La Ermita. Rito hispano-mozárabe

 

LA IGLESIA COMO LUGAR DE CULTO

 

ORGANIZACIÓN ESPACIAL DE LAS IGLESIAS (*)

La definición mozárabe de los espacios y de los volúmenes sagrados y de sus particulares funciones litúrgicas precisa, por ahora, unas investigaciones comparables a las que se han hecho recientemente sobre las liturgias monásticas carolingias. ¿Será posible que la indigencia de nuestros textos en esta materia imposibilite para siempre este estudio? Al menos, las propias piedras comienzan a hablar, como en el caso particular de la iglesia visigoda más recientemente descubierta, la de São Gião de Nazaré1. H. Schlunk ha mostrado en ella la importancia de la arquería que separaba el área sagrada, compuesta por transepto y ábside de la nave central (figs. 1a y 1b).

Iglesia de São Gião de Nazaré (Portugal) Iglesia de São Gião de Nazaré (Portugal)
Fig. 1a Iglesia de São Gião de Nazaré. Planta. En color sepia la arquería o tribelón. Fig. 1b Iglesia de São Gião de Nazaré. Alzado de la arquería o tribelón.

Tal disposición de la iglesia monástica, según todas las probabilidades, separaba al pueblo, en la nave, de los monjes que entraban por las puertas laterales del transepto y lo ocupaban, aproximándose así a los celebrantes situados en el coro absidial. Esta tripartición parece aflorar, curiosamente, en la evocación nostálgica de la edad de oro de la liturgia española, en el autor del primer prefacio en verso del Antifonario de León, que escribía, allá por el siglo XI, estos dísticos elegíacos: «Cantaban en coros sagrados dentro del triple santuario; uno de los coros cantaba, el otro salmodiaba un responso y el tercero ensalzaba en un Gloria al Dios trinitario. Al unísono, después del Gloria, salmodiaban una antífona; así el santuario resplandecía con los cánticos a los santos. Un coro se situaba cerca del altar, otro sobre el pulpitum y otro, por último, hacía resonar en el interior del templo un eco melodioso...». Estas palabras parecen indicar una distribución de la comunidad en tres grupos, distribución no debida precisamente a las únicas necesidades de la música. Siguiendo el orden de su alejamiento del altar, centro de la celebración, se situaban seguramente los celebrantes en el ábside, los clérigos o monjes en el coro o transepto y, por último, todo el pueblo de los laicos en la nave. El término de pulpitum con el significado de ambón2, como puede verse en la clara definición de San Isidoro, Etimologías, 15,4,15, parece designar en este caso, por metonimia, un espacio más vasto. Además, en la arquitectura mozárabe que ha llegado hasta nuestros días, no se observa nada que pueda corresponder a los «ambones» de iglesias de otras regiones.

Fig. 2 Iglesia fantástica en dos dimensiones; van superpuestos en dos pisos altares en Tau (Beato de Gerona, 975). Obsérvese en el altar bajo un cáliz con abultamiento central y compárese con el cáliz de Silos. Por encima de cada altar, cuelgan cortinajes movibles (como en los ritos ortodoxos y en el ceremonial del Bajo Imperio). Así las realidades litúrgicas se hacen perceptibles en medio de esas formas de ensueño.

Si una tripartición semejante y, por así decir, longitudinal puede apoyarse en las confirmaciones mutuas de textos y edificios, no ocurre lo mismo en la distribución del espacio del transepto a base de unos canceles como en Escalada, ni en el esquema mozárabe de tres capillas paralelas e iguales, mejor dicho, idénticas de forma, de cubierta y hasta casi de importancia, con sus tres altares. Este esquema arquitectónico proviene, evidentemente, de una evolución formal y funcional de las dos sacristías que flanqueaban el ábside en la arquitectura paleocristiana, de Siria en particular. Es posible seguir fácilmente esta evolución, del paleocristiano al mozárabe, a través del visigodo y asturiano, como hemos de ver. Pero otra cosa sería reconstituir el significado exacto de esos espacios, en el desarrollo de los oficios, del que los libros mozárabes sólo nos han legado fragmentos dispersos... porque las que pudieran llamarse indicaciones escénicas, en dichos libros, son escasas y poco detalladas, incluso en el Liber ordinum. Este nos habla más de la liturgia real para marchar a la guerra, que del desarrollo concreto de los oficios habituales, festivos o no.

Tal vez puedan sacarse más conclusiones de esas especies de instantáneas visionarias de las liturgias mozárabes, que nos han conservado las miniaturas, sobre todo las de los Beatos. Pues se entremezclan en ellas cosas vistas y visiones, nutriéndose mutuamente. Si los fastos de la liturgia humana significan el cumplimiento imperfecto figurativo de la gran liturgia celeste del Apocalipsis, es evidente -en el sentido más exacto de la palabra, o sea en el de una visión inmediata- que el «archipintor» Magio, sus alumnos e imitadores no pudieron imaginar lo que no veían, más que a partir de lo que veían. De ahí la profusión de arquitecturas fantásticas, altares con cálices (fig. 2), coronas votivas colgadas por encima de los altares, que son como la proyección onírica de lo que los monjes mozárabes veían en sus iglesias y vivían a diario, sobre todo en las fiestas importantes. Merced a una delicada partición entre lo real y su refracción, pueden sacarse de allí muchas enseñanzas para el estudio del acoplamiento concreto entre la liturgia y los edificios.

Como en la técnica de la fotografía en relieve, textos, piedras e imágenes diversas nos permiten captar así, por fragmentos y bajo distintos ángulos, el arte total que fue la liturgia mozárabe, como síntesis de formas de expresión artística del mozarabismo en el tiempo (música y palabras), y en el espacio (edificios y decoraciones, libros y objetos).

Fig. 3 En los vanos de un ajimez muy arabizado, van colocados, como sobre el alféizar de una ventana -pero en este caso, bajo dos cálices y cuatro trifolias suspendidas en el aire- un cántaro de forma paleocristiana y un aguamanil con el pitorro en contracurva . Miniatura del Beato de la Seu d’Urgell.

La desaparición del mobiliario litúrgico nos hace percibir hoy en día, una discordancia entre esos textos y la desnudez de los monumentos, discordancia que debía ser mucho menos sensible en el siglo X. Puede suplir algo tal desnudez, releer las letanías de objetos (fig. 3) que nos han transmitido los inventarios mozárabes de mobiliario litúrgico, poéticamente salpicados de nombres árabes de extrañas resonancias.


(*) Texto y notas: Fontaine, Jacques. La España Románica 10. El Mozárabe. El rito mozárabe último florecimiento de la liturgia hispánica, Ediciones Encuentro, Madrid 1984, p.45.

NOTAS

1. Ver en El Prerrománico, los datos complementarios de la pág. 451.
2. Pequeña cátedra de piedra elevada y descubierta en las antiguas basílicas cristianas (ndt).
3 Del latín «cento» (traje hecho de piezas): redacción de una obra literaria compuesta enteramente, o en su mayor parte, de sentencias y expresiones extraídas de obras anteriores (ndt).
4 Ritual de la iglesia griega que contiene las órdenes y ritos de la liturgia sagrada (ndt).
5 Pequeña cátedra de piedra elevada y descubierta en las antiguas basílicas cristianas (ndt).

 

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