La Ermita. Rito hispano-mozárabe

ORACIONES HISPANO-MOZÁRABES

Los nueve misterios de Cristo

 

Meditaciones sobre los nueve misterios de Cristo *.

 

1. Corporatio / Encarnación.

¡Señor y mi Dios! Es tu divina palabra la que tanto nos promete, y la que realza nuestras almas hasta llegar a ti, y vivir vida eterna. Quien mora en ti, es también morada tuya y te dignas por un exceso de amor incorporarte al alma fiel, y que sea miembro tuyo el buen cristiano. ¡Qué mayor honra, ni qué dignación mas alta, ni qué mas dulce gloria que la de que seas luz de nuestra inteligencia, calor de nuestro espíritu, caridad nuestra, nuestro mismo amor, y carne para nuestro alimento! que seamos uno en ti, como eres una sola cosa con el Eterno Padre que te ha enviado, y con el Espíritu Santo que procede del amor con que tu, mi Salvador, amas a Dios omnipotente, del amor con que eres amado por el Excelso, del mutuo amor con que os amáis eternamente, de ese amor que decretó nuestra redención, y de ese amor que consumó todas las cosas, obrando la santa incorporación de Dios con el hombre, y del hombre con Dios. Anhelo vivir incorporado a ti, vivir tu vida de gracia, permanecer unido a ti, que eres verdadera vid, y dais jugo santo a las almas que escuchan tu voz, que acogen tus suspiros y se abrazan en abrasado amor con las divinas inspiraciones. Todo lo cual es fruto de la Encarnación del Verbo en las entrañas de la Virgen pura.

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2. Nativitas / Nacimiento.

En estos momentos supremos en que recordamos tu natividad, se regocija el corazón y el alma engrandece al santo por esencia. Asistimos con la contemplación a la realidad de todas las cosas, y presenciamos las adoraciones de los sabios, así como los homenajes que rinden a Jesús, nacido para nosotros, los magos y las potestades de la tierra. Ya en el silencio de las profecías solo se escuchan los ecos de redención, volviendo el mundo la vista hacia un recién nacido que viene pobre y humilde a ser la grandeza y la gloria hasta de los grandes y de los potentados que le adoren. Es Dios con nosotros; es el Emmanuel de Isaías; es el fuerte, el consejero, el que reina y su reino es sin fin; el que domina a los mismos señores de la tierra; es aquel en cuya mano están las potestades, los reinos y los imperios. Nace para nosotros; venid le adoraremos. Ya es tiempo de nacer para Jesús, muriendo a la culpa, que es verdadera muerte, para resucitar a la gracia, que es vida eterna. En esta santa natividad se ven claros los caminos, llanas todas las asperezas, abiertos los senderos de la justicia; y a la luz de todas las hermosísimas claridades de la fe contemplamos las glorificaciones inefables de la patria. Haz, Señor, que nazca en nosotros el santo anhelo de adoraros, con aumentos de fe y de luz que no deslumbra, con amorosa esperanza y ardiente caridad, a fin de que nada seamos sino en ti que eres el ser y la vida, y que todo lo hagamos en honra de tus grandezas y en gloria de tu Majestad. Danos, Señor, el gozo de los pastores que corrían presurosos a visitarte en Belén; y que en nuestros caminos hablemos de ti, y de lo que por nosotros has hecho; que santifiquemos en piadosa comunicación las jornadas de esta vida sembrada de peligros; que unos a otros seamos guarda, aviso, consejo, luz y guía, queriendo siempre y deseando ser una misma cosa en ti que todo lo iluminas, en quien luce todo lo que tiene verdadera claridad, y en quien se salva todo lo que no perece.

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3. Circumcisio / Circuncisión.

Adorable es tu santo nombre, y es sobre todo nombre. No hay otro en él cual puedan salvarse las gentes. Y porque eres el santo, lo santificas todo; y porque eres el excelso, todo lo enalteces; y porque eres Jesús, Salvador, la primera letra y la última de todas las divinas significaciones, no hay moción piadosa, ni ardoroso anhelo, ni buen propósito, ni obra de amor, ni sana doctrina, ni acertado consejo, ni provechoso sufrimiento, ni aceptable sacrificio que no tenga su fundamento en ti, y que su virtud no sea la tuya. Danos, Jesús amorosísimo, buen querer, deseos de bien obrar, fuerza para resistir las tentaciones, fortaleza en las adversidades, perseverancia en los propósitos, pureza de intención, miras santas de abnegación y prontitud gozosa para el sacrificio.

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4. Apparitio / Aparición.

¿Eres tú, adorable Jesús, quien ahora se manifiesta a las gentes? ¿Dónde está el cetro de tu reinado? ¿Dónde la majestad del trono y las magnificencias que te acreditan ante los poderosos de la tierra, y ante los reyes del Oriente? Todo el aparato que se ofrece a la consideración del mundo representado en los grandes de la tierra es un niño y su gozosa madre. Tiene por trono un pesebre, y allí descansa el que no cabe en los espacios del firmamento. Él es a quien todos adoran; ante él se postran las potestades humanas. Así los Reyes de Tarsis, como los de Saba y Arabia le ofrecen ricos dones, exquisitos aromas y rendidos cultos. Vuela, alma mía, al encuentro de Jesús; ve, adora su aparición santa, y su Majestad todo gloriosa. Anhela por unirte a Jesús; incorpora todas tus potencias, tu espíritu, todas tus aspiraciones a quien te llama con amorosos quiebros, a quien te busca con amante solicitud, al Salvador que todo entero se te manifiesta en esa adorable fracción eucarística.

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5. Passio / Pasión.

Llevas, mi adorable Jesús, todo el peso de la humana prevaricación y de las iniquidades del mundo. Por nosotros y por nuestro rescate, estás llagado: eres el oprobio de un pueblo deicida; tienes surcada la frente de hilos de sangre preciosa; abierto el costado sacratísimo, respiras misericordias infinitas, bondades divinas y eternas piedades; taladrados tus pies y tus manos miras hacia unas gentes que no te creen y te contradicen. Con todo, has llorado sobre Jerusalén, y demandas perdón al Eterno Padre en favor de tus crucifixores. ¡Oh caudal preciosísimo de redención! ¡Cómo nacen de ese inmenso océano de gracias los perdones a raudales, y cómo saltan sin fin las fuentes del amor divino! Sácianos, Señor, haznos beber el torrente de aguas tan deleitosas, y que hagamos dulces nuestros quebrantos, tolerables las ofensas de nuestros hermanos, llevaderas las afrentas, mirando lo que tu padeces, siendo inocente, siendo santo segregado de los pecadores y más alto que los cielos. Ayúdanos a padecer contigo para contigo ser glorificados.

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6. Mors / Muerte.

¡Oh buen Pastor! Has dado la vida por tus ovejas, y has expiado los delitos del mundo. Ni puede la humana palabra hablar dignamente de tu misterioso sacrificio; ni el corazón alcanza en sus anhelos de gratitud a reconocer lo misericordioso de tu santa oblación; ni el entendimiento penetra, ni la imaginación se acerca a verte tal como eres en la Cruz, tal como es meritoria tu muerte. En una sola acción has reasumido infinitos designios y completado eternos planes de misericordias eternas. Todo lo has consumado y todo se ha cumplido al doblar tu divina cabeza, y al entregar tu espíritu al Eterno Padre. Ya está reconciliado el universo. Has venido misericordiosamente sobre un mundo que cayó de una manera lastimosa.

Haz, Señor, que muertos a todo lo que pueda desagradarte, suspiremos por una pronta resurrección.

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7. Resurrectio / Resurreción.

Ya se han trocado en glorias las amarguras e ignominias de la Cruz. Jesús resucita por virtud propia, que él es Señor de la vida y de las verdaderas resurrecciones. La fe recibe todo su complemento, toda su animación; la esperanza y la caridad se enciende en amorosa llama, contemplando la resurrección de Jesús. "Creed, y viviréis", nos ha dicho; "venid a mí todos los que tenéis sed, que yo os refrigeraré". "Dejad que vengan a mí los párvulos". Todo lo que está muerto en nuestras almas puede resucitar con la gracia de Jesucristo; puede sanar lo que está enfermo; cuanto sintamos débil puede reanimarse y fortalecerse en Jesús; todo lo que hay de mal llevado y de tortuoso, puede ser enderezado con el aliento vivificador de Cristo.

Humillados ante la gloria de Jesús resucitado pidamos vista para la ciega incredulidad, oído para la humana indocilidad, que se levanten los corazones pesados, y que todas las gentes vivan de la salud de Dios; pues la gloriosa resurrección de Cristo es la verdadera causa eficiente y ejemplar de nuestra resurrección de cuerpo y alma.

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8. Gloria / Gloria.

Pasados los días de peregrinación, y vueltos de la muerte del pecado a la resurrección por la gracia, alabemos y ensalcemos la gloria de Jesucristo que es gloria por los siglos. En su victoria de la muerte, y en su glorioso triunfo de todo el poder de las tinieblas están realmente reflejadas las que son verdaderas dichas y eternas glorias. Allí está la grandeza, la santidad, todas las claridades divinas y todos los infinitos resplandores. ¡Gloria a Dios en las alturas y gloria a su santo nombre! ¡Gloria y honor sea dado al Rey de los siglos, inmortal e invisible! ¡Gloria a Jesús Sacramentado! Glorificada sea la Santísima Trinidad; y no cesen nuestras lenguas de repetir los himnos que resuenan en los cielos, y se oyen también en la tierra para alabar y glorificar a Dios Excelso, Cristo Jesús, que resucitó para no volver a morir.

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9. Regnum / Reino.

No tiene fin el reino de Dios; y el reino de Dios está dentro de nosotros mismos. Vivamos del amor de Dios para reinar con él, que es santificación, glorificación y redención. Que pasen las cosas del mundo por nosotros sin dominarnos; que viva en nosotros el reino de Dios.

Desechada la humana dominación del vicio y alentados por el espíritu de caridad, reinemos en el silencio con Dios sobre todas las tentaciones y potestades; reinemos sobre las pasiones y sobre las humanas flaquezas, pidiendo auxilios oportunos, divinos consuelos, copia de misericordias y el don de perseverancia. Propicio es el Señor para todos los que le invocan de buena voluntad. Purifiquemos la intención, y no queramos vida, ni reino que no sean la vida y el reino de nuestro Dios.

(*) Tomadas de: Monescillo y Viso, Antolin, Devocionario mozárabe compuesto según el espíritu del misal gótico, Ed. José de Ceo. Toledo, 1856, pp. 69-83.

 

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