La Ermita. Rito hispano-mozárabe

ORACIONES Y TIEMPOS LITÚRGICOS HISPANO-MOZÁRABES

Oraciones hispano-mozárabes Cotidiano. Comentarios a las lecturas del Tiempo de Cotidiano

 

Cotidiano

COMENTARIOS A LAS LECTURAS
DEL
TIEMPO DE COTIDIANO HISPANO-MOZÁRABE
*

ADOLFO V. IVORRA ROBLA

ÍNDICE
Vigesimotercer Domingo.
Vigesimocuarto Domingo.
Vigesimoquinto Domingo.
Vigesimosexto Domingo.

DOMINGOS DE LUCAS (IV)

VIGESIMOTERCER DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 32,26-35
Psallendum: Sal 64,2-3
Apóstol: Ef 3,1-7
Evangelio: Lc 18,15-17
Laudes: Sal 101,2

Nuevamente nos encontramos con lecturas inconexas entre sí. Si el domingo XXII presentaba una lectura profética de alabanza y un psallendum de súplica, ahora es justo lo contrario. En la profecía Dios entrega a Babilonia los hijos de Israel y de Judá, los deja a su suerte. La conquista está relacionada con la idolatría: Los caldeos que la atacan entrarán en ella y le pondrán fuego. La quemarán con las casas en cuyas azoteas se quemaba incienso a Baal y se hacían libaciones a otros dioses, para provocarme. El Dios de Israel es un Dios celoso. Los judíos de la época habían rendido culto a Baal y le construían altares, haciendo pasar por el fuego a sus hijos e hijas en honor del Moloc.

El evangelio muestra la relación de Jesús con los niños, una relación cercana, quizás poco común en la época. Los niños son modelo para los que buscan el Reino de Dios por su inocencia. Éste es el sentido de la frase de nuestro Señor: porque los que son como ellos poseerán el Reino de Dios. Os aseguro que quien no acepte el Reino de Dios como un niño no entrará en él. El canto de laudes es suplicante, mostrando también inconexión como en el caso de profecía y psallendum.

El apóstol, tomado de la carta a los Efesios, vuelve sobre la universalidad de la salvación. Los gentiles son llamados a formar parte de la Iglesia y ser partícipes de la promesa de Jesucristo. En anuncio gozoso del evangelio es lo que da cohesión a la Iglesia y el que capacita a san Pablo para su ministerio.

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VIGESIMOCUARTO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 32,36-42
Psallendum: Sal 65,1.2.8
Apóstol: Ef 3,8-13
Evangelio: Lc 18,18-30
Laudes: Sal 101,22

En este domingo nos encontramos con un episodio que hemos escuchado domingos atrás. Se trata del evangelio del joven rico, que leíamos el domingo IX en la versión de Marcos. Como decíamos en el domingo IX, este evangelio invita al seguimiento radical, a no tener apegos a las cosas de este mundo. La crítica a los ricos no se dirige a los que tienen riquezas, sino a los que viven apegadas a ellas. Por eso los apóstoles se espantan: Entonces, ¿quién puede subsistir? Si Jesús se refería a los ricos en sentido económico, los apóstoles no se habrían sorprendido: a lo largo de la historia de los pueblos los ricos suelen ser un mínimo porcentaje de la población mundial. En cambio, los que viven apegados a las cosas materiales son “legión”. Por otro lado, el Señor propone la limosna como un acto de misericordia de valor especial: dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo.

El evangelio de este domingo tiene también otro sentido, especialmente comentado durante mucho tiempo en la Iglesia para hablar de las actitudes propias de aquellos que se consagran a Dios (religiosos). Más allá de las explicaciones dadas a partir de este texto evangélico, es claro que el que quiere seguir a Jesús de cerca -invita al rico a ser parte del grupo que está con Él- debe vivir para la misión, libre de las ataduras del sæculo, de la mundanidad. Por eso Pedro, en nombre del colegio apostólico, le dice: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

El seguimiento radical de Jesucristo no es para menos. El apóstol de hoy dice que por medio de la Iglesia incluso los seres celestes conocieron mejor el designio divino: Así, mediante la Iglesia, los Principados y Potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él. El misterio de Dios, escondido por siglos, se ha manifestado en Cristo y es predicado y celebrado por la Iglesia. Como el pueblo de Israel durante algún tiempo, la Iglesia ahora, de forma permanente, es renovada por su Señor como dice la profecía de Jeremías: Les daré un corazón entero y una conducta íntegra, para que me teman toda la vida... Me gozaré haciéndoles el bien. Colmada de la sabiduría y el amor del Padre, la Iglesia celebra el misterio de Dios hecho carne en Jesucristo y culminado en su misterio pascual. Por eso la Iglesia no es una agrupación de gnósticos, conocedores de los misterios de Dios, sino que es principalmente la depositaria del amor divino. El conocimiento de las profundidades de Dios se acompaña del amor a Él. Por eso el cristianismo no es sólo “teología”, sino también –y conjuntamente– “liturgia”, por lo que en el psallendum cantamos: Aclamad a Dios toda la tierra, cantad la gloria de su nombre, tributadle su gloriosa alabanza.

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VIGESIMOQUINTO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 33,3-11
Psallendum: Sal 68,17-19.30
Apóstol: Ef 3,14-21
Evangelio: Lc 18,31-34
Laudes: Sal 112,5-6

La Liturgia de la palabra de hoy se articula de forma casi perfecta en torno a los temas de la Pasión de Cristo y la gnosis cristiana. La profecía de hoy hace honor a su nombre y establece un vínculo temático con el evangelio sobre los temas mencionados. Si Cristo anuncia a los apóstoles su Pasión -tercer anuncio en el evangelio de Lucas-, la profecía ya nos narra el contenido salvífico de la misma: Cambiaré la suerte de Judá y la suerte de Israel, y los edificaré como en otro tiempo; los purificaré de todos los crímenes que cometieron contra mí, les perdonaré todos los crímenes que cometieron contra mí, rebelándose contra mí. La Pasión de nuestro Señor se comprende así de forma “clásica”, aludiendo al valor redentor de la muerte de Cristo en la cruz. Purificación y perdón, dos cosas que los “sacramentos” veterotestamentarios esperaban conseguir por la esperanza en el Mesías, y es en Él, muerto y resucitado, por el que nos llega la purificación y el perdón que nunca se acaba para los que se acogen a ellos. Por eso clamamos en el psallendum: «Acércate a mi alma, redímela, rescátame, Dios mío, para que lo vean mis adversarios. V/. Porque yo estoy angustiado y herido, oh Dios, que tu auxilio me devuelva las fuerzas». Aunque hechos partícipes en la Pasión de Cristo por medio del bautismo, somos conscientes de que la concupiscencia habita todavía en nosotros, esa inclinación al pecado. Suplicamos que por medio de esta sollemnia nuestra inclinación no sea tal, y que se nos prevenga de futuras inclinaciones al pecado.

Con su muerte, Jesucristo edifica a Judá y a Israel, esto es, al Pueblo de Dios, que ahora continúa en la Iglesia. Paradójicamente, la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, se constituirá teniendo entre sus filas a paganos, que serán los que lo matarán. Lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, lo insultarán, le escupirán; después de azotarlo, lo matarán, pero al tercer día resucitará. También los paganos asediaban a Judá e Israel, como nos dice Jeremías: Ahora vienen a pelear contra ella los caldeos, y a llenarla de cadáveres humanos. ¿Y qué mejor manera de ver cómo los paganos engrosan el Pueblo de Dios que la predicación del Apóstol de los gentiles? La lectura de la carta de san Pablo a los Efesios de este domingo expresa la actitud del verdadero creyente ante Dios, que dobla las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que nos conceda de los tesoros de su gloria... por medio de su Espíritu. Y uno de esos tesoros es el conocimiento de los misterios de Dios. Ante el anuncio de la Pasión, los apóstoles reaccionaban con sorpresa e ignorancia: Ellos no entendieron nada de aquello; aquel lenguaje seguía siendo un enigma para ellos y no comprendían lo que quería decir. Nuevamente, la profecía explicita cómo la misma Pasión de Cristo es el conocimiento supremo: Grítame, y te contestaré, te comunicaré cosas grandes e inaccesibles que no conoces. La súplica del que dobla las rodillas ante el Padre recibe como respuesta el conocimiento de su intimidad divina. San Pablo pide de forma específica la fe en Cristo, y con ella, y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano. Por tanto, Cristo crucificado, que para san Pablo es el mayor conocimiento que se puede esperar, es fruto del amor de Dios hacia los hombres. En eso consiste el amor cristiano, en que hay un amor que precede nuestro amor, que Él nos ha amado primero en su Hijo, que padeció por nosotros bajo un pagano, para que israelitas y paganos conformaran la ciudad de Dios.

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VIGESIMOSEXTO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Ez 9,1-11
Psallendum: Sal 70,17-18.9
Apóstol: Ef 4,1-16
Evangelio: Lc 18,35-43
Laudes: Sal 113,1

Profecía-psallendum y evangelio-laudes exponen dos temáticas distintas: primero la súplica ante el extermino, y después la glorificación de Dios por sus mirabilia. La profecía de Ezequiel narra la devastación del pueblo de Israel y de Judá con un gran simbolismo: verdugos que acompañan a un hombre vestido de lino, un querubín, la frente de los afligidos marcada, etc. No es difícil asociar esta narración con la encontramos en el libro del Apocalipsis. Ante la ira divina, la súplica del psallendum, que también encontramos en la misma profecía, se dirige hacia el castigo, pues se reconoce que el pueblo ha pecado. Así lo dice Dios: «Grande, muy grande, es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de crímenes». La ira divina no duda en “profanar” el Templo, porque en realidad ya está profanado por la actitud del pueblo. Dios no mancha su lugar de culto, sino que expresa incluso por medio de la muerte cómo está moralmente corrompido su santuario. Las alabanzas elevadas al Señor no son tales, sino que detrás de ellas se esconde el pecado y la falsedad.

Distintas son, sin embargo, las súplicas del ciego del evangelio. Entroncando con el Antiguo Testamento, llama a Jesús por su genealogía, Hijo de David, dejando entrever también la connotación mesiánica de Cristo. También él suplica insistentemente por la compasión divina. Y en su actitud se muestra que no quiere su gloria personal sino la verdadera alabanza divina, esa que glorifica a Dios por sus mirabilia: «En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios». En canto laudes es categórico: «No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria».

El apóstol tiene una temática propia. Recordando también las mirabilia del misterio pascual de Cristo, especialmente el descenso a los infiernos y la ascensión a los cielos, san Pablo nos muestra la diversidad eclesial: unos son apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y otros doctores. Y esta diversidad existe para la edificación del Reino de Dios en la tierra: «para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud».


Notas:
* Publicado en:
lexorandies.blogspot.com.es, 2010 - 2012.
Reseñas bíblicas de los Laudes añadidas por La Ermita (N. de La Ermita).

 

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