RITO HISPANO-MOZÁRABE

 

MÚSICA LITÚRGICA.

 

CANTO MOZÁRABE. (1)

Apartado V del artículo "Liturgia Hispana" en "Nuevo Diccionario de Liturgia". Ed. San Pablo, Madrid 1987.


El adjetivo mozárabe aplicado al canto no lo califica, antes bien señala el espacio, medio y hombres que lo practican: los mozárabes. Los hispanoárabes llamaban así a los cristianos que vivían dentro de su propia sociedad musulmana practicando abiertamente su propia religión. Eran los mozárabes, esto es, los no árabes (2) por excelencia comunidad cuya existencia era tolerada, como la de los judíos, por estar basada en un libro, según el propio Corán. El canto que hoy llamamos mozárabe no está, empero, circunscrito al ámbito de esta comunidad cristiana que vive en tierra de moros, sino que designa mucho más, por sinécdoque, el canto litúrgico de los cristianos anterior a la implantación en España del canto gregoriano, propio de la liturgia galorromana, a finales del siglo XI. Y también designa este mismo canto practicado en algunas iglesias de Toledo llamadas por tradición mozárabes, aun después de la entrada del rey Alfonso VI en la capital imperial (1085). Como quiera que los mozárabes de Toledo vieron reformada su liturgia por el cardenal Jiménez de Cisneros a fines del siglo XV, y el canto, quizá porque ya estaba corrompido en la tradición oral, no tiene relación formal con el que aparece en los códices más primitivos, hoy día llamamos canto mozárabe no sólo al canto practicado en la liturgia paleocristiana, visigótica y mozárabe propiamente dicha, esto es, al practicado con anterioridad a la implantación del gregoriano, sino también al canto mandado reformar por el cardenal Cisneros. Son, pues, dos repertorios, dos cantos distintos. Claro está, el que más nos interesa es el primero por su originalidad, por su, antigüedad y por el misterio que todavía en gran parte lo rodea. El segundo aparece escrito en estupendos libros de la época y su estudio no ofrece dificultad para el investigador. La historia de la música debe resignarse a ser, lamentablemente, la historia de la música escrita. Lo mejor de la creación musical, a lo largo y ancho de la vida de la humanidad, ha podido no llegar hasta nosotros, pereciendo con el propio creador, por ser la música un arte fugaz, que no queda plasmado en una realización plástica perdurable. (La invención del gramófono ha hecho, evidentemente, cambiar las cosas en nuestros días.) La música comienza a escribirse sistemáticamente, en línea de continuidad hasta hoy, cuando va a declinar el primer milenio de nuestra era. Ahí se inicia la verdadera historia de la tradición musical escrita en Occidente. Todo lo anterior, y posterior no escrito, pertenece a la prehistoria documental, por más que tengamos noticias sobre la técnica y la filosofía de la música. El canto mozárabe se halla extraordinariamente vivo en la encrucijada que supone la transición de una tradición oral muy rígida, mediante la cual se transmite de generación en generación el canto litúrgico, a la tradición escrita, representada en códices de gran valor documental. Lo que se escribe en estos códices es la práctica litúrgica y musical de las iglesias hispánicas de los siglos IX, X y XI. Esta práctica musical era de hecho universal y muy homogénea en la Península, ya en tierra de moros, entre los mozárabes, ya en tierra cristiana, porque había sido fuertemente establecida desde la época paleocristiana y ampliamente consolidada por los visigodos (ésta es la razón por la que algunos historiadores prefieren hablar de música hispánica o visigótica antes que mozárabe). Los primitivos concilios hispánicos, especialmente el IV de Toledo, del año 633, se ocuparon de la liturgia. San Isidoro de Sevilla (†636) dedicó cinco capítulos de su De Officiis ecclesiasticis a los elementos cantables de la liturgia. El propio San Isidoro escribió todo un tratado sobre la música, inserto en su obra monumental de las Etimologías, tratado que tendría honda repercusión en todos los tratadistas medievales europeos. Los visigodos fueron sin duda quienes dieron a la liturgia y al canto hispánicos su fisonomía propia, la que aparece en los códices escritos en el umbral del segundo milenio de nuestra era. San Ildefonso de Toledo († 667), en su interesante libro De viris illustribus, nos relata la labor musical de algunos eclesiásticos antecesores suyos. Así, por ejemplo de Conancio († 639), obispo de Palencia, dice expresamente: "melodías soni multas noviter edidit". Otro obispo ilustre, Juan de Zaragoza († 631), en opinión del mismo san Ildefonso, compuso melodías con elegancia, aptas por su sonido y convenientes para la oración: "In ecclesiasticis officüs quaedam elegantes et Bono et oratione composuit". Pero el gran reformador del canto litúrgico fue san Eugenio de Toledo († 657), de quien dice el mismo autor, sucesor suyo en la sede toledana, que corrigió del canto todo lo que le parecía aberrante y de mal gusto: "Cantus pessimis usibus vitiatos melodiae cognitione correxit". Como se ve, a los padres visigodos del siglo VIII les parecía ya viejo y corrompido por el uso el canto litúrgico de las iglesias hispánicas. El prestigio conseguido por este canto, gracias a su venerable antigüedad y a los santos padres que intervinieron en su creación y reforma, fortaleció el apego que los hispánicos tuvieron hacia él en los duros momentos en que peligraba su existencia, debido al expansionismo galorromano o carolingio. Durante los siglos X y XI, los scriptoria de los reinos cristianos desarrollan una actividad febril para copiar en valiosísimos códices, "ne pereat", la música propia de la liturgia hispánica. Así, por ejemplo, en vano buscaríamos en los archivos europeos un manuscrito tan extraordinario por su perfección gráfica y por su densidad semiológica como el antifonario de León o algunos códices salidos del scriptorium del monasterio de Silos. El arraigo del canto autóctono en las iglesias hispánicas no impidió su brutal supresión y su sustitución por el canto galorromano o gregoriano en un momento en que en toda Europa se estaban haciendo esfuerzos para conseguir que la notación neumática pudiera comunicar no sólo el ritmo y la articulación de los sonidos, sino también su posición en una escala o su altura melódica. El concilio de Burgos de 1081 culminó un proceso de sustitución del canto hispánico por el gregoriano al ordenar el cambio radical de liturgia. De esta manera, mientras la nueva práctica litúrgica y musical empieza a escribirse en notación aquitana, gracias a la cual podemos conocer la posición melódica de los sonidos, la vieja música hispánica queda apresada en los bellísimos neumas mozárabes, que sólo reflejaban la altura relativa de los sonidos. El amplísimo repertorio musical mozárabe, más extenso que el repertorio gregoriano, por cuanto la liturgia mozárabe es mucho más prolija que la romana, está contenido hoy en algo más de cuarenta manuscritos, entre códices completos y fragmentos. Pero sólo una veintena de piezas han podido ser transcritas, gracias a que la vieja notación hispánica fue en ellas sustituida por la aquitana. Habría que ver lo que en la nueva tradición musical impuesta quedó de la tradición sustituida; sin duda muy poco. De todos modos, el canto mozárabe es uno de los ejemplos más significativos y más amplios de la tradición ritual occidental anterior al gregoriano o galorromano. Nada sabemos de lo que pudo ser el canto pregregoriano en las Galias, o en Inglaterra, o en Italia, salvo el canto milanés o ambrosiano y unas pequeñas muestras del canto viejorromano y beneventano. Pero es mucho, aunque todavía insuficiente, lo que sabemos del canto hispánico y lo que podemos aún descubrir en la importante tradición manuscrita conservada.

Ismael Fernández de la Cuesta


NOTAS.

1. Vea también, del mismo autor, el texto que acompaña al disco "Liturgia española antigua" y la ponencia "El canto gregoriano, la polifonía y la música antigua"
2. La mayoría de los autores coinciden en que el significado de mozárabe es "arabizado". (N. de la Ermita).

 

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