispano-mozárabe

ORACIONES Y TIEMPOS LITÚRGICOS HISPANO-MOZÁRABES

Oraciones hispano-mozárabes Pascua. Comentario a las lecturas de la octava pascual mozárabe

 

Pascua

COMENTARIO A LAS LECTURAS
DE LA OCTAVA PASCUAL MOZÁRABE
*

ADOLFO V. IVORRA ROBLA

"Resurrección de Cristo". Mariano Salvador Maella y Jerónimo Antonio Gil. Breviarium Gothicum, f. 368. Madrid 1775

ÍNDICE
Domingo en la alegría de la Pascua.
Lunes de Pascua.
Martes de Pascua,
cuando los bautizados dejan las albas
.
Miércoles de Pascua.
Jueves de Pascua.
Viernes de Pascua.
Sábado de Pascua antes de la Octava.
Domingo en la Octava de Pascua.

El tiempo pascual hispano-mozárabe ha sido estudiado antes de la renovación del misal en tres libros fundamentales: Festum Resurrectionis de J. Gibert 1, Victoria de Cristo sobre la muerte en los textos eucarísticos de la octava pascual hispánica de E. Aliaga 2, y El tiempo pascual en la Liturgia Hispánica de P. Martínez 3. Para el misal renovado no encontramos todavía estudios específicos.

Con la Pascua encontramos una nueva característica del rito hispano: la lectura del Apocalipsis como lectura profética. El libro del Apocalipsis no fue acogido de la misma manera por todas las comunidades cristianas, y algunas lo consideraron como no inspirado 4. De este modo, lo que aparece como profecía del futuro apunta a Cristo como realización plena. Los evangelios de la octava giran en torno a la resurrección de Cristo y su aparición a María Magdalena y a los discípulos. También encontramos otros hechos postpascuales y el primado de Pedro. Los domingos vuelven sobre las curaciones y la resurrección de la hija de Jairo (V domingo, Año I). Todos estos hechos deben ser leídos desde la experiencia de la resurrección: con estos signos Cristo hacía presente el Reino, que tiene en la resurrección su consolidación. Sin embargo, algunos evangelios nos presentan temas de especial importancia para la comunidad cristiana, como lo es el mandamiento nuevo (IV y V domingo, Año II), la dimensión trinitaria de Dios (IV domingo, Año II), la importancia de la fe ante la ausencia física de Cristo (VI domingo, Año II) 5. En el VI domingo, Año I, se lee la vocación de Mateo según Marcos, como modo de implicar personalmente al creyente en ese seguimiento de Cristo. De este modo, no solo se relee la vita Christi desde la Pascua y se dan los elementos principales de la fe cristiana, sino que también se invita al bautizado a seguir a Cristo como lo hicieron sus discípulos.

El VII domingo nos presenta la aparición a los once y la Ascensión, mostrando cómo este domingo estuvo siempre vinculado a esta solemnidad. Además del tema propio de la Ascensión, ese día se lee en el Año I la acción del Espíritu Santo, preparando así a los fieles para Pentecostés. De este modo, los misterios de la Ascensión y Pentecostés aparecen relacionados. En las ferias antes de Pentecostés se deja de leer el libro del Apocalipsis, por lo que se puede considerar esta solemnidad como un reinicio solemne del tiempo Cotidiano. Esto se pone de manifiesto el viernes cuando se lee la segunda multiplicación de los panes y el sábado (Año I), y cuando se habla de la revelación a Nicodemo, temas que se pueden leer en clave pascual pero que se asemejan más a los que encontraremos en Cotidiano. Pentecostés recupera en el Año I la lectura del Apocalipsis, escogiendo el último capítulo, dando así un sentido escatológico al final de este tiempo. En esta línea hay que recordar la costumbre de orar por los difuntos el día después de Pentecostés 6.

DOMINGO EN LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

Año I:
Profecía: Ap 1,1-8
Psallendum: Sal 117,16.24
Apóstol: Hch 2,29-39
Evangelio: Lc 3,1-18
Laudes: Sal 110,9

Con este primer domingo de Pascua se inicia la lectura del libro del Apocalipsis. ¿Por qué? La respuesta la tenemos en la lectura de hoy: Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía. Por tanto, la lectura del último libro de la Sagrada Escritura puede ser utilizada como lectura profética y así sucede en nuestro rito. El comienzo del libro del Apocalipsis tiene también un sentido pascual, pues se habla de Cristo, el Primogénito de entre los muertos, por quien hemos sido redimidos en su sangre. En Él se cumplen las profecías veterotestamentarias y se da verdadero cumplimiento a la Alianza del Éxodo 7: Nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Este sacerdocio común es ensalzado en este tiempo, especialmente en estos tres días en los que los catecúmenos todavía portan sus albas.8

Esta importancia dada al sacerdocio común de todos los fieles tiene mucho que ver con el evangelio. María Magdalena es la primera en ir al sepulcro y es la primera en informar de la desaparición del cuerpo de Cristo. Pero es también la que anuncia la resurrección («María Magdalena fue y anunció a los discípulos "He visto al Señor y ha dicho esto"»). Dos grandes personajes, Pedro y Juan, solo pudieron creer por los signos de la resurrección: el sepulcro vacío y las vendas y el sudario. Muy en la línea de lo que es la Liturgia de la palabra, la falta de fe que tenían antes de este suceso se debe a una falta de comprensión de las Escrituras: «Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». El canto de laudes da la interpretación eclesial al pasaje evangélico («Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza»).

Pero no sólo se trata del cumplimiento de las profecías y teologías judías antiguas. Jesucristo posee ahora una nueva vida con un cuerpo glorioso. El libro del Apocalipsis ya alude a su nueva condición, referida como era de esperar en las Escrituras («Él viene en las nubes... Todo ojo lo verá, también los que lo atravesaron»). Esta condición nueva de Jesús estaba aludida en la estirpe de David, de la que desciende Jesús por san José. Nos dice el apóstol de hoy: «El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos». ¿Cómo comprender que Dios prometía la incorruptibilidad a David y éste muere? Porque se refería al Mesías. Pero además de su resurrección estaba su exaltación, misterio que también celebramos en el tiempo pascual («David no ha subido al cielo, y, sin embargo, dice: Dijo el Señor a mi Señor Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies»). La ascensión de Cristo, su exaltación a la derecha del Padre, también estaba aludida en los salmos.

El reconocimiento de Jesús como el Cristo también implica otros signos de adhesión. Los judíos que escuchaban a Pedro le preguntan qué se ha de hacer. La respuesta en este tiempo pascual no podía ser mejor para los nuevos bautizados: «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo». Ellos se han convertido y han sido bautizados, además de recibir por el crisma el don del Espíritu Santo.

Año II:
Profecía: Ap 1,9-18
Psallendum: Sal 138,18.1s
Apóstol: 1Cor 15,1-11.20-22
Evangelio: Lc 24,1-12
Laudes: Mt 28,6-7

Este domingo nos encontramos con el sepulcro vacío según la versión del evangelio de Lucas. En él, no sólo María Magdalena es de las primeras en conocer la resurrección de Cristo, sino también otras mujeres: Juana y María, la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Este domingo, sin embargo, no gira sobre el sacerdocio común sino sobre la resurrección misma de Cristo. Nuevamente, el libro del Apocalipsis nos sirve para comprender mejor este misterio de la carne del Señor «Yo soy el primero y el último yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno». Cristo es el primero, pues es el Hijo eterno pero también porque fue el primero que resucitó. Otros personajes del Antiguo Testamento no se dice que resucitaran, sino que fueron llevados a la presencia de Dios (Enoc, Elías...). Y es el último porque en Él se recapitulan todas las cosas. Con Él comienza la nueva creación, la nueva Jerusalén de la que el libro del Apocalipsis hará el centro de su discurso. Él vive eternamente y tiene las llaves de la muerte y del infierno. No nos debe extrañar, por lo tanto, que tal poderío se conjugue con la omnisciencia que cantamos en el psallendum («Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto»). El viejo adagio patrístico que viene a decir que lo que fue asumido en la encamación fue lo redimido -y lo que no se asumió no se redimió-, nos indica que tanto la muerte como nuestra propia interioridad son aspectos de nuestra humanidad que fueron asumidos por Cristo.

En el evangelio de Juan del domingo del Año I, la destinataria era María Magdalena, en el actual de Lucas son varias mujeres. En la lectura apostólica de hoy se habla de muchas más apariciones pero se omite la aparición primera. La presentación de san Pablo se puede decir que es jerárquica: Pedro, más tarde a los doce, quinientos hermanos... pero luego se salta este orden y menciona a Santiago y finalmente al mismo Pablo. La omisión de san Pablo, de las mujeres y la importancia dada al colegio apostólico se debe a que en esta lectura a los Corintios el Apóstol quiere resaltar su carácter de apóstol: «Porque yo soy el menor de los Apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo». En definitiva, la misión encomendada por Cristo resucitado no se reduce a los Doce o a los primeros discípulos/as, sino que también llega a cada uno de nosotros que, como san Pablo, debemos predicar a Cristo resucitado hasta los confines del orbe. De ahí lo que cantamos en el laudes: «El Señor ha resucitado, como tenía dicho, irá delante de vosotros a Galilea».

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LUNES DE PASCUA

Profecía: Ap 2,1-7
Psallendum: Sal 146,1.5
Apóstol: Hch 1,15-26
Evangelio: Mc 16,9-20
Laudes: Sal 117,24

La profecía y el apóstol de hoy mantienen una estrecha relación. De hecho, no se comprende la lectura del Apocalipsis si no es a la luz de las palabras de san Pedro. Con la muerte de Judas los Doce han quedado reducidos a Once. Con este último título se refiere a ellos el evangelio de Marcos de hoy. Pedro reconoce que Judas era uno del grupo de Jesús. Por eso son apropiadas las palabras del Apocalipsis de hoy: «...pusiste a prueba a los que se llamaban apóstoles sin serlo y descubriste que eran unos embusteros». Pedro incluso comprende la traición de Judas dentro de la vertiente profética de los textos bíblicos («... tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús». ¿En qué se alude a Judas? En su muerte: «Porque en el libro de los Salmos está escrito: que su morada quede desierta y que nadie habite en ella». La versión petrina de la muerte de Judas difiere de la que encontramos en los evangelios. Despeñado en vez de ahorcado, la figura de Judas era, sin embargo, necesaria, pues los Doce apóstoles constituían la renovación de las doce tribus del Israel exílico. La elección de Matías se logra por el Espíritu Santo. No obstante, había un requisito: «Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión». Debe haber compartido la misión pública de Jesús, que se inicia solemnemente con su bautismo en el Jordán, y que culmina con la Ascensión. La alusión a este último misterio terreno encaja perfectamente en este tiempo pascual y marca el comienzo de la misión apostólica, tal y como nos lo transmite el evangelio de hoy: «El Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban».

Pero la fe en el Resucitado no consiste tan solo en una interpretación de las Escrituras. Incluso ante signos de su resurrección los apóstoles se mostraron reacios a creer. María Magdalena, que Marcos nos dice que estuvo poseída por siete demonios, y los otros dos compañeros -¿los de Emaús?- vieron signos y descubrieron por sí mismos que estaba vivo el que había muerto («Por eso se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado». Además de ser testigos del Resucitado otros signos les acompañaron a ellos mismos. Como cuando Él estaba con ellos (cf. Lc 10.17) expulsan demonios, hablarán lenguas (cf. Hch 2,7s), no morirán por el veneno de las serpientes 9, etc. El bautismo queda nuevamente aludido como medio para alcanzar la salvación, como signo externo ineludible de la conversión («El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado»).

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MARTES DE PASCUA, CUANDO LOS BAUTIZADOS DEJAN LAS ALBAS

Profecía: Ap 2,8-11
Psallendum: Sal 3,6-7
Apóstol: Hch 2,42-47
Evangelio: Lc 24,13-35
Laudes: Sal 99,2

Hoy los catecúmenos dejan sus vestiduras blancas, con las que han participado en las celebraciones litúrgicas desde la Vigilia Pascual. Como los primeros cristianos, los neófitos pueden experimentar el rechazo de los demás por la valentía de su confesión. A los primeros cristianos se dirige «El que estuvo muerto y volvió a la vida, el que conoce también cómo... calumnian esos que se llaman judíos y no son más que sinagoga de Satanás». Ante las dificultades en confesar la resurrección de Cristo y vivir cristianamente, la lectura del Apocalipsis nos exhorta a la fidelidad hasta el final («Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida... El que salga vencedor no será víctima de la muerte segunda»). La primera muerte, castigo propio de la desobediencia de Adán, nuestro primer padre, es para el cristiano la forma de culminar lo que ya ha acontecido en el bautismo: como Cristo, deben participar en su muerte para poder ser partícipes de su resurrección. Para los cristianos la muerte no es un obstáculo sino una puerta. Por eso la tradición litúrgica, inspirándose también en la primigenia bíblica, concibe la muerte como sueño. De ahí que en el psallendum digamos «me acuesto y me duermo, y me despierto, porque el Señor me sostiene».

También se invita hoy a huir de la dispersión, a ser constantes en expresar nuestra fe. Los discípulos de Emaús caminaban desconsolados. Como en estos días, el encuentro con Cristo resucitado les hace caer en la cuenta de que no habían leído correctamente las Escrituras. «Entonces Jesús les dijo: "¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?" Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura». Como en la liturgia de la misa, a la exégesis verdadera de la Escritura sigue la fracción del pan. Y es en esa fracción donde nos damos cuenta de cómo la Escritura realmente nos muestra a Cristo: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»). Por tanto, la celebración eucarística será para los nuevos cristianos el necesario punto de encuentro con Cristo en esta vida, y por la muerte, la consumación de su bautismo en el misterio pascual de Cristo.

Al hacer esto, los nuevos bautizados imitan a los primeros cristianos («que eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones») como nos dice el apóstol de hoy. Ellos «a diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón».

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MIÉRCOLES DE PASCUA

Profecía: Ap 2,12-17
Psallendum: Sal 113,1.11
Apóstol: Hch 3,1 -9
Evangelio: Lc 24,36-46
Laudes: Sal 76,14-15 [Sal 76,14b-15a]

La Liturgia de la palabra de hoy nos trae varios elementos dispares. Los cantos psallendum y laudes, secundando de alguna manera el evangelio, afirman la omnipotencia de Dios: «hizo todo lo que quiso; haces maravillas». Sin duda la resurrección de Cristo es obra de la omnipotencia divina, y así se ha de manifestar en la octava de Pascua. Sin embargo profecía y apóstol desarrollan temas independientes. La profecía del libro del Apocalipsis continúa la lectura continua de este libro presentándonos las palabras del ángel a la iglesia de Pérgamo (noroeste de la actual Turquía), donde somos testigos de la idolatría de la época. Como lo harán los escritos patrísticos posteriores, el culto a dioses falsos se asocia con los ángeles caídos («Sé dónde habitas, donde Satanás tiene su trono». No es desacertado tocar el tema del culto al Dios vivo y verdadero después del bautismo. Pero en esta lectura se nos alude también a la eucaristía: «Al que salga vencedor le daré maná escondido». Es como una alusión al viático o, quizás, a la vida eterna como convite. El rechazo a los cultos idolátricos y la esperanza en la Cena del Cordero tienen su eco en el salmo 113, donde se interpreta este texto como un éxodo («Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob abandonó un pueblo extranjero»).

El apóstol de hoy, tomado de los Hechos de los Apóstoles -como en toda la Pascua, menos el VII Domingo de Pascua y el Sábado antes de Pentecostés-, nos presenta la continuidad de los apóstoles en la oración oficial del pueblo judío. Aunque la curación del lisiado pudiera presentar una lógica discrepancia cronológica con el evangelio -misión en el apóstol e incredulidad en el evangelio-, en realidad se muestra cómo los apóstoles siguen unidos a la Sinagoga, sin percatarse de que la continuidad es imposible. Aunque ellos no lo vivan como ruptura, pues la resurrección de Cristo y su mismo mensaje están en continuidad con la tradición veterotestamentaria, lo cierto es que el rechazo a Cristo por los dirigentes del pueblo marcó el camino de la salvación futura. En este sentido, el vivir como si esto no hubiera pasado -Pedro y Juan que suben al templo que será poco después destruido por los romanos- es visto por la Liturgia de la palabra de hoy como una especie de de incredulidad: por eso el evangelio insiste nuevamente -como en estos dias- en la correcta interpretación de la Escritura frente a Cristo resucitado. La ruminatio de la ley y los profetas hará que los primeros cristianos no sólo vean profetizada en ellos la resurrección de Cristo, sino también la separación de Israel del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.

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JUEVES DE PASCUA

Profecía: Ap 2,18-29
Psallendum: Sal 28,3.11
Apóstol: Hch 3,12-19
Evangelio: Lc 24,46-53
Laudes: Sal 103,10

El evangelio de hoy presenta la parte final de la aparición a los discípulos en el Cenáculo y la Ascensión del Señor en Betania. «Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo». Aunque estos días de la Octava son como un solo día, este jueves alude ya al jueves de la Ascensión, que en el rito hispano cae siempre en jueves, nunca en domingo. Como sabemos, hay disputas entre los exégetas sobre la cronología entre resurrección y ascensión. Sin embargo, está claro que ambos eventos están íntimamente vinculados.

Con respecto a la correcta interpretación de las Escrituras sobre Jesús resucitado, el turno esta vez es para el apóstol, donde Pedro dice: «Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer». La muerte de Cristo tampoco queda olvidada. Junto con la resurrección y la ascensión, la crucifixión forma parte de un mismo evento, del misterio pascual. Y es en ese misterio de la carne del Señor en el que los catecúmenos se han insertado. De ahí las alusiones bautismales de los cantos de hoy: «La voz del Señor sobre las aguas- el Señor sobre las aguas torrenciales [psallendum]; de los manantiales salen los ríos para que fluyan entre los montes [laudes]». Además del signo del agua, el apóstol con su exhortación expone un efecto del bautismo, el perdón de los pecados.

La continuación del Apocalipsis sigue en la línea de ayer, aunque esta vez se trata de la iglesia de Tiatira (actual ciudad de Akhisar, en Turquía). Nuevamente se nos habla de idolatría, de banquetes idolátricos. Como ayer, estos cultos son considerados diabólicos: «Ahora me dirijo a vosotros, los demás de Tiatira que no profesáis esa doctrina ni habéis experimentado lo que ellos llaman las profundidades de Satanás».

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VIERNES DE PASCUA

Profecía: Ap 3,1-6
Psallendum: Sal 113,20s
Apóstol: Hch 3,19-26
Evangelio: Jn 21,1-14
Laudes: Sal 105,4

El evangelio nos presenta otra aparición del Resucitado, la pesca milagrosa. Para mostrar que vive, come como sus discípulos. Además de Juan, es central la figura de Pedro. Mañana el evangelio versará sobre él. Aquí se trata de ir preparando la importancia de Pedro en la Iglesia primitiva y en la universal actual. Y esto se hace uniendo a Cristo resucitado y a Pedro. Este pesca según las órdenes del Señor, y así lo deberán hacer sus sucesores a través de los tiempos. Como a esos discípulos pescadores, nosotros también queremos tener cerca al Señor, por lo que cantamos en el laudes: «visítame con tu salvación».

La correcta hermenéutica vuelve a aparecer también hoy en el apóstol: Abrahán. Moisés, Samuel y los demás profetas dieron testimonio anticipado de Cristo resucitado y exaltado: «Aunque tiene que quedarse en el cielo hasta la restauración universal que Dios anunció por boca de los santos profetas antiguos». Aunque coma con sus discípulos, Jesucristo tiene un nuevo status a la diestra del Padre. Aunque algunos se referían a él como profeta, su lugar está en la gloria de Dios. Toda la historia de la salvación tiene su culminación en Cristo exaltado, esto es, en el Intercesor ante el Padre, el verdadero Pontífice.

Sin embargo, todavía encontramos alusiones al bautismo propias de estos días. De hecho, la lectura del Apocalipsis de hoy bien podría ser la del martes, pues se habla de las vestiduras blancas: «El que salga vencedor se vestirá todo de blanco, y no borraré su nombre del libro de la vida, pues ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre». Las albas blancas de los catecúmenos son las vestiduras de los redimidos, pues ya en el bautismo participan de la salvación de Cristo. En las palabras a la iglesia de Sardes encontramos también una recomendación a los neófitos: «Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi palabra: guárdala y arrepiéntete».

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SÁBADO DE PASCUA ANTES DE LA OCTAVA

Profecía: Ap 3,14-22
Psallendum: Sal 103,24
Apóstol: Hch 10,25-43
Evangelio: Jn 21,15-19a
Laudes: Sof 3,8

El protagonista principal de hoy es el apóstol Pedro. El evangelio nos habla de su primado, cuando Jesús le pregunta tres veces por su amor hacia él, diciéndole: «Apacienta mis ovejas». El elemento petrino en esta Octava quiere expresar que el primado del papa no es algo contingente o accesorio en la formación del nuevo bautizado, sino que tiene que ser tenido en cuenta en toda su amplitud. No nos es desconocida la disputa entre Pedro y Pablo sobre si las prácticas judías son necesarias para los no judíos que abrazan el cristianismo. Aquí, sin embargo, se nos presenta al Pedro que evangeliza también a los gentiles: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea». La acogida de Cornelio es un ejemplo elocuente de la solicitud de Pedro por el Reino de Dios. Hoy como ayer, el obispo de Roma debe ser solícito no solo con su grey romana sino con toda la cristiandad. El mensaje del primer papa no es otro que el misterio pascual de Cristo, entendido en un sentido más amplio del habitual: desde el comienzo de su ministerio público hasta su Ascensión. Como su Señor, Pedro también «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Y como el discípulo no es más que el maestro, también él debe morir por causa del Reino: son las palabras que le refiere Cristo en el evangelio de Juan de hoy: «'Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras". Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios».

La profecía de hoy recoge las palabras de Jesucristo al ángel de la iglesia de Laodicea (cerca de Denizli, en la actual Turquía), donde también se da una lección a los nuevos cristianos: no ser tibios. «Conozco tu manera de obrar y no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; pero como estás tibio y no eres frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca». Una tentación constante de nuestra época es ser políticamente correcto. El mismo san Pedro cayó en esta tentación, y bien le valió la réplica de san Pablo. Después de esto, se decidió a no actuar según lo conveniente, según los hombres, sino según Dios. Esta lectura parece así destinada a aquellos cristianos que tienen o pueden tener una labor de liderazgo: «A los vencedores los sentaré en mi trono». Sólo el trono de Dios es el verdadero trono. No obstante, no hay que olvidar una posible alusión eucarística o simplemente de comunión: «Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos».

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DOMINGO EN LA OCTAVA DE PASCUA

Año I:
Profecía: Ap 5,1-13
Psallendum: Sal 8,2s
Apóstol: Hch 13,26-39
Evangelio: Jn 20.19-31
Laudes: Lc 24,36 [Cf. Lc 24,36.38.39]

Como en otros días, el apóstol de hoy pone en boca de Pablo que Jesucristo es la plenitud de la Revelación acontecida en el Antiguo Testamento. La salvación de Cristo es enviada no solo a los judíos sino también al resto de los hombres: «Descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios; a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación». Este mensaje ya lo hemos escuchado también esta semana de ta boca de Pedro. Aquí las perícopas seleccionadas se centran en el misterio pascual como objeto fundamental de la Revelación. Como Pedro, Pablo también interpreta la Escritura, descubriendo cómo profetizaba de forma velada la resurrección del Señor: «Así está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado asi: Os cumpliré la promesa que aseguré a David, por eso dice en otro lugar No dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Pero David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres y se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó, no se corrompió».

El evangelio de hoy es el mismo para el Año I y II. Si en el domingo de Pascua nos encontrábamos con el sepulcro vacío, ahora se nos presenta la primera aparición de Jesús a sus discípulos. El canto de laudes, que está tomado del evangelio de Lucas, sintetiza a modo de título -como lo hace este recurso en el Leccionario romano- el evangelio de Juan que se ha proclamado. Dos aspectos son fundamentales de este evangelio («Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»). Este envío de los apóstoles se nos hace también hoy a nosotros, que finalizada la Octava debemos ir y dar testimonio de Cristo resucitado a todas las naciones. El otro aspecto es la conocida incredulidad de Tomás. Frente a la incredulidad, son irresistibles las palabras de Jesús: «Dichosos los que crean sin haber visto». Salvo raras excepciones en la historia de la Iglesia, estamos llamados a creer en Cristo sin verle. Este mensaje fue de especial importancia para la segunda generación cristiana postapostólica.

La profecía nos dispone con un tono doxológico a recibir también nosotros a Cristo resucitado, que se nos presenta como «un Cordero en pie, como el león de la tribu de Judá». Este sintagma aplicado a Cristo nos es familiar en nuestro rito. En el tiempo pascual el canto para la fracción del pan es precisamente este:

Venció el león de la tribu de Judá,
la raíz de David, aleluya.

Año II:
Profecía: Ap 7,2-12
Psallendum: Sal 71,18s; 105,48
Apóstol: Hch 8,26-40
Evangelio: Jn 20,19-31
Laudes: Lc 24,36 [Cf. Lc 24,36.38.39]

El evangelio de hoy es el mismo para el Año I y II.

Tanto en la profecía como en el apóstol descubrimos la importancia de la misión de los ángeles: «Vi después a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo [Apocalipsis]; el ángel del Señor le dijo a Felipe... [Hechos de los Apóstoles]». La labor angélica en los inicios de la Iglesia, lo mismo que en el resto de la historia de la salvación, no está reñida con la intervención directa de Dios («El Espíritu dijo a Felipe»). El episodio de Felipe vuelve sobre la correcta interpretación de la Escritura, específicamente el libro de Isaías. Y esta interpretación acertada, unida al anuncio de Cristo, lleva a la conversión bautismal. Este pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles cierra la intensa connotación bautismal y mistagógica de esta Octava pascual: «¿Qué dificultad hay en que me bautice? ...Creo que Jesús es el Hijo de Dios». La lectura del libro del Apocalipsis de hoy, cuando dice que hay que marcar «en la frente a los siervos de nuestro Dios», da el colofón a esta connotación bautismal de la que estamos hablando: «La señal de vida eterna que entregó Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, su Hijo, a los que creen en la salvación» se dice a los catecúmenos cuando son confirmados (crismados).

Como era de esperar, también hoy se habla de la universalidad de la salvación en la lectura profética: «Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos». Al bautismo, y por tanto a la salvación, son llamados todos los hombres y mujeres del mundo.


Notas:
* Publicado en:
Liturgia y espiritualidad: revista mensual vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, Año 45, nº 1, 2014, pp. 79-93. Ed. Centre de Pastoral Litúrgica (Barcelona). Hemos añadido las referencias bíblicas de las laudes, ya que el autor, en ocasiones, las cita en el texto (N. de La Ermita).

1 Cf. Festum Resurrectionis. Estudio de las lecturas bíblicas y de los cantos de la liturgia de la Palabra de la Misa hispánica durante la cincuentena pascual. Roma, 1977. No obstante, este extracto solo contiene las reflexiones del autor sobre Pascua. Es necesario acudir a la tesis defendida en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo para descubrir sus aportaciones.
2. E. Aliaga, Victoria de Cristo sobre la muerte en los textos eucaristícos de la octava pascual hispánica, Roma: Iglesia Nacional Esparñola 1973.
3. P. Martínez, El tiempo pascual en la Liturgia Hispánica: desarrollo, estructura ycontenido teológico, Madrid: Instituto Superior de Pastoral 1969.
4. De hecho, algunas liturgias orientales hasta el día de hoy no lo leen en la celebración eucarística.
5. «San Isidoro, en el de Ecclesiasticis Officiis, al tratar de justificar el ayuno que precede la fiesta de Pentecostés, cita el logión de Jesús sobre el esposo que está presente y su futura ausencia. Pues bien, solamente el sistema del MM lee esta perícopa, según Mc 2,13-22, el domingo VI. Solamente hallamos esta perícopa en tiempo pascual entre los sirios, antioquenos y maronitas»: J. Gibert, «El sistema de lecturas de la cincuentena pascual de la liturgia hispánica, según la tradición B», en AA.VV., Liturgia y música mozárabes, Toledo: Instituto de Estudios Visigótico-Mozárabes de San Eugenio 1978, 123s.
6. Hablando de la conmemoración de todos los fieles difuntos en el rito romano, J. López dice: «De España se sabe que existió una celebración análoga dentro de la liturgia hispánica, pues San Isidoro de Sevilla († 636) manda en la Regla de los monjes que el día después de Pentecostés "se celebre el santo sacrificio por los espíritus de los difuntos, a fin de que, participando de la vida bienaventurada, reciban más puros sus cuerpos el día de la resurrección"»: El año litúrgico, Madrid, 1984, 259.
7. «La teología subyacente en Éx 24,3-8 no es sacerdotal: son miembros del pueblo -los jóvenes (cf. v. 5)- los que son habilitados para ofrecer los sacrificios [...] Esta comprensión deuteronomista de la alianza puede oponerse a la teología sacerdotal. Mientras que Éx 19-24 relaciona el término "alianza" con prescripciones que obligan a Israel, tanto en el plano ético (cf. por ejemplo Éx 22,20-23,9) como en el cultual, la teología sacerdotal implica una definición más exclusivamente litúrgica o cultual de la alianza; en el escrito sacerdotal -que refleja la teología de los sacerdotes exiliados en Babilonia en el siglo VI antes de nuestra era-, el término berit está ligado a un rito de pertenencia: la circuncisión (Gn 17)»: AA.VV., Los relatos fundacionales de la eucaristía, Navarra: Verbo Divino 2009, 4s.
8. A diferencia del rito romano, en el que los catecúmenos portaban las albas toda la Octava, en el rito hispano lo hacen hasta el martes, que todavía hoy tiene como título Quando et baptizatis infantibus albæ tolluntur.
9. Existe una tradición sobre san Juan evangelista que afirma que no murió envenenado. Esta tradición se recoge en la eucología hispana: ut apostolo tuo Ioanne intercedente, qui invocato nomine tuo letale ebibens virus, non solum ipse evasit, sed etiam alios eodem extinctos poculo suscitavit. MHM, II, 29 decembris: In diem sancti Ioannis, Ad Orationem Dominicam.

 

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