La Ermita. Rito hispano-mozárabe

 

ARTÍCULOS HISPANO-MOZÁRABES

 

 

EL TIEMPO DE ADVIENTO EN EL RITO HISPANO-MOZÁRABE:
ITINERARIO DE FE HACIA JESUCRISTO.
 

JUAN MANUEL SIERRA LÓPEZ

TOLETANA 27 (2012/2) pp. 73-109

Portada revista Toletana 27

ÍNDICE
Introducción.
Origen del Adviento.
El Adviento Hispano-mozárabe.
La eucología del Misal Hispano-mozárabe.
     1. La mirada al pasado.
       1.1. Consecuencias de la primera venida del Señor.
       1.2. Personajes y actitudes en la espera del Señor.
       1.3. Celebramos el inicio de la redención.
     2. La mirada al futuro.
       2.1. Iniciativa divina.
       2.2. Transformación espiritual de los cristianos.
Camino de fe para el encuentro con Cristo. Conclusión.

Introducción.

Cuando se aborda un tema como este, en parte conocido (pues todos sabemos algo, o mucho, sobre el Adviento) y en parte no, debemos intentar armonizar lo uno y lo otro sin que se deforme la realidad que estudiamos, pero integrando y aprovechando todo lo que sabemos.

El Adviento, podemos decir, es como el águila bicéfala del escudo de Toledo: una de las cabezas mira la futuro, la otra al pasado, pero el ave rapaz se encuentra en el presente, aferrándolo con sus garras, único momento en el que podemos construir la realidad y vivir el misterio de la salvación que Dios mismo nos ofrece.

La liturgia, en sus diversas celebraciones y a lo largo del Año litúrgico, hace presente la salvación de Dios que se ha ido realizando en el transcurso de los siglos y nos proyecta a la salvación definitiva, que se realizará en el Reino de Dios; sin embargo, todo pasa por el momento actual, en el que se realizan los mirabilia Dei, la redención.

Esto nos hace vivir el momento concreto y la acción litúrgica con un profundo sentido positivo, gracias a la fe en la victoria de Cristo que domina y dirige la historia, por encima de las vicisitudes y los dramas que se van sucediendo. Hablamos así de una teología de la historia, de una presencia y una acción de Dios que da lugar a una verdadera historia de salvación. La Ciudad de Dios se va construyendo, aunque nosotros no sepamos cómo ni comprendamos plenamente la forma en que el Señor va dirigiendo los acontecimientos con su providencia.

Por último, antes de pasar al desarrollo de nuestro tema, deseo hacer algunas observaciones. No olvidemos, como apuntaba hace un momento, que hay cosas válidas para toda la liturgia católica: un rito litúrgico es una forma concreta y específica de celebrar los sacramentos y el resto de la liturgia; sin embargo, lo esencial es común a todas las manifestaciones litúrgicas de los ritos, tanto de Oriente como de Occidente. Al mismo tiempo, hubo, hay y habrá una influencia y un enriquecimiento de unos ritos litúrgicos con otros (recordemos, como ejemplo reciente, que en la elaboración de los textos litúrgicos del Rito Romano, tras el Vaticano II, se han aprovechado diversos elementos de otras liturgias, sin excluir la Mozárabe). Aunque en algún momento podamos hacer otras referencias aisladas, nos centraremos en los textos litúrgicos actuales, concretamente en el Misal Hispano-mozárabe, revisado y publicado en 1991-1994 1. Para el oficio divino, se ha publicado recientemente una obra que puede resultar de gran utilidad para descubrir el contenido de este tiempo litúrgico y que, aun no constituyendo un libro litúrgico oficial, reúne de manera armónica los elementos necesarios para el rezo de las horas, tomándolos de las fuentes disponibles de la liturgia Hispano-mozárabe: nos referimos a la reconstrucción realizada por el Profesor Gabriel Ramis (la parte correspondiente al Adviento ya se ha publicado como separata de Anthologica Annua) 2. Sin embargo, en este momento no nos ocuparemos del Adviento en el oficio divino del rito Hispano-mozárabe.

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Origen del Adviento

Los primeros datos que tenemos de un tiempo de preparación antes de la celebración del nacimiento del Señor y de su manifestación (Navidad-Epifanía) se sitúan en Hispania y Galia, en la segunda mitad del siglo IV.

Un texto atribuido a San Hilario de Poitiers († 367), que se recoge en un tratado sobre el Adviento de Bernón de Reichenau († hacia 1100), habla de un tiempo de preparación al nacimiento de Cristo que debía durar tres semanas e incluir especiales prácticas ascéticas y penitenciales 3. El concilio de Zaragoza, del año 380, en su canon cuarto, señala un tiempo de tres semanas como preparación a la fiesta de la Aparición del Señor (Epifanía), que podría tratarse del primer testimonio de un Adviento en España o de una preparación de tipo bautismal. Se pide una mayor frecuencia en la oración y en las prácticas ascéticas, con una tonalidad festiva y no, propiamente, penitencial. Es opinión casi general que estas indicaciones tenían un sentido antipriscilianista 4.

Ligeramente posterior es la carta del Papa Siricio a Himerio de Tarragona (385), en la que deja patente que se administraba el bautismo en Navidad y en Epifanía, además de otras festividades de apóstoles y de mártires, costumbre que el Papa reprueba, pidiendo que se reserve la celebración del bautismo para los días de Pascua y Pentecostés, excepto en casos graves 5. Aunque no se hace referencia al tiempo de Adviento, contribuye a valorar la importancia que ya se daba a estas celebraciones y la intensidad con las que las comunidades preparaban el bautismo. Bastante después del concilio de Gerona, del año 517, establecerá que Pascua y Navidad son los días propios para que se administre el bautismo, salvo en caso de necesidad 6.

El siguiente testimonio sobre el Adviento lo encontramos en san Gregorio de Tours († 490), quien ser refiere a su predecesor Perpetuo y a un ayuno que se realizaba tres días a la semana, desde la fiesta de San Martín de Tours hasta Navidad (seis semanas), como preparación al nacimiento del Señor 7.

De una forma más genérica habla San Máximo de Turín († 465) en un sermón, invitando a prepararse para la fiesta de Navidad mediante el ejercicio de la caridad y de las buenas obras 8.

También San Pedro Crisólogo († hacia 451), en sus sermones, se refiere a una preparación para la fiesta de Navidad, aunque no podamos afirmar que coincida plenamente con nuestro concepto de Adviento 9.

San Agustín, en África, se refiere a la Navidad como un recuerdo del nacimiento de Jesucristo que tiene cabida en la celebración litúrgica; pocos años después, en Roma, San León Magno trata de la Navidad en sus sermones como un aspecto del único misterio de la salvación que se celebra en la liturgia, un sacramentum 10.

Durante los siglos IV y V se desarrolla la doctrina cristológica y mariológica, con varios concilios, y se define todo lo referente a la persona de Cristo y al papel de la Santísima Virgen en la obra de la salvación. Por lo tanto, es lógico que la celebración litúrgica se haga eco de este desarrollo dogmático y la vida cristiana reciba en sus oraciones el patrimonio de la fe de la Iglesia.

Así, el desarrollo litúrgico de las fiestas de la Encarnación, Nacimiento y Manifestación, y el correspondiente tiempo de preparación, es una consecuencia del avance doctrinal y teológico.

Lamentablemente, no disponemos de datos precisos sobre los detalles este avance litúrgico; tampoco han llegado hasta nosotros textos que podamos atribuir con seguridad a esta época. Los textos de la liturgia mozárabe que han llegado a nosotros son muy posteriores; lo mismo con los textos de otras liturgias, incluida la Romana, cuyos primeros textos que se pueden asignar al Adviento aparecen en el Sacramentario Gelasiano, hacia el siglo VI; también se encuentran textos para el Adviento en el llamado Rótulo de Rávena, editado junto con el Sacramentario Veronense 11.

Por lo tanto, queda claro que en el ámbito hispano y galicano (sin excluir otros lugares, como África y Rávena) se puede hablar de una celebración litúrgica de Navidad-Epifanía en la segunda mitad del siglo IV que, al menos en España, iba unida a la administración del bautismo, y que existía un cierto tiempo de preparación de carácter ascético, aunque no tenemos certeza de su repercusión litúrgica.

Desde el siglo VI, tanto en la liturgia Romana como en la Mozárabe y en otras, nos encontramos con el tiempo de Adviento plenamente formado, aunque en cada rito tenga acentos diversos.

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El Adviento Hispano-mozárabe

Sería muy interesante, llegados a este punto, adentrarnos en la comparación del Adviento en los diversos ritos litúrgicos, sin embargo, por las limitaciones que el tiempo nos impone, vamos a ocupamos solo de la liturgia Hispano-mozárabe.

Una cuestión metodológica, digámoslo así, casi comúnmente aceptada entre los especialistas, en los últimos años, es la existencia de dos tradiciones en los textos. No deja de ser una distinción provisional, pero responde al diferente origen de los textos, que se agrupan en dos apartados (A y B). La tradición A comprende los códices más antiguos que se han conservado (los textos pueden ser muy anteriores a los códices, y deben valorarse y estudiarse por su estilo, contenido, etc.), del siglo VIII al XII y proceden del norte y del este de la Península (Tarragona hasta León, San Millán y Silos hasta Toledo; también textos procedentes de Narbona); algunos están relacionados con la parroquia mozárabe de Santa Eulalia, de Toledo. Los manuscritos mozárabes de la tradición B son más tardíos y llegan hasta el siglo XIV; todos proceden de la parroquia mozárabe de Santas Justa y Rufina, de Toledo, y tendrían su origen en el sur de la Península (habrían sido llevados a Toledo por cristianos mozárabes del sur, que posteriormente emigraron) 12. Las ediciones del canónigo Ortiz se fundan en manuscritos de la tradición B y esto explicaría el título de "Isidoriana" que le aplica en las mismas obras impresas bajo el pontificado del Cardenal Cisneros (el Misal en 1500 y el Breviario en 1501) como ha señalado Don Ramón Gonzálvez 13. Aunque muchos textos son comunes a ambas tradiciones, con frecuencia cambia la disposición de los mismos, y otro tanto hay que decir de cuestiones como la fecha del inicio del Adviento. El Misal Mozárabe actual se sirve de ambas tradiciones para completar los formularios.

La duración del Adviento en el rito Mozárabe era, aproximadamente, de seis semanas (igual que el rito Ambrosiano). La fiesta que marca el inicio de la celebración del Adviento es la del mártir San Acisclo, el 17 de noviembre, en ambas tradiciones 14. Sin embargo, en la tradición A, el Adviento se inicia el mismo día de San Acisclo y termina el 25 de diciembre, constando de 39 días y cinco domingos con textos litúrgicos propios. Por el contrario, en la tradición B, comprende cinco semanas con seis domingos: el tiempo de Adviento empieza siempre el domingo más cercano a la fiesta de San Acisclo, ya sea unos días antes o unos días después, pudiendo oscilar la duración del Adviento entre 37 y 43 días.

En el Misal Hispano-mozárabe revisado se ha optado por esta última solución, como se explica en la introducción del tomo segundo, en los Prenotandos sobre «El Año Litúrgico» (n.9): «El tiempo de Adviento consta de seis semanas: el primer domingo es el que cae entre el 13 y el 19 de noviembre, el más próximo a la festividad de San Acisclo»; y añade como orientación general: «Sus textos, de tono festivo, están encaminados a suscitar la alegre esperanza de la venida del Señor» 15.

Este tono festivo no va a impedir afrontar temas transcendentales como la venida de Cristo en gloria, el anuncio del Juicio, la transformación la que produce la encarnación y el nacimiento del Salvador, la predicación de Juan Bautista, que enlaza los dos aspectos precedentes y el papel de la Virgen María en la salvación que debemos acoger por la fe. Todo esto, penetrado de la esperanza que resuena en los profetas del Antiguo Testamento, especialmente en Isaías.

Una característica general de las oraciones de este tiempo, en la liturgia Mozárabe es la constante referencia a la primera y a la segunda venida de Cristo incluso dentro de la misma oración, sin una división en los tiempos o en las celebraciones. Se trata de conceptos que se armonizan para crear un clima espiritual y una unidad a lo largo de todo el Adviento, desde el momento que en ambos casos (Navidad-Parusía) se trata de un encuentro con Cristo, lo mismo que le sucede al catecúmeno en el sacramento del bautismo, por el que se configura con Jesucristo para siempre.

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La eucología del Misal Hispano-mozárabe

Analizando una serie de temas, nos ha parecido más elocuente y más enriquecedor acercarnos a las oraciones tal y como se presentan en el mismo Misal. De esta forma, aparecerá claramente la armonía de los distintos temas en la misma oración.

Nos limitamos a señalar que el santoral se complementa con el tiempo litúrgico y va jalonando las ferias con el testimonio de aquellos que, de una forma u otra, se han significado al recibir a Jesucristo y testificarlo con obras y palabras. Aparte de la figura de San Acisclo, que marca el inicio del Adviento, como ya hemos recordado, y cuyas oraciones propias hacen explícita referencia al inicio del Adviento, tenemos como fiestas más importantes: San Andrés, apóstol (30 de noviembre); la Concepción de Santa María Virgen (8 de diciembre: se trata de una fiesta tardía, pero la liturgia no puede ser nunca una realidad cerrada, sino abierta a la vida de la Iglesia); Santa Leocadia, virgen y confesora (9 de diciembre); Santa Eulalia de Mérida, virgen y mártir (10 de diciembre); solemnidad de Santa María (18 de diciembre); Santo Tomás, apóstol (21 de diciembre); y San Isidoro. obispo de Sevilla (22 de diciembre).

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1. La mirada al pasado

Lo primero que debemos advertir es que esta expresión es de suyo equívoca, puesto que el Adviento siempre mira al futuro, incluso la contemplación y actualización de los misterios de la salvación que históricamente ya se han verificado, puesto que su realización es presente y futura, por definición. Esto se encuentra en la base de la celebración litúrgica, que hace presente los eventos salvíficos, también en el rito Hispano-mozárabe.

El significado más claro del Adviento es la preparación de la fiesta de Navidad, del nacimiento de Cristo en la humildad de la condición humana, para llevar a cabo la redención del mundo.

La espera de Cristo que viene, es una actitud propia de todo cristiano, casi podríamos decir que define nuestra vida cristiana, el peregrinar hacia la casa del Señor, al encuentro con él.

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1.1. Consecuencias de la primera venida del Señor

a) Paz

La primera consecuencia la encontramos en la oración post Gloriam, que se repite a lo largo de los seis domingos de Adviento. Allí, por el anuncio de los coros angélicos con motivo del nacimiento y manifestación a los que lo esperaban ansiosos, evocado en el Gloria, se pide «que se afiance la paz que él trajo a la tierra y permanezca la renovada caridad del amor fraterno» 16.

La petición de paz, que resuena en el anuncio de los ángeles, en la primera Navidad, era un anhelo del pueblo de Israel, recordado reiteradamente por los profetas. También Cristo, en su predicación, hablará de la paz, no como la paz que el mundo pretende, sino una paz más profunda, auténtica y radical, que brota del corazón del hombre por la presencia de Dios y nos hace partícipes del Corazón de Cristo.

Esta paz, necesaria en tiempos visigóticos y durante la pervivencia del rito entre los mozárabes, sigue siendo importante en la actualidad, pero sólo será posible si vivimos en la caridad que Jesús mismo nos enseña.

De nuevo, en la oración ad pacem del domingo primero, se pide la paz «en este tiempo del adviento de tu Unigénito», tras contemplar el envío del Hijo para la redención del mundo, que en la anunciación, encarnación y anuncio por parte del Bautista nos hace partícipes del hombre nuevo. Pero añade, además, que Dios ya concedió en los siglos pasados este don de la paz que ahora suplicamos 17.

También en la bendición del primer domingo de Adviento se pide al Señor, en la segunda invocación, que nos prepare con los valores de la paz, apoyados en la venida de Cristo. La paz aparece, así, asociada a otras virtudes y a una disposición interior que implica toda la persona. Se ratifica que no es una estrategia, una acción aislada, sino un estado interior que transciende al exterior y que desde la persona se comunica a la sociedad y al mundo. La paz es algo que proviene de Dios y él mismo nos comunica 18.

En la oración ad pacem del segundo domingo de Adviento se denomina la encarnación como «don de la paz» 19. Ya en los profetas, sobre todo en Isaías (Is 9,5.6; 26,3; 32,17.18; 52,7), se habla de la paz en los tiempos mesiánicos, pero esta denominación de la encarnación de Jesucristo es sumamente original; una vez más, debemos entender la paz en su sentido espiritual más profundo, como algo propio de Dios que se transmite a los hombres que quieren recibirlo.

Entre las oraciones del tercer domingo de Adviento, sólo encontramos en la bendición una referencia a la paz que esté relacionada con el misterio de la encarnación. Se trata, esta vez, de un apelativo a Dios Padre, que no es extraño en la tradición bíblica: «Dios de la paz». Así aparece en la primera invocación de la bendición, cuando pide que «el Dios de la paz os santifique hasta la perfección, cuando celebráis con aclamaciones el misterio de su Encarnación» 20.

De nuevo se centra en la paz como fruto de la venida de Cristo a la tierra la oración ad pacem del cuarto domingo de Pascua. Aparece claramente la paz como consecuencia de la encarnación y del nacimiento de Cristo gracias a él vuelve la paz a la tierra (aludiendo al pecado como ausencia de paz) y se concede a los hombres de buena voluntad, evocando el anuncio de los ángeles a los pastores de Belén. Inmediatamente después, la oración habla de la reconciliación del mundo por la paz, que se realizó cuando Cristo se hizo hombre, y desde ahí pide que los «ya reconciliados permanezcan perpetuamente en tu paz» 21. Parece evidente que la paz que reconcilia el mundo es la acción salvadora de Dios, designada aquí por una de sus manifestaciones (la paz) y es la perseverancia en esa salvación en la gracia, lo que suplicamos al Señor.

Más breve es la oración ad pacem del quinto domingo de Pascua, que se limita a pedir que la paz de nuestro Redentor y Dios, «proclamada por los ángeles en tu nacimiento, habite en nuestras almas» 22.

b) Alegría

También aparece con relativa frecuencia la referencia a la alegría y el gozo, como consecuencia de la primera venida del Señor y, por lo tanto, como actitud propia de los cristianos que se preparan a celebrar la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Veamos algunos textos.

La oratio admonitionis del segundo domingo de Adviento pide que ofrezcamos nuestras ofrendas con «sumo gozo» al Señor, que nos anunció la venida su Hijo por medio de Juan Bautista 23.

La siguiente oración, alia, abunda ulteriormente sobre la alegría de cielo y tierra con motivo de la encarnación en el seno de la Virgen María. Esta alegría desbordante se transmite a toda la creación, que recupera su dignidad primera: «Alégrese, Señor, el cielo y goce la tierra porque el Verbo hecho carne habita en el seno de la sagrada Virgen. Por su venida, toda la humanidad que estaba recluida en oscura caverna por el pecado de Adán, queda libre de su cautiverio. Agítese ahora el mar y todos los seres que en él viven, alégrense los montes y todos los árboles de las selvas, porque Dios hombre se digna venir desde el cielo a la tierra por el seno virginal de María» 24. Esta actitud tan propia del Adviento tiene su fundamento en la salvación de Dios y en la transformación radical que se produce en el corazón del hombre y en la creación entera.

Todavía este domingo, segundo de Adviento, en la oración antes del Padrenuestro, se nos invita a la alegría y a no temer, a causa de la cercanía de la redención y de Jesucristo, «cuya encarnación nos redimió, cuyo alumbramiento nos llevó la luz y cuya recomendación nos enseñó a orar siempre» 25.

La illatio del domingo tercero se refiere al ánimo alegre con el que debemos ensalzar los signos de nuestra redención que con tantos prodigios se manifestaron en la venida gloriosa de Cristo y en el misterio de su nacimiento humano 26. De esta forma se subraya que la alegría presente (en la celebración que nos encontramos) tiene su raíz en la misma redención, algo prodigioso que podemos contemplar en la encarnación y en el nacimiento, puesto que así se ha hecho visible lo que era invisible.

El cuarto domingo, la oratio admonitionis advierte que «en todo tiempo nos conviene recordar gozosamente la venida de nuestro Señor y Redentor...», pero más todavía al aproximarse la fiesta de su nacimiento 27. La alegría por la salvación debe ser constante en el cristiano, aunque en determinados momentos del Año litúrgico se intensifique la celebración de algún misterio, de ciertos aspectos de la salvación.

La illatio del mismo domingo afirma que el anuncio del nacimiento de Jesucristo, al ser repetido por los profetas y esperado durante mucho tiempo, causó mayor gozo al mundo, cuando se realizó en la plenitud de los tiempos 28. Es el sentido del Adviento en el Antiguo Testamento, guiado por la esperanza del Salvador y de la instauración de los tiempos mesiánicos; la esperanza colmada supone una alegría desbordante, que también es fruto de la salvación realizada.

De nuevo es la oratio admonitionis, el quinto domingo, la que invita a la alegría por la proximidad de nuestra redención: «Alegraos, os ruego, queridos hermanos, y levantad vuestros corazones jubilosos, porque ya está próxima nuestra redención» 29. La actitud supone la confianza absoluta en el cumplimiento de las promesas, la inmediatez de la salvación, y nos lleva a corresponder al don divino.

Otros acontecimientos y actitudes mencionados en las oraciones nos llevarían, lógicamente, a la alegría, pero estas son las referencias explícitas que aparecen en los textos.

c) Fe y gracia

Repasando ahora la primera de las virtudes teologales y algún aspecto últimamente relacionado, como es la acción de la gracia respecto a la fe, encontramos diversas referencias en las oraciones del tiempo de Adviento.

La oración ad pacem del primer domingo de Adviento, hablando de la encarnación y de la predicación del Bautista, nos dice que era para que «el mundo pudiera conseguir la plena e inefable gracia de la divina Trinidad» y luego pide, en este tiempo «del adviento de tu Unigénito», que seamos «asociados en el encuentro de la fe» con los que han sido bautizados por Juan y por Cristo 30. Podemos decir que nos están hablando de la comunión con Dios, que nos abre su vida íntima en el misterio de la Trinidad, con todo lo que esto supone para la fe y para la ortodoxia de la fe, en contraste con el arrianismo y otras desviaciones heréticas. Además, en el encuentro de la fe, con la referencia bautismal, se recuerda que la fe no puede recibirse ni vivirse ni expresarse de una forma aislada, sino en comunión con los que nos han precedido, con los que nos acompañan en la peregrinación de esta vida y con todos los que vendrán después, hasta que Cristo lo sea todo en todos.

La fe como un encuentro con Dios (Padre, Hijo, Espíritu Santo) y con los hermanos, constituye un aspecto importantísimo de la comprensión del cristianismo; sin olvidar que la fe, en cuanto virtud teologal tiende directamente a Dios.

En la illatio del mismo domingo, hablando de la provisionalidad de la misión de Juan Bautista y de lo que él no podía conceder, sino que disponía para la acción de Cristo, se refiere a la «gracia plena que hace nuevos a los hombres», comunicada por la presencia del Salvador 31. La plenitud de gracia es la vida divina que se nos comunica mediante la redención de Jesucristo; la novedad del evangelio y el bautismo, una vez aceptada la fe, nos hace criaturas nuevas en las que está presente Dios mismo. La presencia del Salvador, en el primer Adviento y en la realidad de nuestra vida, es lo que transforma el mundo, empezando por nuestros propios corazones. Un poco más adelante también se indica que el Bautista promete el perdón de los pecados «a los que en el futuro habían de creen» 32.

Una alusión más general, valida tanto para el primer Adviento como para la parusía, se encuentra en la post pridie del domingo primero, al pedir a Jesucristo que santifique con la luz de su adviento la hostia viva «para que gustando de ella, quedemos libres del pecado y podamos recibir tu gracia para siempre» 33. Recibir la gracia para siempre es vivir de una manera definitiva la vida divina, es participar plenamente de lo que recibimos por la fe, es, en definitiva, alcanzar la vida eterna: el cielo.

En la preparación al Padrenuestro (ad orationem Dominicam) se pide todavía al Verbo del Padre: «concede a los que creemos que ya viniste y esperamos que todavía has de venir» vernos libres del pecado y poder rezar la oración que él nos enseño 34. La fe en la encarnación es necesaria para vencer al pecado, para vivir como hijos de Dios y para poder orar cómo el Señor mismo nos ha mandado hacerlo. De esta forma se produce la comunicación entre el cielo y la tierra, que es causa de santificación para nosotros y de alabanza para Dios.

La oración ad pacem del domingo segundo de Adviento pide a Jesús: «llena nuestros corazones con el don pacífico de tu gracia» 35, para que celebrando la encarnación obtengamos la salvación.

En la illatio del tercer domingo, después de reconocer la limitación humana para comprender el misterio del ser de Dios, acude a la fe como medio seguro para poder contemplar a Cristo en la primera venida y, también, en la parusía: «que asintamos sencillamente a la divina y omnipotente Trinidad y la confesemos en verdad. Así pues, Dios clementísimo, aumenta en nuestros corazones la verdadera fe y adáptanos más y más a tu imagen y semejanza, de forma que creyendo que ya viniste hace mucho tiempo para remedio de nuestro cautiverio, merezcamos verte en tu segunda venida» 36. Aceptar la verdadera fe en Dios Trino y proclamarla, como se hace en la celebración eucarística, implica confesar también el misterio de la encarnación y esperar la última y definitiva venida del Salvador; como ya dijimos el pasado se junta con el futuro en la realidad presente de la celebración litúrgica. Además, en este fragmento de la oración se hace referencia a la «imagen y semejanza» entre Dios y cada uno de nosotros, como una realidad que va creciendo, y esto es posible por la acción de la gracia, por la obra santificadora que paulatinamente nos va transformando en criaturas nuevas. El itinerario de fe es un camino transformante y divinizador, al tiempo que nos da la plenitud como hombres, hombres nuevos que viven su filiación divina.

La siguiente oración del mismo domingo, post sanctus, constata que Jesucristo «dio al mundo por la encarnación, en su primera venida, la nueva luz de la fe, abriendo el camino que se había cerrado por la culpa del primer hombre creado» 37. Aparece, pues, el paralelismo entre la primera creación y la segunda (regeneración) por la gracia. Ya el recurso a la imagen y semejanza con Dios evocaba las primeras páginas del Génesis; ahora se hace una referencia aún más explícita desde la encarnación, que comunica la luz de la fe, la capacidad de vivir como nuevas criaturas en armonía con el Creador. También se subraya, aunque no podemos profundizar en ello, el paralelismo entre Cristo y Adán.

En la oración alia del cuarto domingo de Adviento se habla de «quienes creemos, confesamos y predicamos que él (el Unigénito) ya vino y redimió el mundo» 38. Está refiriéndose a todo cristiano, llamado a creer, confesar y predicar la encarnación y la redención, con todo lo que esto implica. En la encarnación y la redención que Jesucristo ha realizado es donde se asienta y hace posible cualquier actividad que nosotros podamos realizar y nuestra misma existencia como hijos de Dios. La constatación de esta realidad es fundamental para poder avanzar en la vida de fe y ser verdaderos testigos de Jesucristo, en medio del mundo.

La post nomina se refiere a los difuntos como «compañeros de nuestra naturaleza y de la fe» 39. Curiosa y casi entrañable forma de nombrarlos, que subraya la, cercanía en lo natural y, sobre todo, la unión profunda que se realiza por la fe. Esta vinculación y solidaridad es más fuerte que la muerte, vence la muerte por la misma redención de Cristo, victorioso sobre el pecado y la muerte, al que estamos ligados por la fe.

En ad orationem Dominicam se dirige al «Padre ingénito, que pusiste el remedio de nuestra salvación en la venida de tu Unigénito humanado, para que recibiéramos la gracia de la adopción» 40. Una vez más se subraya cómo la gracia que recibimos y la filiación divina que nos hace hijos adoptivos de Dios por el bautismo, tienen su raíz en la encarnación, en Dios hecho hombre en Jesucristo, para nuestra salvación. Y no se trata de una acción para un momento determinado de la historia de la humanidad o de nuestra propia historia personal, sino un estado que Dios mismo nos comunica y mediante el cual podemos participar de su misma vida, de su propio ser a través de Cristo y de la acción santificadora del Espíritu.

El quinto domingo de Adviento nos recuerda, en la illatio, que en la primera venida, Cristo «nos dio el don de su gracia» 41. En este breve expresión se encierra el don de la vida cristiana, la fe, la esperanza y la caridad que nos hacen justos para encontrar al Señor en todo momento, también en su «segunda venida», como se ha pedido en la primera parte de la frase. La siguiente oración, post sanctus, también utiliza, como un término que engloba toda la redención, «la gracia de su primera venida» que nos reparó 42. La introducción al Padrenuestro (ad orationem Dominicam) hace, casi, una profesión de fe, pues dice: «Creemos, Señor, que has venido a la tierra por nuestra salvación» 43, dejando así claro que la finalidad de la encarnación es la redención; ambos misterios están intrínsecamente unidos y llevan a plenitud la historia de la salvación, en la que nos insertamos todos y cada uno de los hombres.

En el último domingo del tiempo de Adviento, el sexto, dentro de su brevedad, también aparece la fe en la oración alia: «Confírmanos, Señor, en la sincera profesión de fe en tu encarnación» 44. El efecto es afirmarse en el amor al Señor para vencer al Maligno, puesto que la contemplación y adhesión al misterio de amor que Dios manifiesta en la encarnación, si lo aceptamos y profesamos por la fe, transforma nuestra vida y nos hace partícipes de la fuerza de Dios.

La oración ad pacem vuelve a referirse a la fe, misterio que nos enriquece y nos une en el amor 45. La unidad de la fe constituye una cuestión importante en la historia del cristianismo en España, pero es también un reto constante de la Iglesia, a lo largo de los siglos.

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1.2. Personajes y actitudes en la espera del Señor

a) Patriarcas y profetas

En las oraciones del Misal Hispano-mozárabe solo encontramos referencias explícitas a los patriarcas y profetas en el domingo cuarto de Adviento. En este domingo se repite varias veces el recurso a ellos, para aludir a la historia de la salvación que culmina en Cristo.

Casi al inicio de la oratio admonitionis, mientras invita a recordar gozosamente la venida del Señor, nos dice que esta fue «anunciada por los vaticinios de los antiguos padres, los patriarcas y los profetas, que para nuestra salvación se cumplieron hace ya mucho tiempo» 46. Sin entrar en detalles de cómo han vivido ellos la espera del Mesías, se subraya la continuidad del designio salvífico a través de los años («hace ya mucho tiempo») y el cumplimiento de lo que ellos anunciaron de parte de Dios, pues el Señor no deja de cumplir sus promesas. Podemos decir que el Adviento, en todas sus facetas, nos dispone a contemplar el cumplimiento de lo que Dios ha prometido para la salvación del hombre.

La siguiente oración, alia, abunda en esto mismo, remarcando la promesa de Dios por los profetas y su cumplimiento en la Virgen (a esto último nos referiremos luego): «Oh Dios que prometiste por la voz de los profetas que tu Unigénito había de hacerse hombre por nosotros y nacer de una Virgen, y cumpliste al llegar su tiempo lo que habías prometido» 47.

La oración post nomina también recuerda a los patriarcas y profetas, «pues por su anuncio, tu venida se hizo patente al mundo»; y después, haciendo mención de los apóstoles «que merecieron contemplar con sus ojos tu llegada», añade que esta fue «anunciada por los profetas y los patriarcas» 48. De esta forma se alude al importante papel que patriarcas y profetas juegan en la revelación del plan de salvación: lo que resuena en las profecías de Isaías y en tantos otros pasajes del Antiguo Testamento es el anuncio de la llegada del Mesías, que han de contemplar todas las naciones.

La illatio del cuarto domingo de Adviento recorre, prácticamente, la historia de la salvación (aunque lo haga muy brevemente) desde la creación hasta el nacimiento de Cristo. En este recorrido salvífico nos dice que fue «repitiendo el anuncio de su nacimiento por boca de los santos profetas». Todo el párrafo, que enlaza los distintos acontecimientos, nos evoca esa continuidad de la revelación, desde el anuncio de la salvación en el Génesis (Gn 3,15), pasando por los patriarcas y profetas, hasta llegar a Jesucristo: «nos creaste con tu bondad increada y cuando la serpiente antigua nos engañó, queriendo con gratuita misericordia librarnos de la muerte, anunciaste con mucha antelación que tu Hijo, al que habías de enviar a la tierra en carne mortal, había de llegar al mundo naciendo de una Virgen, fuiste repitiendo el anuncio de su nacimiento por boca de los santos profetas para que al ser esperado por mucho tiempo, causase mayor gozo al mundo, al presentarse en la plenitud de los tiempos» 49.

b) Juan el Bautista

Esta figura clásica del Adviento, en todas las liturgias, aparece repetidas veces en las lecturas y en las oraciones del Misal Hispano-mozárabe. El motivo de su aparición es múltiple, puesto que tiene una gran importancia al preparar el ministerio que Cristo va a desarrollar: prepara su acción santificadora al llamar a la conversión, a la penitencia y al encuentro con el Mesías; en el Bautista culmina el anuncio profético y tiene el privilegio de señalar al Salvador; además, su tarea bautismal prepara el sacramento del bautismo que Cristo instituye.

El primer domingo de Adviento aparece en la eucología, la figura del Bautista. En la oración ad pacem se dice que antes de la encarnación «te dignaste enviar a Juan como precursor, para que, con su verídica predicación en el desierto, el pueblo penitente lograra el perdón de sus viejos pecados...»; y un poco más adelante añade: «asócianos en el encuentro de la fe con aquellos que, lavados primeros por Juan en las aguas penitenciales del Jordán, fueron después bautizados por ti» 50. Se articulan en este texto varias facetas de la misión de Juan Bautista, puesto que nos habla de él como precursor, se hace referencia a la predicación, la penitencia y el perdón de los pecados; después hay una referencia explícita al bautismo de Juan, que prepara el bautismo definitivo.

La illatio que sigue, gira toda ella sobre el paralelismo entre Cristo y Juan, el nacimiento, la predicación, el perdón de los pecados, la comunicación de la gracia, el bautismo. Podemos decir que se presenta aquí una bella síntesis de la relación entre ambas figuras «Es digno y justo que te demos gracias, Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, a quien precedió en el nacimiento su fiel amigo Juan, le precedió predicando en las soledades del desierto, le precedió bautizando, y preparando también el camino al juez y al redentor, convocó los pecadores a la penitencia y, adquiriendo un pueblo para el Salvador, bautizó en el Jordán a quienes confesaban sus pecados. No confiriendo la gracia plena que hace nuevos a los hombres, sino advirtiendo que debían esperar la presencia del piadoso Salvador; no perdonando él mismo los pecados de quienes a él acudían, sino prometiendo la remisión de los pecados a los que en el futuro habían de creer, de forma que bajando al agua penitencial esperasen el remedio de la indulgencia de aquel que era anunciado como lleno de gracia y de verdad. Cristo es bautizado por él con un elemento visible, pero por el espíritu invisible. La obediencia les llevaba a la misericordia: por el hijo de la estéril al hijo de la Virgen; por Juan, el hombre grande, a Cristo, el hombre Dios» 51.

El segundo domingo de Adviento también aparece la figura del Bautista. Se indica que Dios ha querido «anunciar a todos la venida de su Hijo por Juan el Bautista» y a continuación pone un resumen del mensaje de Juan: «Estas son sus palabras: Viene detrás de mí uno que es más que yo, a quien no soy digno de soltar la correa de su sandalia. A los que yo sumerjo en el agua del bautismo, él los bautiza en Espíritu Santo y fuego porque él es el Hijo de Dios» 52. De nuevo se enlazan Mesías y la purificación del bautismo, que en el Precursor es un signo de penitencia y conversión, y en Jesús adquiere el verdadero sentido vivificador y divinizante. Tampoco podemos dejar pasar sin atención la confesión que aquí aparece, de Jesús como Hijo de Dios.

c) La Virgen María

Aunque en otra intervención se tratará de la figura de la Virgen María y de su relevancia en la liturgia Hispano-mozárabe, es necesario hacer aquí mención de Santa María, como una de las figuras principales de Adviento. No solo las fiestas de la Inmaculada y de Santa María del 18 de diciembre, también a lo largo de todo el tiempo de Adviento, en las oraciones, aparece constantemente la figura de la Virgen, orientándonos y sosteniéndonos en el camino de la salvación.

La Virgen María resalta por su fe, al estar complétamente disponible a la voluntad de Dios y aceptar el anuncio del ángel por el se realiza la encarnación, la salvación del mundo y el cumplimiento las profecías. También se subraya su virginidad como consagración total a Dios y modelo de entrega que hace posible la acción divina en ella, y la convierte en colaboradora eficaz de la obra de la redención. Ella es el modelo de vida para los cristianos, el ejemplo más perfecto de las actitudes propias del Adviento y el camino que nos conduce al conocimiento y seguimiento de Cristo.

Los textos que se refieren a ella, a lo largo del Adviento, son numerosos, aunque varían mucho en su extensión.

El domingo segundo de Adviento, en la oración alia se habla del «Verbo hecho carne» que «habita en el seno de la sagrada virgen», y se invita a la alegría de toda la creación «porque Dios hombre se digna venir desde el cielo a la tierra por el seno virginal de María» 53. Se indica claramente la virginidad y el realismo de la encarnación, al tiempo que se subraya la divinidad de Jesucristo.

Pero es en la illatio de este mismo domingo donde se desarrolla notablemente el pasaje de la anunciación: «cantar la venida maravillosa de nuestro Señor Jesucristo: un mensajero celestial anunció que había de nacer entre los hombres y por los hombres; una doncella de la tierra lo oye, mientras recibe el saludo, el Espíritu Santo lo formó en su seno, al posarse. De esta forma, anunciándolo Gabriel, creyéndolo María cooperando el Espíritu Santo, la seguridad sucede al saludo del ángel, la verdad hace buena la promesa y, por la sombra poderosa del Altísimo, la virginidad se reconoce fecunda. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, predijo el ángel. Y ¿cómo ocurrirá eso?, respondió María. Pero como respondió creyendo, no dudando, cumplió el Espíritu Santo lo que el ángel prometió. Siendo virgen antes de la concepción, ha de ser siempre virgen después del parto. Antes concibe a su Dios en su mente que en su vientre. Recibe la primera la salvación del mundo, la Virgen llena de la gracia de Dios, y por eso verdaderamente Madre del Hijo de Dios» 54.

La Virgen aparece como modelo de fe, por la manera en que escucha y acoge el mensaje de Dios transmitido por el ángel, por acoger en su mente, en su corazón y, después, en su seno la Palabra divina; de esta manera es constituida Madre de Dios para la salvación del género humano. También ella es salvada, pero en primer lugar, puesto que ella es instrumento de la salvación que Dios realiza mediante la encarnación. La misma pregunta de la Virgen aparece como consecuencia de su fe y de su fidelidad a Dios, que hace posible la acción del Espíritu en ella y la plenitud de la gracia de Dios. Es notable la relevancia que se da al Espíritu Santo en esta oración, que nos enfrenta al momento crucial de la encarnación. A lo largo de toda la oración se subraya la virginidad de María, antes de la concepción, después del parto y para siempre; virginidad fecunda, pues da la Vida al mundo y permite la acción divinizadora de Dios en cada cristiano. Esta integridad corporal de María es también signo de realidades sobrenaturales; es un signo de la acción y de la presencia de Dios en la vida de la Virgen María, y es también un signo salvífico para nosotros, que fortalece nuestra fe.

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1.3. Celebramos el inicio de la redención

Otro aspecto importante del Adviento, enfocado a la primera venida de Cristo, es la redención, la salvación del mundo con la propia entrega del Señor, que se inicia en la Encarnación, se mostrará en el Nacimiento y Epifanía, y culminará en la Pasión, Muerte y Resurrección. Es el misterio del Verbo de Dios hecho carne, igual al Padre en la naturaleza divina, encarnado por obra del Espíritu Santo y hecho hombre que habita entre nosotros, que asume nuestras debilidades y es en todo semejante a nosotros, menos en el pecado; a través de la encarnación se realiza nuestra plena reconciliación con el Padre. De esta manera afloran en la celebración muchos aspectos cristológicos, que también resaltan la divinidad de Jesucristo.

Acerquémonos a los textos eucológicos, para ver cómo se expresa.

El primer domingo de Adviento, en la oración ad pacem se refiere claramente a la finalidad de la encarnación, que es la redención «para la redención del género humano nos enviaste a tu Hijo, coeterno contigo e igual a ti, por el anuncio del ángel y por su encarnación en la Virgen María» 55. Después, en la misma oración, nos habla de la repercusión de la predicación del Precursor «para que el pueblo penitente lograra el perdón de sus viejos pecados» y con el anunció del reino de Dios, «que venía a predicar el nuevo hombre (Cristo), el mundo pudiera conseguir la plena e inefable gracia de la divina Trinidad» 56. Tanto la referencia al perdón de los pecados como la comunicación de la gracia divina que se realiza en el reino de Dios, por el Hombre Nuevo, explicitan la salvación que Dios hecho hombre comunica: la redención.

La illatio del domingo primero nos habla de Juan que prepara «el camino al juez y al redentor» 57. Luego, la oración se entretiene en otros aspectos, que ahora no vienen al caso. Sin embargo, el titulo de redentor ya coloca claramente la perspectiva con la que debemos acercarnos al misterio de la encarnación, a la predicación del Bautista y a la misma persona del Salvador.

De forma análoga a lo que acabamos de decir, en la oración post sanctus se afirma rotundamente, referido a Jesucristo, Hijo de Dios, «que creemos que se encarnó en otro tiempo para la salvación del género humano» 58. Y en la benedictio vuelve a insistir en que nos ha redimido «Que os ilumine con el resplandor de su venida el Hijo unigénito de Dios que no tuvo a menos redimiros al precio de su propia sangre» 59.

En el segundo domingo de Adviento, la oración alia alude a la redención gracias a la encarnación del Verbo: «por su venida, toda la humanidad que estaba recluida en oscura caverna por el pecado de Adán queda libre de su cautiverio»; y lo vuelve a apuntar al final: «Por esta venida suya te rogamos, Dios omnipotente, que libres nuestra carne frágil de los lazos del pecado y socorras lleno de misericordia a tu familia aquí presente» 60.

La post nomina del mismo domingo justifica la primera venida por nuestros pecados; aunque no habla explícitamente de la redención, se refiere a una venida gloriosa, que se realiza de forma humilde: «en tu primera venida de gloria quisiste venir humilde a causa de nuestros pecados» 61.

Mas claro todavía aparece en la ad orationem Dominicam del segundo domingo de Adviento, que nos habla de la redención realizada por aquél que nos enseño a orar: «Levantad vuestras manos al Señor y despertad vuestros corazones, que ya esta cerca nuestra redención. Aquel cuya encarnación nos redimió, cuyo alumbramiento nos llevó a la luz, con su precepto nos enseñó a orar siempre» 62. Este texto parece dejarnos la impresión de la redención realizada en la misma encarnación y nacimiento, sin tener que aguardar al momento de la cruz. En cierto sentido, estaría en la órbita del evangelio de San Juan que, sobre todo en el prólogo, acentúa la encarnación del Verbo de Dios, como momento cumbre de la redención 63.

La oratio admonitionis del domingo tercero de Adviento comienza hablando de las consecuencias del pecado, de las que las que también nos libra el Señor con su encarnación, para presentar después la liberación de los pecados, de la que participamos nosotros al acoger devotamente el misterio que celebramos: la encarnación. La oración se expresa así: «Queden confortados con tu venida, Señor Jesucristo, los corazones de tus fieles, y en tu nombre queden fortalecidas las rodillas de los débiles, por tu vista se curen las llagas de los enfermos, y, al tocarlos tú, se iluminen los ojos de los ciegos. Hallen firmeza en tu apoyo los pasos de los cojos y por tu misericordia queden rotas las ligaduras de los pecadores. Mira cómo hoy recibimos con diligente devoción la llegada de tu encarnación, misteriosamente realizada en otro tiempo» 64.

La renovación del mundo gracias a la encarnación aparece en la post nomina del tercer domingo. Y allí mismo pide que los redimidos por la primera venida no sufran condena 65. La illatio habla de signos de nuestra redención para referirse a la encarnación y el nacimiento y después de manifestar lo inefable de cuanto ha sucedido concluye con un acto de fe en la Trinidad y la petición al Señor para que aumente en nosotros la fe y así, «... Señor Jesucristo, nuestro Dios, celebrar solemnemente y con devoción tu venida gloriosa y el misterio de tu humano nacimiento, y ensalzar con ánimo alegre los signos de nuestra redención, que con tantos prodigios se manifestaron. [...] asintamos sencillamente a la divina y omnipotente Trinidad y la confesemos en verdad. Así pues, Dios clementisimo, aumenta en nuestros corazones la verdadera fe y adáptanos más y más a tu imagen y semejanza, de forma que creyendo que ya viniste hace mucho tiempo para remedio de nuestro cautiverio merezcamos verte...» 66.

Aparte de otras alusiones que aparecen aquí y allá, nos encontramos con una referencia clara a la redención en la alia del domingo cuarto de Adviento. Tras hablar de lo prometido en los profetas sobre la encarnación y el nacimiento del Unigenito, pide por los que «creemos, confesamos y predicamos que él ya vino y redimió el mundo» 67.

La oración ad pacem nos habla de la reconciliación que se realiza por la venida de Cristo y pide que «así como por tu primera venida al hacerte hombre, te dignaste reconciliar contigo al mundo por la paz, te dignes ahora hacer que los ya reconciliados permanezcan perpetuamente en tu paz» 68.

La post pridie del mismo domingo también trata el tema de la redención; todo se inicia con la encarnación, pero aparece aquí con toda intensidad la cruz y la muerte de Cristo como centro de la redención «Hacemos, Señor, conmemoración de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, porque viniendo a nosotros, asumió la naturaleza humana; porque sufrió la muerte en la cruz para redimir a los hombres que había creado; porque para vencer y poner bajo sus pies nuestra bien merecida muerte recibió él mismo, libremente, la muerte que de ningún modo merecía» 69.

En el domingo quinto de Adviento, la primera mención de la redención la encontramos en la oratio admonitionis, que en su brevedad nos invita a la alegría por la redención: «Alegraos, os ruego, mis queridos hermanos, y levantad vuestros corazones jubilosos, porque ya está próxima nuestra redención» 70.

La illatio del domingo quinto aplica el término salvación a la encarnación y el de redención a la pasión, pero fácilmente se aprecia que se trata de un paralelismo y un recurso estilístico para referirse a la misma realidad que se verifica en uno y otro momento: «por Jesucristo [...] cuya encarnación fue la salvación del mundo y su pasión la redención del hombre creado. Que él mismo, Padre omnipotente, nos lleve al premio ya que nos redimió de las tinieblas infernales. Él purifique nuestra carne de todo pecado, pues la recibió de la Virgen. Que nos restituya ilesos a tu Majestad, el que por su sangre nos reconcilió contigo» 71. Como ya hemos visto en otra oración, aparece con claridad la vinculación entre la encarnación y la muerte, en el plan salvifico de Dios.

Otras alusiones se suceden en el quinto domingo: «nos reparó por la gracia de su primera venida» (post sanctus) 72; «Ven Señor, líbranos de nuestros pecados» (post pridie) 73; «Creemos, Señor que has venido a la tierra para nuestra salvación» (ad orationem dominicam) 74.

El último domingo de Adviento, dentro de la parquedad de sus oraciones, también hace referencia a la redención. En la oratio admonitionis, pone, como premisa de la petición, que Cristo nos ha redimido por su encarnación, en la primera venida 75. En la illatio, en cambio, se trata de una afirmación más general: «compadeciéndote de nuestras miserias y errores, enviaste a tu Unigénito para la redención de nuestra flaqueza» 76, en cuanto no precisa directamente la encarnación o la cruz, se limita a hablar del envío del Unigénito.

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2. La mirada al futuro

La otra perspectiva hacia donde se dirige la mirada del Adviento es el futuro, la parusía, el retomo del Señor en gloria, para someter la creación entera a la fuerza de su amor y, recapituladas todas las cosas en Cristo, entregarlo todo al Padre, de quien todo procede.

La liturgia recuerda que Jesucristo ha venido, pero debe venir de nuevo manifestando plenamente la gloria que le corresponde como resucitado, aunque los cristianos gozan ya de forma espiritual e incipiente de los bienes espirituales de la total victoria del Señor. Por supuesto, sin olvidar la esperanza del pleno cumplimiento, por el que deben rezar y, al mismo tiempo, vivir con las debidas actitudes espirituales, que no son diversas de lo que enseña Jesús en el mismo evangelio y la Iglesia en su magisterio. Se trata, una vez más, de caminar en la fe al encuentro del Señor, que está presente en medio de nosotros (espiritualmente y por la celebración litúrgica), pero que debe manifestarse plenamente a todos y culminar la obra salvífica.

La misma fórmula maranatha, que expresa esto mismo (¡Señor nuestro, ven!), aparece en San Pablo y tiene referencias en otros lugares (1Cor 16,22; cf. Ap 22,20; Mt 6,10); después se vuelve a repetir en la Didaché (10,6) 77, de manera que nos encontramos con uno de los pocos casos de términos arameos recogidos en el Nuevo Testamento y que reaparece en el culto postapostólico; se trata, seguramente, de una fórmula oracional muy antigua, anterior a San Pablo, y usada por los primeros cristianos 78. Este concepto también está presente en la liturgia del Adviento.

Veamos ahora cómo se expresan algunos aspectos de esta espera del retomo del Señor en las oraciones del Misal Hispano-mozárabe. En algunos casos no es absolutamente nítida la distinción entre la primera y la segunda venida, como ya hemos dicho, pues ciertas expresiones y ciertas frases pueden aplicarse indistintamente a las dos venidas de Cristo.

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2.1. Iniciativa divina

En cualquier acto salvífico, la iniciativa le corresponde a Dios, pero esto se acentúa, si podemos decirlo así, en la parusía, decidida por el Padre en el tiempo y en la forma de realizarse. A nosotros nos toca suplicar por su cumplimiento y por su efecto salvador en el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

La oratio admonitionis del primer domingo de Adviento pide a Dios Padre que nos purifique para que «esperemos tranquilos al que ha de venir», «ha de venir gloriosamente para juzgar a vivos y difuntos» 79. Es el Padre, con su gracia, quien nos dispone para el encuentro definitivo; es Jesucristo el que viene a nuestro encuentro, el que juzga y el que salva. En términos muy parecidos se expresa la alia del mismo domingo, pidiendo a Dios que purifique «la intimidad de nuestros pechos» y limpie «propicio todas las manchas del pecado» para poder esperar «impávidos la terrible venida de nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; el efecto se expresa como un don recibido de Dios, que nos transforma y hace entrañable lo que para otros puede parecer terrible, el juicio: «Y así por tu misericordia podamos recibir aquí el perdón de los pecados, para que en el futuro experimentemos la suavidad de tu juicio y, colocados a tu derecha, podamos recibir de ti el premio de la vida perdurable y alcancemos tu reino victorioso, infinito y poderoso» 80.

Referido a Jesucristo, en la oración post nomina del segundo domingo de Adviento, se afirma que «creemos que has de venir como juez» y tras aludir a la primera venida de gloria que fue humilde a causa de nuestros pecados, se le pide al mismo Cristo «que cuando llegue tu segunda venida de clemencia, borrados nuestros pecados, mandes anotar nuestros nombres en el registro de tus santos» 81. No deja de ser digno de especial atención que las venidas de Cristo se califican como de gloria, la primera y de clemencia la segunda, en la que se debe verificar el juicio divino. De esta forma, la parusía aparece como algo deseable, una vez más, por la misericordia y la iniciativa de Dios que nos salva; aviva la esperanza y, en consecuencia, nos mueve a cooperar activamente para que se realice plenamente aquello que esperamos, poniendo en el centro a Jesucristo 82.

El tercer domingo de Adviento, en la oratio admonitionis, después de extenderse en los efectos salvíficos de la primera venida, con esta facilidad que observamos en los textos de la liturgia Hispano-mozárabe para pasar de una venida a otra, dentro del mismo texto, pide por la segunda venida en la que Cristo nos debe liberar y conducir al cielo: «haz que lleguemos a tu segunda venida, la del juicio, con ánimo alegre, y completa nuestra alegría introduciéndonos en el bienestar del paraíso. De forma que liberados por tu clemencia de las penas eternas, y hechos partícipes de la vida perdurable, ceñidos con la corona de gloria, entonemos en tu honor el cántico de alabanza» 83. Una vez más, es la acción de Cristo la que nos permite acercarnos con alegría al juicio, al encuentro con el Señor glorioso y al mismo paraíso, para entonar el cántico de alabanza, como aparece en el Apocalipsis (19,1ss). A continuación, la oración alia nos habla de la manifestación de Cristo y de la liberación que debe realizarse en su segunda venida, en favor de sus siervos: «Señor Jesucristo [...] cuando aparezcas manifestándote claramente, muéstrate propicio para liberar a tu pueblo de los impíos y del yugo criminal» 84.

También la ad pacem, del domingo tercero presenta la paz como fruto de la llegada del Justo Juez que nos concederá, en su venida gloriosa, el premio de la alegría eterna 85. La post pridie vuelve a pedir la venida del Señor, para que perdone los pecados y nos de la «vida prometida» 86.

El cuarto domingo de Adviento, en la ad pacem, pide: «que en tu segunda venida, cuando vuelvas con toda tu gloria y majestad, hagas herederos de la paz eterna a los que aquí has hecho custodios fieles de tu legado de paz» 87. Como es corriente en estas oraciones se hace referencia a la paz, pero aquí, la paz eterna (la bienaventuranza) está vinculada a la segunda venida de Cristo, en la que él mismo comunica la paz.

También la illatio hace mención a Jesucristo, pidiéndole que proteja, guarde, sane, defienda, libre con su venida (en la parusía) para juzgar a aquellos por quienes, y en favor de quienes, él mismo fue juzgado. Se refiere, claro está, a los hombres en general, por cuya redención vino en humildad y que debe poseer plenamente en su venida gloriosa, pues los ha adquirido al precio de su sangre. La iniciativa de la salvación, bajo todos los aspectos, es de Dios en Jesucristo 88.

La oratio admonitionis del sexto domingo de Adviento, en su brevedad, después de situarnos en la primera venida del Señor, añade la petición: que «en tu segunda aparición nos corones de gloria» 89, ratificando que la iniciativa le corresponde al Señor, en la venida, en la salvación y en la participación de su victoria.

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2.2. Transformación espiritual de los cristianos

La esperanza en la parusía conlleva una preparación espiritual, que además de anticipar el retorno glorioso del Señor, hace posible que lo recibamos con paz y que él nos acoja en su reino. Se requiere, por lo tanto, un comportamiento coherente con el evangelio y una fidelidad a Cristo que sólo es posible por la gracia. También se centra aquí la espiritualidad del Adviento y aparece plasmado tanto en las lecturas bíblicas como en las oraciones de la Misa.

La oratio admonitionis del domingo primero de Adviento empieza hablando de actitudes que son adecuadas para recibir al Señor en cualquiera de sus dos venidas: pide «nuestra mejor disposición», y por la purificación de nuestos corazones se mantengan «sin mancha nuestros cuerpos»; en los términos corazón y cuerpo se encierra, claro está, toda la persona, toda la existencia, lo exterior y lo interior. Después se habla del «ardiente deseo» y buscar lealmente todo lo que «pueda ser de provecho para su salvación»: se trata de actitudes espirituales óptimas para avanzar en la vida cristiana, para lograr una adecuada participación litúrgica, diciéndolo con terminología actual, y para disponernos dignamente a la venida del Señor. Y al final, aparece la referencia a la parusía con dos actitudes espirituales propias del cirstiano: la tranquilidad y solicitud hacia el Señor, junto con la confesión de fe, al decir que «Esperemos tranquilos al que ha de venir, al que confesamos exaltado sobre los principados y potestades. Mostrémonos solícitos en todo momento para tener así propicio al que creemos y confesamos que ha de venir gloriosamente para juzgar a vivos y difuntos» 90.

La siguiente oración del mismo domingo, alia, hace una petición para que el Señor purifique «la intimidad de nuestros pechos» y limpie las manchas de pecado. para esperar «impávidos la terrible venida» del Señor 91.

El domingo tercero de Adviento, en la oratio admonitionis se pide que «lleguemos a tu segunda venida, la del juicio, con ánimo alegre» 92. Y en la illatio, pide la fe para creer en la primera venida y ver al Señor en la segunda, libres de pecado: «Así pues, Dios clementísimo, aumenta en nuestros corazones la verdadera fe y adáptanos más y más a tu imagen y semejanza, de forma que creyendo que viniste hace mucho tiempo para remedio de nuestro cautiverio, merezcamos verte en tu segunda venida, sin tener que bajar nuestros ojos ante tu majestad, sabiendo que nos concedes el perdón de los pecados» 93.

La post pridie del domingo tercero también suplica por la venida del Señor. pidiendo el perdón de los pecados y que «no nos desviemos a pecado alguno, sino que santificados por ellos (los dones eucarísticos), merezcamos, Señor, esperar sin temor tu llegada» 94. La alegría y la ausencia de temor son actitudes que se piden muchas veces, para estar dispuestos a la llegada del Señor en la parusia, pero esto va siempre acompañado de .la petición del perdón de los pecados y de la ausencia de ellos en nuestra vida.

El quinto domingo de Adviento, en la oración alia se pide al Señor que nos limpie de todo pecado y, después: «Deshaz primero en nosotros todo lo que en el futuro juicio tendría que castigar 95». Es la petición, ya reiterada, de la purificación del pecado para encontrarnos con el Señor en su segunda venida.

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Camino de fe para el encuentro con Cristo. Conclusión

Todo el Adviento, en una u otra vertiente, es un camino para encontrarnos con Cristo, que ha venido, vendrá y sigue viviendo a nuestra existencia en la celebración litúrgica y en tantos acontecimientos de nuestra vida.

Todo se inicia, para el cristiano en el bautismo, que en la liturgia Hispano-Mozárabe también se celebraba en Navidad-Epifanía, como ya hemos indicado; por eso el Adviento tenía algunas notas bautismales. Se trata del bautismo en referencia a Juan Bautista, precursor de Cristo en el nacimiento, en la predicación, en el bautismo y en la muerte, aunque entre uno y otro exista una diferencia abismal, como ya sabemos y la liturgia Mozárabe nos recuerda 96: tampoco faltan alusiones en las oraciones, que sirven para los que ya han recibido el bautismo, pero deben vivir conforme a la fe que han recibido, y para aquellos que se disponen a completar su iniciación cristiana.

El sacramento del bautismo nos hace nuevas creaturas, hijos de Dios y templos del Espíritu. Las referencias a este sacramento, en las oraciones, solo se encuentran en los domingos primero y segundo, y después, muy brevemente, en el sexto 97, aunque en el domingo cuarto se nos habla de la «gracia de la adopción» y de ser «hijos adoptivos», lo que sucede en el bautismo 98.

Pero mas allá de itinerarios bautismales, el Adviento Hispano-mozárabe nos dispone desde la fe para que seamos capaces de recibir a Jesucristo. La fe se alimenta con la oración y así podremos adherimos a Jesucristo, llevar una vida acorde con el evangelio y mantenernos fieles, viviendo su nacimiento en la carne, esperando con alegría su retorno glorioso y descubriendo su presencia en los acontecimientos de la vida cotidiana, aun en medio de peligros y contradicciones. La cuestión fundamental es creer firmemente en Cristo y aceptar la revelación de Dios que de una forma progresiva, como ha sucedido en la historia de la salvación con los profetas, nos va conduciendo al encuentro del Mesías.

En este itinerario ocupan un lugar fundamental la Virgen María, verdadera Madre de Dios y modelo para todo creyente, y San Juan Bautista, el Precursor, que nos enseña cómo debemos preparamos al encuentro con el Señor, cómo podemos reconocerlo y qué tenemos que hacer para seguirlo.

Para vivir de forma adecuada la venida del Señor hemos de ser consecuentes con la fe, una fe sincera y robusta en el misterio de la Encarnación, que es el inicio de la Redención, y nos lleva a la comprensión del amor de Dios que en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos sale al encuentro para destruir el pecado y comunicarnos la vida divina, la filiación adoptiva.

En realidad, toda la vida del cristiano es un adviento, pues aguardamos, en la Iglesia y en cada uno de nosotros, el cumplimiento de las promesas del Señor, el encuentro definitivo con él y la vida en Cristo para siempre. Lo que el Adviento del rito Hispano-mozárabe nos enseña es el camino que en nuestra vida debemos recorrer, hasta que lleguemos a la plenitud de nuestro ser en Dios, la presencia y la perfecta comunión con Jesucristo. Ahora caminamos en la fe, pero un día alcanzaremos la plenitud en la visión del Hijo de Dios.

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NOTAS

1. Conferencia Episcopal Española - Arzobispado de Toledo, Missale Hispano-Mozarabicum. I (Barcelona 1991); ibíd., II (Barcelona 1994); Conferencia Episcopal Española - Arzobispado de Toledo, Liber Commicus. I (Barcelona 1991);  ibíd., II (Barcelona 1995).
2. G. Ramis, Miquel, «La reconstrucción del breviario hispano-mozárabe. El tiempo de Adviento»: Anthologica Annua 51-52 (2004-2005) 437-1000.
3. «Est autem et alia ejusdem negotii ratio haudquaquam vilipendenda, qua gloriosus Ecclesiae auctor et doctor eximius Hilarius in libro utitur Officiorum:... sic sancta mater Ecclesia Salvatoris adventum annuo recursu per trium septimanarum secretum spatia sibi incitavit»: Bernón de Reichenau, Ratio generalis de initio adventus Domini: PL 142,1086-1087.
4. «Ut tribus hebdomadis quae sunt ante Epiphaniam ab ecclesia nemo recedat. Item legit: viginti et uno die quo a XVImo. kalendas ianuarias usque in diem Epiphaniae qui est VIII idus kalendas ianuarias continuis diebus nulli liceat de ecclesia absentare, nec latere in domibus, nec sedere in villam, nec montes petere, nec nudis pedibus incedere, sed concurrere ad ecclesiam»: Concilio de Zaragoza, «Canon 4», en J. Vives (ed.). Concilios visigóticos e hispano-romanos (Barcelona-Madrid 1963) 17; cf. J. Fernández Alonso, La cura pastoral en la España romanovisigoda (Roma 1955) 353-357.
5. «Sequitur deinde baptizandorum, prout unicuique libitum fuerit, improbabilis et emendanda confusio, quae a nostris consacerdotibus, quod commoti dicimus, non ratione auctoritatis alicujus, sed sola temeritate praesumitur, ut possim ac libere Natalitiis Christi seu Apparitionis, necnon et Apostolorum seu Martyrum festivitatibus innumerae, ut asseris, plebes baptismi mysterium consequantur; cum hoc sibi privilegium et upud nos, et apud omnes ecclesias, dominicum specialiter cum Pentecosti sua Pascha defendat»: Siricio, Epistolae et Decreta. 1. Ad Himerium Episcopum Tarraconensem. c-2, n.3: PL 13,1134; cf. A. di Bernardino (dir.), Patrología III. La edad de oro de la literatura patrística latina (Madrid 2007) 708-709.
6. Cf. Concilio de Gerona, «Canon 4», en J. Vives (ed.), Concilios visigóticos e hispano-romanos (Barcelona-Madrid 1963 ) 39-40; cf. G. Ramis Miquel, La iniciación cristiana en la liturgia hispana, (Bilbao 2001) 177-178.
7. «A depositione domni Martini usque Natale Domini terna in septimana jejunia»: S. Gregorio de Tours, Historia Francorum liber decimus. 31,6: PL 71,566.

8. Cf. S. Máximo de Turín, Homilía. I. Ante Natale Domini: PL 57,221-226.
9. Cf. F. Sottocornola, L'Anno liturgico nei sermoni di Pietro Crisologo (Cesena 1973) 251-279.
10. Cf. M. Garrido Boñano (ed.), San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico (Madrid 1969); G. Ramis Miquel, «Año litúrgico. Ciclo de Adviento-Navidad-Epifanía», en D. Borobio (dir.), La celebración en la Iglesia. III. Ritmos y tiempos de la celebración (Salamanca, 1990) 180-181.
11. Cf. L.C. Mohlberg - L. Eizknhöfer - P. Siffrin (eds.), «Der Rotulus von Ravenna», en Íd., Sacramentarium Veronense (Roma 1994) 173-178.

12. Cf. J. Pinell Pons, «El problema de las dos tradiciones del antiguo rito hispánico. Valoración documental de la tradición B, en vistas a una eventual revisión del Ordinario de la Misa», en AA. VV., Liturgia y Música Mozárabes (Toledo 1978) 3-44; Íd., Liturgia hispánica (Barcelona 1998) 39-40.
13. Cf. R. Gonzálvez Ruiz, «Los orígenes de la liturgia Hispano-mozárabe»: Anales Toledanos 35 (1998) 33-54, especialmente p. 51-54; Íd., «Una empresa del Cardenal Cisneros: La Reforma de la Liturgia hispano-mozárabe»: XX Siglos 53 (2004) 49-61; sobre todo: Íd. «Cisneros y la reforma del rito Hispano-mozárabe»: Anales Toledanos 40 (2003) 165-207.
14. Cf. M. Ferro Calvo, La celebración de la venida del Señor en el oficio hispánico (Madrid 1972) 56-58.

15. Missale Hispano-Mozarabicum. II, o.c., 19.
16. Para la traducción de los textos nos servimos de la versión realizada por Don Balbino Gómez Chacón, con algunas correcciones. «Deus, qui per angelicos choros adventum Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, annuntiare voluisti, qui per angelorum praeconia Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis acclamantibus demonstrasti; concede, ut in huius dominicae resurrectionis festivitate pax terris reddita convalescat et fraternae dilectionis caritas innovata permaneat»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 91.

17. «Domine, Deus omnipotens, qui pro humani generis redemptione coaeternum tibi coaequalemque Filium angelica annuntiatione, per Mariae virginis uterum, ad nos voluisti transmittere, atque ante ipsius Filii tui adventum Ioannem dignatus es destinare praeconem, ut per eius veridicam in deserto eremi praedicationem, populus paenitens veternorum facinorum acciperet veniam, per novi autem hominis Dei regnum evangelizantis divinae Trinitatis plenam mundus consequi mereretur ineffabilem gratiam. Da nobis in hoc tempore adventus Unigeniti tui eandem pacis gratiam, quam in praeterita largire dignatus es saecula. Et illis nos in occursu fidei socies munerandos, quos in fidei primordio a loanne in Iordane paenitentiae undis aquarum ablutos, a te postremo per Filium in Spiritu Sancto et igni cognoscimus baptizatos»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95-96.
18. «Accingat vos virtutibus pacis, et ditet muneribus copiosi»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
19. «...ut qui incarnationis tuae celebramus sollemnia, per pacis bonum...»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
20. «Deus pacis sanctificet vos ad perfectum, cuius incarnationis ovando celebratis mysterium»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
21. «Christe Domine, in cuius adventu pax est reddita terris, pax collata hominibus bonae voluntatis; concede quaesumus, ut qui per primum adventum ad nos in humanitate veniens, mundum tibi in pace conciliare dignatus es, reconciliatos per te in tua pace praestes iugiter permanere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
22. «Pax tua, Christe, redemptor ac Deus noster, quae te nascente olim proclamata est ab angelis, habitet poscimus, in mentibus nostris»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
23. «Accedentes ad mensam terribilis omnipotentis Dei, cum summo gaudio Domino Deo nostro illibatas hostias offeramus fratres carissimi, quia dignatus est Filii sui adventum per Ioannem Baptistam omnibus nuntiare»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
24. «Iucundentur, Domine, caeli et tripudiet terra, quia Verbum caro factum habitat in sacrae virginis membra; in cuius adventu omnis de captivitate redimitur terra, quae detinebatur per transgressionem Adae in obscurata gehenna. Nunc moveantur maria et omnia quae in eis sunt. Montes exsultent et omnia ligna silvarum, quia Dominus homo dignatur per uterum beatae Virginis Mariae, de caelo in mundum venire»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
25. «Confortamini manus fatigatae; roboramini, pusillanimes; hilarescite et nolite timere. Extollite ad Deum manus vestras et excitate corda, quia ecce iam in proximo est redemptio nostra. Cuius incarnatio nos redemit, cuius processio nativitatis illuminavit, cuiusque etiam praeceptum nos docuit orare semper»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
26. «...adventum gloriae tuae et in carne nativitatis mysterium sollemni devotione recolere, nostraeque salutis insignia, quae tantis sunt prolata virtutibus, cum tripudio animi praedicare»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
27. «Adventum Domini et redemptoris nostri, quem ab antiquis patribus, patriarchis scilicet et prophetis, vaticinantibus olim pronuntiatum, ac pro salute nostra dudum constat impletum, omni quidem nos tempore, carissimi fratres, condecet cum gaudio memorare. Sed praecipue in his diebus annua vice recurrentibus, oportet nos votis sollemnibus celebrare»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
28. «Dignum et iustum est, vere nobis per omnia expedibile tuam nos clementiam, omnipotens Pater, quibus possumus semper laudibus praedicare; qui bonitate nos ingenita condidisti, ac serpentis antiqui fraude deceptos gratuita miseratione a morte volens eripere. Filium tuum, quem pro nobis in carne missurus eras, ad terras venturum nasciturumque de virgine longe antea praedixisti, eiusque nativitatis adventum praeconantibus sanctis praenuntiasti; ut exspectatus diu qui fuerat repromissus, magnum mundo faceret gaudium in plenitudine temporum praesentatus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 118-119.

29. «Hilarescite, quaeso, dilectissimi fratres, et laetabunda sursum attollite corda, quia iam in proximo est redemptio nostra»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 124.
30. «Domine Deus omnipotens, qui pro humani generis redemptione coaeternum tibi coaequalemque Filium angelica annuntiatione, per Mariae Virginis uterum, ad nos voluisti transmittere, atque ante ipsius Filii tui adventum Ioannem dignatus es destinare praeconem, ut per eius veridica in deserto eremi praedicationem, populus paenitens veternorum facinorum acciperet veniam, per novi autem hominis Dei regnum evangelizantis divinae Trinitatis plenam mundus consequi moreretur ineffabilem gratiam. Da nobis in hoc tempore adventus Unigeniti tui eandem pacis gratiam, quam in praeterita largire dignatus es saecula. Et illis nos in occursu fidei socies numerandos, quos in fidei primordio a Ioanne in Iordane paenitentiae undis aquarum ablutos, a te postremo per Filium in Spiritu Sancto et igni cognoscimus baptizatos»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95-96.
31. «Non homines innovandi plenam conferens gratiam, sed piisimi Salvatoris admonens exspectare praesentiam»:  Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 96.
32. «Non remittens ipse peccata ad se venientibus, sed remissionem peccatorum ad futurum pollicens esse credentibus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 96.

33. «Domine Iesu Christe, hanc hostiam vivam illustratione adventus tui sanctifica, ut ex illa libantes mundemur a crimine et tuam gratiam mereamur percipere sine fine». Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 97.
34. «O Verbum Patris quod caro factum es ut habitares in nobis; praesta nobis ut qui te venisse iam credimus et venturum ad huc speramus, ab omni peccatorum eluamur contagione, cum praeceptionis tuae oraculis proclamaverimus e terris»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 97.
35. «Iesu, virtus infirmitatis nostrae, qui sine manibus praecideetium lapis verus es abscissus a monte, quo omnis latitudo repleta est terrae; tu corda nostra reple dono pacis et gratiae, ut qui incarnationis tuae celebramus sollemnia, per pacis bonum futurae examinationis liberemur a poena»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 97.

36. «Trinitatem deitatis atque omnipotentiae tuae simpliciter credamus et veraciter praedicemus. Tu itaque, clementissime Deus, verae credulitatis in sensibus nostros incrementa multiplica, et imaginis ac similitudinis tuae formam in nobis magis magisque restaura. Ut te, quem dudum venisse credimus pro remedis captivorum, in secundo adventu tuo te in maiestate venturum sustinentes videre mereamur, concessa nobis indulgentia peccaminum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 112.
37. «Qui dedit mundo per incarnationem adventus sui novum fidei lumen, reserans viam, quae obstrusa fuerat hominis primoplausti ex culpa»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 113.
38. «qui eum iam venisse mundumque redemisse credimus, fatemur, et praedicamus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 117.
39. «defunctos naturae nostrae ac fidei socios»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 117.
40. «Summe et omnipotens Deus, Pater ingenite, qui Unigeniti tui in assumptione carnis adventum reconciliationis nostrae voluisti esse remedium, ut per eum gratiam reciperemus adoptionis»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 120.

41. «Ipse nos secundi adventus examinatione iustificet, qui in primo contulit dona gratiae suae»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
42. «Vere sanctus, vere benedictus et gloriosus Dominus noster Iesus Christus, Filius tuus; qui nos et in priori adventu gratia reparavit»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
43. «Venisse te, Domine, pro nostra in terris salute credimus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 127.
44. «Sincera nos, quaesumus, Domine, tuae incarnationis semper fide corrobora»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 131.
45. «Caritatis tuae, Domine, in nos distribue unitatem, et una perpetim dilectionis copula iungat quod unius fidei sacramenta locupletant»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 132.
46. «Adventum Domini et redemptoris nostri, quem ab antiquis patribus, patriarchis scilicet et prophetis, vaticinantibus olim pronuntiatum, ac pro salute nostra dudum constat impletum, omni quidem nos tempore, carissimi fratres, condecet cum gaudio memorare»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 116.

47. «Deus, qui Unigenitum tuum pro nobis in carne venturum ac de virgine nasciturum propheticis vocibus promisisti, et in novissimis temporibus quae promiseras adimplesti». Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 117.
48. «Sanctorum tuorum, Domine, communicantes memoriae, patriarcharum prophetarumque tuorum non sumus immemores. Ipsis enim praenuntiantibus adventus tuus claruit mundo. Memoramus etiam apostolos tuos, qui adventum tuum a prophetis patriarchisque praedictum oculis suis cernere meruerunt»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 117.
49. «qui bonitate nos ingenita condidisti, ac serpentis antiqui fraude deceptos gratuita miseratione a morte volens eripere, Filium tuum, quem pro nobis in carne missurus eras, ad terras venturum nasciturumque de virgine longe antea praedixisti, eiusque nativitatis adventum praeconantibus sanctis praenuntiasti, ut exspectatus diu qui fuerat repromissus, magnum mundo faceret gaudium in plenitudine temporum praesentatus»:  Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 118-119.
50. «ante ipsius Filii tui adventum Ioannem dignatus es destinare praeconem, ut per eius veridica in deserto eremi praedicationem, populus»; «Et illis nos in occursu fidei socies numerandos, quos in fidei primordio a Ioanne in Iordane paenitentiae undis aquarum ablutos, a te postremo per Filium in Spiritu Sancto et igni cognoscimus baptizatos paenitens veternorum facinorum acciperet veniam. Lo señalado en rojo no aparece en la edición impresa del Missale Hispano-Mozarabicum. N. de La Ermita.
»
: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95-96.

51. «Dignum et iustum est nos tibi gratias agere, Domine, sancte Pater, aeterne omnipotens Deus, per Iesum Christum Filium tuum Dominum nostrum: quem loannes fidelis amicus praecessit nascendo, praecessit in desertis eremi praedicando, praecessit baptizando: viam quoque praeparans iudici ac redemptori, convocavit peccatores ad poenitentiam, et populum Salvatori acquirens baptizavit in Iordane peccata propria confitentes. Non homines innovandi plenam conferens gratiam, sed piissimi Salvatoris admonens exspectare praesentiam. Non remittens ipse peccata ad se venientibus, sed remissionem peccatorum ad futurum pollicens esse credentibus: ut descendentibus in aquam poenitentiae, ab illo sperarent remedium indulgentiae, quem venturum audiebant plenum dono veritatis et gratiae. Baptizatur igitur ab eo Christus ex elemento visibili et spiritu invisibili. Ducebantur per oboedientiam ad misericordiam, per filium sterilis ad filium virginis, per Ioannem hominem magnum ad Christum hominem Deum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 96.
52. «quia dignatus est Filii sui adventum per Ioannem Baptistam omnibus nuntiare. Sic enim affatur: venit fortior me post me, cuius non sum dignus corrigiam calceamenti solvere. Quos ego tingo in aqua baptismi, ipse baptizat in Spiritu Sancto et igni, quia ipse est Filius Dei»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 101-102.
53. «Iucundentur, Domine, caeli et tripudiet terra, quia Verbum caro factum habitat in sacrae virginis membris»; «quia Dominus homo dignatur per uterum beatae Virginis Mariae, de caelo in mundum venire»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 102.
54. «inter homines nasciturum caelestis nuntius enarravit, virgo terrena dum salutaretur audivit, Spiritus Sanctus in utero, dum, veniret creavit; ut Gabriele pollicente, Maria credente, Dei vero Spiritu cooperante, sequeretur salutationem angelicam securitas, promissionem perficeret veritas, et Altissimi obumbrante virtute, disceret se esse fecunda virginitas. Ecce concipies in utero et paries filium, angelus praedicavit. Et quomodo fiet istud? Maria respondit. Sed quia hoc credendo, non dubitando respondit, implevit Spiritus Sanctus quod angelus spopondit. Virgo ante conceptum, virgo semper futura post partum, Deum suum prius mente, dehinc ventre concepit. Salutem mundi prima suscepit virgo plena gratia Dei, et ideo vera Mater Filii Dei»:  Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 103-104.
55. «qui pro humani generis redemptione coaeternum tibi coaequalemque Filium angelica annuntiatione, per Mariae Virginis uterum, ad nos voluisti transmittere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95.
56. «atque ante ipsius Filii tui adventum Ioannem dignatus es destinare praeconem, ut per eius veridica in deserto eremi praedicationem, populus paenitens veternorum facinorum acciperet veniam, per novi autem hominis Dei regnum evangelizantis divinae Trinitatis plenam mundus consequi mereretur ineffabilem gratiam»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95.
57. «viam quoque praeparans iudici ac redemptori»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 96.
58. «quem olim credimus incarnatum fuisse pro salute humani generis»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 97.

59. «Illustret vos unigenitus Filius Dei lumine adventum sui, quos redimere non est dedignatus pretio sanguinis proprii»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 98.
60. «In cuius adventu omnis de captivitate redimitur terra, quae detinebatur per transgressionem Adae in obscurata gehenna»; «Per ipsius igitur adventum te deprecamur, omnipotens Deus, ut nostrae carnis fragilitatem a vinculis peccatorum absolvas, et praesenti familiae tuae misericordia plenus occurras»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 102.
61. «qui iam dudum in primo adventu gloriae tuae propter nostra scelera humilis venire dignatus es»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 102-103.
62. «Extollite ad Deum manus vestras et excitate corda, quia ecce iam in proximo est redemptio nostra. Cuius incarnatio nos redemit, cuius processio nativitatis illuminavit, cuiusque etiam praeceptum nos docuit orare semper et dicere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 105.
63. Cf. A. Amato, Jesús es el Señor (Madrid 1998) 155.
64. «Confortentur, quaeso, Domine Iesu Christe, in adventu tuo corda fidelium, tuoque in nomine genua reborentur debilium. Tua visitatione vulnera curentur aegrorum, tuove tactu ocule illuminentur caecorum. Tuo regimine vestigia firmentur claudorum, tuaque miseratione vincula absolvantur peccaminum. Quosque prospicis adventum olim mýstice peractae incarnationes tuae nunc promptissima devotione suscipere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 109-110.
65. «Christe, Dei Filius, cuius incarnatio reparavit mundum, cuiusque nomen angelica est voce denuntiatum; tu offerentium nomina illic ascribe, quo ipse praecessisti in corpore; ut quos adventus primi gratia redemisti, in secundi adventus examinatione nulla exorantur poena supplicii»: Missale Hispano-Mozarabicum. I,o.c., 110-111.
66. «Domine lesu Christe, Deus noster, adventum gloriae tuae et in carne nativitatis mysterium sollemni devotione recolere, nostraeque salutis insignia, quae tantis sunt prolata virtutibus, cum tripudio animi praedicare [...J ut Trinitatem deitatis atque omnipotenti tuae simpliciter credamus et veraciter praedicemus. Tu itaque, clementissime Deus, verae credulitatis in sensibus nostris incrementa multiplica, et imaginis ac similitudinis tuae formam in nobis magis magisque restaura. Ut te, quem dudum venisse credimus pro remediis captivorum, in secundo adventu tuo te in maiestate venturum sustinentes videre mereamur»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 111-112.
67. «quaesumus, ut qui eum iam venisse mundumque redemisse credimus, fatemur et praedicamus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 117.
68. «Christe Domine, in cuius adventu pax est reddita terris, pax collata hominibus bonae voluntatis; concede quaesumus, ut qui per primum adventum ad nos in humanitate veniens, mundum tibi in pace conciliare dignatus es, reconciliatos per te in tua pace praestes iugiter permanere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 118.
69. «Facimus, Domine, Filii tui Domini nostri Iesu Christi commemorationem, quod veniens ad homines, humanam formam assumpsit; quod pro hominibus quos creaverat redimendis passionem crucis est pro hominum salute perpessus; quod superaturus atque conculcaturus debitam mortem nostram, mortem ultro suscepit pro nobis ipse indebitam»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 119.
70. «Hilarescite, quaeso, dilectissimi fratres, et laetabunda sursum attollite corda, quia iam in proximo est redemptio nostra»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 124.
71. «Cuius incarnatio salus facta est mundi, et passio exstitit redemptio hominis procreati. Ipse igitur nos, omnipotens Pater, quaesumus, perducat ad praemium, qui redemit de tenebris infernorum. Ipse carnem nostram a delictis emaculet, qui eam suscepit ex virgine. Ipse nos illaesos tuae restituat maiestati, qui nos tibi per sanguinem suum reconciliavit»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
72. «qui nos et in priori adventu gratia reparavit»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
73. «Veni, Domine, relaxa facinora plebi tuae»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 126.
74. «Venisse te, Domine, pro nostra in terris salute credimus»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 127.
75. «nos primitivi adventus incarnatione redemptos»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 131.
76. «errorum nostrorum miseratus piacula, Unigenitum tuum ob nostrae infirmitatis redemptionem misisti»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 133.
77. «La Didaché, X, 6» en D. Ruiz Bueno (ed.), Padres Padres Apostólicos y Apologistas Griegos (s II) (Madrid 2002) 89.
78. Cf. C. Pozo, Teología del más allá (Madrid 1981) 122-123.

79. «Adventum Domini nostri Iesu Christi, fratres carissimis, votis omnibus praestolantes, Dei Patris omnipotentiam imploremus, ut corda nostra purificet: et corpora immaculata conservet. Det aviditatem fidelium mentibus quaerere fideliter, quod saluti possit prodesse. Expectemus conscientia secura venturum, quem super omnem principatum et potestates credimus exaltatum. Simus etiam per singula momenta solliciti, ut mereamur habere propitium quem credimus et fatemur ad iudicandos nos vivos et mortuos in gloria esse venturum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 93-94.
80«Purifica Domine, Deus Pater omnipotens, pectorum arcana nostrorum, cunctasque propitius maculas ablue peccatorum; ac presta Domine, ut beneficio pietatis tuae nostris criminibus emundati, metuendum terribilemque adventum Domini nostri Iesu Christi filii tui exspectemus interriti; sicque te miserante: hic percipere mereamur omnium veniam delictorum, ut tuum in futuro iudicium nobis sentiamus omnimodo mitissimum, et dexterae tuae participes facti a te mereamur perpetuae vitae percipere praemium, tuumque consequamur invictum infinitum et fortissimum regnum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 94.
81. «Domine Iesu Christe, quem venturum esse credimus iudicem, qui iam dudum in primo adventu gloriae tuae propter nostra scelera humilis venire dignatus es; petimus, ut dum adventus clementiae tuae secundus advenerit, nostra nomina absterso peccato cum sanctis facias praenotari»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 102-103.
82. El P. Pozo afirma que en todas las liturgias menos en la romana ha desaparecido progresivamente la figura de Cristo-Mediador, que llevaba a una comprensión de la parusía llena de esperanza. Como se puede apreciar por los numerosos textos aquí recogidos, esto no se puede aplicar a la liturgia Hispano-mozárabe, que en el Adviento nos invita, casi constantemente, a un encuentro gozoso y esperanzado con el Señor, en su venida gloriosa. Cf. C. Pozo, Teología..., o.c., 126.
83. «in secundum iudicii tui adventum ad te exsultantibus animis pervenire, atque in amenitate paradisi iucundaturos induce. Ut ab aeternis pœnis tua clementia liberati, vitaeque aeterne participes facti, gloria tuae decantent laudis canticum coronati»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 110.
84. «Domine Iesu Christe, qui olim venisti occultus; cum apparueris manifestus assiste propitius liberaturus populum tuum ab impiorum imperio, a criminum iugo»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 110.
85. «ut pacifici te pacis exspectemus auctorem, et in adversis huius mundi te semper custodem habeamus et protectorem. Quatenus tua custodia septi, ita pacis studia certissime diligamus, ut cum in gloria adventus tui aequus retributor adveneris, aeterno potiamur gaudio exsultationis»: Missale Hispano-Mozarabicum. I. o.c., 111.
86. «Veni, Domine, noli tardare; relaxa facinora plebi tuae, conferens omnibus vitae praemium repromissae»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 113.

87. «Quatenus in secundo adventu tuo, dum in maiestate et gloria veneris, facias heredes pacis aeternae quos hic tuae pacis depositum feceris inviolabiliter custodire»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 118.
88. «est sic protegas, sic custodias, sic sanes, sic defendas. sic liberes, ut in illo adventu terribibili, quo iteratim illos venturus est iudicare a quibus et pro quibus est iudicatus, tales inveniat quos redemit, ut in aeternum possideat quos pretio sui sanguinis acquisivit»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 118.
89. «Sollemnia tui adventus mysteria celebrantes, tibi, Christe, Domine, supplices fundimus preces, ut nos primitivi adventus incarnatione redemptos, in secunda tua apparitione glorifices coronandos»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 131.
90. «Adventum Domini nostri Iesu Christi, fratres carissimis, votis omnibus praestolantes, Dei Patris omnipotentiam imploremus, ut corda nostra purificet: et corpora immaculata conservet. Det aviditatem fidelium mentibus quaerere fideliter, quod saluti possit prodesse. Expectemus conscientia secura venturum, quem super omnem principatum et potestates credimus exaltatum. Simus etiam per singula momenta solliciti, ut mereamur habere propitium quem credimus et fatemur ad iudicandos nos vivos et mortuos in gloria esse venturum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 93-94.
91. «Purifica Domine, Deus Pater omnipotens, pectorum arcana nostrorum, cunctasque propitius maculas ablue peccatorum; ac presta Domine, ut beneficio pietatis tuae nostris criminibus emundati, metuendum terribilemque adventum Domini nostri Iesu Christi filii tui exspectemus interriti»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 94.
92. «hos facito in secundum iudicii tui adventum ad te exsultantibus animis pervenire»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 110.
93. «Tu itaque, clementissime Deus, verae credulitatis in sensibus nostros incrementa multiplica, et imaginis ac similitudinis tuae formam in nobis magis magisque restaura. Ut te, quem dudum venisse credimus pro remedis captivorum, in secundo adventu tuo te in maiestate venturum sustinentes videre mereamur, concessa nobis indulgentia peccaminum»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 112.
94. «Veni, Domine, noli tardare; relaxa facinora plebi tuae, conferens omnibus vitae praemium repromissae; ut sicut incarnatione tua olim reparati sumus, ita quoque te ad iudicium venientem placabilem sentiamus. His quoque, te quaesumus, sacrificiis nostris ita sanctificationem tuam infunde, quo ex his sumpturi nullo decidamus in crimine, sed sanctificati tuum, Domine, mereamur adventum impavidi sustinere»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 113.
95. «Prius dilue, rogamus, in nobis omne quod in illa futura examinatione puniturus es»: Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 125.
96. Cf. Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 96.
97. Cf. Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 95, 96, 101-102, 134.
98. Cf. Missale Hispano-Mozarabicum. I, o.c., 120.

 

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