La Ermita. Rito hispano-mozárabe

 

EL MONACATO HISPANO

Reglas y pactos

 

 

REGLA DE SAN LEANDRO

  Introducción.
I. Deben evitarse las mujeres seglares.
II. La virgen debe huir el trato con varones.
III. La virgen debe guardarse del trato con jóvenes.
IV. La virgen debe servir a las otras vírgenes.
V. De la reciprocidad en el amor.
VI. La virgen ha de ser pudorosa.
VII. La virgen ha de soportar al que le calumnia.
VIII. La virgen no debe calumniar a nadie.
IX. La virgen no debe ser soberbia.
X. Del vestido de las vírgenes.
XI. La virgen debe ser humilde.
XII. De la paciencia de las vírgenes.
XIII. De la abstinencia de las vírgenes.
XIV. La virgen no debe murmurar de las demás.
XV. La virgen debe leer y orar continuamente.
XVI. No debe leerse con espíritu carnal el Antiguo Testamento.
XVII. La virgen no debe conversar con otro a solas.
XVIII. Del ayuno moderado.
XIX. Del uso del vino.
XX. Cómo deben usar del baño las vírgenes.
XXI Es falta en las vírgenes reir descaradamente.
XXII Cómo deben ser consideradas las siervas que han profesado virginidad.
XXIII La virgen se ha de mostrar ecuánime tanto en la pobreza como en la abundancia.
XXIV De la concesión y la prohibición de carne.
XXV La virgen debe perseverar en el monasterio donde empezó.
XXVI Se debe huir de la vida individual.
XXVII De la discreción de la superiora con cada una.
XXVIII La virgen no debe tener peculio en el monasterio.
XXIX La virgen no debe jurar.
XXX La virgen no debe conversar a solas con otra.
XXXI La virgen no debe desear volver al mundo.


REGLA DE SAN LEANDRO1

LEANDRO, EN CRISTO DIOS, POR SU MISERICORDIA, OBISPO,
SALUDA A SU HIJA EN
CRISTO Y HERMANA FLORENTINA

[INTRODUCCIÓN]

 

Al preguntarme con insistencia a mí mismo, queridísima hermana Florentina, qué caudal de riquezas podría dejarte en herencia como lote del patrimonio, acudían a mi imaginación multitud de bienes falaces. Pero después de espantarlos como molestas moscas con el meneo de la reflexión, me decía para mis adentros: «El oro y la plata proceden de la tierra, y a la tierra vuelven; la hacienda y las rentas patrimoniales son de poco valor, son caducas, pues pasa la apariencia de este mundo» 2. Nada, por consiguiente, de lo que he contemplado bajo el sol lo he creído digno de ti, hermana mía; convencido estoy de que nada de ello puede caer en gracia a tu profesión. He visto que todo ha de ser mudable, caduco y vacío; por eso he comprendido qué verdad son las palabras de Salomón: Voy a ensalzar mis empresas: me edifiqué casas y planté viñas, me formé jardines y vergeles, y puse en ellos toda clase de árboles. Me construí estanques de agua para regar el plantío de los tiernos árboles. Tuve a mi disposición esclavos y esclavas y numerosa servidumbre. Asimismo, rebaños de bueyes, corderos y ovejas, como también de cabras, en mayor cantidad que todos cuantos existieron antes de mí en Jerusalén. Amontoné oro, y plata, y riquezas de reyes y regiones; me organicé cantores y cantoras y diversiones de los hombres; copas y vasijas para el servicio de los vinos. Y sobrepujé en riquezas a todos los que existieron en Jerusalén 3.

En resumen, que toda esta pompa humana la expuso en tales términos, que concluyó: Después de volver la mirada a todas las obras de mis manos y a los trabajos en que inútilmente me había afanado, vi en todo vanidad y un azotar el aire y que nada hay estable bajo el sol 4. Y en otro pasaje continúa el mismo: He aborrecido solemnemente a toda mi actividad, en que me empleé tan afanosamente en este mundo, pues he de tener un heredero, que ignoro si será avisado o necio. Él poseerá el fruto de mis trabajos, que tantos sudores y afanes me costaron. Y ¿puede haber algo tan huero como esto? Por eso he dado de mano a todo esto y decidido en mi intención no afanarme más en este mundo 5.

Por mi parte, pues, ilustrado con estas palabras del oráculo, no me creería un verdadero padre para ti si te entregara tales riquezas carentes de toda consistencia, que, pudiendo ser arrebatadas por los vaivenes del mundo, podrían dejarte pobre y desamparada. Además, cargaría sobre ti un cúmulo de ruinas y te expondría a un continuo temor si pensara en reservarte, en razón de tu legítima fraternidad para conmigo, tesoros que los ladrones podían robar, roer la polilla, devorar el orín, consumir el fuego, tragárselos la tierra, destruir el agua, abrasar el sol, pudrir la lluvia, congelar el hielo. Y, en efecto, no cabe duda que, enredado el espíritu en estos negocios humanos, se va apartando de Dios y acaba por alejarse de la norma inconmovible y permanente de la verdad. Ni es capaz tampoco de dar cabida en sí mismo a la dulcedumbre del Verbo de Dios y a la suavidad del Espíritu Santo el corazón que se ve agitado con tantos obstáculos mundanos y acribillado con tantas espinas de inquietudes temporales.

Si, pues, te ligare con tales lazos, si te echare encima tales cargas y te oprimiere con el peso de preocupaciones terrenas, deberías considerarme no como padre, sino como enemigo; habrías de pensar que era un asesino, no un hermano. Por eso, queridísima hermana, en vista de que todo cuanto se encierra bajo la bóveda del cielo se apoya sobre cimientos de tierra y va rodando sobre su haz, nada he encontrado digno de constituir tu tesoro. Allá en lo alto de los cielos hay que buscarlo, de modo que topes con el patrimonio de la virginidad allí donde aprendiste su profesión. El valor, pues, de la integridad se echa de ver en su recompensa, apreciándose su mérito por la retribución que recibe; pues cuanto más despreciable sería considerada si se enriqueciera con bienes transitorios y terrenos, tanto más bella y excelente es la virginidad, que después de pisar y repudiar los placeres del mundo, conservando en la tierra la entereza de los ángeles, se granjeó la herencia del Señor de los ángeles. ¿Cuál es entonces la herencia de la virginidad ¿No ves cómo la canta en los Salmos David, el salmista: El Señor es mi herencia 5*; y en otro lugar: Mi lote es el Señor? 6.

Mira, mi querida hermana, mira cuánto has ganado. Atiende y considera qué altura tan sublime has logrado hasta haber encontrado la merced de tantos beneficios en el único y solo Cristo. El es verdadero esposo, es un hermano, es un amigo; es tu herencia, es tu premio; es tu Dios y Señor. En él tienes al esposo a quien debes amar: El más hermoso por su figura entre los humanos 7. Es verdadero hermano, a quien siempre has de poseer, pues tú eres hija por adopción de quien Él es hijo por naturaleza. Es amigo de quien no puedes desconfiar, pues Él dice: Una sola es mi amada 8. En Él tienes la herencia que anhelas, pues Él es tu lote patrimonial. Tienes en Él el precio que debes aceptar, porque su sangre es tu redención. Tienes, en fin, en Él a Dios, a quien debes rogar; al Señor, a quien has de temer y venerar. La virginidad reclama para sí en Cristo toda esta prerrogativa; ante quien tiemblan los ángeles, a quien sirven las potestades, a quien obedecen las virtudes, ante quien doblan l rodilla el cielo y la tierra, a éste reclama la virgen como a su esposo, a la cámara nupcial de éste se dirige ataviada de virtudes, a este tálamo prodiga el calor de su casto corazón. Y ¿qué más pudo procurarle Cristo a quien se entregó Él como esposo, y a quien retribuyó, a título de dote y regalo, con su propia sangre?

Suelen, efectivamente, los que toman mujer asignar una dote, ofrecer regalos y, a cuenta de perder la integridad, entregar su patrimonio, de modo que más parece que han comprado que tomado esposa. Tu esposo, ¡oh virgen!, te entregó como dote su propia sangre; con ella te redimió, con ella te unió a sí, de modo que sin perder la entereza, poseas la recompensa. Cuanto más espléndida es la merced de la dote, tanto más sin medida es el amor. Mucho, por tanto, ama a quien ha desposado con su propia sangre, y, por lo mismo, dejó que abrieran su cuerpo a golpes de heridas y con la punta de la lanza para pagar tu integridad y consagrar tu castidad. Curó, en efecto, al hombre con remedios contrarios; es decir, que así como su muerte es vida para nosotros y su abatimiento es medicina de nuestra soberbia, también con sus heridas pagó por nuestra integridad. Y por esto prefirió ser herido, para no consentir que fuéramos aplastados bajo el martillo de toda la tierra: Habéis sido comprados a gran precio, dice el Apóstol; no os hagáis esclavos de los hombres 9. ¿Por qué tratas, ¡oh virgen!, de entregar a un hombre tu cuerpo, que ya antes ha sido rescatado por Cristo? Uno te rescató, y ¿deseas desposarte con otro? Sirves a uno por el precio de la libertad, y ¿te condenas con una esclavitud voluntaria? Aunque se te diese en dote el mundo, ¿qué más valioso que la sangre de Cristo, por la que fue rescatado el mundo? Pon en la balanza el pago y el precio, para que veas que vale más quien te redimió que lo redimido. ¡Qué torcidamente, por tanto, lo entiende la virgen que, despreciando al comprador, va tras el precio y, posponiendo la sangre de Cristo, se abraza al mundo que fue rescatado!

No soy capaz, hermana amantísima, de exponer con mis palabras los privilegios de la virginidad. Es, en efecto, don inefable, oculto a las miradas, cerrado a los oídos, infranqueable al entendimiento. Pues lo que todos los fieles esperan ser y después de la resurrección aguarda toda la Iglesia, ya lo sois vosotras: Este ser corruptible se revestirá de incorruptibilidad 10, dice el Apóstol. Pero en realidad esto sucederá después de la resurrección del cuerpo. He aquí que vosotras participáis ya de la gloria de la incorrupción. Poseéis ya en la presente vida esta herencia de gloria. ¡Qué felicidad, pues tan grande os está reservada en el futuro! ¡Qué corona os aguarda en la eternidad! ¡Cómo poseéis ya aquí el privilegio de la incorruptibilidad que muchos suspiran por alcanzar! ¡Qué gozo, por tanto, es para mí que te conserves tal cual fuiste formada por las manos de Dios! Ciertamente creó en integridad a la que destinó para la integridad y la preparó para los privilegios de la integridad. La malicia de los hombres es la que corrompe la naturaleza, que Dios creó entera. Este fue el primer pecado de la humanidad, ésta la causa de la condenación original: que los primeros padres no quisieron permanecer como habían sido creados, por lo cual merecieron ser condenados en sus personas y en su descendencia. Reedificad en vosotras, ¡oh vírgenes!, con el freno de la castidad lo que perdieron en el paraíso los primeros hombres. Vosotras, pues, habéis conservado la condición primera del hombre, ya que permanecéis tales como ellos fueron creados. Pero guardaos de sus ejemplos. ¡Ay, qué dolor, amadísima hermana! Huye el ejemplo de los primeros padres; huye horrorizada los silbidos de la antigua serpiente, no vaya a producirte espinas y zarzas la tierra viciada, y la que, en razón de esta joya de la virginidad, debe producir lirios y rosas, críe ortigas y paja; ésta para quemarnos, aquéllas para herirnos.

Vosotras sois, pues, las primicias ofrendadas del cuerpo de la Iglesia, vosotras sois la oblación grata a Dios y consagrada en el altar sagrado, sacada de toda la masa del cuerpo de Cristo. Pues, gracias a vuestra profesión y a su fe, toda la Iglesia ha obtenido el título de virgen, ya que vosotras sois la parte mejor y más preciosa por haber consagrado la integridad de vuestro cuerpo y alma a Cristo. Y, si bien la Iglesia permanece virgen en todos sus miembros en general por la fe, sin embargo, no sin razón es virgen, aun en el cuerpo, en una parte de sus miembros que sois vosotras, conforme a la figura de dicción en virtud de la cual el todo se designa por la parte o la parte por el todo.

Medita como paloma, purísima virgen, y reconsidera qué gloria te espera en el futuro, tú, que no condescendiste con la carne y sangre ni sometiste tu purísimo cuerpo a la corrupción. Muévete, pues, a pensar, comprende de antemano cómo desea Cristo estrecharte entre sus brazos a ti que hollaste los halagos del mundo. ¡Con qué ansias te está esperando el coro de vírgenes, cómo te contempla cuando subes apresurada a las alturas del cielo por los mismos pasos por los que esa cohorte de vírgenes llegó hasta Cristo! Se inunda de gozo a la par María, madre del Señor, cima y modelo de la virginidad, madre de incorrupción, que os engendró con su ejemplo sin perder su integridad, os alumbró con su enseñanza y no conoció el dolor. Concibió al Esposo, y es virgen. Todos los días da a luz nuevas esposas, y es virgen. Dichoso el vientre que pudo engendrar sin perder su integridad. Bienaventurada la fecundidad que con su alumbramiento pobló el mundo, adquirió en herencia los cielos sin despojarse del velo de la virginidad. Ha de arder tu corazón, hermana mía, con el fuego que Cristo envió a la tierra. Inflámete la llama de su fuego y dirige la mirada de tu espíritu a los coros de vírgenes que siguen a María; entra y júntate a la compañía de estos coros con tus deseos. Corre hacia allá, apresúrate a llegar; allí está reservada la corona de justicia con que te recompensará en aquel día el Señor, como justo juez 11.

Advierte que tu hermano no desea más que tu progreso, que anhela ansiosamente que tú vivas con Cristo; porque aunque no tengo en mí lo que deseo perfeccionar en ti y me lamente de haber perdido lo que deseo que tú poseas, será sin embargo, para mí una parte de mi remisión si tú, que eres la mejor parte de mi sangre, no pusieres los pies en los senderos del pecado 12, si conservas con firmeza lo que ya tienes. ¡Ay de mí si otro recibiera tu corona; tú, mi defensa ante Cristo; tú, carísima, mi garantía; tú, mi víctima sagrada, por la cual no dudo que expiaré el aluvión del pecado! Si tú eres grata a Dios, si tú te desposares en casto connubio con Cristo, si tú te abrazares a Cristo por el fragantísimo aroma de la virginidad, ciertamente, acordándote de tu hermano pecador, obtendrás el perdón que solicitares para las culpas del hermano. No va a contrariarte quien te unió a su alianza. Su siniestra, en la que reside la riqueza y la gloria, está bajo tu cabeza 13, y su diestra, en la que se encierra la longevidad de la vida, te abrazará 14. Cuando te goces entre los abrazos de tal esposo, si pides la salvación de mi alma, la lograrás. Tu amor a Cristo será mi gracia de perdón, y tendré alguna esperanza de remisión, por pequeña que sea, si la hermana a quien tanto amo pasare a las nupcias con Cristo. Y en aquel terrible y tremendo juicio donde se hará examen de obras y palabras y de obligaciones de cargo, donde, ¡ay de mí!, he de verme forzado a rendir cuenta de mis servicios, tú serás mi apoyo, tú mi alivio; y el castigo que acaso se me aplique por tus descuidos, será mitigado gracias a tu castidad, alejando, sin duda por tu intercesión, el reato de mis obras. Y, si vivieres unida a Él y le dieres gusto, no me sentiré agobiado por el peso de mis infidelidades; en cuanto condesciende contigo, a mí me perdona; ni permitirá que perezca el hermano de aquella con quien se desposó. Por tu valimiento quizá se me condonará la deuda que contraje. En tanto que a ti te entrega su afecto, no me castiga por mi delito. Compadécete, hermana mía, no solamente de ti, sino de mí, aunque indigno, para que, en razón de aquello mismo que es causa de tu gloria, se me conceda a mí por lo menos el perdón de mis culpas. Con la ayuda del gran número de vírgenes que tendrás en tu compañía lograrás para mí sin dificultad lo que pidieres. Aún más, la misma Madre y cabeza de las vírgenes, María, intercederá ante su Hijo por tus merecimientos, y por no afligirte, cuando ruegues con tanta perseverancia por mí, me levantará en mis posibles caídas y me consolará cuando me halle abatido por mi conciencia culpable. No se vea fallida mi esperanza en el Señor por tu intercesión, ya que, merced a mis exhortaciones, a mi ayuda, cierto que por don de Dios, pero por mis servicios, tienes ahora esta profesión. Tu integridad, por tanto, que será causa de tu corona, ha de ser para mí motivo de misericordia.

Ruégote apartes tus ojos de las falsas apariencias de este mundo. Haz blanco de tu espíritu allí donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, pues todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne y concupiscencia de los ojos 15. Busca los tesoros de arriba 16. Donde está tu vida, allí deben estar tus aspiraciones; donde está tu esposo, allí deberá estar también tu tesoro. En manera alguna te dejes arrastrar por los placeres del mundo, ni hermosees tu cuerpo con brillantes adornos. El cuerpo adornado excita, a no tardar, la liviandad de otros y atrae hacia sí las miradas de los jóvenes la que se engalana y se presenta enjoyada. Tratar de gustar a la mirada ajena es pasión meretriz, y, si te comportas de modo que halagues los ojos concupiscentes, haces injuria al esposo celestial. te ruego examines las diferencias entre la mujer casada y la doncella; considera las aspiraciones de una y otra; piensa luego el camino que sigue cada cual.

La virgen pone empeño en agradar a su Dios; la casada, al mundo; la virgen guarda la entereza de la virginidad con que nació, la casada cómo la pierde por el alumbramiento. Y ¿qué clase de virginidad es, cuando no se conserva íntegra como empezó por naturaleza? En primer lugar se irroga una afrenta a la obra de Dios, por cuanto se corrompe y mancha con la sensualidad la que Él creó íntegra. En vosotras, que el mundo retiene, pero no corrompe, reconoce Dios su obra; en vosotras que Dios recibe tales cuales las creó. Por eso, todas vuestras acciones por practicar la virginidad, que al presente no se cumplen en cuanto al cuerpo, se han de dar en la resurrección. Pero la virginidad, una vez perdida, ni se repara en esta vida ni se recobra en la futura. Cierto que Dios puso la ley de que hubiera nupcias, pero precisamente para que naciera la virginidad; para que, multiplicada la serie de vírgenes, se recobrara en la prole lo que habían perdido las nupcias en la raíz.

La virginidad es fruto de las nupcias, puesto que del matrimonio nacen las vírgenes; y, si éstas se conservan sin corrupción, resultan una recompensa de las nupcias. Tienen los matrimonios motivos de gozo si los frutos de su unión se guardan en los graneros del cielo. También tú acrecentarás los méritos de nuestros padres; ambos serán recompensados con tu gloria, y, siendo tú su hija que se entrega a Cristo, ellos recibirán en su fruto lo que perdieron en el germen.

Recuerda, hermana mía, las desventuras ordinarias de las nupcias y cierra tus ojos para no ver su vanidad. Las primeras desdichas del matrimonio suelen ser corrupción, hastío de la corrupción, peso del seno embarazado, los dolores del parto, que llegan a veces a poner en riesgo de muerte, donde se hunde el fin y el fruto de las nupcias, puesto que en un mismo punto desaparece la madre y el hijo, y todo aquel esplendor de la boda queda desvanecido con el término de la muerte. Lo que se creyó que iba a ser motivo de felicidad ha resultado ser ocasión de su muerte. ¿Adónde va después de la muerte quien puso toda su dicha en las bodas? ¿Qué hace, cuando sale de este siglo, la que trató de dar gusto a su marido, no a Dios? La que anduvo solícita por complacer al mundo, ¿qué parte podrá tener con Cristo? ¿Las que primeramente, si bien miras, se venden a los hombres, y pierden con la virtud la libertad, puesto que al recibir la dote hacen prisionera su virginidad? ¿Qué le queda a la infeliz que pone a venta su pudor? ¿Qué es de ella, si a veces por trances del mundo, como suele suceder, pierde la dote? Entonces se ha quedado sin virtud y sin dote. ¡Qué pobre y desamparada se ve en ambos respectos! Expuesta ciertamente, por causa del marido, a un doble temor, teme perder un bien y poseer un mal. Así que entre tales angustias, ¿Qué lugar hay para el gozo? ¿Qué artificiosas formas no urde para halagar a los ojos? ¿Con qué olores extraños no impregna los vestidos para deleitar los sentidos? Finge el cutis la que adultera su rostro con ficciones, tiñéndolo con colorete rojizo, de modo que no se reconoce a sí misma y engaña al marido con hermosura prestada, no con la propia. Piensa si no es un género de maleficio inventar un ardid para provocar pasión. Y ¿crees que tendrá limpia el alma la que de ese modo corrompe su rostro? Triple adulterio comete: del alma, porque tramó tal fraude; del cuerpo, por alterar con afeites el rostro; de los vestidos, por exhalar olor extraño, no el suyo. La virgen, por el contrario, ignorante de estas malicias, conserva el sexo, pero ignora sus exigencias; olvidada de la fragilidad mujeril, vive con vigor varonil, porque ha robustecido con la virtud la debilidad del sexo y no ha entregado a la esclavitud del cuerpo lo que por ley natural está sometido al varón.

Dichosa la virgen que hereda de Eva el cuerpo, pero no la maldición. Esta, por efecto del pecado, tuvo que escuchar: Estarás bajo el poder del varón y alumbrarás tus hijos entre dolores 17. Tú que has llegado hasta la virginidad, sacudiste la cerviz de tal yugo; y, no viéndote oprimida por la ley conyugal, no te inclinarás hasta la tierra, sino, levantada en sublime región, puedes mirar al cielo, para que, desdeñando lo prohibido, subas hasta allá de donde ella cayó por tomar lo vedado. Eva gustó lo prohibido y perdió la virginidad.

Es lícito a la virgen casarse, pero la que no se casó se ha agregado a los coros de los ángeles: Desde la resurrección, pues, ni las mujeres toman maridos ni los hombres mujeres, sino serán como los ángeles de Dios 18. Considera, virgen, que la que no se casa se equipara a los ángeles. Pues está permitido engendrar hijos, pero las que rechazaron esta exigencia pueden escuchar las palabras de Cristo: Dichosas las estériles, que no engendraron, y los pechos que no amamantaron 19. Y, por el contrario, en este mismo pasaje se dice a las casadas: ¡Ay de las que estén encintas y criando en aquel tiempo! 20 ¿Por qué, pues, va a buscar hijos, que se alumbran con dolor, la que abriga sentimientos de piedad, con los que puede gozarse meditándolos? Así, pues, los sentimientos de una virgen pueden considerarse como hijos: Por tu santo temor, Señor, dice el profeta, hemos concebido y dado a luz el espíritu de salvación 21. He aquí una concepción feliz, una descendencia incorrupta, un parto beneficioso, en el que se alumbra una prole de buenos pensamientos y se ignora el dolor; tantos lozanos retoños cuantos santos pensamientos; tantas veces concibe, cuantas atrae el espíritu divino con santas meditaciones.

Una concepción que viene del cielo produce virtudes. Y, para que no te consideres estéril, tendrás hijos cuantas virtudes mostrares. Con una sola concepción del Espíritu Santo sacarás a luz muchos hijos. El primer alumbramiento es la virginidad, la virtud del pudor; el segundo, la paciencia; el tercero, la sobriedad; el cuarto, la humildad; el quinto, la templanza; el sexto, la caridad; el séptimo, la castidad, para que se cumpla lo que se lee: La estéril dio a luz siete 22. He aquí que con una sola concepción del Espíritu septiforme has alumbrado siete hijos: No debes decir: «He aquí que soy leño seco», pues dice esto el Señor a los eunucos: A los que observaren mi sábado, y eligieren lo que he mandado, y mantuvieren mi alianza, les daré en mi casa y dentro de mi posesión un lugar y un nombre más valioso que el de los hijos e hijas; les daré un nombre sempiterno que no perecerá»23.

Ves, amantísima hermana mía, que las vírgenes poseen un lugar eminente en el reino de Dios; y no sin razón, pues «los limpios despreciaron la ambición, y por eso llegaron al reino celestial» 24. Aquí dan comienzo a la felicidad de la vida celestial las que no engendraron hijos entre dolores, y las que repudiaron las impurezas de la concupiscencia y los torpes artificios de los cónyuges, con razón lograron desposarse con Cristo. De ningún modo te dejes arrastrar por los pomposos cortejos de las bodas, que, con densa comitiva de clientes, vienen a caer con frecuencia en manos de quienes se creían guardianes de la castidad y son salteadores de la virtud. Y, puesto que se ven rodeadas de tantos varones, les acude a la imaginación lo que practican en el lecho con sus propios maridos; y lo que han experimentado con uno solo, eso mismo piensan con muchos. No temeré la odiosidad, con tal que haya dicho la verdad. Pueden herirme con sus lenguas aquellas a quienes remordiere su conciencia, con tal que diga a las que pueden aprovechar lo que deben repudiar en las que brillan por solas sus obras carnales.

Cierto es, hermana mía, que la que se adornare con el brillo de los vestidos, exhalare perfumes extraños, se pintare los ojos, o disimulare su rostro con blancura prestada, o rodeare sus brazos con brazaletes de oro, y aplicare sortijas a sus dedos, e irradiare fulgores de estrellas de las piedras de sus manos, y colgare de sus orejas ajorcas de oro, y cubriere su cuello con collares de variadas perlas, y enjoyare su cabeza con dijes preciosos, es cierto, repito, que no es casta quien así se adornó para atraer las miradas de muchos y halagar su espíritu y fascinar su imaginación. Esta, aunque no cometa adulterio exteriormente por temor al marido, fornica, sin embargo, allá adentro en su intención.

Es casta, en cambio, la que gusta al marido por la sencillez de sus vestidos y por sus buenas costumbres, y a Dios por el tesoro de su castidad. El apóstol Pedro expresa el continente de estas mujeres y el adorno de sus vestidos, y describe en su predicación la rectitud de sus costumbres con estas palabras: El esmero de la mujer no ha de estar en los adornos exteriores, o en las joyas, o en los vestidos, sino en el adorno del corazón 25. Lo mismo, efectivamente, añadió San Pablo cuando dijo: (Oren) asimismo las mujeres con vestido decoroso, ataviándose comedida y sobriamente, no con cabellos rizados, o con dijes de oro, o con piedras, o con vestidos costosos, sino, como corresponde a mujeres que hacen profesión de piedad, con obras buenas 26. Huye de las que vieres que no se atienen a estas normas como de guías y compañeras del infierno, pues no harán más que convencerte de los sentimientos en que ellas abundan; y, si no con sus palabras, con sus hábitos te enseñarán maldades. Apártate de la que fuere refulgiendo con rayos de oro y perlas como de un fantasma y considérala como un ídolo, no como una persona, porque se atrevió a adulterar con múltiples artificios la hermosura que Dios le otorgó en su origen. Por eso clama la Escritura: La ficción es engañosa, y vana la hermosura; la mujer temerosa de Dios, ésa recibirá elogios 27.

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I. DEBEN EVITARSE LAS MUJERES SEGLARES

Te ruego, hermana mía Florentina, que no participen de tu trato las mujeres que no tienen tu misma profesión; lo que llevan dentro, eso insinúan, y a los oídos te susurrarán las vanidades que anidan en su deseos. ¡Ay de mí, hermana! Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Con el puro, puro serás 28; pero quede muy lejos de ti, hermana, aquello: Y con el perverso te pervertirás 29. ¿Qué hacen reunidas una virgen y una casada? Esta no persigue tu ideal, porque ama al marido. Repudia tu profesión, y, aunque fingiere que le gusta, miente para engañar. ¿Qué va a tratar contigo la que no lleva contigo el yugo de Cristo? Si el hábito es distinto, distintos son los sentimientos. Como instrumento de Satanás, te cantará lo que excite los halagos del mundo y te meta por las sendas del diablo. Huye el canto de sirenas, hermana mía, no vaya a resultar que, por prestar oídos complacientes a lo terreno, te desvíes del camino recto y des con el escollo de Escila a diestra o te engulla a siniestra el abismo de Caribdis. Huye el canto de sirenas y cerca tus oídos contra la lengua de los que te susurran iniquidades. Protege tu corazón con el escudo de la fe contra quien vieres disconforme con tus promesas y arma tu frente con el trofeo de la cruz contra la que diere silbidos comprometedores de tu profesión.

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II. LA VIRGEN DEBE HUIR EL TRATO CON VARONES

Tú misma, hermana mía Florentina, puedes comprender cómo has de huir el trato de varones, si con tanta solicitud debes evitar el de las mujeres mundanas. Todo varón, por santo que sea, no ha de tomar contigo ninguna familiaridad, no sea que a fuerza de continuas visitas sufra menoscabo la virtud de ambos o perezca. Pecaría, pues, contra la caridad de Dios la que diere ocasión a perpretar una mala acción; pecaría contra la caridad del prójimo la que, aunque no obre el mal, fomenta, no obstante, la creencia de una fama pésima. Pues, en efecto, cuando se encuentran juntos en un lugar el hombre y la mujer, siente una sensación instintiva y se enciende la concupiscencia natural si rozare alguna chispa el desorden explosivo. ¿Quién guardará el fuego en el seno y no se quemará? El fuego y la estopa, tan contrarios entre sí, juntos en uno, prenden las llamas. El sexo diverso del varón y la mujer, si se juntan, se excitan hacia donde les lleva la ley natural.

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III. LA VIRGEN DEBE GUARDARSE DEL TRATO CON JÓVENES

Y si con tal extremo ha de evitarse el trato de varones santos para no ofender las buenas costumbres de ambos, ¿cómo no habrán de huirse los jóvenes que siguen los caminos tenebrosos de la vida mundana? A éstos pone el diablo ante los ojos de la virgen para que durante la noche pienses en las figuras de los que contempló durante el día. Y por más que se oponga a esto la reflexión y rechace de su consideración tales imaginaciones, sin embargo, la visión y mirada reciente de su figura corporal le representa a la memoria las formas que al verlos captó, de modo que, por poco que halague a la imaginación tal representación, se le reproducirá durante el sueño lo que vio con los ojos. Con tales dardos queda atravesado el espíritu de la virgen y se clava en su corazón una afición tóxica que le lleva a repetir con gusto al día siguiente la visita que recordó durante la noche. Y así penetran hasta las telas del corazón las trazas de Satanás por las ventanas de los ojos, como dijo el profeta: Penetró la muerte por nuestras ventanas 30, pues no se introduce el diablo al interior del alma sino a través de los sentidos corporales. Si vieres una cosa hermosa que mueve la concupiscencia, si halagare tus oídos una canción torpe, si impresionare tu olfato un olor aromático, si recreare tu gusto un sabor placentero, si el tacto tocare una figura blanda y pulida, entonces se conmueve la carne con la concupiscencia del placer sensual. Los dos sexos, ciertamente, son obra de Dios. Los varones, sin duda han de ser amados, en cuanto son obra de Dios, que los creó, no por la hermosura del cuerpo ni por la delicadeza de su aspecto, ya que de tierra cenagosa se formó su cuerpo, y de ella se contaminará al volver a la tierra. ¿Quieres tener a este fin un testimonio seguro de esto? ¿Quieres comprender qué es la carne tan hermosa? Ven a los hechos. Si examinas, verás cómo queda en la sepultura, después de tres días de enterrada, la carne que deslumbraba por su hermosura en el mundo. ¿Acaso no se horrorizan de verla convertida en tierra y en fuente de gusanos los mismos ojos que ansiaban contemplarla cuando vivía? El olfato, que se recreaba con los aromas que despedía en vida, huye ahora de su fetidez. Así que guárdate de ofender gravemente a Dios a pretexto de amar la obra de Dios. Todo lo que Dios ha hecho es bueno, pero Él ha de ser amado más que todas las cosas. Recuerda al abanderado de la virginidad, florón de vuestra profesión, modelo y guía de las vírgenes, María. En efecto, se ve que evitaba la compañía de los varones por el hecho de que el ángel la halló sola y porque se turbó su espíritu ante el ángel, tomándolo como un varón de los que se apartaba. Pero ¿por qué tal cosa? Debes ver a qué gloria llega: a ser madre de Cristo por evitar el trato de varones. También tú, si rechazares de tus ojos esas imágenes que seducen el corazón, si te retirares a tu celda en compañía de tus pensamientos, si te apartares del ruido y tumulto del mundo, en el silencio y esperanza estribará tu fortaleza; y hasta diré que atraerás a Cristo a tu corazón, que descansará en tu cámara y gozará de tus abrazos. Y entonces podrás decir con el profeta: Venga la paz y descanse en su aposento 31. Nuestra paz, en efecto, es Cristo, y el lugar de su reposo es un corazón puro.

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IV. LA VIRGEN DEBE SERVIR A LAS OTRAS VÍRGENES

Procura aliviar a la hermana enferma con solicitud y delicada atención. Recuerda lo que leemos en las epístolas de los apóstoles: ¿Quién enferma sin que yo enferme también? 32 En estas obligaciones guarda la regla de tu esposo, de quien está escrito: Realmente soportó él nuestras dolencias y cargó sobre sí con nuestros trabajos 33. Así que también tú, a imitación suya, revístete de sentimientos de compasión; considera como propias las enfermedades y dolencias de tus hermanas, para que llegues a escuchar las palabras del Señor, que experimentó en su cuerpo las heridas y alivios de los suyos: Estuve enfermo, y me visitasteis; 34 y también merezcas oír a continuación lo que sigue: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde la creación del mundo 35. Lo primero, pues, que la enferma se alivie con la suavidad de tus palabras. Después presta un servicio benévolo y solícito a las exigencias de su cuerpo para remedio de la enfermedad, de modo que tus palabras sean apreciadas por la enferma como aplicación de una medicina.

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V. DE LA RECIPROCIDAD EN EL AMOR

Paga la deuda de amor a las que te muestren amor, de modo que ames con mayor afecto que eres amada. En cambio, no debes odiar a las que te quieren mal, sino al contrario, devuelve bien por mal, y recompensa con amor la malquerencia, para vencer el mal con bien: Amad a vuestros enemigos, dice el Señor, y favoreced a los que os odian 36. Con esa benignidad atraerás a sentimientos de concordia a la discordante, si devuelves el bien con ocasión del mal y practicas la caridad sincera con la que con su odio te compelía a hacerle mal; de ese modo, la que es maliciosa entrará en el número de las buenas antes que tú, por el pecado ajeno, vengas a juntarte a los malos.

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VI. LA VIRGEN HA DE SER PUDOROSA

Aplícate con empeño, hermana mía, a adornar todas tus acciones con la virtud del pudor. Todo lo que de bueno practicare la virgen lo realizará con recato y noble pudor. El pudor es como la madre que alimenta todas las virtudes de la virgen. El pudor hace que la virgen no se irrite, sino se muestre paciente; que no sea insolente en el hablar, sino suave. El pudor le impide caer en la hinchada soberbia. El pudor contiene a la virgen para que siga la virtud de la humildad. El pudor le impulsa a mantener en sí la moderación de la parsimonia. El pudor es conservado por los buenos; en efecto, la que se abstiene de todos los vicios estimulada por el freno del pudor, se encamina tras la consecución y práctica de las virtudes. Por fin, hasta los mismos movimientos del cuerpo adquieren en la virgen compostura con el pudor, para no volver el rostro a todas partes con descaro, para no levantar los ojos con desenvoltura, para no caer en conversaciones desvergonzadas, para no mancharse con miradas turbias. En todos los actos le sirve de freno el pudor y le cubre como un velo; y la libertad y autoridad, que muchas veces caen bien en los varones, parece un vicio en las vírgenes, si no van moderadas por el pudor.

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VII. LA VIRGEN HA DE SOPORTAR AL QUE LE CALUMNIA

La virgen solamente debe tener libre la conciencia, no la lengua, ni las palabras, ni la mirada. Con la intención se ha de apoyar en Dios; mas en el tono de la voz, en las palabras y en las miradas ha de ser humilde y reservada, de modo que resista a los que calumnian y a los maldicientes solamente con la sinceridad y pureza de la conciencia; no trate de justificarse con palabras entonadas ante los hombres. Ha de acordarse de la castísima Susana, que a las acusaciones de los adúlteros no respondió con palabras, alegando la justicia que llevaba en su corazón; ni repelió con su defensa a los adúlteros, sino se confiaba con suspiros y gemidos, por la pureza de su conciencia, a sólo Dios, que veía sus intenciones; y por esto, la que rehusó defenderse con sus propias palabras, fue defendida por el juicio de Dios, de modo que depuso en su favor Dios, a quien presentaba su conciencia inocente y a quien, cuando era llevada al suplicio, encomendaba la causa de su inocencia.

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VIII. LA VIRGEN NO DEBE CALUMNIAR A NADIE

Si la virgen ha de evitar y eludir a los que le calumnian y hieren más bien con el silencio que rechazarlos con sus palabras de defensa, para no perder en su exterior y en sus palabras el pudor que guarda en su corazón, ¿con cuánta solicitud no deberá evitar calumniar por sí misma a nadie? Escuche lo que dice el Apóstol para no incurrir en delito de fraude o hurto: ¿Por qué no sufrís ya el engaño, sino vosotros sois los que cometéis el atropello, y esto a hermanos? 37 ¿Con qué cara va a responder mi hermana en reciprocidad a los que le calumnian y acusan de delito? José soportó con paciencia la acusación  de su dueña adúltera y no la repelió con reivindicaciones, sobrellevando sin exasperación la oscura cárcel consciente de su inocencia. ¡Con cuánto brillo, pues, de conciencia pura resplandecía en las estrecheces de la cárcel! Por donde conocemos a la vez que son libres aquellos a quienes no acusa su conciencia. En cambio, quienes tienen una conciencia culpable, aunque estén libres, se ven aprisionados por negras angustias como de cárcel. Aquel José, como decía, no quiso responder en favor de la sinceridad de sus conciencia según su conducta, sino que se encomendó a Dios, para que fuese juez el mismo que era testigo. Por tanto, ¡oh virgen!, aprovecharás si, apoyada en tales ejemplos, tratares de imitarlos.

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IX. LA VIRGEN NO DEBE SER SOBERBIA

Gran desatino es la insolencia y el orgullo en una virgen, de modo que la ira y la soberbia vengan a corromper su espíritu, cuyo cuerpo no fue violado por cuerpo ajeno, y se convierta en meretriz de los demonios la que no está sujeta a ningún varón. Mejor condición fuera para tal virgen soberbia e iracunda someterse a la disciplina de un varón que, libre del yugo varonil, estar como furiosa y sin freno bajo el dominio de los demonios. Esta tal lleva la corrupción en el alma, aunque guarde la castidad en el cuerpo; ni siquiera es casta de cuerpo la que tiene el alma corrompida por los demonios con la pasión de los vicios, puesto que así como se mancilla el alma con el contacto carnal, así se mancha torpemente el cuerpo con los vicios del alma. No hay duda que el alma es la porción más digna del hombre; y por tanto, allí donde primeramente se ha de guardar la entereza de la castidad. De este modo, liberada el alma de vicios y dotada de la entereza de las virtudes, mantendrá sujeta a su dominio la carne e impondrá al cuerpo sumiso la castidad que ella guarda. Es, pues, verdadera virgen la que ni tiene sujeta al diablo el espíritu ni al varón el cuerpo. El esposo celestial la alaba y pregona en el Cantar de los Cantares con estas palabras: ¡Qué hermosa eres amada mía; que bella eres sin el velo que oculta tu interior! 38 Hermosa no por la belleza corporal, sino por la entereza de la castidad. Lo que queda oculto en el interior son las virtudes del espíritu. El Salmo, ensalzando a la virgen, canta: Toda la gloria de la hija del rey está en el interior 39. En el interior, por tanto, está la gloria de las vírgenes, es decir, en el secreto del espíritu, donde se enjoya el alma con el don de las virtudes y florece la hermosura de la castidad; por eso es graciosa y bellamente aderezada.

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X. DEL VESTIDO DE LAS VÍRGENES

He aquí, hermana mía, las cosas que hemos expuesto en este libro y en estas páginas. Pon orden, pues, queridísima hermana Florentina, y adorna con las flores de las varias virtudes todo tu interior. Aspira a tal vestido para tu alma, que agrade al Hijo único del Padre celestial, de modo que, desdeñando el esplendor del cuerpo, únicamente procures adornar el espíritu con santas costumbres; tú más bien debes desagradar las miradas de los hombres carnales con aquello mismo con que ellos causan placer a los mismos carnales, y con todo empeño debes andar solícita de lo que te da hermosura a las miradas de Dios, porque estarás bellamente aderezada cuando prefieras al exterior el hábito interior, e irás perfectamente compuesta cundo fueres no tras el esplendor de los vestidos, sino tras la pureza del espíritu. El ponerse, en efecto, vestidos deslumbrantes en los que no aparece al ojo curioso la más mínima arruga por delante ni por detrás para que no queden abultados, vestidos llamativos ajustados con estudiado y minucioso arte, de suntuoso precio, eso es solicitud carnal, concupiscencia de los ojos. Por tu parte, usa vestidos no de los que te recomienden y te den distinción ante los hombres, sino de los que te muestren inocente ante Dios, de modo que por la sencillez en el vestir se eche de ver la integridad de tu alma virtuosa. Llénete de terror el profeta cuando increpa y acusa con palabras terribles a las vírgenes fatuas y arrogantes en su andar: Por cuanto se engrieron las hijas de Sión y caminaron con la cabeza erguida, y hacían guiños con los ojos, y batían las manos, y pisaban con los pies como si bailaran, decalvará el Señor la cabeza de las hijas de Sión y las despojará de sus cabellos 40. Y en vez de perfume, añade, habrá hediondez, y, en vez de cinturón, un cordel, y en vez de trenzas, calvicie 41. Ante tales palabras del oráculo, procura usar vestidos que cubran el cuerpo, que sirvan para velar el pudor virginal, que defiendan del rigor del frío, no los que exciten el cebo y llama de la concupiscencia carnal. Debes aventajar a las demás en la virtud, no precisamente en el vestir.

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XI. LA VIRGEN DEBE SER HUMILDE

Trata de ser humilde según el modelo de tu esposo, que, siendo igual al Padre, se humilló hasta la muerte como nosotros, tomando cuerpo humano 42. El que ninguna deuda tenía con la muerte, se abatió hasta la muerte, acomodándose a la condición de los mortales; ¡oh ejemplos de infinita humildad! Dios verdadero, se hizo hombre verdadero; Dios fuerte, fue abofeteado; el Altísimo fue colgado de la cruz; y de tal manera sufrió estas injurias por nuestra salvación, que no volvió maldición por maldición 43 ni se indigno con los ingratos, antes bien rogó por los que le crucificaban en el mismo acto de la crucifixión con estas palabras: ¡Padre, perdónalos, porque no saben qué hacen! 44 Tú al menos, si amas a tu esposo, sigue su conducta, represéntate con el pensamiento sus abatimientos y graba firmemente en el metal de tu ánimo las virtudes que practicó en su cuerpo como si fuera hombre sellado. No temas su condición de Dios para imitarle, sino más bien considera que debes imitarle por ser hombre, pues Él practicó y enseñó que es factible el cumplimiento del deber.

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XII. DE LA PACIENCIA DE LAS VÍRGENES

Por tanto, no solamente no has de maldecir ni lastimar a ninguna hermana, sino que has de sufrir con paciencia y soportar con humildad la afrenta que recibieres. Con vuestra paciencia, pues, os salvaréis 45, dice el Señor. Y, en efecto, la ira de la hermana que te injurió, mejor se calmará con tu paciencia en vez de avivarse con una respuesta áspera. De los cual se seguirá que la iracunda, a fuerza de verte paciente y humilde, con tu ejemplo, se torne humilde y sosegada, de modo que se añadirá a tus méritos la salvación de la que convertiste en paciente y humilde merced a tu paciencia y humilde tolerancia. Regocíjate del progreso de las almas y llora, por el contrario, sus caídas. Imita a las que adelantan y, encendida por el celo de la caridad, ora y exhorta a las negligentes a vivir bien y a las buenas obras para que adelanten más. No vayas a ser docta en palabras y censurable en tus obras, sino más bien a tus palabras deben proceder las obras buenas, de modo que muestres en los hechos lo que enseñares con la boca.

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XIII. DE LA ABSTINENCIA DE LAS VÍRGENES

¿Qué podría decirte, hermana mía, de la alimentación a ti que, por debilidad de tu salud, no tomas ni siquiera lo preciso que aconseja la prudencia? Con todo, el espíritu ha de mantener siempre la templanza, de modo que, si algo se ha de condescender con el cuerpo débil, no obstante, no se ha de dispensar del rigor el espíritu. No hay, efectivamente, culpa alguna en el uso de alimentos cuando el cuerpo débil requiere un trato más indulgente; pero habrá desorden, intemperancia, si tomares más de lo necesario, si deseares lo que no te hace falta para vivir. Tres clases hay de intemperancia de la gula: la apetencia desordenada de lo que está prohibido, la apetencia de lo permitido, pero preparado con refinamiento y derroche; no saber aguardar los tiempos de comer los manjares permitidos. El primer hombre, en efecto, perdió las delicias del paraíso y el privilegio de la inmortalidad por apetecer lo prohibido. Esaú, por su parte, perdió el derecho de primogenitura por ansiar con excesiva avidez el manjar permitido. Y los mismos animales, por ser irracionales, no se sujetan a horas de comer. Y con esto hemos demostrado las tres clases de intemperancia: la de los primeros padres, que gustaron de lo prohibido; la de Esaú, que quedó sin los privilegios de primogenitura por la apetencia de las lentejas, y la de los animales irracionales, que no se atienen a tiempos fijos en la comida. No es, por tanto, abstinente el que devora con avidez aun alimentos groseros. Son sus fauces como un sepulcro abierto 46, dice el salmista. Asimismo, también es muelle y disoluto el que busca los deleites de manjares costosos y extraordinarios, dejando los corrientes. El pez es cogido en el anzuelo por su voracidad, el pájaro cae en el lazo a la vista del cebo. Los animales que por su natural son robustos, caen en la trampa por apetencia de la presa, de modo que a los que la naturaleza no debilita, los engaña la comida. Así que tú aprende la templanza y parquedad del oráculo y de los ejemplos de los antepasados; del oráculo, porque ya lo dice el Señor: No se emboten vuestros corazones por la crápula y la embriaguez 47; de los ejemplos, ya que David, que ardía de sed por el agua, no quiso beber cuando supo el riesgo de muerte que había costado; o bien Daniel cuando, dejando los manjares del rey, se alimentó de legumbres. Debes, pues, aceptar los alimentos comunes de tus compañeras y no ser motivo de tentación para otras, y no te conviertas en ocasión de escándalo para las que debieras ser modelo con tus exhortaciones y conducta ejemplar.

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XIV. LA VIRGEN NO DEBE MURMURAR DE LAS DEMÁS

Cumplirás perfectamente esta virtud si no murmurares de las ausentes y no fueres maldiciente, y ni mordieres ni rebajares las vidas ajenas ni te mostrares muy maliciosa e insolente. Gran pecado ante Dios es injuriar al ausente y desacreditar la conducta del prójimo. No hay en esto ni rastro de caridad, sino evidente y declarada maldad, puesto que, si amas a una persona, debes corregirla en su presencia, lejos de herirla en su ausencia. Me herirá el justo con misericordia y me increpará 48. Y el apóstol Pablo dice: Cuando Pedro llegó a Antioquía, me opuse a él, porque era reprensible 49. Se corrige a uno cuando está presente, pero no se le critica estando ausente. Si, pues, llegare a tu oídos la mala fama de alguna, laméntate, como te dolerías de tus propias faltas. Y, puesto que todos somos una misma cosa en Cristo 50, conduélete como si se tratara de un miembro de tu propio cuerpo, buscando el remedio para curar al miembro enfermo, no el modo de cortarlo; corrígele con suavidad en su presencia para que sane, no sea que, murmurando de la ausente, a la par que tú misma cometas un pecado, ensanches la llaga de la que fue herida por tu pecado. Guarda, pues, con toda cautela tu corazón y no des oídos a la murmuradora ni te habitúes a murmurar. Aquella, pues, a la que desacreditas es miembro tuyo, es cuerpo de Cristo. Y aún más solícita debes mostrarte con tu comiembro, con el fin de que sane el miembro enfermo, merced al miembro robusto, en lugar de ulcerarse.

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XV. LA VIRGEN DEBE LEER Y ORAR CONTINUAMENTE

Tu lectura ha de ser asidua y oración continua. Tus horas y tareas deben estar distribuidas de modo que a la lectura siga la oración, y a la oración siga la lectura. De tal manera has de alternar sin interrupción estos dos bienes, que nunca los dejes de la mano. Y, cuando tengas que ocuparte en algún trabajo manual, o por lo menos cuando hayas de tomar la refección del alimento, procura que otra lea para ti, para que mientras las manos o los ojos están dedicados a su actividad, el don de la palabra divina apaciente tus oídos. Si, aun cuando estamos orando y leyendo, nos cuesta trabajo apartar nuestro ánimo resbaladizo de las seducciones diabólicas, ¿cómo no va a sentirse arrastrado por la pendiente de los vicios el corazón humano si no echa el freno de la lectura y oración? La lectura ha de enseñarte a orar y pedir, y, cuando tornes a la lectura tras la oración, vuelve a examinar qué debes pedir.

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XVI. NO DEBE LEERSE CON ESPÍRITU CARNAL EL ANTIGUO TESTAMENTO

Cuando leas el Antiguo Testamento, considera no las uniones nupciales de aquellos desdichados tiempos, sino la multiplicación de la prole; no consideres precisamente el que comieran carne y los sacrificios cruentos, los delitos que se expiaban con la muerte corporal, ni las uniones permitidas de la poligamia. En aquellos tiempos se permitió lo que no está permitido en los nuestros. Y así como la ley antigua autorizó esas uniones nupciales, así en la ley evangélica se proclama la virginidad. Aquél era el pueblo hebreo, separado de todo consorcio con los demás pueblos y, como la Iglesia, destinado a anunciar a Cristo; y para que no se extinguiera, sino para propagar su descendencia, se permitió a todos las nupcias; y, como era un pueblo carnal, vivía de banquetes carnales. No hay duda que se ofrecían sacrificios de ganados, porque prefiguraban el verdadero sacrificio, que es el del cuerpo y la sangre de Cristo. Apareció la verdad, y se disipó la sombra; llegó el verdadero sacrificio, y cesaron las víctimas de los animales. Vino el virgen, hijo de virgen, y dio un ejemplo de virginidad. Por tanto, todo lo que leyeres en el Antiguo Testamento, aunque se realizara de hecho, debes entenderlo, sin embargo, en sentido espiritual, y procura tomar la verdad de la historia en el sentido espiritual de la culpa. Ahora ya no se mata corporalmente a un hombre como expiación por el pecado, sino que la muerte que aquellos hombres aplicaban con la espada al cuerpo, la aplicamos nosotros a los vicios de la carne por la práctica de la penitencia. No debes interpretar el Cantar de los Cantares según suena a los oídos, porque se insinúan los atractivos carnales del amor humano, pero son figuración, por la alegoría de las acciones, de cuerpo de Cristo y del amor de la Iglesia. Con razón prohibieron los antiguos a los hombres carnales leer estos libros, es decir, el Heptateuco y el Cantar de los Cantares, con el fin de que no se disiparan con deseos libidinosos y sensuales por no discernir su sentido espiritual.

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XVII. LA VIRGEN NO DEBE CONVERSAR CON OTRO A SOLAS

No debes consentir que alguien converse contigo a solas, ni tampoco tú has de conversar con una sola persona, sino en presencia de dos o tres testigos. Ten presente a tu esposo, nuestro Salvador, que indudablemente no podía temer mancharse con el pecado. Sin embargo, en el monte conversó con Moisés y Elías ante tres testigos: Pedro, Santiago y Juan. Caso parecido fue cuando resucitó a la hija del archisinagogo: se sirvió de los mismos testigos para no dar ocasión a falsos rumores. Y se admiraron los discípulos de que conversara junto al pozo de Jacob con una mujer. Por cierto que no se hubieran extrañado de ello si no hubieran algo desacostumbrado; ni tampoco hubiera conversado con la mujer a solas sin su presencia de no haber ido a comprar víveres.

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XVIII. DEL AYUNO MODERADO

Estando el cuerpo sano, al menos se le ha de imponer el ayuno, y aquellos en los que se rebela la carne insumisa por la ley del pecado, han de dominarse por el ayuno frecuente. A fuerza de ayunos ha de someterse la carne indómita, y debe ser frenada hasta que obedezca a la ley de la razón y a las órdenes del espíritu como una esclava. Tú no pecarás si mitigas tus ayunos y tomas lo suficiente para tu salud, puesto que las continuas enfermedades te dejan debilitada. Con todo, has de considerar como mejor a la que, por gozar de salud robusta, no necesita de los remedios de las enfermas. Ni, por otra parte, debe escandalizarse la que está sana de que se trate con más indulgencia y delicadeza en la alimentación a la enferma sino que, por lo mismo, debe pensar que ha de ser mejor y más virtuosa, porque no tiene necesidad de las mitigaciones que requieren las débiles. Pero, por su parte, la que por su debilidad merece algunas delicadezas, debe ser más humilde que las demás y debe lamentarse de no ser capaz de lo que otras pueden. Y no ha de atribuir la mitigación temporal en la abstinencia a su virtud, sino a su flaqueza.

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XIX. DEL USO DEL VINO

En el uso del vino has de seguir la norma del Apóstol cuando dice a Timoteo: Toma un poco de vino por tus frecuentes enfermedades de estómago 51. Cuando dice pequeña cantidad, quiere significar que se ha de beber como medicina, no hasta la saciedad, pues en otro pasaje dice el mismo Apóstol: Cuando dices vino, has dicho todo vicio 52. La embriaguez es un pecado mortal, pues se le incluye entre el homicidio, el adulterio y la fornicación. La embriaguez excluye del reino de Dios, lo mismo que el delito de adulterio, de homicidio y otros delitos. Lo confirma el Apóstol con estas palabras: No os engañéis: ni los impúdicos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los salteadores tendrán parte en el reino de Dios 53. Puedes comprender lo detestable de la embriaguez, puesto que a sus seguidores los arroja del reino de Dios. Considera con qué amenazas tan terribles increpa el profeta a los dados del vino: ¡Ay de los que sois valientes para beber vino y fuertes para mezclar licores! 54 Y añade en otro lugar: ¡Ay de los que os levantáis con el alba para practicar la embriaguez y estar bebiendo por la noche hasta que os caldeáis con el vino! 55

Noé bebió vino, y, dormido por la embriaguez, quedó desnudo en las partes vergonzosas del cuerpo, para que comprendas que con el vino se trastorna el espíritu y se oscurece la razón del hombre, de tal manera que ni se reconoce a sí misma y mucho menos a Dios. Y, aunque la embriaguez de Noé y su desnudez figuran el misterio de la pasión y muerte de Cristo, sin embargo, en sentido literal se refiere a un temor de hecho. Lot, embriagado por el vino, cometió incesto con sus hijas, sin tener conciencia de la aberración; de esta unión incestuosa tienen origen los moabitas y amonitas, de quienes dice el Señor: Los moabitas y amonitas no entrarán en mi sociedad hasta la décima generación 56. Date, pues cuenta cómo debe huirse del exceso del vino, ya que hasta para los mismos patriarcas fue motivo de escándalo y pecado.

Por tanto, también la virgen que es de constitución robusta hará bien en abstenerse totalmente del vino. La débil y enferma está bien que lo tome como medicina, no hasta el exceso.

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XX. CÓMO DEBEN USAR DEL BAÑO LAS VÍRGENES

No has de bañarte por gusto o por lustre del cuerpo, sino tan sólo por remedio de salud. Quiero decir que emplees el baño cuando lo exige la enfermedad, no cuando lo pida la comodidad. Si lo practicas cuando no es necesario, faltarás, porque está escrito: No tengáis solicitud por la carne y sus concupiscencias 57. La solicitud por el cuerpo que proviene de la sensualidad ha de achacarse a vicio, pero no la que es conveniente para reparar la salud. Por lo cual no ha de arrastrarse a los baños frecuentes el placer del cuerpo, sino lo han de regular las exigencias de la enfermedad, pues estarás libre de culpa si obrares al dictado de la necesidad.

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XXI. ES FALTA EN LAS VÍRGENES REÍR DESCARADAMENTE

Muéstrate alegre en Dios con gozo sereno y moderado del espíritu, conforme a las palabras del Apóstol: Alegraos en cualquier ocasión en el Señor; os lo repito, alegraos 58. Y en otro lugar dice: El gozo es fruto del Espíritu 59. Este gozo no turba el espíritu con la grosería de la risa, sino que levanta el alma al deseo del reposo celestial, donde podrás escuchar: Entra al festín de tu Señor 60. En la risa aparece lo que es el corazón de una virgen, pues nunca reirá con descaro si tuviere un corazón casto. El rostro es el espejo del corazón y no ríe provocativamente sino la que lo es de corazón. La boca habla, dice el Señor, de lo que abunda en el corazón 61. De ahí que la risa en el rostro de una virgen procede de la abundancia de vanidad en su alma. Atiende a lo que se lee sobre esto: A la risa la tuve por locura, y dije al gozo: ¿Por qué en vano te engañas? 62 Y de nuevo en otro lugar: En la risa se mezcla la aflicción y al gozo sucede la congoja 63. Y el Señor dice: Dichosos los que lloran, porque serán consolados 64. También el apóstol dice a los que ríen inmoderadamente: Conviértase vuestra risa en llanto 65. Huye, por tanto, de la risa, hermana mía, como de una locura y trueca en llanto toda la alegría de este mundo, para que vivas dichosa, llorando tu destierro en el mundo, porque los que lloran según Dios son felices y hallarán consuelo. Debes saber que vas peregrinando por la vida, y no tienes aquí la patria, sino en el cielo. Si tales eran los anhelos de aquel siervo de Cristo que decía: Deseo morir y estar con Cristo 66, ¿con qué llamas de amor no ha de inflamarse la virgen? ¡Qué abundantes lágrimas no debe derramar añorando a su esposo Cristo mientras no pueda llegar a abrazarle, llorando sin cesar hasta que se una a Aquel a quien anhela contemplar! Porque se sentía desterrado en esta vida, se lamentaba quien exclamaba con tristeza: ¡Ay de mí, que he prolongado mi destierro! 67 Y, en efecto, el esposo celestial te acogerá lleno de gozo en sus amorosos brazos si viere que tú ardes en deseos de él. Y él en su presencia te consolará si tú le lloras por su ausencia.

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XXII. CÓMO DEBEN SER CONSIDERADAS LAS SIERVAS QUE HAN PROFESADO VIRGINIDAD

No debes herir por razón de la servidumbre, sino respetar, por la igualdad de profesión, a las siervas que tu posición te ha dado o te diere y tu profesión ha hecho tus hermanas. Justo es que las que sirven a Cristo en la misma milicia de la virginidad que tú, gocen contigo de la misma libertad. Y con eso no trato de rebajarte, para levantar al engreimiento a las que, al recibirlas como hermanas, deben servirte con buen ánimo, y prestarnos sus servicios no con espíritu servil, como siervas, sino con caridad, como libres. Porque el Señor no tiene acepción de personas 68, sino que, al distribuir el don de la fe, atiende por igual a la señora que a la esclava, ni es elegida la señora y rechazada la esclava; ambas son igualmente bautizadas, juntas reciben el cuerpo y la sangre de Cristo. Y los mismos patriarcas, siendo tan santos, en lo referente a bienes temporales distinguían entre esclavos e hijos; consideraban a aquéllos como criados y a éstos como señores. Pero en lo relativo al don de la esperanza futura atendían por igual a hijos y a esclavos, pues los señalaban con la misma circuncisión.

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XXIII. LA VIRGEN SE HA DE MOSTRAR ECUÁNIME TANTO EN LA POBREZA COMO EN LA ABUNDANCIA

De nuevo se vuelve a ti mi discurso, hermana Florentina, por quien tanto se preocupa mi cariño de hermano. Te exhorto, pues, a que mantengas siempre un ánimo ecuánime y equilibrado, de modo que ni te doblegues por la adversidad, puesto que conoces bien la paciencia y penalidades de Job, ni te engrías por la prosperidad, pues lees que los patriarcas fueron ricos en bienes, pero humildes de espíritu. Serás feliz si lo mismo en la prosperidad que en la adversidad dieres gracias a Dios y estimares la prosperidad y la adversidad de la presente vida como humo y vapor, que al instante se disipan. David era rey, y, a pesar de abundar en tesoros y de dominar con poderosos ejércitos numerosos pueblos, se proclama débil cuando dice: Soy un mísero y afligido desde mi mocedad 69. Y a la hija de Saúl le dice también: Ante el Señor, que me eligió con preferencia a tu padre, danzaré y apareceré como despreciable 70. Asimismo dice: Soy advenedizo y extranjero en el país, como todos mis antepasados 71.

Por eso no has de poner nunca tus delicias en los bienes terrenos; aunque procuren comodidades de la vida, no pongas en ellos tu corazón ni te gloríes de esos bienes mundanos, y así no te afligirá su pérdida, pues está escrito: Si abundan las riquezas, no peguéis a ellas vuestro corazón 72. Lo que se posee con afición, no se pierde sin dolor del poseedor, y de ahí que se vea uno afligido por aquello mismo en que pone su gozo carnal. A ejemplo de tu esposo celestial, huye de los honores, ni ambiciones ser superior a las demás y como tal ser considerada, pues lees aquello: Si alguno quiere ser el más grande entre vosotros, se ha de hacer vuestro servidor 73. Puesto que el mismo Salvador, cuando era buscado por las turbas para proclamarlo rey, se escondió. Pues ¿cómo iba a aceptar un reino humano el que tiene reservado un reino eterno con el Padre? Pero, porque había venido a enseñar humildad, declinó los honores humanos, y, siendo Dios por naturaleza, se humilló por nosotros; y Él, a quien sirven los seres del cielo y de la tierra, se hizo pobre por los hombres para hacernos ricos con su pobreza. Sigue, por tanto, las huellas que marcó de antemano tu esposo y con paso incansable ve tras el capitán celestial, para que no te rechace de su compañía en el reino de los cielos por no parecerte a Él en tus obras. Y te digo esto para que estimes en poco y no tengas como valor las riquezas terrenas y no consideres como poderosos a los que ves ricos en el mundo. Lo que pueden poseer los malos, de buen grado deben despreciar los buenos, pero a los que sabe no abusarán de ellas. Los buenos, Dios queriendo, lo mismo son ricos que son pobres, y en la riqueza y en la pobreza dan gracias a Dios, porque aceptan de buen grado su voluntad. Y a los malos, aun cuando se les otorgan riquezas, se las concede Dios con castigo, para disfrutar de ellas para su mal; y cuando se las arrebatan, es para su castigo, pues se duelen culpablemente de su pérdida. Uno y otro redunda para gloria del justo y para castigo del malvado.

¿Qué va esto contigo, si ya tienes una norma para seguir? Pon, pues, tus ojos en la virginidad y pobreza de María, que fue tan rica ante el Señor, que mereció ser madre de Él; y tan pobrecita en bienes, que en su alumbramiento no tuvo la ayuda de una comadrona ni de una sierva; y hasta el mismo albergue fue tan estrecho, que se sirvieron del pesebre para cuna. También José, su esposo, a la vez que justo, era pobre, de modo que debía ganar su alimento y vestido con su artesanía, pues se lee que fue herrero. Ejemplos tienes a la vista; sigue esa norma. No te expongas a los peligros que llevan las riquezas, porque los que se quieren enriquecer caen en la tentación y en el lazo del diablo, y en multitud de codicias insensatas y funestas, que hunden a los hombres en la perdición 74. Los que se entregan al Señor las dejan de propia voluntad. Y a veces sucede que las riquezas van tras los que las desprecian con más frecuencia que tras los codiciosos. Buscad, dijo el Señor, el reino de Dios, y todo esto se os añadirá 75.

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XXIV. DE LA CONCESIÓN Y LA PROHIBICIÓN DE CARNE

No me atrevo ni a prohibirte ni a permitirte el uso de carne en vista de tu debilidad. Debe, empero, abstenerse de alimento de carne la que tiene fuerzas suficientes, pues es dura condición estar nutriendo a un enemigo contra el que hay que luchar y alimentar la propia carne de modo que la sientas rebelde. Y, si la virgen sigue los mismos usos que los seglares, da sensación que en las otras cosas obra también como los seglares. ¿De qué va a ser capaz el cuerpo, si se alimenta de carne, sino de estallar en voluptuosidad, y venir a parar en desenfreno con la deplorable crueldad de la lujuria? Por eso dice un autor: «El fin de los placeres es la corrupción». Y el Apóstol describe a la viuda voluptuosa con estas palabras: La viuda que vive en el placer, aunque viva, ya está muerta 76. Si apenas podemos liberar al cuerpo enflaquecido por la abstinencia de la ley del pecado que reside en nuestros miembros, ¿qué logrará la que regala la tierra de su carne de modo que pueda producirle espinas y zarzas? El alimento de carnes es incentivo de vicios; y no sólo de carnes, sino el exceso es peso que grava el alma; y el estómago debilitado por abundante alimento embota los sentimientos del alma. La virgen tan sólo ha de estar sana, no robusta; su rostro más bien debe ser pálido que rubicundo, de modo que pueda enviar suspiros del corazón al Señor, no que tenga que eructar por la indigestión de los alimentos. Quede, por tanto, el uso de carnes para los que necesitan fuerzas corporales, como los que trabajan en las minas, los que luchan en el campo de batalla; para los constructores de altos edificios o para los que sacan el sudor con el trabajo corporal en los diversos oficios; a éstos les es necesario el consumo de carne para reparar sus fuerzas.

La virgen que aguanta una salud débil mejor que un cuerpo robusto, ésa es excelente virgen. ¿A qué fin toma carnes sino para cargar su desdichado cuerpo con toda la inmundicia de los vicios? Con todo, si a ello obliga la enfermedad, puede tomarse carne como medicina, pues es medicina lo que, lejos de ser un peso, es un remedio, ya que los mismos peritos en esta ciencia aplican la medicina en dosis graduales, de modo que no recarguen al enfermo, sino lo alivien. Por eso es muy verdadera la máxima de los filósofos: «Nada en exceso» 77.

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XXV. LA VIRGEN DEBE PERSEVERAR EN EL MONASTERIO DONDE EMPEZÓ

Te advierto con todo interés que perseveres en tu monasterio. Aprovecharás con la compañía de otras muchas, y con el ejemplo a la vista de otras vírgenes serás una virgen virtuosa. Si en ocasiones se origina en la comunidad, entre tanta diversidad de caracteres, alguna rencilla, y a veces se ven las más espirituales molestadas por las murmuraciones de las imperfectas, no te faltarán por eso buenas acciones que imitar. Sin duda que soportar a las carnales es propio de una virtud contrastada, e imitar a las espirituales es de grandes esperanzas. Las imperfectas perfeccionan la paciencia de las espirituales y las santas dan ejemplos de excelentes virtudes; de esta suerte, ambas son de provecho para el alma que va adelantando; unas, a las que tolera con paciencia, y otras, a las que imita con suavidad. Dice el Apóstol: Gustosos soportáis a los necios, siendo vosotros sensatos 77*. Y también en otro lugar: Vosotros los fuertes tenéis el deber de ayudar la flaqueza de los que son débiles y de no complaceros a vosotros mismos 78. Cada uno trate de complacer a su prójimo para el bien, buscando su edificación. Así que no han de servirte de escándalo las murmuraciones de las frívolas, sino que te debe consolar la conducta de las observantes. Y ya que no sabes el tiempo de tu vida en el mundo, debes saber sufrir en vista del gran don de la gloria celestial.

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XXVI. SE DEBE HUIR DE LA VIDA INDIVIDUAL

Huye, te lo suplico, la vida particular. No imites a aquellas vírgenes que habitan en ciudades en celdas aisladas, pues una muchedumbre de inquietudes las oprime; en primer lugar, el interés por agradar al mundo les lleva a no presentarse con vestidos pobres; luego, abrumadas por las preocupaciones domésticas, mientras se ocupan de atender a su sustento, descuidan las cosas del servicio de Dios. La vida particular vino a la Iglesia de la práctica de los gentiles; como los apóstoles no pudieron reducir a éstos a su género de vida, permitieron a la Iglesia de origen gentil vivir como particulares y usar de sus propios bienes. Por el contrario, los hebreos, que recibieron la fe en tiempos apostólicos, observaron la misma norma de vida que ahora conservan los monasterios. Fíjate lo que se lee en los Hechos de los Apóstoles, y verás que es verdad lo que digo: La muchedumbre de los creyentes, dicen, tenían un solo corazón y una sola alma; y no consideraban nada suyo, sino que todos los que poseían haciendas las vendían, y presentaban su precio a disposición de los apóstoles, que lo distribuían según la necesidad de cada uno 79.

Considera que los que viven en los monasterios según una regla, conservan la vida de los apóstoles, y no han de dudar de que alcanzarán los premios de aquellos cuyos ejemplos imitan.

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XXVII. DE LA DISCRECIÓN DE LA SUPERIORA CON CADA UNA

Pues ¿qué? Los que hacían una misma profesión, ¿tenían todo en común? Así es la verdad y así se lee, pero con tal que todos tengan la misma capacidad. Sin embargo, debe haber cierta discreción de la superiora, para prever de qué es capaz cada una, y así podrá distribuir conforme a la necesidad de cada una. Quien pudo gozar de alta posición y ser rica en el mundo, ha de ser tratada con más delicadeza en el monasterio y quien dejó en el mundo vestidos de gran precio, debe merecer uno más digno en el monasterio. En cambio, la que vivió en la pobreza y careció de abrigo y alimento, dichosa puede sentirse de no padecer frío ni hambre en el monasterio, ni tiene por qué criticar de que se dé un trato más delicado a la que vivió en el mundo con más comodidad. En efecto, si no atiende a cada cual conforme a su necesidad, se hace altanera en el monasterio la que fue de condición humilde en el mundo y se rebaja en la comunidad a la que gozó de elevada posición en el siglo. La que no sabe guardar la discreción, obra de suerte que deja engreírse a las procedentes de condición baja y lastima profundamente a las que son de origen noble. Y, si se tiene lo suficiente para repartir a todas con equidad, no hay motivo para murmurar, porque la discreción de la superiora distribuirá según la necesidad de cada cual.

Pero podrías decir: ¿Por qué se vino al monasterio sino para hacerse pobre de pudiente? ¿Es que, si ésta va a descender a lo bajo desde su posición ilustre, la otra que fue pobre, puesto que ya no tiene de qué humillarse, acaso tendrá que engreírse? La caridad es la que todo lo allana y lo lleva a los mismos términos de paz, de modo que ni se hinche la que abandonó riquezas ni se abata la que fue pobre o esclava. Digna, sin embargo, de elogio será la superiora si tuviere acierto en comportarse con cada una y supiere distribuir como la necesidad de cada cual lo exigiere. Y lo dicho del vestido, del alimento y de la bebida, ha de decirse del trabajo con referencia a las enfermas y delicadas, de modo que la que no puede soportar lo más duro, debe ser tratada con más suavidad.

Por lo demás, la superiora se comportará con las que pudieren soportarlo como le pareciere conveniente, pero no debe conceder las preeminencias de las antiguas a las que por su anterior posición de vida o por su debilidad de constitución ha de atender, si entraron con posterioridad a aquéllas.

En tanto que mis palabras, hermana mía, se dirigen a ti, va ordenado también mi discurso al interés de muchas. Sin embargo, no imponemos una carga a ninguna, sino recomendamos lo que es digno.

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XXVIII. LA VIRGEN NO DEBE TENER PECULIO EN EL MONASTERIO

Huye de la gran peste del peculio, que es considerado en los monasterios como un gran delito. Es un verdadero adulterio, porque mancha con la malicia de una usurpación la entereza de la buena conciencia. Es delito de hurto, porque en tanto que los bienes del monasterio son comunes a todos, osa poseer una a ocultas lo que las demás ignoran, y, aunque usa algunas cosas de lo común en público, se reserva furtivamente otras. Es fraude evidente, porque no deposita para la comunidad lo que posee, sino que oculta fraudulentamente pequeña cantidad para sus uso privado. El delito es uno solo, pero el contagio extenso. Aborrece, pues tanta maldad, como el abismo de la gehenna, y guárdate de él como camino que lleva al infierno. Desde aquí se precipitó Judas hasta el crimen de la traición y entrega del Señor, debido a que, arrastrado por la codicia, cometió pecado de hurto.

Por fin, teniendo él lo que era del común de los apóstoles, no se contentó con la pobreza común. Pero ¿qué dice de él el Evangelio? Era ladrón, y, como tenía la bolsa, robaba lo que en ella había 80. Recuerda asimismo el caso de Ananías y Safira; éstos, por presentar al apóstol parte del precio y ocultar otra parte, fueron castigados con juicio instantáneo, y, para escarmiento de los venideros, no se dilató el castigo del pecado.

La que se aparta del uso común del monasterio con su peculio, también tendrá que separarse de la compañía de la vida del cielo. Todo lo que llegare a tus manos, preséntalo a la superiora y ponlo a disposición de la comunidad. No debes reservar aparte cosa alguna, porque, en efecto, hay que temer el escarmiento del traidor Judas y el juicio de Safira.

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XXIX. LA VIRGEN NO DEBE JURAR

Debes poner el mismo empeño en decir siempre la verdad que en no jurar nunca. En efecto, así como se permitió a las personas carnales emitir juramento por temor al engaño, así se prohibió a las espirituales los juramentos aunque tengan conciencia de su verdad. Sea vuestro sí, sí, y el no, no; y lo que se añade, proviene del mal 81. Guárdate, por tanto, de jurar aun con verdad, porque procede de mal motivo. Y se dice que proviene del mal, porque la necesidad de jurar tiene origen de una conciencia infiel. Se obliga a jurar al hombre cuya palabra se pone en duda; pero tú, cuya sencillez de corazón debes llevar a flor de labios, ¿por qué tienes que ligarte espontáneamente con un juramento? Suprime el uso del juramento con verdad, y no caerá en el perjurio. Manifiesta la verdad con el corazón en la mano, y no tendrás necesidad de jurar. Leemos pues, aquello: No te habitúes a jurar, porque por ello hay muchas caídas 82.

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XXX. LA VIRGEN NO DEBE CONVERSAR A SOLAS CON OTRA

No debes escoger a una para tratarla con intimidad, dejando a las demás, sino que todas han de saber lo que es útil que sepa una. Escucha las palabras del Señor: Lo que os digo en la obscuridad, decidlo a la luz del día, y lo que oís al oído, publicadlo sobre las terrazas 83. Es decir, si se os revelare algo confidencialmente, habéis de decirlo en público, y lo que pensáis en vuestro interior, manifestadlo a todas. Si es bueno lo que habláis, ¿por qué sólo lo ha de saber una y no todas? Si es indigno, no debes ni pensar ni tratar lo que te sonroja que otras lo sepan. Por cierto, no es cosa buena lo que la virgen habla a solas con otra y cuando mira a su alrededor para que las demás no la escuchen, pues todo el que obra mal, dice el Señor, aborrece la luz 83*. Por eso, el más sabio de los filósofos dijo: «Todas las buenas acciones gustan aparecer a la luz» 84. ¡Oh virgen! ¿Hablas acaso a ocultas porque no tienes de qué gloriarte en público? Pero, aunque trates de engañar a los oídos y ojos humanos, ¿podrás, por ventura, engañar a la sabiduría de Dios? Bellamente dijo un autor: «Aquello que deseas que Dios no lo sepa, ni lo hagas ni lo pienses». Por tanto, que tu conciencia sea siempre inocente, y tus palabras libres de culpa. Lo que es reprobable, no debes gustar ni de oírlo ni de pensarlo, mucho menos de decirlo o hacerlo.

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XXXI. LA VIRGEN NO DEBE DESEAR VOLVER AL MUNDO

Por fin enfilamos al puerto el barquichuelo de nuestro discurso, y, una vez recorrido el mar de nuestras enseñanzas, echamos el áncora en la costa para descansar. Pero, impulsado por el aura del afecto que te tengo, vuelvo de nuevo al oleaje de mis palabras, y te conjuro, hermana Florentina, por la trinidad celestial del Dios único, que no vuelvas la vista atrás, como la mujer de Lot, una vez que saliste, como Abraham, de la tierra de tu parentela, no vayas a ser un mal ejemplo y precedente para el bien de otras y no vean en ti lo que han de escarmentar. Aquella mujer, en cambio, se convirtió en sal de prudencia para otros y en estatua de necedad para sí; su mala acción le perjudicó a ella, y a los demás les fue útil el escarmiento. No te ha de halagar la idea de volver con el tiempo al país natal, de donde no te hubiera sacado Dios si hubiera querido que allí habitaras; pero, porque previó que sería conveniente a tu vida religiosa, con acierto te sacó, como a Abraham de la Caldea y a Lot de Sodoma. Al fin, yo mismo reconozco mi error. ¡Cuántas veces, hablando con nuestra madre, y deseando saber si le gustaría volver a la patria, ella, que comprendía que había salido de allí por voluntad de Dios para su salvación, exclamaba, poniendo a Dios por testigo, que ni quería verla ni había de ver nunca a aquella tierra! Y con abundantes lágrimas añadía: «Mi destierro me hizo conocer a Dios; desterrada moriré, y he de ser sepultada donde recibí el conocimiento de Dios». Pongo por testigo a Jesús de que esto es lo que recuerdo haber oído de sus deseos y aspiraciones: que, aunque viviera largos años, no volvería a ver aquella su tierra.

Te encarezco, hermana mía, que te guardes de los que tanto temió tu madre y evites con precaución la desgracia de que ella huyó por haberla experimentado. Me duelo, ¡desgraciado de mí!, de haber enviado allá a nuestro hermano Fulgencio, porque estoy en un temor continuo por sus peligros; sin embargo, estará más seguro si tú, tranquila y ausente de allí como estás, rogares por él. De allí fuiste sacada en una edad en que ni te puedes acordar aunque naciste allí. Ningún recuerdo puede inducirte a la nostalgia, y dichosa eres por ignorar lo que te causaría pena. Yo por mi parte te hablo por experiencia: aquella tierra nuestra de tal modo perdió su florecimiento y hermosura, que no queda en ella persona libre, ni su suelo goza ya de su tradicional fertilidad. Mira, hermana mía Florentina, lo que debo avisarte con temor y pena, para que la serpiente no te arranque del paraíso y te traslade a una tierra que produce espinas y zarzas. Y, si desde ella quisieres extender de nuevo la mano para coger el fruto del árbol de la vida, no llegues nunca a alcanzarlo. Te pongo, pues, por testigo al profeta, y, en  presencia de Jesucristo, te amonesto con estas palabras: Oye, hija, y mira; inclina tus oídos; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque prendado está el rey de tu hermosura; y Él es el Señor, tu Dios 85. Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es digno del reino de Dios 86.

No levantes el vuelo del nido, porque encontró la tórtola dónde guardar sus polluelos 87. Eres hija de la sencillez tú que tienes por madre a Túrtura. En esa sola y única persona hallarás el oficio de muchas personas queridas. Mira a Túrtura como a madre, escúchala como a maestra; y a la que todos los días te engendra para Cristo con su afecto, estímala como más querida que tu misma madre. Y, como ya estás libre de toda tormenta y de todo torbellino del mundo, escóndete en su seno. Que te sea suave estar a su lado, te sea dulce su regazo ahora que eres mayor, como te era gratísimo en tu infancia.

Por último, te ruego, ya que eres mi queridísima hermana de sangre, que me tengas presente en tus oraciones; y no te olvides del hermano menor Isidoro, que nos encomendaron nuestros padres a los tres hermanos supervivientes bajo la protección divina cuando, contentos y sin preocupación por su niñez, pasaron al Señor. Y, puesto que lo amo como a hijo, y prefiero su cariño a todas las cosas temporales, y descanso reclinado en su amor, ámalo con tanto más cariño y ruega por él tanto más cuanto más tierno era el amor que le tenían los padres. Seguro estoy de que tu plegaria virginal inclinará hacia nosotros los oídos de Dios.

Y, si mantuvieres la alianza que has pactado con Cristo, te será otorgada la corona de los que obran el bien; y a Leandro, que te exhorta, se le concederá el perdón. Y, si perseverares hasta el fin, te salvarás.


NOTAS

 

(1) Santos Padres españoles II. San Leandro, san Isidoro, san Fructuoso. Reglas monásticas de la España visigoda. Los tres libros de las "Sentencias". Introducciones, versiones y notas de Julio Campos Ruiz, Ismael Roca Melia. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1971, pp. 7-76.
(2) 1 Cor 7,31
(3) Ecl 2,4-9
(4) Ecl 2,11
(5) Ecl 2,18-20
(5*) Sal 15,5
(6) Sal 118,57
(7) Sal 44,3
(8) Cant 6,8
(9) 1 Cor 7,23
(10) 1 Cor 15,53
(11) 2 Tim 4,8
(12) Sal 1,1
(13) Cant 2,6
(14) Cf. Prov 3,16
(15) 1 Jn 2,16
(16) Col 3,1
(17) Gén 3,16
(18) Mt 22,30
(19) Lc 23,29
(20) Mt 24,19
(21) Is 26,18
(22) 1 Re 2,5
(23) Is 56,3
(24) Cf. Mt 5,8
(25) 1 Pe 3,3
(26) 1 Tim 2,9
(27) Prov 31,30
(28) 1 Cor 15,33
(29) Sal 17,26
(30) Jer 9,21
(31) Is 57,2
(32) 2 Cor 11,29
(33) Is 53,4
(34) Mt 25,36
(35) Mt 25,34
(36) Mt 5,44
(37) 1 Cor 6,7-8
(38) Cant 6,3-6
(39) Sal 44,14
(40) Is 3,16
(41) Is 3,24
(42) Flp 2,7
(43) Cf. 1 Pe 2,23
(44) Lc 23,24
(45) Lc 21,19
(46) Sal 5,11; 13,3; Rom 3,13
(47) Lc 21,34
(48) Sal 140,5
(49) Gál 2,11
(50) Rom 12,5
(51) 1 Tim 5,23
(52) Cf. Ef 5,18
(53) 1 Cor 6,9-10
(54) Is 5,22
(55) Is 5,11
(56) Dt 23,3
(57) Rom 13,14
(58) Flp 4,4
(59) Gál 5,22
(60) Mt 25,21
(61) Mt 12,34; Lc 6,25
(62) Ecl 2,2
(63) Prov 14,13
(64) Mt 5,5
(65) Sant 4,9
(66) Flp 1,23
(67) Sal 119,5
(68) Ef 6,9
(69) Sal 117,7
(70) 2 Re 6,21.22
(71) Sal 38,13
(72) Sal 61,11
(73) Mt 20,25
(74) 1 Tim 6,9
(75) Mt 6,33
(76) 1 Tim 5,6
(77) Ter., Andr. 1,1,34
(77*) 2 Cor 11,19
(78) Rom 15,1-2
(79) Act 4,32.34-35
(80) Jn 12,6
(81) Sant 5,12
(82) Eclo 23,9
(83) Mt 10,27
(83*) Jn 3,20
(84) Cic., Tusc. 2,26
(85) Sal 44,11-12
(86) Lc 9,62
(87) Sal 83,4

 

 

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