La Ermita. Rito hispano-mozárabe

ORACIONES Y TIEMPOS LITÚRGICOS HISPANO-MOZÁRABES

Oraciones hispano-mozárabes Cotidiano. Comentarios a las lecturas del Tiempo de Cotidiano

 

Cotidiano

COMENTARIOS A LAS LECTURAS
DEL
TIEMPO DE COTIDIANO HISPANO-MOZÁRABE
*

ADOLFO V. IVORRA ROBLA

ÍNDICE
Decimoquinto Domingo.
Decimosexto Domingo.
Decimoséptimo Domingo.
Decimoctavo Domingo.

DOMINGOS DE LUCAS (II)

DECIMOQUINTO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 5,20-6,1
Psallendum: Sal 38,8.13
Apóstol: 2Cor 13,7-11
Evangelio: Lc 7,1-16
Laudes: Sal 68,33

Hoy encontramos dos bloques temáticos: profecía-psallendum y apóstol-evangelio. El primero aborda la cuestión de la penosa situación del pueblo de Israel, mientras que el segundo trata la importancia de la fe. Las acusaciones de Jeremías no nos son extrañas: este pueblo es duro y rebelde de corazón. Esta actitud, lejos de quedarse en el terreno moral, afecta también al cosmos: Vuestras culpas han trastornado el orden, vuestros pecados os dejan sin lluvia. Esta vinculación entre la creación y la vida de los hombres nos recuerda el texto paulino de la carta a los romanos: Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Para que la situación moral tenga su eco en la creación debemos observar el estado de degradación de la sociedad de entonces: los profetas profetizan embustes, los sacerdotes dominan por la fuerza, y mi pueblo tan contento. Se trata, por tanto, de una situación de relativismo moral. Ante esta situación sólo queda suplicar, como lo hace el psallendum, y poner la esperanza en el Señor, en que Él suscitará hombres rectos, verdaderos profetas, que darán a cada cosa su nombre.

El segundo bloque se centra en la fe. El Apóstol, en su segunda carta a los Corintios invita a someter a examen la propia fe. Habla de una presencia actual del Mesías en medio de su pueblo, la Iglesia. Y es que la fe es conocimiento verdadero de Dios, y en esa fe verdadera el Apóstol tiene autoridad para construir el Reino de Dios en la tierra. El cristiano tiene que actuar en consonancia con la verdad, no como el pervertido pueblo que encontramos en Jeremías. Porque sabemos que la verdad habita en la Iglesia, que Cristo está presente de múltiples maneras en su nuevo Pueblo de Dios, tenemos la certeza de seguir el camino correcto. Tenemos confianza en Cristo, que no abandona a su grey. Sin embargo, nos falta la fe que tenía el capitán del evangelio, que aun no formando parte del pueblo de Dios –ni del Antiguo ni todavía del Nuevo– pone su confianza en Jesucristo, que con su sola palabra puede hacer maravillas. Es esa palabra creadora que hizo el mundo la que puede cambiar nuestra realidad. Si la mentira profética de los tiempos de Jeremías había causado la esterilidad de la naturaleza, la palabra salvadora de Cristo puede llevarla a su plenitud, revirtiendo la muerte del siervo del capitán. No se trata de resurrección, pues el siervo volvería a morir. Pero es muestra del poder del Verbo sobre la muerte: no fue creada por Él -vino al mundo por envidia del diablo (cf. Sb 2, 24)-, pero sin embargo tiene poder sobre ella.

El capitán no era judío, pero había ayudado a la construcción de una sinagoga. Se trata de un hombre que busca a Dios y que incluso buscándole colabora con su “causa”. La no conversión de este capitán al judaísmo se justifica precisamente en la fe que tiene en Jesús, pues no puede convertirse a un culto caduco cuando está presente el pontífice del nuevo culto. Por eso el laudes de hoy canta: ¡viva vuestro corazón, los que buscáis a Dios!

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DECIMOSEXTO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 14,18-21
Psallendum: Sal 45,2-3
Apóstol: Gál 2,16-20
Evangelio: Lc 15,11-32
Laudes: Sal 73,12

Si en la profecía del domingo pasado los profetas anunciaban mentiras y los sacerdotes dominaban por la fuerza, en la profecía de hoy tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país. La degeneración moral también toca a las instituciones. En el fondo de todo está la concupiscencia, esa reliquia que queda después del bautismo y que es común a todo hombre en este mundo. Por eso Jeremías suplica: Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti. Esa reliquia es el fundamento de nuestro mal obrar, por eso nos afecta después del bautismo, como lo deja claro san Pablo en el apóstol de hoy: si por buscar la justificación por medio de Cristo resultamos también nosotros unos pecadores, ¿qué? La ley es insuficiente para ser encontrado justo ante Dios. Pero también la gracia se puede malograr. Aunque son mayores los dones en el tiempo de la Iglesia que en el Antiguo Testamento, Dios no coarta la libertad del ser humano. Aunque da más facilidades para cumplir su voluntad y seguir sus enseñanzas, también deja la connatural libertad de poder elegir otro camino. Sin embargo, como nos muestra la lectura profética de hoy y de la semana pasada, la sociedad edificada al margen de Dios conduce al relativismo moral y a la defenestración. Así como un hombre no puede conocer a Cristo y pretender vivir sin Él, así tampoco las sociedades que han conocido el nombre de Jesús. Ante la degradación de las costumbres, el Dios de la salvación se nos presenta como refugio, como cantamos en el psallendum.

También en el evangelio se nos habla de una actitud común a todo hombre: la rectificación en el error. El archiconocido evangelio del hijo pródigo, que algunos conciben también como el evangelio del padre misericordioso, nos muestra en nuestra sociedad actual la supuesta “mayoría de edad” del hombre, que cree poder vivir sin su Padre que es Dios. En efecto, el evangelio de este domingo ejemplifica bien la relación de Dios con el hombre de hoy. Éste, seguro de sí mismo y heredero de los dones del Creador, cree poder vivir en el exilio. Pero no resulta nada fácil. En el pueblo del Antiguo Testamento, tal y como nos lo presentan profetas como Jeremías, parece que es contraproducente. Por tanto, el evangelio es una llamada a la conversión, pero también nos muestra la gran misericordia de Dios con los pecadores arrepentidos. Así nos lo recuerda un versículo anterior al evangelio proclamado, Lc 15,7: Os digo que, del mismo modo, habrá en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan.

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DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 18,1-12
Psallendum: Sal 46,7-8
Apóstol: Gál 3,13-26
Evangelio: Lc 16,1-10 (1)
Laudes: Sal 76,14-15 (2)

Las lecturas de este Domingo presentan temas concretos y ciertamente independientes. La profecía nos sorprende con una imagen de Dios como alfarero de su pueblo, el psallendum llama a ese alfarero ‘rey’. Se trata de una visión romántica del cometido del rey, que moldea a su pueblo. Pero en Jeremías no se atisba una dimensión real. La súplica es la misma que la del domingo anterior, la conversión de la conducta. Dios se nos presenta antropomórficamente no sólo en su condición de alfarero, sino también en su arrepentimiento a la hora de inflingir el castigo a su pueblo. Con esto se nos quiere transmitir que el Dios inmutable –como no se cansan de definir a Dios las oraciones del misal hispano– comprende el corazón del hombre y su incapacidad de dar una respuesta coherente al don recibido. Dios es también alfarero en el sentido de que Él es providente. En efecto, la labor del alfarero con su creación es constante, pues si no lo fuera no se podría realizar la obra. Lo mismo Dios, que no deja de cuidar a su creación y de mantenerla con su gobierno divino.

El evangelio de hoy, siguiendo otra intencionalidad totalmente distinta, nos presenta otro texto que nos es conocido: el evangelio del administrador infiel. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Este complejo evangelio no hace otra cosa que llamar a la astucia, como en Mt 10,16: Sed, pues, astutos como las serpientes y sencillos como las palomas. El “defecto” de los hijos de la luz es pensar que los demás hombres son como ellos. Por eso es necesaria una actitud vigilante. La actitud de los hombres buenos tiende a ser la actitud definitiva en el Paraíso restaurado, pero eso es adelantar acontecimientos. Todavía nos encontramos en este mundo, con los hijos de este mundo y los hijos de las tinieblas.

El apóstol, también con una temática propia, vuelve sobre el fin de la Ley y el comienzo de la salvación en Cristo. En la lectura de la carta a los Gálatas se nos resumen los temas típicos en torno a la Ley en san Pablo, pero esta vez respondiendo a la gran cuestión: ¿por qué la Ley? Porque era un instrumento pedagógico: Así la ley fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe. Sin embargo, aunque era algo provisional, el Apóstol de los gentiles marca una distancia entre Dios y la Ley, fue dada por ángeles: fue promulgada por ángeles, por boca de un mediador (Moisés). Con dos mediaciones se hace más aceptable la ineficacia de la Ley y la repulsa que le tiene san Pablo. También la desmarca de la Alianza, pues la promesa hecha Abrahán es anterior en el tiempo a la Ley, por lo que la pertenencia a la Ley y la descendencia carnal no limitan la Alianza: las promesas se hicieron a Abrahán y a su descendencia (no se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo). Quiero decir esto: Una herencia ya debidamente otorgada por Dios no iba a anularla una ley que apareció cuatrocientos treinta años más tarde, dejando sin efecto la promesa. En los evangelios de Adviento –porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán–, también de Lucas, hemos visto cómo se rechaza la vinculación meramente carnal con Abrahán.

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DECIMOCTAVO DOMINGO DE COTIDIANO

Profecía: Jer 22,13-19
Psallendum: Sal 54,7.6
Apóstol: Gál 5,14-6,2
Evangelio: Lc 16,19-17,4
Laudes: Sal 77,1

A diferencia del Domingo anterior, en éste todas las lecturas comparten un sustrato común, que podemos ver resumido en el primer versículo del apóstol de hoy: Toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». La ley que rechaza san Pablo es la mosáica, pero el canto de laudes después del evangelio nos invita a escuchar la nueva ley: Escucha mi ley...las palabras de mi boca. Para el Apóstol es necesaria la guía del Espíritu Santo para poder cumplir el amor al prójimo. Si ayer la ley era pedagogo que guiaba al pueblo de Israel, ahora es el Espíritu el que guía a la Iglesia. Pero también el Espíritu es meta del creyente. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. El conoce los dones de Dios no sólo los aprecia sino que los quiere más abundantes. Y sólo los puede encontrar en la comunidad de los redimidos que es la Iglesia. Por eso la solidaridad en las buenas obras: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo.

Profecía-psallendum y evangelio nos transmiten la misma gravedad ante el afán de riqueza y el desprecio de la ley de Dios. Si tu padre comió y bebió y le fue bien, es porque practicó la justicia y el derecho; hizo justicia a pobres e indigentes, y eso sí que es conocerme, oráculo del Señor. Estas palabras divinas en Jeremías nos indican que el derecho, la justicia, todas las instituciones relacionadas con la ley miran en favor del que nada tiene. La tentación es vivir al margen de la justicia: Me construiré una casa espaciosa con salones aireados, abriré ventanas, la revestiré de cedro, la pintaré de bermellón. ¿Piensas que eres rey porque compites en cedros? El hombre que vive al margen de la justicia quiere ser él mismo ley. Por eso la condena del profeta no se hace esperar. Sus palabras son duras: No le harán funeral cantando: ¡Ay hermano mío, ay hermana! No le harán funeral: ¡Ay Señor, ay Majestad! Lo enterrarán como a un asno: lo arrastrarán y lo tirarán fuera del recinto de Jerusalén. Para el que no practicó la justicia no hay redención posible, y de nada sirven los ruegos de la comunidad. Ante esta dura condena surge en el creyente cierta inseguridad, pues todos somos pecadores y todos hemos cometido injusticias. Por eso en el psallendum cantamos, de forma individual, miedo y temblor me invaden.

Ser enterrado fuera de Jerusalén es una imagen que utiliza el profeta Jeremías para anunciar que el injusto nada tiene que ver con la ciudad santa, la Nueva Jerusalén de la que nos habla el libro del Apocalipsis. El evangelio del pobre Lázaro y el rico malvado, que no reparaba ante el pobre que tenía cerca de él, nos presenta también una visión aún más dura y definitiva que la de la profecía de hoy. También nos expone la cerrazón del corazón humano, que no hace caso ni de revelaciones sobrenaturales: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Al final del evangelio de hoy nos encontramos con unos versículos que vienen a ser como una especie de recomendación moral. Se nos habla del perdón sin límites que debe haber entre nosotros, pero quizás lo más directamente relacionado con las lecturas de hoy sea la condena al que escandalice, porque, ciertamente, la injusticia con el pobre y desvalido es un escándalo. Sobre todo en medio de creyentes en el Dios vivo.


Notas:
* Publicado en:
lexorandies.blogspot.com.es, 2010 - 2012.
Reseñas bíblicas de los Laudes añadidas por La Ermita (N. de La Ermita).

1. Lc 16,1-10a. (N. de La Ermita).
2. Sal 76,14b-15a. (N. de La Ermita).

 

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