La Ermita. Rito hispano-mozárabe

 

ARTÍCULOS HISPANO-MOZÁRABES

 

 

 

1. ENTIDAD DE LAS HOMILIÆ TOLETANÆ

En el ámbito de la cultura visigótica, las HOMILIÆ TOLETANÆ 1 constituyen la única manifestación conservada de un repertorio homilético de carácter institucional 2 y, de acuerdo con su organización, con una finalidad exclusivamente litúrgica, es decir, consisten en un homiliario, en una "compilación" 3 destinada a ofrecer discursos dentro del culto, cuyo recitado se sucede a lo largo del calendario de celebraciones y festividades del año litúrgico 4.

Se trata de una "compilación" muy heterogénea que, en virtud de la datación de sus textos más tardíos, se puede fechar con posterioridad al siglo VI 5, si bien se conserva en un manuscrito copiado del original visigótico en el monasterio de Silos en el siglo XII; éste actualmente se encuentra bajo la signatura add. 30.853 entre las adquisiciones hechas por el British Museum en el siglo XIX 6. Ildefonso de Toledo y Julián de Toledo, autores del siglo VII, han sido propuestos como los posibles responsables de la confección del repertorio, sea en su conjunto o en parte de éste 7.

Las HOMILIÆ TOLETANÆ ofrecen textos de muy diversa procedencia, desde testimonios de Agustín de Hipona a Gregorio Magno, siendo los testimonios de Cesáreo de Arlés los más numerosos; de hecho, la "compilación" está montada sobre una de las "colecciones" que Cesáreo de Arlés remitió a la Hispania visigótica 8. La distinta procedencia de los discursos y su correspondencia con las celebraciones cultuales provocan que exista una enorme disparidad en los temas y los tratamientos que abordan; éstos abarcan desde tratamientos exegéticos basados en las lectiones bíblicas ad hoc hasta "discursos-plegaria", procesionales, relacionados con la composición del conjunto de una missa y discursos coyunturales 9. En otro sentido, los discursos se ven, en muchas ocasiones, sometidos a múltiples adaptaciones, que afectan desde el mero cambio de nombres propios y topónimos hasta extractaciones y centonizaciones de textos de diferente carácter, incluidos algunos no específicamente discursivos 10.

Estas pautas se aprecian de forma más concreta en la veintena aproximada de discursos cuya singularidad en la transmisión hace pensar en una probable procedencia hispana, sea de la composición de los discursos originales o de los procesos de adaptación. Sin embargo, en el caso de los discursos originales no tiene por qué existir correspondencia entre la datación de un discurso y la del conjunto de la "compilación".


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2. EL "CICLO DE PESTE"

Entre los discursos de carácter coyuntural recogidos en las HOMILIÆ TOLETANÆ resulta particularmente llamativa una "colección" 11 de media docena de discursos destinados a ser recitados en "tiempo de peste". Esta "colección" está compuesta por dos grupos de testimonios; en primer lugar, un ciclo de cuatro discursos conservados únicamente en la versión recogida en las HOMILIÆ TOLETANÆ (n° 57-60), y, en segundo lugar, otros dos provenientes de adaptaciones de epístolas y discursos de Gregorio Magno (n° 61-62) 12. La singularidad del primer ciclo procede tanto de la presentación del tema de la peste como de su condición de ciclo compacto, donde los discursos se comprenden en su sucesión expositiva; de hecho, son los únicos discursos coyunturales de la "compilación" toledana que poseen una adscripción hispana bastante precisa, pues los dos restantes remiten al Papa Magno, y otros textos coyunturales, como el SERMO IN DIEM ORDINATIONE ÆPISCOPI (n° 54), pertenecen a otros autores de origen no hispano. Recibe la denominación de "ciclo de peste" la sucesión de los cuatro primeros discursos.

En líneas precedentes se expuso la idea de que no tiene por qué existir correspondencia entre la datación de los testimonios y el momento en que se confecciona la "compilación". A este respecto, la tipología que, desde la perspectiva del género literario del discurso homilético, es posible apreciar en el ciclo de peste permite una primera aproximación a su datación. Si se admite la clasificación taxonómica establecida en otros estudios que hemos llevado a cabo 13 (consistente en distinguir: a) los "tractatus discursivos", como los discursos homiléticos destinados a un ámbito escolar, organizados en "series" y con una patente preocupación gramatical; b) los sermones, como discursos coyunturales, que se pueden organizar en "colecciones" -con unidad temática y contextual fundamentalmente-, y que son reflejo de un contexto o coyuntura singular; y c) las homiliæ, como textos que responden a la condición de discursos fosilizados en un ámbito cultual y dispuestos en "compilaciones"), la existencia del "ciclo de peste" en las HOMILIÆ TOLETANÆ es indicio de la inclusión de "colecciones" de sermones dentro de una "compilación". Es decir, se trata de un ciclo compuesto para una ocasión singular, como revela la gradación ascendente de los contenidos -desde el anuncio de que se aproxima una epidemia pestífera hasta su constatación física-, ciclo que ha sido trasladado a un repertorio, cuya característica fundamental es la repetición a lo largo de la liturgia. Este detalle es importante por cuanto los sermones sirven tanto para completar "series" de tractatus como para ser incluidos en "compilaciones" de homiliæ. En suma, nuestra visión se va a fundamentar en la existencia previa y compacta del "ciclo de peste" antes de su inclusión en la "compilación" toledana.

Y es que si se admite que el cultivo de los tractatus se produce básicamente en los siglos IV y V y el de las homiliæ desde el siglo VII, los sermones son los discursos homiléticos que actúan de puente entre ambas tipologías; de hecho, en líneas posteriores, vamos a proponer la datación del ciclo en el siglo VI, siglo en el que predomina el cultivo de sermones, de discursos coyunturales. Es más, el énfasis e intensidad con los que se describe la coyuntura de la epidemia en este ciclo permite asociarlos con los testimonios singulares constatados en la Hispania del siglo VI, con el DE CORRECTIONE RUSTICORUM de Martín de Braga (dedicado a considerar las prácticas paganizantes del Noroeste de Hispania), el IN LAUDE ECCLESIÆ de Leandro de Sevilla (ubicado en la clausura del III Concilio de Toledo) y los anónimos DE MONACHIS PERFECTIS (comprensible en la divulgación de un nuevo estamento monacal, el del monje urbano) o la PASSIO INNUMERABILIUM CÆSARAUGUSTANUM (explicable en la reconsagración católica de una basílica arriana en Zaragoza).

En pocas palabras, este ciclo de cuatro discursos posee un enorme interés en virtud de su carácter unitario, adscribible a un único autor, del dramatismo que refleja, de la gradación mediante la que está construido y de su distribución en dos momentos, el de la aproximación de la peste y el de su aparición concreta.

Los discursos han sido editados en versión diplomática, con ligeras notaciones críticas, por Réginald Grégoire, edición que reproduce el PATROLOGIÆ LATINÆ SUPPLEMENTUM dirigido por A. G. Hamman 14, y en las que se ha basado nuestra traducción. La numeración de los discursos reproduce su orden dentro de la "compilación", en la que ocupan los fols. 132 a 146v. No existe, que sepamos, traducción del ciclo a las lenguas modernas; José Orlandis ofrece la traducción de algunas expresiones, tres o cuatro, con el objetivo de mostrar la dramática intensidad expresada en los discursos 15.


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3. CONTENIDO DEL "CICLO DE PESTE"

La apertura del primer discurso (SERMONES DE CLADE. PR1MA DIE LEGENDUS [n° 57]), que también sirve de apertura al conjunto de los tres restantes discursos del ciclo, resulta fundamental para la comprensión de la singularidad coyuntural de la epidemia pestífera; la noticia de la aproximación de una enfermedad contagiosa se convierte en el tema de este discurso. La aflicción que provoca la dolorosa noticia implica la actuación del autor con el fin de consolar a sus fieles y explicar las razones de la decisión divina; el ejemplo de los profetas aporta la idea de que se trata de un castigo por los pecados cometidos.

El autor se considera un indignus minister y no encuentra mejor consuelo que la exhortación a la penitencia, siguiendo las propuestas bíblicas, con el propósito de evitar la desesperación y la blasfemia. El autor pide que se respete la celebración litúrgica y aprovecha el final del discurso para formular una oración que actúe como remedio y conjura de la enfermedad. En otro sentido, el discurso, al igual que los dos siguientes, se cierra de forma singular, con una confirmatio que funciona como fórmula recopiladora del discurso.

El segundo discurso (ITEM SERMO SECUNDA DIE DE CLADE [n° 58]) se abre con una referencia al discurso precedente, si bien no de forma directa, sino mediante la repetición de la noticia de la aproximación de la peste. Además, el motivo penitencial existente en el discurso previo se traslada a la confianza en la ayuda divina, que podrá evitar la manifestación de la enfermedad. El propósito del autor es añadir un paralelo histórico a la catástrofe que se deriva de la peste; este paralelo se basa en un discurso de Agustín de Hipona, in sermone de excidio urbis 16.

De esta manera, frente al relato agustiniano en el que se produce la conversión de los protagonistas ante la inminencia de un castigo divino, los fieles que atienden a este discurso de las HOMILIÆ TOLETANÆ ya están convertidos, razón por la que el autor propone su persistencia y confianza en la misericordia divina; se hace precisa una actitud humilde para comprender el significado de los designios divinos que permiten la irrupción de la peste. Este discurso, al igual que el anterior, se cierra con una confirmatio que recopila el ejemplo de la ciudad destruida y de su salvación mediante la conversión.

Al igual que el discurso precedente, el tercer discurso (SERMO DIE TERTIO DE CLADE [n° 59]) se abre con referencias a los dos discursos anteriores, los relativos a la noticia de la aproximación de la peste inguinal y al ejemplo que aporta el sermón de Agustín de Hipona; el presente discurso añade nuevas reflexiones relativas al conocimiento de los límites de la vida, que completan las relativas a la penitencia y a la confianza en la misericordia divina de los discursos anteriores. De esta forma, la muerte producida por la voluntad divina no debe constituir un motivo de temor, sino de agradecimiento por la proximidad del encuentro con la divinidad.

La entrega absoluta de la vida de los fieles a esta voluntad divina debe considerarse una prueba; de hecho, se trata de una comparatio entre el deseo de no morir y el deseo de vivir; el segundo no es equiparable al primero, es decir, no se provoca certamen entre ambas opciones, y el cristiano debe saber vivir y saber morir, pues las dos posibilidades dependen de la voluntad divina. De nuevo, la confirmatio que cierra el discurso hace resumen de esta dicotomía entre el rechazo a la muerte y el deseo de vivir, pues saber morir es también saber vivir.

El comienzo del último discurso (ITEM SERMO DE CLADE [n° 60]) remite al primer discurso del ciclo, es decir, a la difusión de la noticia de la peste, con la que coincide en un empleo léxico concomitante, según se deduce de la repetición de términos como perterruit, inguinalis, vicinat/vicinante o propheta/propheticis. En un sentido diferente, resulta interesante comparar la presentación de la misma noticia; de esta forma, se descubre que se trata de la misma epidemia inguinal y que son también citas de los libros de los profetas los que inspiran las reflexiones del autor; además, tanto la idea de escapar al peligro de la muerte mediante la penitencia y la oración como el castigo a los pecados y la búsqueda de un antídoto espiritual, temas que no aparecen tan desarrollados en los discursos segundo y tercero del ciclo, convierten a este discurso prácticamente en un doblete del primero.

Sin embargo, la carencia de confirmatio y la ausencia de referencias directas a los otros discursos del ciclo, implicarían, en principio, la condición aislada de este texto. En realidad, se ha producido una coyuntura diferente; y es que ya se ha hecho patente la epidemia, como revela el empleo de formas verbales de pretérito perfecto al comienzo del discurso. En otro orden de cosas, a pesar de que, según se acaba de exponer, no existen alusiones directas a los restantes discursos del ciclo, aparece una respuesta próxima a la del discurso segundo, a la confianza en la misericordia divina, aunque resulta llamativo el silencio que se hace en relación con el tema del tercer discurso, el de afrontar la muerte con esperanza, en un contexto en el que, sin duda, ya se están produciendo contagios y fallecimientos.

El presente texto consistiría en un discurso resumen, un último discurso desarrollado cuando ha pasado un lapso temporal, unos dierum cursus... et spatia noctium... spatia (h)orarum, en el que ya se comienzan a manifestar los síntomas, el aguijón, de la epidemia (finis ecce nostrum inguinalis plage stimulum portare iam cepimus), y que reutiliza las exposiciones precedentes, en particular, de la primera.

Por tanto, se trata de un discurso que pertenece al mismo autor que los restantes, aunque rompa la elaborada gradación que el autor había impreso a los tres primeros discursos, cada uno de los cuales hacía hincapié en un único referente temático: la penitencia, la confianza en la misericordia divina y el enfrentamiento a la muerte, en cada uno de los casos. De hecho y de forma significativa, el compilador visigótico, que es quien susceptiblemente añade las confirmationes de los tres primeros discursos 17, ya no completa el presente discurso con sus resúmenes habituales; además, este último texto resulta más breve, y en él se rompe la secuencia ordinal de los encabezamientos, con un título en el que aparece un genérico item, que denota la ruptura entre la esquiva esperanza de no sufrir la peste, según se expone en los tres primeros discursos, y la dolorosa realidad expresada en éste, que cierra el ciclo.


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4. LA PESTE EN LA HISPANIA VISIGÓTICA

La situación de calamidad pública provocada por la peste responde a un tema raigambre literaria, con derivaciones ético-filosóficas, en diferentes autores del mundo grecolatino clásico, con una incidencia especial en los historiadores. Dentro del entorno cristiano latino, ya a fines del siglo III, Cipriano elaboró unas exhortationes destinadas a un tiempo de peste 18, en las que se ha reconocido un posible tono homilético, sinónimo en este caso de "parenético" y propio de una "exhortatio" epistolar -género literario en el que deben ser definidas-. Esta obra de Cipriano considera la peste como una prueba propia del martirio que ha de afrontar el cristiano, en un momento donde está en boga una teratura apologética basada en relatos martiriales sujetos a un tratamiento estilístico muy retorizado; se trata de motivos que no se reconocen en el ciclo de las HOMILIÆ TOLETANÆ 19. En otras ocasiones, el ámbito cristiano utiliza la coyuntura de una peste para reforzar las instituciones cristianas, por el apoyo social y mental que ofrece la administración eclesiástica a los enfermos 20.

Existen, por tanto, precedentes de tratamientos cristianos, en mayor o menor medida, relacionados con la difusión de epidemias, tratamiento en el que la singularidad del ciclo de las HOMILIÆ TOLETANÆ guarda relación con la expresión de una experiencia social inmediata.

En otro sentido, la consideración que, como sermones, merecen los discursos del ciclo "de peste" y su plausible ubicación en el siglo VI resultan indicios claros de la existencia de una "colección" que pasa a formar parte de la propia "colección" de Cesáreo de Arlés, también del siglo VI, que subyace en la "compilación" toledana. Sin embargo, en el caso del "ciclo de peste" se trata de unos textos parcialmente readaptados, y por tanto más tardíos, en lo que se refiere a su entrada en las HOMILIÆ TOLETANÆ; así lo reflejan las confirmationes que cierran los tres primeros discursos del ciclo y el hecho de que la "colección" se vea completada con dos discursos, los n° 61 (SERMO BEATY GREGORII PAPE ROMENSIS PRO CLADIS MORTALITATE DICENDUS) y 62 (SERMO EIUSDEM BEATI GREGORII PAPE), consistentes en reelaboraciones de textos de Gregorio Magno.

Según se ha podido comprobar en las líneas precedentes, las confirmationes constituyen un cierre artificial de los discursos que, a guisa de resumen, destacan los motivos centrales de los discursos, la conclusión ética que, en abstracto, se deriva del tratamiento concreto que merece la peste, en un contexto que, por la mera fosilización que implica la inserción de los discursos en las "compilaciones", no se corresponde con los momentos específicos de una epidemia.

Por otra parte, los discursos que completan, no el ciclo toledano sino la "colección" de seis textos, suponen un añadido, consistente, respectivamente, en la adaptación discursiva de la epístola 13 de Gregorio Magno (n° 61) 21 y un centón, donde se incluyen fragmentos del primer discurso de las Homiliæ in Evangelium (n° 62) 22, adaptación y centonización que podrían atribuirse tanto al compilador visigótico que susceptiblemente insertaría también las confirmationes o que acaso pertenezcan a la "colección" originaria; el eje básico de ésta estaría constituido por el ciclo de los cuatro primeros discursos, a los que se añadirían en un momento previo, aunque cercano si se atiende a las pautas de la evolución del género literario de la homilía, a su entrada en las HOMILIÆ TOLETANÆ.

De esta forma, una "colección" del siglo VI, que circularía al margen de toda referencialidad litúrgica, penetra en una "compilación" plenamente litúrgica, sin duda por apreciar el compilador en estos testimonios un tratamiento original y muy elaborado sobre el tema de la penitencia, la misericordia divina y la condición mortal del ser humano.

En las líneas anteriores, se ha establecido, en virtud del carácter que como sermones poseen los discursos del ciclo, una datación de éste en el siglo VI; su procedencia hispana vendría corroborada por su constatación exclusiva en las HOMILIÆ TOLETANÆ. A este respecto, si se repasan históricamente las epidemias acontecidas en el ámbito cronológico de la Hispania visigótica, sería posible una aproximación a la datación del ciclo en el período de las llamadas "pestes justinianas", que asolaron Hispania en diversas ocasiones en los siglos VI y VII 23.

Son las Chronicorum Cæsaraugustanorum Reliquiæ las que informan de forma mucho más concreta sobre cómo en el año 542 asoló Hispania una inguinalis plaga, donde el adjetivo coincide con la descripción de la plaga que aparece en las HOMILIÆ TOLETANÆ 24.

Otra peste fielmente recogida es la que expresa Juan de Bíclaro en su Chronicon; ésta acaeció en el año 573 25. La epidemia afectó a la capital del reino visigótico (In regia urbe mortalitas inguinalis plagæ exardescit, in que multa milia hominum vidimus defuisse), peste que se apacigua al año siguiente. Resulta un dato llamativo la fijación concreta del momento en que se aplaca la peste (Huius Tiberi Cæsaris die prima in regia urbe inguinalis plaga sedata est).

Existen otros testimonios secundarios sobre pestes que asolan el Mediterráneo occidental 26.

En un sentido diferente, cabría la posibilidad de que los textos adaptados y extractados de Gregorio Magno se refieran a la misma peste que la del ciclo de cuatro discursos, con lo cual habría que posponer pocos decenios o años la ubicación cronológica de dicho ciclo, aunque en el mismo siglo VI; sin embargo, esta coincidencia resulta difícil, a pesar de que Gregorio Magno parezca aludir a una epidemia vasta, universal, de la que no queda constancia en los testimonios históricos hispanos con la precisión de la de los años 542 y 573, a no ser que se explique por la existencia de lagunas en la transmisión textual.

De cualquier forma, las pestes constituyen unas plagas que repetidamente asolan el mundo tardoantiguo y tempranomedieval; así, en lo que a Hispania se refiere, la Continuatio Chronicorum de Hidacio 27 presenta diversas referencias a las pestes que se sufren en el siglo V [§ 47, 48 y 49]; sin embargo, estilísticamente la información que ofrece Hidacio dista de las ofrecidas por las Chronicorum Cæsaraugustanorum Reliquiæ y el Chronicon de Juan de Bíclaro. Y es que Hidacio generaliza las pestilentiæ acaecidas en Hispania con las que se producen in toto orbe [§ 126]; por otra parte, Hidacio recurre al término plaga no sólo para referirse a una epidemia, sino también para referirse a las invasiones que se producen en el siglo V [§ 154] y a diversos movimientos heréticos [§ 232] 28, sin precisar nunca el carácter anatómico de la enfermedad, como sí hacen las Chronicorum Cæsaraugustanorum Reliquiæ, el texto del Biclarense y los discursos de las HOMILIÆ TOLETANÆ. Además, para Hidacio las pestes que se producen en Hispania son pestilentiæ, mientras que las restantes, las que afectan al conjunto del mundo conocido y las relativas a las invasiones y las doctrinas heréticas, son denominadas plagæ; por el contrario, tanto en los discursos de las HOMILIÆ TOLETANÆ como en las Chronicorum Cæsaraugustanorum Reliquiæ y el Chronicon de Juan de Biclaro, el término que aparece es plaga, si bien en las HOMILIÆ TOLETANÆ también aparece, conviviendo secundariamente con dicho término, el de pestilentia, en expresiones como pestilentiæ plaga (primer discurso del ciclo).

Estas reflexiones no resultan definitivas a la hora de datar el ciclo "de peste", pero sí denotan la existencia de una mayor proximidad, tanto léxica como anatómica, entre las Chronicorum Cæsaraugustanorum Reliquiæ, el Chronicon del Biclarense y los discursos de las HOMILIÆ TOLETANÆ, más aún cuando el discurso de Agustín de Hipona, utilizado como ejemplo en uno de los textos del ciclo dedicado al abandono de Roma, acaece años después de algunas de las pestilentiæ que Hidacio sitúa en Hispania. Por tanto, parece apropiado desestimar el siglo V como el de la ubicación de la coyuntura histórica del ciclo de discursos objeto de análisis.

En lo que se refiere al siglo VII, el XVI Concilio de Toledo celebrado en el ario 693 alude a una ingruente inguinalis plagæ vastatione ad Narbonensem sedem, que motiva la promulgación de un mandato para que los obispos narbonenses, ausentes del concilio toledano debido a la epidemia, se reúnan en Narbona y firmen las actas una vez clausurado el Concilio 29. La descripción de la epidemia hecha en este concilio resulta paralela a la expresada en el ciclo del homiliario toledano, hasta el punto de que se podría pensar que éste es el contexto de dicho ciclo, a pesar de que provocara una datación más tardía para las HOMILIÆ TOLETANÆ y que quede sin una explicación suficiente la inserción de las confirmationes y de los textos que remiten a Gregorio Magno; sin embargo, son las pautas de la evolución del género literario de la homilz'a las que permiten rechazar esta ubicación cronológica. Y es que, seg ún hemos defendido en otros estudios 30, a fines del siglo VII no se ha documentado ningún sermo, ningún discurso homilético con el relieve textual patente en el ciclo "de peste", a lo que se añade la configuración del ciclo como "colección" temática, de las que no se tiene constancia a fines de la citada centuria, momento de esplendor de homiliæ y "compilaciones" litúrgicas.

Es, por tanto, un proceso de exclusión el que conduce a ubicar en el siglo VI el origen de los discursos, si bien sería en el siglo VII cuando se incluyen las confirmationes y la reelaboración de los testimonios de Gregorio Magno. No es posible reconocer con precisión si se trata de la epidemia relatada por Hidacio o la que recoge Juan de Biclaro; tampoco la atribución a una autoría concreta parece posible en el momento actual de los estudios. Sin embargo, si se demanda algo más de precisión a la hora de optar por la peste del año 542 o la del 573, únicamente cabe la hipótesis de considerar que el receptor del ciclo de las HOMILIÆ TOLETANÆ vive en una ciudad equiparable a la Roma que se ejemplifica en el segundo discurso del ciclo; esta ciudad podría ser Toledo, capital de la Hispania visigótica, que aparece citada como foco de atención de Juan de Biclaro en relación con la peste del año 573; en contra estaría la ausencia de mención a la cruenta peste de treinta años antes, aunque se podría pensar que no afectara con tanta intensidad a la sede regia de Toledo. Finalmente, las conclusiones antiarrianas de los discursos -las cuales expresan de formas diferentes el credo trinitario- tampoco permiten más argumentación que dejar constancia de que, conforme avanza el siglo VI, se hace más presente la dialéctica antiarriana en los autores católicos.

En último lugar, no existe en el ciclo "de peste" una alusión de gran importancia en las fuentes históricas a la hora de describir la transmisión de una epidemia como es el contagio provocado por el desembarco de enfermos en ciudades situadas a orillas del mar, como sucedería de producirse en la región tarraconense y siguiendo una línea de penetración que se suele orientar de Nordeste a Suroeste tras contactarse con las epidemias centroeuropeas en el litoral mediterráneo, o, en sentido inverso, tras la extensión de plagas de origen norteafricano. De cualquier forma, en el ciclo "de peste" de las HOMILIÆ TOLETANÆ resulta patente cómo, antes que la peste, llega la relatio, la nuntiatio de la epidemia, que procede de los fines terræ nostræ (discurso primero), de un entorno geográficamente interior y no de proximidad a zonas costeras, y que la peste tarda en manifestarse (último discurso); estas ideas confirmarían la peste del año 573 y la ciudad de Toledo, e incluso se podrían poner en relación con la inexistencia de otros testimonios que transmitan el ciclo, dado que se compondría y se conservaría en el mismo lugar en el que, algunos decenios después, se confeccionaría el repertorio de las HOMILIÆ TOLETANÆ. Sin embargo, estas últimas reflexiones no dejan de estar inspiradas en una mera conjetura fruto de la osadía y en espera de contrastar el ciclo "de peste" con la producción de los autores de la segunda mitad del siglo VI, cuya producción literaria esté enmarcada en urbes del interior peninsular o, más concretamente, en Toledo 31.


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5. TRADUCCIÓN 32

[HOMILIÆ TOLETANÆ 57]
Sermones para tiempo de peste.
Sermón que se ha de leer el primer día

Mis muy amados hermanos, ved cómo nos ha atemorizado una amarga noticia que nos habla de una peste que asola los confines de nuestra tierra, que nos insinúa una próxima muerte cruenta. Se acerca aquella peste bubónica que, hace tiempo, se nos anunció por nuestros pecados. Ya devasta nuestra tierra y se aproxima con pasos rápidos lo que hervía lejos de nuestras fronteras. Está aquí lo que hace tiempo escuchamos, ya casi nos afecta.

Os exhorto a que, a través de las palabras de los profetas, salgáis de vuestro sueño corporal pues percibo cómo sobre nosotros pende el cumplimiento de un castigo divino.

Esto dice Dios nuestro Señor: ya se acerca la única aflicción, la aflicción. Se acerca el fin, el fin se acerca y velará contra ti. Llegó el tiempo. Cerca está el día de la muerte y no de la gloria. Y también el profeta Amós: Esto dice el Señor de los ejércitos: en todas las plazoletas y en todas las puertas se oirá llanto. ¡Ay!, ¡ay!, y llamará al llanto al labrador y al llanto a aquellos que saben llorar. Con estas palabras os exhorta el profeta.

Salid, os lo ruego, salid del sueño corporal y disponeos a aplacar la furia de la condena divina. Huya el sueño de los ojos, la debilidad de las almas. Retroceda la alegría, huya el gozo. Que sólo el sufrimiento ocupe vuestros corazones, porque ved cómo nos increpa el furor de la ira divina, porque ya la siniestra muerte pisa nuestros umbrales.

Pero quizá nos preguntemos con extrañeza por qué nos apesadumbra así esta sentencia divina, y queráis saber por qué estos males nos atenazan. Escuchad al profeta: Porque toda vuestra tierra está llena de sentencias de sangre, todas vuestras ciudades llenas de injusticia, y porque despreciáis al extranjero, etcétera. A todo y en el mismo sentido nos responden las palabras de los profetas. Dice el Señor: Yo mismo os he dado inmovilidad de dientes en todas vuestras ciudades y carencia de pan en vuestros lugares. Ved cómo, al escuchar lo que nos dicen los profetas, tenemos constancia del temor de los pecadores: Huyó de nuestros corazones la alegría, nuestra danza se transformó en duelo, cayó la corona de nuestra cabeza. ¡Ay de nosotros que hemos pecado!.

Os pregunto, ¿qué podemos hacer ahora para escapar al daño de una catástrofe tan grande, para aplacar la furia divina?. Enfermamos, busquemos una medicina. Atended pues los consejos de los ángeles, buscad los remedios de los profetas. El Ángel dice a Tobías: Buena es la oración acompañada de ayuno y limosna, porque la limosna libera de la muerte, conjura los pecados y permite el logro de la vida eterna. Este es el consejo de los ángeles que libera de la muerte las almas de los pueblos. Atended ahora también cuáles son los consejos de los profetas que pueden actuar en remedio de los pecadores. Así anticipa el Señor por boca del profeta Jeremías: De pronto decidiré contra un pueblo y contra un reino para arrancarlo de raíz, destruirlo y hacerlo desaparecer. Si ese pueblo hiciere penitencia por la maldad que me provocó en su contra, también yo me arrepentiré del mal que había determinado causarle.

Estos son los consejos de los ángeles y los profetas que yo, indigno representante de la palabra de Dios, os expongo, pues no veo ninguna otra solución que mejor os pueda convencer para que cambiemos a una vida mejor, si es que queremos que cambie la decisión de Dios. Vayamos con lágrimas a aquél que, al atemorizarnos, nos previene de sus deseos. Hemos sido advertidos antes de que, quien no quiere hacer daño, actúe; nos ha atemorizado la lúgubre narración de los mensajeros.

Él, compadecido, nos ha avisado para que nos convirtamos a él antes de que nos pueda afectar el cumplimiento de su castigo. Ahora es el momento de que os entreguéis a la confesión de vuestros pecados y hagáis penitencia. Os digo que hagáis penitencia, esto es, que pongáis en práctica los benéficos frutos de la penitencia para que cada uno beba las lágrimas de su propio dolor tanto como recuerde que se ha visto seco por sus pecados, y para que cada cual perciba que ha caído en maldad tantas veces como ha procurado evitar el bien. Pues ¿qué otra cosa es hacer penitencia si no es que cada uno castigue sus propios pecados? Es más, el término penitencia procede de "castigo". Por todo ello, amados hermanos, derramad lágrimas amargas si queréis vencer los sufrimientos del castigo.

Mis muy amados hermanos, la penitencia no se da en la opulencia, sino que se logra mediante la virtud de la continencia. Es preciso que se rehúya cualquier cosa que entorpezca el espíritu. Evitad, por tanto, engañar al espíritu, evitad las pendencias mentales, la maldad del corazón. Sabéis que no obtendréis lo que pedís si no lo hacéis de corazón y atendiendo a vuestros hermanos. Siempre que las súplicas se apoyan en la caridad, son, sin duda, admitidas por Dios. Pues la oración unida a la discordia es una gran blasfemia. Además, no es posible la oración si se reza en dos sentidos opuestos, pues está escrito: Si uno reza y otro maldice, ¿a quién presta atención Dios?. Y tampoco merecemos ser escuchados por Dios Padre si nos vestimos con odios fraternos. Pues al igual que, en concordia, se evitan los males terrenales gracias a la caridad, de la misma manera los discordes logran la perdición de su patria. Y es que sobre los restantes males predominan el odio y la discordia; ésta última separa a los litigantes hasta tal punto que nunca logra que supliquen por su bien. ¿Qué más puedo decir? Dios repudia las súplicas de los pecadores aun cuando le recen. Pues así está escrito: La oración de quien endurece sus oídos para no escuchar la Ley será repudiada. Pues la Ley de Dios, esto es, el Evangelio de Cristo, prohíbe los odios, aconseja la caridad. Por tanto, es necesario que el anhelo de quien llegue a resistirse a esta Ley no se plasme en su oración. Porque quien alimenta en su pecho el odio contra sus hermanos es llamado homicida por boca del apóstol; así dice Juan: Todo aquél que odie a su hermano es homicida. Y sabéis que todo homicida no conserva la vida en sí.

Comprobad además lo que, poco antes y acerca de esto, expone el mismo santo apóstol. Dice: No sabemos cuándo pasaremos de la muerte a la vida, si amamos a nuestro hermano. Pero quien no ama, permanece en la muerte. Todo lo que acabamos de decir lo sostiene el santo apóstol: Por tanto, enraizaos fértiles en la caridad que es vínculo hacia la perfección; recostémonos sobre la base de esta penitencia que nos sirve de apoyo. Hagamos públicos nuestros pecados en la confesión, si es que queremos atemperar la ira del Señor, la ira que se nos aproxima.

Dios nos otorgó la esperanza del perdón al decirnos a través del profeta: Di primero tus iniquidades para hacerte justicia. Pues pronto se concede la justicia a quienes han proferido de sus mismos labios la confesión que les salva. Por tanto, sea éste el justo comienzo de la confesión de nuestros pecados, que no se mezcle el ruego con la vanidad, que no se confíe en la charlatanería; pues está escrito: el pecado no está ausente en la charlatanería. Por tanto, evitad en vuestra lengua palabras inútiles. Escuchad en silencio al lector. Atended mientras recitáis los salmos. Preparad el corazón a las disposiciones divinas. Y esto sin mostrar locuacidad, sino expresando con lágrimas vuestros susurros al único Dios. Nunca pretendáis discutir, sino explayaos en oraciones. Que vuestra risa se transforme en dolor y el gozo en amargura. Explayad todas vuestras ocupaciones terrenales en la entrega de limosnas, purgad vuestros pecados, santificad el ayuno.

Ofreced a Dios el sacrificio de vuestras lágrimas y, entre llantos juntamente con nosotros, proclamad a coro al Señor: "Contra ti, Señor, pecamos. Pecamos y actuamos de forma cruel, alejándonos de ti. Te rogamos que no nos arrojes al oprobio lejos de tu nombre. Aleja ya de nuestras fronteras la epidemia. Que desaparezca la destrucción de la plaga que nos acecha, el cruel aguijón de la peste, y que cese en quienes se ha manifestado y que a nosotros, gracias a tu apoyo, no nos afecte. Dado que ya nos vemos acechados por infortunios, socorre a quienes se afligen. Que tu figura esté entre nosotros porque te consideremos en nuestro favor. Pon en nuestro corazón el afecto que pueda entrar en tus oídos. Concédenos un caudal de lágrimas que rebose por tu dulzura, que pueda aplacar la ira anunciada contra nosotros. Infortunados nos secamos nuestras lágrimas y no destila de nosotros el arrepentimiento que nos sana, pero tú, que eres fuente de compasión, mira ya el gemido de los arrepentidos y atiende la súplica de los que gimen. Que no perezcamos en días siniestros sino que te bendigamos por siempre, pues en ti está el honor y la gloria, la dignidad y el poder por los siglos de los siglos. Amén."

ARGUMENTO. He aquí, mis muy amados hermanos, cómo estamos aterrorizados por el anuncio de una muerte cruenta, confundidos por el temor a la furia de una epidemia que se acerca, porque nos sentimos oprimidos por el enorme peso de nuestros pecados y nos vemos castigados con mortificaciones por justa decisión de Dios. Derramad con devoción los susurros de vuestro dolorido corazón ante Dios y todos, a coro, pedid perdón a Dios.


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[HOMILIÆ TOLETANÆ 58]
Sermón del mismo tipo para el segundo día en tiempo de peste

Mis muy amados hermanos, en el día de ayer lloramos los males que se nos han anunciado. Alimentémonos hoy en Cristo con los venerables preceptos de su perdón. Por tanto, demos fe del Señor, pues en su presencia toda confesión piadosa y sincera pervive. Creed en la predicación del Apóstol que nos dice: Someteos humildes a la poderosa mano del Señor y él mismo os levantará en tiempos de tribulación. ¿Quién esperará en el Señor estando inseguro, quién cumplirá sus mandatos y se encuentra abandonado?.

Además, con el fin de alimentar la confianza en él, desarrollaré un asunto fácil que os sirva de recuerdo ante situaciones de desastre. Y esto para que os hagáis idea de las palabras y los sucesos de otros tiempos en esta calamidad de nuestra época, y con el fin de proponer algunos paralelos de los antepasados y cómo, con la imitación de su humildad, han dispuesto la forma por la que podremos escapar con vida al doloroso castigo de Dios.

Os voy a comunicar lo que he leído para consuelo de los pecadores; no pretendo provocar incertidumbre en vuestras almas ante la ira de Dios, sino instruir vuestra fe sin que desesperéis por vuestra salvación.

San Agustín, en su sermón sobre la destrucción de la ciudad, relata los siguientes sucesos acaecidos en tiempos del emperador Arcadio.

Dice: "Poco después de llegar Arcadio a ser emperador en Constantinopla, quiso Dios atemorizar la ciudad y con dicho temor enmendarla, con temor convertirla, con temor purificarla, con temor hacerla cambiar; se manifestó Dios mediante revelación a un soldado que era fiel siervo suyo y le comunicó que la ciudad iba a perecer bajo el fuego del cielo y le exhortó a comunicarlo. El soldado se lo hizo saber al punto al obispo, y éste lo creyó y lo divulgó al pueblo. Ante el dolor de la penitencia, la ciudad se convirtió de la misma manera que sucedió hace tiempo en la antigua Nínive. Sin embargo, con el fin de que los hombres no pensaran que quien había hablado cometía falso testimonio o mentía, llegó el día que Dios le había señalado. Los hombres permanecían atentos y expectantes junto con el ejército 33, dominados todos de gran terror, y al anochecer, tras llenarse el mundo de tinieblas, se vio una nube de fuego en el Oriente; ésta era en principio pequeña, pero, a continuación y poco a poco, conforme se aproximaba a la ciudad, iba creciendo a la vez que, amenazante, se cernía sobre toda la ciudad. Parecía expulsar una llama terrorífica y no faltaba un hedor de azufre. Todos huyeron a la Iglesia, hasta el punto de que no cabía la multitud en el lugar. Todos solicitaban el bautismo a quienes pudieran impartirlo. No únicamente en la iglesia, sino también en las casas, los barrios y las plazas, se pedía con insistencia la salvación del sacramento con el fin de escapar a la furia presente e incluso a venideras. Sin embargo, tras aquella gran tribulación en la que Dios mostró la verdad de sus palabras y de la revelación de su siervo, dispuso que la nube se deshiciera y, poco a poco, acabó todo.

Poco tiempo le duró al pueblo la tranquilidad, pues de nuevo escuchó que había que salir porque la ciudad iba a perecer al siguiente sábado. Marchó toda la ciudad con el emperador. Nadie permaneció en su casa, nadie cerró su casa. Tras avanzar un buen trecho desde las murallas y mirar sus dulces hogares, con voz entristecida se despidieron de las casas que abandonaban, y una multitud de varios miles de personas partió; pero en un lugar solitario, tras hacer plegarias al Señor, la multitud congregada observó una aparición repentina de humo y, a grandes voces, se dirigió al Señor.

Por último, una vez que se comprobó que no pasaba nada, se dispuso una misión con la idea de que, a su regreso, diera cuenta de palabra de lo que había sucedido; los enviados comunicaron que se habían salvado todas las murallas y las casas, y todos regresaron con una alegría enorme. Nadie perdió nada de su casa. Resultaba patente que cada hombre regresó tal como salió.

¿Qué podemos decir? éste el castigo divino o es que, más probablemente, se compadeció Dios? ¿Quién podrá dudar que un padre lleno de misericordia recurrió al temor para corregirlos, que no quería castigar con la destrucción, puesto que ninguna persona, ninguna casa, ninguna parte de la muralla resultó dañada por la inminencia del desastre que les amenazaba? Pues al igual que suelen 34 obligarte a hacerles daño y puedes volverte atrás 35 compadecido ante la pesadumbre de los que merecían recibirlo, otro tanto le sucedió a aquella ciudad".

Estos son los hechos de tiempos antiguos, acontecimientos que recuerda san Agustín. Actuad vosotros de forma semejante. Apesadumbraos con el temor divino y veréis de pronto cómo cesa la persecución y languidece por completo la peste. Ellos, que veían cómo, a causa del castigo divino, era inminente la ruina de su patria, se dirigieron a la Iglesia; ofreced vosotros al Señor dentro de la Iglesia los benéficos frutos de la confesión que produce sosiego. Ellos, ante la amenaza de la destrucción, exigían con fuerza el bautismo, cada uno a quien podía; que ninguno de vosotros, ya bautizados, cierre sus entrañas a quien pueda consolar. Ellos, abandonada la ciudad, se dirigieron a un lugar donde llorar la desaparición de la patria que iba a perecer; vosotros, que habitáis en ciudades, considerad cómo actuar correctamente. Ellos, una vez que cesó el furor de la indignación del Señor regresaron alegres, y vosotros, si me prestáis atención, alegres obtendréis la liberación de vuestra patria.

Ayer, mediante los consejos de los ángeles y los profetas, tuvisteis constancia de cómo os puede resultar útil la penitencia; hoy estáis más preparados para entender los ejemplos de los que suplican y hacen penitencia. Porque, probablemente, sepáis también que es el mismo Señor quien, ante los reproches que se hacían a unos pecadores, dijo en el Evangelio: si no hiciereis penitencia, pereceréis todos por igual. Yo, fortalecido en mí mismo por las palabras del Señor, os diré, me diré: Hagamos, hagamos penitencia. ¿Dónde? Donde Dios nos ve, donde los ojos carnales no pueden vernos. Rasguemos nuestros corazones y no nuestros vestidos. Tras conocer los caminos del Señor, golpeémonos nuestros corazones para que no tengan doblez. No nos palpemos, no actuemos con blandura con nosotros mismos, no tratemos nuestra carne con delicadeza, si es que queremos escapar a las penas de la carne. No burlemos a Dios si deseamos superar los suplicios de los muertos. No lo irritemos con nuestros hechos y nuestras malvadas acciones, si es que queremos estar liberados de los suplicios no sólo presentes sino también futuros. Pues es el mismo Señor que nos abruma con su decisión por caminos de mortificación, el que nos evita el sufrimiento anunciado.

Por todo ello, tras confesar nuestros pecados, nos alivia y nos devuelve perseverantes al servicio de su temor, concediéndonos el disfrute de su dulzura, y obtener luego, junto a los ángeles, la felicidad eterna. Por el Señor Jesús, igual a él y que reina eternamente con él, y con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

ARGUMENTO. Mis muy amados hermanos, puesto que, con el ejemplo de la destrucción de la ciudad, habéis tenido conocimiento de cómo un pueblo que cree en Dios fue salvado y escapó al cumplimiento de la ruina que les amenazaba, asumid también vosotros un cariño semejante por la confesión, y sufrid ante Dios el dolor más amargo y todos, a coro, con un solo corazón y una sola voz, pedid del Señor perdón.


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[HOMILIÆ TOLETANÆ 59]
Sermón del tercer día en tiempo de peste

Mis muy amados hermanos, en el día de ayer y en ese sermón que está escrito acerca de la destrucción de la ciudad de linajes antepasados se explicaron bastantes cosas. Que aquellos a los que hasta ese punto se extienda el temor al castigo, de la misma manera superen el sufrimiento de las enfermedades y puedan regresar alegres a la ciudad que tan tristes han abandonado. Que este ejemplo nos resulte suficiente ante cualquier circunstancia, si es que el Señor ordena que la epidemia que nos amenaza se detenga y no nos llegue esta funesta peste.

En sentido contrario, si es decisión de Dios que nos ataquen los látigos de tales muertes, hágase su voluntad. A base de muchas reflexiones, debéis proyectar al futuro tan grave decisión divina, con el fin de que no nos afecten de forma imprevista unas enfermedades inesperadas y nos cojan desprevenidos. Por tanto, atended lo que he pensado. No deben preocuparse en demasía aquellos que vayan a morir, pues les ha llegado el turno de que mueran, sino pensar que están destinados a la muerte. ¿Es que nos apesadumbra en exceso que nos consuma la enfermedad bubónica como si no hubiera más motivos de muerte y no fuéramos a partir de esta vida? Se puede morir de fiebre o de peste. ¿Acaso, aunque se aproxime esta epidemia, podremos vivir eternamente en esta corrupción? O si nos afecta ¿no obedece la muerte a unos términos establecidos tras cumplirse la duración de la vida humana, o es que la vida puede acabar antes del momento preciso que, como su última hora, le corresponde a cada uno? No conviene que dudemos en esto, porque contamos con un ejemplo muy seguro y fiable en la Biblia donde se dice: Los días del hombre son breves; dispones el número de sus meses. Has establecido unos límites que no se superan.

Si consideramos que existen unos días establecidos en nuestra vida ¿por qué nos va a afectar la enfermedad bubónica? Si nos sale al encuentro lo que resulta ineludible, será que pronto nos corresponde la muerte. Nada podrá alargar los años de nuestra vida. Muchos mueren de esta enfermedad, otros muchos de otra. Pero nadie muere antes de la hora señalada para su fin. Así pues, si esta peste no invade los límites establecidos para nuestra vida, ¿por qué nos atormentan los temores a esta peste? ¿Por qué nos confunde este dictamen, cuando, tanto si llega como si no, no podremos escapar a la hora establecida para nuestra muerte?

Por tanto, si lo que parece lejos, si lo que no deseamos sucede, nadie murmure por eso, nadie se abata, nadie se desespere, ni, en su desesperación, pronuncie lo que no es justo: "¿Qué penitencia nos ha ayudado?, ¿por qué no estamos escapando a la epidemia?" Lejos, lejos de la boca de un cristiano esta blasfemia. En cuantas cosas sucedan en nuestra vida, esté siempre en nuestros labios la alabanza a Dios. Hágase su voluntad sobre nosotros y en nosotros. Pues si recibimos de la mano del Señor los bienes, ¿por qué no vamos a soportar los males?. Es nuestro padre. ¿Acaso nos debe amar con halagos y no nos debe advertir con sus reprensiones? ¿Acaso un padre sólo promete la vida y no imparte enseñanza?

¿Qué más podemos decir? Quienes estáis apesadumbrados por esta plaga, no es que temáis la incertidumbre de una enfermedad terrible sino que teméis morir, es decir, os oponéis a lo que os provoca temor. Ojalá podáis pasar a una vida mejor y no sólo no temer la muerte que se aproxima sino desear como lo mejor el que vosotros mismos muráis. Pues, nada más morir, pasamos de la muerte a la inmortalidad. No puede llegar la vida eterna si no es con la ineludible muerte. No se trata de una muerte sino de un paso, un tránsito desde el camino del tiempo, que es pasajero, a la vida eterna. ¿Quién no se alegra de pasar a mejor? no anhela cambiar y reorientarse pronto de cara al rostro de Cristo y a la dignidad de su gracia celeste, traspasar la muerte, ver la cara de su rey en la gloria que ha cultivado en la vida? Y si nuestro Cristo rey nos llama para que ya podamos verlo, ¿por qué no abrazamos los labios de la muerte, de esa muerte a través de la que se nos concede el paso a los sagrarios eternos? A no ser gracias a que hacemos el tránsito mortal, no podríamos ver la cara de nuestro rey Cristo. ¿Es que menospreciáis esta visión como algo lejano y, por tanto, teméis morir? Sin embargo, desde el momento en que esta visión inenarrable se disfruta, nada se puede añadir a lo más importante que haya sobre la tierra que, en comparación, pueda llenar vuestra vida.

Haceos la idea de que, en relación con nuestra vida terrenal, este rey dijera a cualquiera de entre vosotros: "Ya está tu casa repleta de riquezas. Habita en ella. Sé rico. Haz cuanta violencia quieras. Nadie te detenga cuando estés furioso. Obedézcante todos en cuanto dispongas. Hágase tu voluntad en todos. Solamente te pongo esta condición, que no veas mi rostro." Pero surge la siguiente pregunta: ¿Acaso hay algún enamorado de este mundo que se complace en contemplar el rostro de su más auténtico rey sin considerar que todo lo que se le ha concedido no es sino estiércol y sin sentir que lo único que le apesadumbra es ser indigno por verse apartado de la presencia de su rey?

Ahora, de acuerdo con la comparación precedente, haceos la idea de que Cristo os dijera: "No queráis morir. Rechazad el sufrimiento. Ya no os arrojo a la muerte ni os envío una peste. Vivid cuanto queráis en esta vida; con tal de que no veáis mi rostro." En esta comparación, examinad cuánta impiedad se produce y hasta qué punto se está apresado en una noche eterna.

¿Para quién resulta más dulce vivir en esta vida que estar en presencia de quien le ha concedido la vida, cuando para el alma no existe ninguna muerte más cruel y amarga que no ver el rostro de Dios? En definitiva, encontrémonos preparados a la voluntad divina, cualquiera que sea, con un espíritu integro, una actitud religiosa positiva, y una fe y un valor robustos. Celebremos también que aquél, por quien en este momento nos vemos en disputa, ve todo deseo de corazón y pensemos, una vez eliminado por completo el pavor a la muerte, en la inmortalidad que perseguimos. Que, una vez que llega el día concreto para el encuentro, vayamos con alegría y gozo al mismo Señor que nos llama. No temamos la muerte si realmente deseamos lograr la vida. Es el mismo Señor que venció a la muerte y nos dio la vida, el que, a cambio de las lágrimas provechosas en su presencia y la muerte que teméis, os eleva y os concede la vida eterna que anheláis. El que es uno con Dios Padre.

ARGUMENTO. Mis muy amados hermanos, si, con la inspiración del Señor, hemos rechazado de verdad la muerte y hemos optado por la vida, apropiémonos de las palabras que aniquilan la muerte. Por tanto, ya que todos sin excepción nos vemos entre lamentos y sentimientos de aflicción, pidamos del Señor misericordia.


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[HOMILIÆ TOLETANÆ 60]
Sermón general para tiempo de peste

Mis muy estimados hermanos, lo que, de forma indirecta, había atormentado nuestros espíritus, la grave epidemia que sembraba la desolación en los pueblos de Dios, ya se nos ha hecho presente. Nos ha aterrorizado el violento tormento de la enfermedad de la peste bubónica, nos ha aterrorizado también la inesperada aparición de la muerte.

Hermanos, en estas circunstancias o en cualquier otra, qué debemos sentir sino que se trata del cumplimiento de un castigo que merecemos, cumplimiento que, de forma semejante, podemos constatar que había sido anunciado por el profeta: Quién podrá permanecer en pie ante el rostro de una epidemia que se acerca, o quién resistirá el ardor de la cólera del Señor? Su indignación se difunde como el fuego y ante él tiembla la tierra.

Pero, por qué se ha profetizado lo que iba a suceder a quienes por nuestros delitos lo estábamos pidiendo? ,Por qué se nos va a violentar con todas las fuerzas por haber hecho no importa qué, si no es para que nos lamentemos con nuestras lágrimas por todas las ofensas de nuestros pecados y para que aplaquemos el ardor de la cólera del Señor con un gemir constante? Y es que es nuestro mismo creador, por quien ahora anhelamos ser salvados de la peste, el Señor, quien nos llena de pavor debido a que pecamos de forma reiterada.

No hay que desdeñar su consejo sobre cómo actuar. Dice: Convertíos a mí de todo corazón mediante vuestro ayuno, vuestro llanto y vuestro dolor. Romped vuestros corazones y no vuestros vestidos. Y es que, si así os convirtierais a mi, os sanaré de vuestros sufrimientos. He aquí, estimados hermanos, cuál es la voz del médico de la salvación, de quien no quiere que fallezcamos en las epidemias. Por otra parte, es lícito que, por nuestros pecados, suframos el castigo de Dios como remedio añadido al lamento y al propósito de enmienda.

Por tanto, atended, queridos hermanos, atended los vaticinios de los profetas, atended también las exhortaciones que salen de mi boca, si es que queréis escapar a los peligros de muerte de esta peste. Aquél que sabemos que rebosa de compasión y misericordia quiere también verse precedido de las lágrimas de la confesión. Pues así está escrito: Dios no es burlado con llantos sino que busca un arrepentimiento de corazón. Gimamos en nuestras oraciones con llanto de sincero sufrimiento y con el rostro levantado mostremos en nuestro rostro la prueba de nuestro error.

Ya comenzamos a soportar el aguijón de nuestra muerte por la epidemia de peste bubónica. ¿Acaso no vamos a poder llorar con amargura? Gimamos, hermanos, con el fin de conjurar el peligro de una mancha tan cruel y superemos con nuestro lamento continuado el daño de esta dolorosa herida. Pasad los días en el dolor y pasad las noches entre llantos. Ocupad las horas de luz con lágrimas permanentes, superad con penitencia el daño de esta epidemia. Dado que hemos pecado tanto, suframos en la misma medida.

También sirve de remedio eficaz contra una angustia tan imprevista la buena disposición en dar limosnas. Estad dispuestos al llanto y sed generosos y piadosos para dar. Una vez que hagamos esto, mezclemos oraciones con nuestras lágrimas. Quizá, en poco tiempo, conmovamos la compasión del creador ante el creciente tormento de esta plaga. Él mismo nos ha asegurado que se apiada con prontitud de los que hacen penitencia, tal como se ha dignado en consolarnos por boca del profeta: Cuando os volváis a mí, entonces estaréis a salvo, y podréis escapar al mal que os acecha. Y dice también, dice el Señor: No quiero la muerte de los moribundos, sino que os convirtáis y viváis.

También el profeta Joel lo expone, al hablar acerca de la piedad del Señor, quien se lo había exhortado personalmente; dice: convertíos a vuestro señor Dios, porque es misericordioso, justo y de gran piedad. Por tanto, rogadle en vuestras oraciones, rogadle en todos vuestros actos. Pues es Él quien puede alejar las heridas que nos inflige la peste, Él quien puede cambiar su sentencia de castigo por el remedio de la salud. Él, el Dios único que vive con Dios Padre y el Espíritu Santo.


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NOTAS

1.También conocidas como "Homiliarium Toletanum" y "Homiliario de Silos", en este segundo caso, poniéndose de manifiesto la procedencia paleográfica del manuscrito.
2. Cfr. J. M. Pinell, «Los textos de la antigua liturgia hispánica. Fuentes para su estudio», Estudios sobre la liturgia mozárabe, Toledo, 1965, p. 109-164; «Unité et diversité dans la liturgie hispanique», Liturgie de l'Eglise particulière et liturgie de l'Eglise universelle, Roma, 1976 (p. 248).
3. La disposición de los repertorios de discursos -sea en "series", "colecciones'' y "compilaciones"- constituye una de las pautas extemas que permite la percepción de cómo evoluciona la "literatura homilética" tardoantigua y de la primera Edad Media; cfr. Francisco Javier Tovar Paz, Tractatus, Sermones atque Homiliæ: El cultivo del género literario del discurso homilético en la Hispania tardoantigua y visigótica, Cáceres, 1994.

4. Cfr. M. Alamo, «Les calendriers mozarabes d'aprés dom Férotin», Revue d'Historie Ecclésiastique 39, 1943; p. 100-131; Réginald Grégoire, Les Homéliaires du Moyen Age. Inventaire et analyse des manuscrits, Roma, 1966 (p. 1 ss. y 161-162.); Homéliaires Liturgiques Médiévaux. Analyse de manuscrits, Spoleto, 1980 (p. 3 ss. y 293-294).
5. Cfr. J. N. Hillgarth, «Popular Religión in Visigothic Spain», Edward James (ed.), Visigothic Spain: plew Approaches, Oxford, 1980; p. 3-60 (p. 9-10).
6. Cfr. M. Férotin, LE LIBER MOZARABICORUM SACRAMENTORUM et les manuscrits mozarabes, Paris 1912 (cols. 882-885); Germain Morin, «Liber Commicus», Anecdota Maredsolana I, Maredsous, 1893; p. 406-425.
7. Cfr. Germain Morin, «art. cit.».
8. Vid. Germain Morin, «Critique des sermons attribués a Fauste de Riez dans la récente édition de l'Académie de Vienne», Revue Bénédictine 9, 1892; p. 49-61 (p. 51-53).

9. Cfr. F. J. Tovar Paz Vid. la entrada bibliográfica de la nota n° 3.
10. Cfr. J. Machielsen, «Contribution á l'étude de la pseudoépigraphie médiévale en matiére patristique. Problemes d'attribution et de remaniement des textes homilétiques», FBIschungen lm Mittelalter (Internationales Kongress der Monumenta Germaniæ Historica) (Bd.) 5, Hannover, 1988; p. 345-359.
11.
Vid. la nota n° 3.
12.
Vid. Réginald Grégoire, Homéliaires Liturgiques Médiévaux. Analyse de manuscrits, Spoleto, 1980 [p. 305-307].

13. Vid. Francisco Javier Tovar Paz, «La literatura homilética en Hispania», III Simposio bíblico español y I iberoamericano. Biblia y Culturas (Granada, 1992), en prensa; «Los TRACTATUS IN PSALMOS de Jerónimo de Estridón y la noción de literatura homilética», Anuario de Estudios Filológicos 15, 1992, en prensa.
14.
Réginald Grégoire, Les Homéliaires du Moyen Age. Inventaire et analyse des manuscrits, Roma, 1966 (p. 214-223).
15. A. G. Hamman (ed.), Patrologiæ Latinæ Supplementum (5 vols.), Paris, 1958-1974 (vol. 4; cols. 1969-1978.). 15.José Orlandis, Historia del Reino Visigodo Español, Madrid, 1988 (p. 212-213).
16. Vid, M. V. Oireilly, Sancti Aurelii Augustini DE EXCIDIO URBIS (Corpus Christianorum. Series Latina 49), Tumhout/Brepols, 1969 (p. 247-262,), Cfr. G. Cannone, SERMO DE EXCIDIO URBIS ROMÆ di s. Agostino», Vetera Christianorum 12, 1975; p, 322-343; A. G. Hamman, La vie quotidienne en Afrique du Nord au temps de saint Augustin, Paris, 1985 (p, 348 y 350-351).

17. Traducimos confirmatio como "argumento", como sinónimo de "sintesis" del conjunto del discurso, como resumen recopilador de su contenido básico.
18. Cfr. Pierre de Labriollé, Historie de la Littérature Latine Chrétienne (2 vols.), Paris, 1947 (p. 233).
19. Cfr. Antonio Quacquarelli, «S. Cipriano. La pestilenza e la Lettera ai Tibariti [Ep. LVIII] sulla preparazione al martirio», Morte e inmortalitá nella catechesi dei Padri del secolo. Convegno, Fac. di lett. cristiane e classiche, Roma, 11 985; p. 29-40.
20. Cfr. William H. McNeil, Les temps de la Peste. Essai sur les épidemies dans l'historie, Paris, 1978 (p. 112).
21. Cfr. Eligius Dekkers (ed.), Clavis Patrum Latinorum. Sacris Erudiri 3, 1961 (n°1714; REGISTRUM EPISTULARUM 13.2.).
22. Cfr. R. Grégoire, Homéliaires Litúrgiques Médiévaux. Analyse de manuscrits. Spoleto, 1980 (p. 306-307).
23. Cfr. José Orlandis, op. cit. (p. 212-213).
24. Th. Mommsen (ed.), CHRONICORUM CÆSARAUGUSTANORUM RELIQUIÆ. Monumenta Germaniæ Historica (15 vols.), Berlin, 1869-1898 (vol. XI: p. 223). Cfr. Manuel Cecilio Díaz y Díaz, «La obra literaria de los obispos visigóticos toledanos: supuestos y circunstancias», De Isidoro al siglo XI, Barcelona, 1976; p. 87-115 (p. 95-96; nota 17.) (La Patrología toledano-visigoda, Madrid, 1970; p. 45-63 (p. 49-50; nota I7)); (Díaz y Díaz no menciona la peste a la que alude Juan de Bíclaro).
25. Julio Campos (ed.), Juan de Bíclaro, obispo de Gerona. Su vida y su obra, Madrid, 1960 (p. 83, & 4; p. 84, & 4).
26. Cfr. M. C. Diaz y Díaz, «art. cit.»; José Orlandis. op. cit. Cfr. también la sintética y expresiva visión que ofrece L. A. García Moreno, Historia de España Visigoda, Madrid, 1989 (p. 221).
27. Th. Mommsen (ed.), CONTINUATIO CHRONICORUM HIERONYMIANORUM AD A. 468. Monumenta Germaniæ Historica (15 vols.), Berlin, 1869-1898 (vol. II; p. 13-36.). Sobre las "crónicas visigóticas", cfr. el estudio que desde la perspectiva del género literario de la CHRONICA ha efectuado P. J. Galán Sánchez (El género historiográfico de la CHRONICA: las Crónicas hispanas de época visigoda, Cáceres, 1989 (TESIS DOCTORAL EN PRENSA)).

28. También lo utiliza el Biclarense; vid. Julio Campos (ed.), op. cit. (p. 98-99, & 1).
29. Cfr. José Vives, Concilios visigóticos e hispano-romanos, Barcelona-Madrid, 1963 (p. 515-516).
30. Vid. las entradas bibliográficas de las notas n° 3 y 13.
31. No nos parece un inconveniente de relieve el hecho de que, en dicho año, Toledo no hubiera sido elevada al rango de capital eclesiástica (Cfr. F. Rivera Recio, «Encumbramiento de la Sede Toledana», Hispania Sacra 8, 1955; p. 3-32; Demetrio Mansilla, «Orígenes de la organización metropolitana en la Iglesia española», Hispania Sacra 12, 1959; p. 255-290).
32. La traducción se basa en la lectura que ofrece la edición de R. Grégoire anotada en líneas anteriores, hasta tal punto que hemos reflejado las incoherencias del texto cuando se pone en relación con otras versiones existentes, como sucede con la reproducción del DE EXCIDIO URBIS ROMÆ (& 7-8) de Agustín de Hipona en el segundo discurso del ciclo; de hecho, la lectura de la compilación toledana resulta parcialmente y en algunos términos más breve que la propiamente agustiniana, de acuerdo con la edición crítica de M. V. Oireilly (Sancti Aurelii Augustini DE EXCIDIO URBIS (Corpus Christianorum. Series Latina 49), Tumhout/Brepols, 1969 (p. 247-262.)). En otro sentido, hemos traducido los pasajes bfblicos sin contrastar la versión que siguen, entre otras razones, porque pueden reflejar lecturas singulares y adaptadas a la redacción de los discursos, rasgos que no hemos sometido a estudio, pues no nos consideramos preparados para ello.
33 Exitum en De Excidio Urbis (edición citada; 7); R. Grégoire transcribe exercitum, mientras que la reproducción que el Patrologiæ Latinæ Supplementum hace de la edición de R. Grégoire introduce una notación crítica que parece devolver el texto al término empleado por Agustín de Hipona: ex[erc]itum. De acuerdo con las normas más habituales para la crítica textual (vid., por ejemplo, Paul Maas, Critica del testo, Firenze, 1975 (p. 29)), los corchetes "[ ]" se emplean como conjetura del editor, que completa la lectura del testimonio objeto de edición debido a una laguna o daño; si bien, en el presente caso, parecen estar utilizados para eliminar parte de la transcripción. En buena lógica, se debiera entender que la versión del Patrologiæ Latinæ Supplementum actúa sobre la lectura del testimonio completando algo borroso en el texto, pero, en realidad, corrige (sin advertirlo) la lectura diplomática que lleva a cabo R. Grégoire; con esta premisa, consideramos equívoca la transcripción ex[erc]itum o, al menos, discutible. Pensamos que la lectura del primer editor guarda relación con el hecho de que el sustantivo inmediatamente anterior sea omnibus en De Excidio Urbis, mientras que R. Grégoire lee hominibus en el manuscrito donde se documentan las HOMILIÆ TOLETANÆ; de ahí la propuesta, algo extraña pero sugerente desde un punto de vista temático, de que el compilador o un copista pueda haber convertido exitum en exercitum. De considerar la pertinencia de exitum. la traducción, lógicamente, variaría.
34. Prorsus sicut assolet manus erigi ad feriendum en De Excidio Urbis (edición citada; § 8), frente a Prorsus sicut solent erigi ad feriendum en la lectura de R. Grégoire; la traducción variaría de seguir directamente la lectura del testimonio agustiniano.
35. Revocari en De Excidio Urbis (edición citada; § 8), frente a revocaris en la lectura de R. Grégoire; la traducción variaría de seguir directamente Ia lectura del testimonio agustiniano.

 

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