La Ermita. Rito hispano-mozárabe

 

EL MONACATO HISPANO

Reglas y pactos

 

 


REGLA DE SAN FRUCTUOSO1
(Empieza la regla del señor Fructuoso)

EN EL NOMBRE DEL SEÑOR

Después del amor al Señor y al prójimo, que es el vínculo de toda perfección y cima de las virtudes, se determinó además observar en los monasterios lo siguiente de la tradición regular. Primero, vacar a la oración noche y día y observar la distribución de las horas establecidas (canónicas) y no eximirse nadie en manera alguna o entibiarse de los ejercicios espirituales por la práctica de los trabajos durante largo tiempo.

I. DE LAS ORACIONES

Se estableció que se observe la hora de prima, puesto que dice el profeta: Por la mañana estaré presente ante ti y te veré, porque tú eres Dios que desecha la iniquidad2; y en otro lugar: Oraré a ti, Señor, por la mañana; escucharás mi voz3. Se ha establecido también entre prima y tercia una hora segunda, como un tránsito de una a otra, de modo que los monjes no la pasen ociosos. Por eso se determinó que se celebre con el rezo de tres salmos, para que sirva de cierre al oficio de prima y dé entrada al de tercia. Asimismo, se estableció que en las demás horas se guarde el mismo orden; es decir, en tercia, sexta, nona, duodécima y además vísperas, de modo que antes y después de esas tres horas canónicas se dirijan ofrecimientos de oraciones peculiares. Asimismo, por la noche, la primera hora nocturna se ha de celebrar con seis oraciones, y después se ha de concluir con el canto de diez salmos con laudes y benedictus en la iglesia. A continuación, despidiéndose mutuamente y ofreciéndose satisfacción y reconciliación unos a otros, se perdonan mutuamente las deudas con la piedad del Padre Eterno. Los que habían sido separados de la comunidad fraterna por sus faltas merecen perdón.

Por último, marchando después a sus dormitorios y yendo todos unidos por la paz que se han dado y la absolución de los culpables, después de cantar los tres salmos como de costumbre, recitarán todos al unísono el símbolo de la fe cristiana, con el fin de que, mostrando ante el Señor su fe pura, si, lo que es dudoso, se diera el caso que alguno fuera llamado de esta vida mortal durante la noche, pueda presentar ante el Señor su fe ya confesada y su conciencia purificada de todo escándalo. Después, dirigiéndose a su dormitorio con gran silencio y con continente recogido y paso tranquilo, sin acercarse a otro menos de un codo o al menos sin atreverse a mirarle, irá cada uno a su cama, y en ella, orando en silencio, rezando salmos y acabando con el miserere y su oración, sin hacer ruidos, ni murmullos, ni escupir con sonoridad, cogerá el sueño en el silencio de la noche.

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II. DE LOS PREPÓSITOS Y DEL OFICIO

Puesto en medio del dormitorio indefectiblemente el prepósito hasta que todos estén descansando y cuando ya están acostados, recorre en silencio los lechos de todos y cada uno, para que ninguno se acueste tarde o se entregue fuera de regla a ocultas musitaciones y para, observando las obras y méritos de cada uno, comprender mejor cómo debe respetar y juzgar a cada cual. Asimismo, un decano o alguno de los monjes muy observante estará presente en el servicio común hasta que todos se entreguen al descanso, con el fin de que no se entretengan en parlerías vanas o se dediquen a bromas, o se acostumbren a algún vicio nocivo, porque está prescrito por la regla que ningún monje debe hablar en absoluto en el servicio, sino debe o repetir salmos, si son varios, o por lo menos meditar algo con palabras, si está solo.

Del mismo modo, levantándose antes de media noche, han de recitar doce salmos a dos coros, según su costumbre. Antes, con todo, de levantarse los demás, debe el prepósito ser despertado por los monjes despertadores, para que con su permiso se haga la señal y él visite con diligencia los lechos de todos antes de levantarse los otros. Lo mismo practica en todas las oraciones nocturnas, de modo que el prepósito se levante siempre antes de dar la señal para levantarse los demás, con el fin de que observe cómo duerme cada unos, no vaya a incurrir en alguna lascivia al dormir por incuria durante su descanso. Después de descansar un breve tiempo, cumplirán el oficio de media noche, en el cual se cantan cuatro responsorios con la distribución de tres salmos; y después de media noche si es tiempo de invierno, estando sentados todos, uno puesto en medio leerá un libro y, mediante la explicación del abad o del prepósito, quedará aclarado a los más sencillos.

Está misma práctica se observará, por cierto, en el verano después de vísperas, de modo que antes de rezar completas se lea el libro de la regla o las Vidas de los Padres. Luego, en fin, cantados de nuevo los doce salmos, se irán a sus dormitorios. Tras un breve descanso, al canto del gallo, recitados tres salmos con laudes y el Benedictus, celebrarán la misa matutina. Terminada ésta, puesto que se han de entregar a la meditación, luego que llegaren al lugar de ella, según costumbre, recitando salmos y terminando completamente dicha oración, meditarán hasta el nacimiento del sol. Indefectiblemente, en todos los rezos de cada una de las horas, nocturnos y diurnos, al final de todos los salmos, al cantar el gloria al Señor, harán la postración en tierra, con tal regulación, empero, que ninguno se postre o se levante de nuevo antes que el superior, sino todos con la mayor uniformidad han de levantarse, y con las manos extendidas hacia el cielo continúan orando con la misma uniformidad con que se han postrado. En el curso de las noches de sábados y domingos se celebran las vigilias con seis responsorios, añadiendo a sus propias finales un oficio de seis finales, a fin de que la solemnidad de la resurrección del Señor sea festejada con una salmodia más extensa; y esto ha de celebrarse también siempre de cualquier solemnidad en la noche precedente, según la competente regulación de los oficios con el rito de las fiestas principales.

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III. DE LA MESA

Cuando se reúnen para comer a la hora de nona, después de rezado el salmo y mientras los demás están sentados, leerá uno en medio. Durante la refección no habrá ningún ruido ni hablará ninguno de los que comen. Si falta alguna cosa en la mesa, el que preside, dando la señal o con un gesto, pide e indica en silencio al servidor lo que debe traerse o retirarse de la mesa. Antes de reunirse para la mesa precede la oración y después de levantarse sigue la oración. Y nadie tratará de ir a alguna parte antes de cumplir la acción de gracias ante el altar de Cristo.

A ninguno se le concede licencia para gustar o tomar carne. No porque la consideremos como creatura indigna de Dios, sino porque la abstinencia de carne se estima útil y provechosa para los monjes, guardando, con todo, la moderación de la piedad para con la necesidad de los enfermos o para la condición de los que viajan lejos, de modo que pueden alimentarse con carnes de ave los enfermos; sin embargo, no deben tener reparo en comerla los destinados a largo viaje cuando son llamados por un príncipe o por el obispo con motivo de la bendición o de la obediencia, conservando, por lo demás, para consigo la moderación acostumbrada. Y si algún monje infringiera aquella norma y se atreviera a comer carne contra la prohibición de la regla y contra la práctica antigua, quedará sujeto a pena de reclusión durante seis meses. Deberán, pues, vivir sólo de verduras y legumbres, y raras veces de peces de río o de mar, y esto cuando se ofreciere la oportunidad por parte de los monjes o la solemnidad de alguna fiesta, guardando en estas y semejantes ocasiones discreción el superior; cada día tomarán sendas medidas de vino; pero sólo de tal modo que se distribuya un sextario entre cuatro monjes, conforme, con todo, a la disposición del abad o del prepósito; y aun esta parca medida debe mezclarse. Los sábados y domingos puede añadirse una medida a la caída de la tarde. Ningún monje se atreverá a quebrantar el ayuno; ni trate de probar o gustar comida ni bebida antes o después de la refacción en común con los demás, o de esconder o quedarse a ocultas con algo para su uso particular. En las solemnidades principales han de darse a los monjes tres platos y otras tantas medidas de vino.

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IV. DEL TRABAJO

Para el trabajo debe mantenerse en primavera y verano el siguiente plan: una vez rezada prima, el prepósito avisará a los decanos qué clase de trabajo debe practicarse, y éstos lo advertirán a los demás monjes. Después, dada al fin la señal y tomando las herramientas, se reúnen todos, y, hecha la oración, se dirigen rezando a su trabajo hasta la hora de tercia. Y, celebrada tercia, de vuelta a la iglesia, quedándose en sus celdas, se entregan a la oración o a la lectura. Sin embargo, si el trabajo es de tal naturaleza que no deba interrumpirse, se reza tercia en la misma obra, y después, rezando, se vuelven a la celda. Terminada la oración, y después de lavarse las manos, se reúnen a continuación en la iglesia. Y, si se ha de comer a la hora de sexta, cumplido el oficio de sexta, se dirigen de la oración a la mesa. Terminada convenientemente la comida, reiterando la oración, pueden descansar, guardando silencio hasta nona. Celebrada después nona, si es preciso debe volverse al trabajo hasta que se reúnan para recitar el oficio de la hora duodécima. En otro caso, quedándose en silencio en sus celdas, los que tienen edad madura y conciencia pura han de meditar las palabras del Señor o han de practicar algún trabajo mandado dentro de la celda. Desde luego, no pretendan ir a ninguna parte, fuera del caso de necesidad, de no haber orden del superior. Los jóvenes, por su parte, estando en presencia de sus decanos, deberán dedicarse a la lectura o al rezo; y ningún joven se retire de la reunión o vaya a la estancia de otro decano sin autorización de su decano. Pero tanto en la reunión como en el trabajo, cada decanía debe estar separada de otra decanía. El decano debe amonestar continuamente a sus jóvenes que no caigan en descuido alguno; y para eso les propondrá siempre como ejemplo a los espirituales y santos, a fin de que con la contemplación de éstos avancen asiduamente hacia la perfección.

Por su parte, en tiempo de otoño o de invierno, hasta tercia han de entregarse a la lectura. Desde tercia hasta nona se debe trabajar, si es que hay algún trabajo que hacer. Después de nona hasta la hora duodécima deben leer. De la duodécima hasta la caída de la tarde han de meditar. Cuando han de salir para el trabajo, deben reunirse todos para hacer oración, concluida la cual el prepósito ha de comenzar el salmo, y rezándolo diríjanse a su trabajo.

Cuando estén trabajando no han de trabar entre sí o entretenerse con charlas o risotadas, sino que mientras trabajan procuren rezar en silencio en su interior.

Mas los que descansan, o canten algo o recen a la vez, o por lo menos guarden silencio.

Está establecido que ningún monje pueda ejercer un trabajo de su propiedad con intención de adjudicárselo para sí o para cualquiera otro, queriendo que se distribuya a su talante. Ni ha de admitir empezar o ejecutar cualquier trabajo sin mandato o permiso del superior. Pero en toda cuestión se ha de cumplir lo que ordenare el abad o el prepósito.

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V. DE LAS HERRAMIENTAS Y UTENSILIOS

Todas las herramientas o utensilios de los artesanos han de guardarse en un solo depósito y bajo la custodia de un solo monje activo y previsor, que, colocándolos separadamente en su respectivo sitio, según lo exijan las circunstancias, los entregue a los monjes cuando se los pidan para el trabajo; y por la tarde, recogiéndolos en sus respectivos sitios, cuidará de que ninguno de ellos se pierda o se enmohezca por su descuido o se estropee por cualquier motivo.

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VI. DE LA OBEDIENCIA Y ESTADÍA DEL MONJE

Cuando los monjes quedan libres del trabajo, ninguno pretenderá moverse de su puesto anterior sin permiso de su decano o prepósito, ni entablar conversaciones, ni practicar idas y venidas inquietas y ociosas, sino que ha de estarse en su sitio dedicado al trabajo manual o lectura, o bien entregado a la contemplación de la oración. Una vez avisado por la señal general, se levantará con presteza para ocuparse en otro lugar en la oración o en el trabajo común, sin estar permitido a ninguno de los monjes, sin permiso de su superior, dirigirse o llamar a otro. Respecto al hábito y manera de andar del monje, está establecido que no se dé diversidad alguna, sino todos han de mostrar un aliño del vestido sin diferencias, uniforme y legítimo. Al andar, ni ruidos ni anchos saltos con estirados pasos han de dar; y cuando van de un lugar a otro no han de mirar sino delante de sus propios pasos. Cuando hablan, su voz ha de ser pausada y silenciosa, sin jurar ni mentir, ni intentar engaño alguno en la murmuración, ni en el contradecir, ni en rencores, evitando vituperar o delatar al inocente. Es doctrina de la regla que se muestre y se mantenga hasta llegar a la muerte la obediencia de obra y de afecto incluso en las cosas imposibles, es decir, como Cristo obedeció al Padre hasta morir; con la misma entrega se ha de observar la virtud de la paciencia, de modo que en ninguna ocasión se quebrante ni por odio ni por injurias, ni se olvide por afrentas, sino se fortifique con el aguante y sufrimiento. Ha de abrazarse, en fin, la pobreza, la parquedad en la alimentación, la dureza de lecho. Ha de evitarse totalmente la propiedad en los utensilios, en el vestido o en cualquier cosa por despreciable y baja que sea, pues es abominación e infamia para el monje poseer cualquier objeto superfluo y el reservarse algo como propio u oculto, lo que no les diferencia mucho del ejemplo de Ananías y Safira.

[En fin, ningún monje recibirá regalo alguno ni cartas, ni marchará a parte alguna sin la bendición de su superior. También está prescrito por disposición de la Regla que sin permiso no se hable con un seglar, ni se esté con un monje, ni se pase el tiempo en charlas o se visite a un vecino o un extraño. Asimismo está preceptuado, por larga costumbre precedente, que ningún monje rompa el ayuno, ni, antes o después de la refección de los demás en común, comer o beber algo con otros.]

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VII. DE LOS HEBDOMADARIOS

Los hebdomadarios se turnan por semanas, recibiendo en la iglesia la oración con la bendición del abad. Pero cuando terminan su oficio el sábado, concluidas vísperas y reunidos y sentados los monjes mientras meditan, deberán unos lavar con agua caliente los pies de cada cual, mientras otros los van enjugando con un lienzo. Postrados en dicho acto ante el abad en la reunión, deben pedir a la vez la venia y bendición de todos en general. Recomendados de ese modo por la oración del abad, se dirigen a prestar sus servicios a los monjes, debiendo recibir una bendición plenísima para su trabajo por la mañana en la iglesia.

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VIII. DE LA LIMPIEZA Y AFECTOS DEL MONJE

Ninguno debe coger la mano a otro, ni por un momento se ha de retirar a alguna parte sin la bendición. El brillo, la pulcritud y el cultivo y ambición de los bienes temporales deben ser alejados totalmente de todo monje. La vanagloria, la soberbia, el desprecio hinchado y el hábito de una locuacidad desenfrenada deben ser desterrados de todos, pues los sentimientos del monje han de ser piadosos y suaves, humildes y llenos de moderación, carentes de toda impureza y que enciendan en el ánimo del que los ve o escucha afectos de amor y temor de Dios. De este modo podrá cumplirse lo que dice el Señor: De tal manera debe brillar en vosotros vuestra luz ante los hombres, que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos4

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IX. DE LA RECEPCIÓN DE HUÉSPEDES

A los monjes huéspedes y forasteros se les ha de prestar con el mayor respeto las atenciones de caridad y servicio; a la caída de la tarde se les ha de lavar los pies, y, si están extenuados del viaje, se les ha de untar con aceite y ofrecerles blando lecho con su lámpara de cama; además, al marchar se les entregará el viático según las posibilidades del monasterio. Los enfermos deben ser tratados con toda compasión y lástima, y sus dolencias aliviadas con los servicios convenientes. Con todo, han de escogerse tales enfermeros, que puedan preparar con esmero los alimentos y atenderles con generosa entrega. Con lo que sobra de los enfermos no cometan ningún fraude, ni se manchen ilícitamente comiendo de ello a ocultas.

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X. DE LA PRUDENCIA DEL MONJE

La prudencia, moderación, pudor, fidelidad y sinceridad son adornos del hábito monacal. El siervo, pues, de Cristo en manera alguna ha de usar de doblez, sino ha de ser veraz, sencillo y humilde y sin el aspecto de un orgullo arrogante. Ninguno al andar se adelante a su superior, ni tome asiento, ni hable sin su permiso; al contrario, debe dar muestras de honra y respeto, como lo exige el conveniente decoro.

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XI. DEL HÁBITO Y VESTIDO DE LOS MONJES

Las prendas de vestir no han de ser ni muchas ni superfluas; deben ser vellosas, con dos cogullas solamente y con una sencilla capa corta.

La exigencia y necesidad de cada uno se ha de remediar con tres túnicas y dos interiores. En cuanto al calzado, han de usar en invierno escarpines, los que quisieren, desde el primero de noviembre hasta el primero de mayo. En la época restante estival se han de proteger sólo con la defensa de las calzas. Se ha de permitir a cualquiera el uso de calzones, sobre todo a los que se emplean en el ministerio del altar. Pero el que no quisiere usarlos no debe ser reprendido por ello, puesto que hasta ahora consta que los monasterios no tienen tal práctica en estas regiones. En lo que se refiere al menaje del lecho, se ha de aplicar la regulación conveniente; ninguno ha de reclamar más que una sola cubierta, una manta vellosa, un jergón y dos pieles lanosas de carnero. Todo lo que se refiere al vestido o aseo de los monjes no puede tenerlo ninguno como propio, sino que ha de guardarse en un almacén bajo la custodia de un monje espiritual, el cual, cuando lo exigiere la necesidad, entregará a cada cual que lo pidiere las prendas convenientes de muda. Tampoco monje alguno dirá como expresando cosa propia: «Mi libro, mi mesa», etc.; y, si saliere tal palabra de su boca, quedará sujeto a pena. Nadie debe aparecer como teniendo algo propio en el monasterio, sino que todo debe ser común a los monjes, como consta en la Escritura. Por eso, el dicho ropero debe poner gran interés en acertar a elegir esos vestidos y en distribuir los adecuados a cada uno, como se ha dicho. Ni tampoco ninguno ha de atreverse a murmurar por aquello de que observe que otro se viste las prendas a él asignadas. El ropero recibirá del abad leznas, agujas, hilo de diversas clases para coser, repasar y remendar las prendas, y, cuando lo pida la necesidad, tendrá facultad de lavarlas y arreglarlas.

Todo lo viejo de vestidos, calzados y ropas de cama de los monjes, una vez recibidas prendas nuevas, será distribuido por el abad a los pobres.

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XII. DE LOS DELITOS

Es necesario que el monje dé cuenta a su abad de todos sus actos y motivaciones ocasionales para que pueda captar de la discreción y estimación de aquél lo que debe tener en cuenta; ninguno debe ocultar al superior sus pensamientos, revelaciones, ensueños nocturnos y los propios descuidos llevado de la vergüenza o incuria o por presión de la contumacia, sino siempre se han de descubrir estos vicios, con lágrimas y compunción del corazón y con sincera humildad, al abad, al prepósito o a los ancianos experimentados, y se han de purificar con tales prácticas las consolaciones, oraciones y mortificaciones e incluso las expiaciones.

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XIII. DE LOS EXCOMULGADOS

Cuando alguno es excomulgado o reprendido por sus faltas, practicará la humildad hasta que reciba la bendición y la oración (por él). Y no se atreverá a alternar con los demás o a juntarse a ocultas con cualquiera; antes bien, reuniéndose todos para hacer oración y postrándose aquél en tierra, despojándose del ceñidor y del manto, pedirá perdón de su falta; la misma actitud les mostrará al volver del oficio. Asimismo, en el tiempo de la refección estará en pie ante todos, con el rostro y compostura abatidos, hasta que obtenga el perdón que solicita, absuelto por la compasión de los monjes y la piedad del abad. Nadie debe hablar con el excomulgado ni aliviarlo con alguna palabra de compasión o piedad, ni ninguno se propasará a inducirlo a la resistencia o soberbia. Toda cuestión ha de ventilarse en la asamblea común de los monjes y debe ser examinada con toda justicia y detalle.

Para que no se dé el caso de opresión de un joven inocente por la falacia o malicia de un mayor, no le estará permitido al abad o prepósito emitir juicio por acepción de personas, ni condenar a nadie con fraude o injusticia, sino como se ha indicado, se ha de alegar para tales causas el juicio de los monjes espirituales y veraces, los que, teniendo presente el juicio de Dios, no deben consentir sea oprimido ignominiosamente el individuo inocente.

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XIV. DE LOS ALBOROTADORES Y DESENFRENADOS

No es decoroso que el monje sea alborotador al hablar, ni iracundo, ni bufón, ni burlón, ni detractor. El que tal fuere y, reiteradas veces sancionado o excomulgado, no se enmendare, ha de ser sometido al remedio de los azotes y duramente corregido; y, a fuerza de una continua diligencia y solicitud, se le ha de apartar del vicio. El que se jacta de su desenfreno debe quedar privado con frecuencia de alimento y mortificado con ayunos de dos o tres días; se le ha de imponer, además, la penalidad de algún trabajo y debe ser sancionado con la privación de hablar. Si después de sufrir estos castigos reiteradas veces no se corrigiere, se le corregirá con más energía por medio de azotes y se le encerrará en larga reclusión; se le alimentará con escasísima ración de pan y agua hasta que prometa que se apartará del vicio. Con la misma condena se castigará al desobediente, al murmurador, al contradictor o al dado a comilonas y bebidas furtivas; y en todos los excesos de los monjes se ha de aplicar el castigo congruente a juicio de abad y de los ancianos, proporcionado a la responsabilidad, a la edad, a la persona; y se ha de proveer con suma discreción a que no se impongan penas graves por faltas leves, ni por el contrario, sanciones leves y ligeras por faltas más graves. El abad y el prepósito han de distinguirse por el comedimiento y ponderada equidad, por una piadosa justicia y por una continua compasión, para poder curar de esa forma la herida del enfermo en cuanto produzca sus salud y no la debilidad del miembro; porque así como los superiores juzguen los vicios de los súbditos, así las culpas de los superiores serán juzgadas por el mismo Dios.

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XV. DEL MENTIROSO, DEL LADRÓN, DEL QUE HIERE A LOS MONJES

El embustero, el ladrón, el que golpea y el perjuro, lo que no es propio de un siervo de Dios, debe primeramente ser corregido de palabra por los ancianos para que se aparte del vicio. Después de esto, si demorare la enmienda, será amonestado por tercera vez ante los monjes a que deje de faltar durante algún tiempo. Si ni aun así se enmendare, se le azotará duramente y durante tres meses será condenado al castigo de excomunión; se le recluirá en una celda con rigor de castigo; de tarde a tarde se le alimentará con seis onzas de pan de cebada y una pequeña cantidad de agua. Si hubiere alguno dado a la embriaguez en el monasterio, quedará sujeto a la sentencia anterior, lo mismo que el que enviare cartas a algún sitio sin permiso del abad o del prepósito o las recibiere de otro dirigidas a él. El apasionado de niños o jóvenes o el que fuere sorprendido besándolos o en cualquier ocasión vergonzosa, una vez comprobada con toda evidencia en derecho por acusadores verídicos o por testigos, será azotado públicamente y perderá la tonsura que lleva en la cabeza. Rapado por ignominia, quedará expuesto a los oprobios y recibirá los ultrajes de verse cubierto de los salivazos de todos en el rostro; y, sujeto con grillos de hierro, será encerrado en estrecha cárcel por seis meses; y tres veces por semana se alimentará con una porción reducida de pan de cebada al caer de la tarde. Después de cumplidos esos seis meses, durante otros seis, bajo la guarda de un anciano espiritual, viviendo en una celda separada, se dedicará sin interrupción al trabajo y a la oración. A fuerza de vigilias, lágrimas, humillaciones y de expresiones de arrepentimiento logrará el perdón, y siempre andará en el monasterio bajo la custodia y vigilancia de dos monjes espirituales, sin juntarse en adelante con los jóvenes en conversaciones o tratos privados.

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XVI. DE CÓMO EVITAR LOS VICIOS

A todo monje que es castigado o excomulgado por alguna fragilidad o culpabilidad, pero humildemente pide perdón o lo reconoce con lágrimas, se le otorgará el remedio conveniente del perdón e indulgencia. Mas al procaz y resistente y al que no reconoce su orgullo o actitud de oposición se le aplicará un castigo de azotes y de privaciones más extenso y riguroso. No deben acostarse dos en un mismo lecho; ni a ninguno se le permitirá dormir fuera de su propio dormitorio. Entre las camas debe haber una separación de un codo, para evitar los incentivos de la pasión, si están próximos los cuerpos. Ninguno hablará a otro en la obscuridad, ni se acercará en manera alguna un joven a la cama de otro después de completas. Dos veces por semana revolverá las camas el abad o el prepósito y las examinará para ver si alguno tiene allí algo de superfluo u oculto. El tiempo de la noche se ha de emplear, en su mayor parte, en oraciones especiales y en vigilias litúrgicas, por causa de los demonios, enemigos de la luz, y que suelen engañar a los siervos de Dios. Si se clavan una espina en el cuerpo, ninguno la sacará sin la bendición de su superior. Sin la bendición nadie se cortará las uñas. Nadie descargará de sus espaldas cualquier carga sin la bendición y permiso del superior.

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XVII. DE LOS AYUNOS

Para los ayunos es obligación observar los siguientes períodos: de Pascua a Pentecostés se comerá a la hora de sexta y se observará una sola comida durante el día. Desde Pentecostés al 14 de septiembre se observarán los ayunos algunos días, excepto la sola cuaresma que precede a la festividad de los santos Justo y Pastor, y que debe guardarse con cuidado. Durante ella se ha de ayunar cada día hasta nona y se han de abstener totalmente de vino; con todo, han de atenerse a la discreción del abad; y cuando éste viere que los monjes están recargados de pesado trabajo, se les concederá en la comida una medida de vino por individuo. Del 14 de septiembre a Pascua se ha de ayunar con rigor y en cuaresma se han de abstener de aceite y vino.

El que llegare tarde a la mesa quedará sin comida. El que no acudiere en los rezos diurnos al primer salmo, no deberá entrar en el oratorio con los demás, sino quedará sometido a penitencia. Lo mismo sufrirá el que llegare en los rezos nocturnos al salmo tercero o tratare de agregarse después de rezados en el coro tres salmos.

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XVIII. DE LOS ALIMENTOS

Los servidores y el prepósito deben comer con los monjes y no han de pretender que se les prepare alimentos distintos, ni comer algo fuera de la refección común; lo mismo procurará cumplir el abad. Fuera del caso en que el abad o el prepósito no pudiere obviar los viajeros que llegan o la ocasión de un eclesiástico, no harán faltar a los monjes a cada paso con comidas fuera de hora a capricho, si no acucia a un monje una enfermedad o debilidad manifiestas. Y ordenará para éste abiertamente, con el consentimiento de los demás, la alimentación correspondiente, adecuada a su edad y salud.

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XIX. DEL ABAD Y DEL PREPÓSITO

El abad y el prepósito han de ser elegidos siempre de entre los propios monjes del cenobio. Varón santo, discreto, grave, casto, acepto, humilde, manso y docto, que esté experimentado en duraderas pruebas, bien instruido en todas las observancias predichas, que sobresalga por su abstinencia, brille por su instrucción, desdeñe las comidas exquisitas y la afición a la mesa suntuosa. Ha de rechazar el exceso en el vino. Ha de saber proveer a todos los monjes en general como padre suyo y sumamente compasivo. Ni le ha de dominar inmoderada y repentina cólera, ni engreírle la soberbia, ni deprimirle la tristeza y pusilanimidad, ni corromperle la liviandad. Ha de dar pruebas de discreción junto con paciencia, y de suavidad con energía. Y ha de atender a los necesitados y pobres de manera que se considere a sí mismo, por las entrañas de Cristo, como un servidor y no sólo como prelado. Debe ser tal la conformidad de sus palabras con su vida, que confirme con una conducta exacta lo que enseña de palabra; y, yendo delante con la espada de dos filos, todo lo que sugiere a otros con palabras lo ponga en práctica con constante afán. A fin de que ni las obras destruyan las palabras ni, por el contrario, las palabras discordantes quiebren las buenas obras, todo ha de ser concordante en la mutua participación, como son consonantes las cuerdas de la lira o cítara, que sólo producen de por sí dulce sonido al ser percutidas, cuando las hiere el rasgueo de los dedos del artista, guardando un equilibrio proporcionado, sin precipitarse en confusa armonía.

Tres veces por semana se ha de celebrar conferencia, y han de leerse las reglas de los Padres, comentándolas un anciano o el prepósito; y se han de indicar a los monjes las mortificaciones y palabras de edificación, las faltas que deben corregirse, las conmiseraciones con los excomulgados. A los procaces o de dura cerviz se les ha de reiterar otra vez la pena.

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XX. DE LOS CONVERSOS. CÓMO DEBEN SER ADMITIDOS

El converso del siglo, como enseñan los decretos de los Padres, no debe ser admitido en el monasterio si antes no diere pruebas de su disposición con obras, privaciones, oprobios y afrentas.

Durante diez días se entregará éste, a las puertas del monasterio, a oraciones, ayunos, con prácticas de paciencia y humildad. Tras eso, quedando encomendado durante el año entero a un monje anciano espiritual, no será agregado en seguida a la comunidad ni entrará en las celdas de los monjes, sino usará una celda señalada en el recinto exterior. Allí, a la vez que se ejercita sinceramente en toda clase de obediencia, transportará jergones para huéspedes y forasteros, sirviendo agua caliente a sus pies, y practicará humildemente toda clase de servicios; y, cargando y llevando en sus espaldas todos los días haces de leña, los entregará a los hebdomadarios; en tales condiciones, sometido totalmente a la privación y a la humillación, una vez cumplido el año con pruebas de su conducta y curtido en fatigas, después de recibir la bendición en la iglesia, se le otorgará la incorporación a los monjes, y será encomendado a un solo decano para ser instruido en todos los ejercicios de buenas obras. Y si algún converso, por lo excelente de su recta y pura conducta, fuere aprobado por el juicio del abad o de algunos monjes espirituales, en virtud de sus méritos y pureza de su conciencia, podrá ser agregado antes a la comunidad de monjes, siguiendo en la práctica lo que determinare el criterio del abad y de los monjes más observantes.

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XXI. DE LA PROFESIÓN DEL CONVERSO

Todo converso, cuando llegare al monasterio y solicitare ser admitido, puesto primeramente en presencia de toda la comunidad, será interrogado por el abad si es libre o siervo, si trata de ingresar por recta y libre voluntad o quizá forzado por alguna necesidad. Si efectivamente previese que hay una intención libre de conversión y que no está ligado por vínculo alguno de su condición, recibirá su pacto, donde se contenga toda la causa de su profesión y en el que además se obligará el converso, de modo que declare que él cumplirá con total entrega todas las reglas del monasterio.

Y prometerá además que en ninguna ocasión las violará, ni se desligará en modo alguno de la vinculación al monasterio que solicita. Y, obligándose con esta profesión, quedará sujeto a las reglas arriba escritas para agradar al Señor en todo momento por la práctica diligente de las buenas obras.

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XXII. DEL ORDEN DE LOS CONVERSOS

El que fuere converso anteriormente en el monasterio, irá delante, deberá sentarse antes, recibirá antes la bendición, comulgará antes en la iglesia, hablará antes cuando se les pregunte a los monjes para algunas cuestiones, dirá antes el salmo en el coro, se parará antes. Hará antes la semana, se servirá antes en la mesa. Y no se ha de atender solamente la edad entre los monjes, sino a la observancia y a la vida y dedicación al trabajo. Por eso ha de esperarse en este punto tal discreción del superior, que honre a cada cual en proporción a como viere su amor y culto ferviente a Dios y lo reverencie según sus méritos. No se ha de buscar, pues, la preeminencia del linaje, o la riqueza de bienes que tuvo cada uno en el siglo, o los años de edad, sino han de pesarse la rectitud de vida y los méritos de una ardiente fe, pues se ha de juzgar como mejor a aquel que se le vea más cercano a Dios. Los monjes deben llevar en el monasterio una vida santa, pura y digna. No han de hacer nada fuera, sino por encargo del abad o del prepósito; ni estará permitido al monje salir muy lejos fuera del recinto del monasterio propio, sino tan sólo al huerto vecino o al jardín con el permiso del superior. Al contrario, no se permitirá vagar por pueblos y aldeas y meterse en fincas de seglares. Y, si alguno presumiere hacerlo, quedará sujeto por dos meses a excomunión y a la pena de percibir un poco de pan y agua.

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XXIII. DE LOS ANCIANOS

A los monjes que envejecieren en el monasterio con una vida recta y piadosa, se les ha de colocar aparte en una celda más espaciosa, con servidores escogidos por el abad; y allí, cuando estuvieren débiles y decrépitos, se les ha de preparar la comida a la hora de sexta; y se les pondrá la mesa para que coma el que quisiere, sin que se le obligue al que no quiera. Los jóvenes, mayores y los no muy débiles de naturaleza han de elegir de entre ellos los servidores, que presten sus servicios por turno, tanto a los más ancianos restantes como también a los enfermos, y pongan empeño en atender a los enfermizos con sus piadosos y benévolos servicios. El abad y el prepósito se servirán de los consejos de estos ancianos para todas las cuestiones del monasterio que ocurran y solicitarán siempre su opinión en las nuevas incidencias.

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XXIV. DEL DOMINGO

Rezada prima y después de lavarse las manos y la cara, todos los monjes se reunirán en comunidad, y, sentados en silencio, el diácono leerá el evangelio hasta que suene la señal para la conferencia.


NOTAS

(1) Santos Padres españoles II. San Leandro, san Isidoro, san Fructuoso. Reglas monásticas de la España visigoda. Los tres libros de las "Sentencias". Introducciones, versiones y notas de Julio Campos Ruiz, Ismael Roca Melia. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1971, pp. 137-162.
(2) Ps 5,5
(3) Ps 5,4
(4) Mt 5,16

 

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