La Ermita. Rito hispano-mozárabe

ORACIONES HISPANO-MOZÁRABES

Oraciones hispano-mozárabes Navidad hispano-mozárabe. Textos de san Isidoro de Sevilla

 

 

NAVIDAD
TEXTOS DE SAN ISIDORO DE SEVILLA
Navidad
 
ÍNDICE
Introducción.
De la Natividad del Señor.
De la Epifanía.

 

Introducción

Extraemos de la obra De los Oficios Eclesiásticos (De Ecclesiasticis Officiis), los dos capítulos en los que san Isidoro de Sevilla explica brevemente las solemnidades de la Navidad y la Aparición del Señor.

Grabado con la escena de la Natividad del Señor

DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR 1

El día de la Natividad del Señor fue instituido como solemnidad votiva por los Padres, porque en tal día, para la salvación del mundo, quiso Cristo nacer corporalmente, saliendo del seno de la Virgen, el que antes existía en la gloria del Padre. El motivo de asumir el cuerpo fue éste: después que, por envidia del diablo, el primer padre cayó seducido por una vana esperanza, desterrado y perdido al punto, transmitió a toda su descendencia la raíz del mal y del pecado, arrolladoramente crecía en maldad todo el género de los mortales, se difundían, por todas partes, los crímenes, y lo que es más nefando, el culto a los ídolos.

Queriendo Dios acabar con el pecado, trató de lograrlo por medio de la palabra, la ley, los profetas, milagros, plagas, prodigios, pero, como ni así amonestado el mundo reconoció sus errores, envió Dios a su Hijo para que, asumida la carne, se diese a conocer a los hombres y curase a los pecadores. Vino como hombre, porque en sí mismo los hombres no podían conocerlo. Para que pudiesen contemplarlo, el Verbo se hizo carne (Jn 1,14) asumiendo la carne, no transformado en carne. Asumió la humanidad, pero no perdió la divinidad; por lo tanto, verdadero Dios y verdadero hombre; en la naturaleza divina igual al Padre, en la naturaleza humana hecho mortal en nosotros, por nosotros, de nosotros; permaneciendo lo que era, recibiendo lo que no era, para liberar lo que había creado.

Ésta es la gran solemnidad de la Natividad del Señor, ésta es, la nueva y gloriosa festividad de este día, el advenimiento de Dios a los hombres. En razón a que en este día nació Cristo, recibe el nombre de Navidad. Solemos celebrarla anualmente como fiesta solemne, para recordar que Cristo ha nacido.

Grabado con escenas de las bodas de Caná, los Magos y la estrella y el bautismo de Jesús

DE LA EPIFANÍA 2

El día de la Epifanía lo declararon los Apóstoles fiesta solemne, porque en él fue dado públicamente a conocer el Salvador, por medio de una estrella, cuando encontraron las Magos a Cristo recostado en el pesebre, adorándole y ofreciéndole regalos, propios de la Trinidad: oro, incienso y mirra (Mt 2,2; Lc 2,16; Mt 2,11), como rey, como Dios, como hombre mortal. Consagraron este día con celebración anual, para que reconozca el mundo al Señor al que dieron a conocer los elementos desde el cielo.

Asimismo, en ese mismo día Jesús fue ungido con el bautismo en el Jordán y, rasgados los cielos, descendió el Espíritu Santo, declarando que Jesús era el Hijo de Dios. A este día se le llama Epifanía, porque en él, Cristo se manifestó a los gentiles. Epifanía es palabra griega que en latín se traduce por aparición o manifestación. Por tres razones recibió ese día este nombre: porque en su bautismo Cristo fue presentado a los pueblos, también porque en ese día fue anunciado a los Magos por el nacimiento de una estrella, asimismo, porque fue manifestado a muchos por su primer milagro: el agua convertida en vino.

Refiere Casiano que, entre los egipcios, la solemnidad de la Natividad y de la Epifanía no se celebran en fechas distintas, como ocurre en Occidente, sino en una única festividad. Y en ella se envían cartas del patriarca de Alejandría a todas las iglesias y monasterios de Egipto, en las que se les da a conocer el comienzo de la Cuaresma y la fecha de la Pascua.


Notas:
1. San Isidoro de Sevilla, De los oficios eclesiásticos. Introducción y traducción del latín por Antonio Viñayo González. Editorial Isidoriana. León, 2007. Capítulo XXVI, pp. 71-72.
2. Op. cit. Capítulo XXVII, pp. 72-73.

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