La Ermita. Rito hispano-mozárabe

TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE

Textos propios de la liturgia del Viernes de Parasceve. (Liturgia de la Palabra). Año II

 

Rito Hispano-Mozárabe

Feria VI in Parasceve (1)
Ad nonam pro indulgentia
Annus secundus

Liturgia verbi

 

Viernes de Parasceve
Oficio de nona por la indulgencia
Año II

Liturgia de la Palabra

Viernes Santo. Año II. Liturgia de la Palabra (Paso procesional de Ntro. P. Jesús de las Penas. Hdad. de San Roque, Sevilla)
 

Ad nonam pro indulgentia

Eo vero die, hora nona, signum sonat; et hora legitimæ Nonæ ingrediendum est ad Officium, quando legimus Christum in cruce positum emisisse spiritum. Et discinctis religiosis omnibus, lignum sanctæ Crucis levatur a diacono in patena ad præparatorium, precedendo celebrantem ante Evangelium sine cooperturio. Ingressus in ecclesia fit sub silentio, et mox ut ipsum Lignum positum fuerit super altare, et celebraris cum ministris ascenderint ad sedes, a lectore incipiatur prima lectio (anno primo), vel imponatur a celebrante versus «Popule meus» (anno secundo).

Annus secundus / Año II

Liturgia verbi / Liturgia de la Palabra

Omnes stantes, celebrans dicit vel cantat primum versum sequentis responsi. Estando todos de pie, el celebrante dice o canta el primer verso del siguiente responso.
Responsus / Responso Miq 6,1-8

Pópule meus, quid feci tibi? Aut in quo contristávi te? Respónde mihi. Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Audíte, quæ Dóminus lóquitur; surge et conténde iudícium advérsus montes, et áudiant colles vocem tuam.
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Audíte, montes, iudícium Dómini, et fórtia fundaménta terræ; quia iudícium Dómini cum pópulo suo et cum ísrael altercábitur dicens:
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Pópule meus, quid feci tibi? Aut in quo te contristávi, aut in quo tibi moléstus fui. Respónde mihi. Quia edúxi te de terra ægýpti, et de domo servitútis liberávi te, et misi ante fáciem tuam Móysen, áaron et Maríam.
R/.
Parásti crucem mihi.

V/. Pópule meus, meménto, quæso, quid cogitáverit Bálaac, rex Moab, aut quid respónderit ei Bálaam, filius Beor, de Settim usque ad Gálgala, ut cognósceres iustítias Dómini.
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Quid dignum ófferam Dómino? Curvábo génua mea Deo excélso.
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Numquid ófferam ei holocaustómata, aut vítulos annículos? Numquid placári póterit Dóminus in mílibus aríetum, aut in multis mílibus hircórum pínguium?
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Numquid dabo primogénitum meum pro scélere meo, fructum ventris mei pro peccáto ánimæ meæ?
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

V/. Indicábo tibi, o homo, quid sit bonum, aut quid Dóminus quærat a te: útique fácere iudícium, et dilígere misericórdiam, et sollícitum ambuláre cum Deo tuo.
R/.
Quia edúxi te de terra ægýpti parásti crucem mihi.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme. Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. Escuchad ahora lo que dice el Señor: «¡Levántate, pleitea ante las montañas y oigan las colinas tu voz!».
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. Escuchad, montes, el pleito del Señor, prestad oído, cimientos de la tierra, pues el Señor pleitea con su pueblo, entra en juicio contra Israel.
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme. Yo te saqué de Egipto, de la casa de esclavitud te rescaté y mandé a tu frente a Moisés, Aarón y María.
R/.
Tu preparaste una cruz para mí.

V/. ¿Pueblo mío, recuerda lo que tramaba contra ti Balac, rey de Moab, y lo que contestó Balaán, hijo de Beor. Acuérdate de Sitín y de Guilgal, para que conozcas las obras justas del Señor.
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. ¿Con qué me presentaré al Señor, me postraré ante el Dios del cielo?
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. ¿Me presentaré con holocaustos, con terneros primales? ¿Aceptará el Señor miles de carneros y millones de ríos de aceite?
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. ¿Ofreceré mi primogénito por mi delito, el fruto de mis entrañas por mi propio pecado?
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

V/. Se te ha dado a conocer, oh hombre, lo que es bueno, lo que el Señor exige de ti. Es esto: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios.
R/.
Yo te saqué de Egipto y tú preparaste una cruz para mí.

 

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Finito responso, omnes sedent et lector legit Prophetiam. Finalizado el  responso todos se sientan y el lector lee la Profecía.
Prophetia / Profecía Is 52,13-53,12
Léctio libri Isaíæ
R/. Deo gratias.
Lectura del libro de Isaías.
R/. Demos gracias a Dios.

Hæc dicit Dóminus:

Ecce próspere aget servus meus; exaltábitur et elevábitur et sublímis erit valde. Sicut obstupuérunt super eum multi, sic defórmis erat, quasi non esset hóminis spécies eius, filiórum hóminis aspéctus eius, sic dispérget gentes multas. Super ipsum continébunt reges os suum, quia, quæ non sunt narráta eis, vidérunt et, quæ non audiérunt, contempláti sunt.

«Quis crédidit audítui nostro, et bráchium Dómini cui revelátum est? Et ascéndit sicut virgúltum coram eo et sicut radix de terra sitiénti. Non erat spécies ei neque decor, ut aspicerémus eum, et non erat aspéctus, ut desiderarémus eum. Despéctus erat et novíssimus virórum, vir dólorum et sciens infirmitátem, et quasi abscondebámus vultum coram eo; despéctus, unde nec reputabámus eum.

Vere languóres nostros ipse tulit et dolóres nostros ipse portávit; et nos putávimus eum quasi plagátum, percússum a Deo et humiliátum. Ipse autem vulnerátus est propter iniquitátes nostras, attrítus est propter scélera nostra; disciplína pacis nostræ super eum, et livóre eius sanáti sumus. Omnes nos quasi oves erravimus, unusquísque in viam suam declinávit;
et pósuit Dóminus in eo iniquitátem ómnium nostrum».

Afflíctus est et ipse subiécit se et non apéruit os suum; sicut agnus, qui ad occisiónem dúcitur, et quasi ovis, quæ coram tondéntibus se obmútuit et non apéruit os suum. Angústia et iudício sublátus est. De generatióne eius quis curábit? Quia abscíssus est de terra vivéntium; propter scelus pópuli mei percússus est ad mortem. Et posuérunt sepúlcrum eius cum ímpiis, cum divítibus túmulum eius, eo quod iniquitátem non fécerit, neque dolus fúerit in ore eius. Et Dóminus vóluit contérere eum infirmitáte.

Si posúerit in piáculum ánimam suam, vidébit semen longævum, et volúntas Dómini in manu eius prosperábitur. Propter labórem ánimæ eius vidébit lucem, saturábitur in sciéntia sua. Iustificábit iustus servus meus multos et iniquitátes eorum ipse portábit. Ídeo despértiam ei multos, et cum fórtibus dívidet spólia, pro eo quod trádidit in mortem ánimam suam et cum scelerátis reputátus est; et ipse peccátum multórum tulit et pro transgressóribus rogat.

R/. Amen

Esto dice el Señor:

He aquí que mi siervo prosperará, se elevará, crecerá y será magnífico. Y si muchos se habían horrorizado al verlo -tan desfigurado estaba su semblante que no tenía ya aspecto de hombre-, muchos pueblos se llenarán de asombro; a su vista los reyes cerrarán la boca, porque verán un suceso no contado jamás y contemplarán algo inaudito.

¿Quién creerá lo que oímos decir? ¿A quién se ha manifestado el poder del Señor? Creció ante él como un pimpollo, como raíz en tierra seca. Sin gracia ni belleza para atraer la mirada, sin aspecto digno de complacencia. Despreciado, desecho de la humanidad, hombre de dolores, avezado al sufrimiento, como uno ante el cual se oculta el rostro, era despreciado y desestimado.

Con todo, eran nuestros sufrimientos los que llevaba, nuestros dolores los que le pesaban, mientras nosotros le creíamos azotado, herido por Dios y humillado. Ha sido traspasado por nuestros pecados, triturado por nuestras iniquidades; el castigo, precio de nuestra paz, cae sobre él, y a causa de sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros, como ovejas, andábamos errantes; cada cual siguiendo su propio camino. Y el Señor ha hecho recaer sobre él la perversidad de todos nosotros.

Era maltratado, y no se resistía ni abría su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante sus esquiladores, no abría la boca. Con violencia e injusticia fue apresado; de su causa, ¿quién se cuida? Fue arrancado de la tierra de los vivos, herido de muerte por los pecados de mi pueblo. Se le preparó una tumba entre los criminales, en su muerte se le juntó con malhechores, siendo así que él jamás cometió injusticia ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor quiso destrozarlo con padecimientos.

Si él ofrece su vida por el pecado, verá descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá gracias a él. Después de las penas de su alma, verá la luz y quedará colmado. Por sus sufrimientos mi siervo justificará a muchos y cargará sobre sí las iniquidades de ellos. Por eso le daré en herencia multitudes, y gente innumerable recibirá como botín, pues se entregó indefenso a la muerte y fue contado entre los malhechores, él, que llevaba los pecados de muchos e intercedía por los malhechores.

R/. Amén

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Finita prophetia, dicit hunc psalmun psalmista, tacentibus omnibus: Finalizada la Profecía, el salmista dice este salmo, permaneciendo todos en silencio:
Psallendum / Salmo de meditación Sal 21,2-3.7-9.13-19;
68,22; 21,20-23

Deus, Deus meus, réspice in me; quare me dereliquísti? Deus meus, clmábo per diem, nex exáudies; in nocte, et non ad insipiéntiam mihi.

Ego autem sum vermis, et non homo; oppróbrium hóminum et abiéctio plebis.

Omnes, qui vidébant me subsanábant me; locúti sunt lábiis et movérunt caput.

Sperávit in Domino, erípiat eum; salvum fáciat eum, quóniam vult eum.

Circumdedérunt me vítuli multi, tauri pingues obsedérunt me.

Aperuérunt in me os suum, sicut leo rápiens et rúgiens; sicut aqua effúsa sunt et dispérsa sunt ómnia ossa mea.

Factum est cor meum tamquam cera, liquefíens in médio ventris mei.

Exáurit velut testa virtus mea, adhæsit fáucibus meis, et in púlverem mortis deduxérunt me.

Fodérunt manus meas et pedes meos, dinumeravérunt ómnia ossa mea.

Divisérunt vestiménta mea et super vestem meam misérunt sortem.

Dedérunt in escam meam fel, et in siti mea potavérunt me acéto.

Tu autem, Dómine, ne elónges auxílium tuum a me, ad defensiónem meam réspice.

éripe a frámea ánimam meam, et de manu canis únicam meam.

Líbera me de ore leónis et a córnibus unicórnium humilitátem meam.

Narrábo nomem tuum frátribus meis, in medio ecclésiæ laudábo te.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, no acudes a salvarme; Dios mío, de día te llamo y tú no me respondes, de noche, y tú no me haces caso.

Mas yo soy un gusano, que no un hombre, vergüenza de los hombres, escarnio de la plebe.

Todos los que me ven hacen burla de mí, retuercen la boca, menean la cabeza:

«Confió en el Señor, pues que él lo libre; que lo salve, si de verdad lo quiere».

Toros innumerables me acorralan, me acosan los toros de Basán.

Ávidos abren contra mí sus fauces, cual leones que rugen y desgarran. Siento que me disuelvo como el agua, todos mis huesos se dislocan.

Mi corazón se ha vuelto como cera, se me deshace dentro de mi pecho.

Mi garganta está seca lo mismo que cascajo, mi lengua se me pega al paladar; me has hundido en el polvo de la muerte.

Taladran mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos.

Se reparten mi ropa y se sortean mi túnica.

Pusieron veneno en mi comida, cuando tenía sed me dieron a beber vinagre.

Mas tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo en mi auxilio.

Libra mi vida de la espada, no dejes que me desgarren esos perros.

Sálvame de las fauces del león, mi pobre vida de los cuernos del búfalo.

Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré.

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Expleto Psallendo, lector legit Apostolum. Terminado el Psallendum, el lector lee el Apóstol.
Apostolus / Apóstol 1Cor 1,23; 5,7; Gal 1,4; 2,19-21; 3,1;  Rom 5,6; ... (2)
Ex Epístolis Pauli apóstoli.
R/.
Deo gratias.
De las epístolas del apóstol Pablo.
R/. Demos gracias a Dios.

Fratres:

Prædicámus vobis Iesum Christum, et hunc crucifíxum, Iudæis quidem scándalum, gentibus vero stultítiam. Nam Pascha nostrum immolátus est Christus.

Ipse enim trádidit semetípsum pro peccátis nostris, ut eríperet nos de præsénti sæculo nequam, secúndum voluntátem Dei et Patris nostri.

Nam et ego, per legem legi mórtuus sum, ut Deo vivam: Christo confíxus sum cruci. Vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus. Quod autem vivo in carne, in fide vivo Fílii Dei, qui deléxit me, et trádidit semetípsum pro me. Non abício grátiam Dei. Si enim per legem iustítia, ergo Christus gratis mórtuus est.

O stulti Gálatæ, quis vos fascinávit veritáti non obœdíre, ante quorum óculos Christus Iesus præscríptus et crucifíxus est?

Ipse enim Deus noster, cum adhuc infírmi essémus, secúndum tempus pro ímpiis mórtuus est, iustus pro iniústis, ut nos offérret Deo, mortificátos quidem carne, vivificátos autem spíritu.

An ignorátis, fratres, quia quicúmque baptizáti sumus in Christo Iesu, in morte ipsíus baptizáti sumus? Consepúlti per ipsum in morte destrúeret hunc, qui habébat mortis impérium, id est, diábolum, et liberáret eos, qui per totam vitam obnóxii erant servitúti.

Christus nos redémit a maledícto legis, factus pro nobis maledíctus; quia scriptum est: «Maledíctus omnis, qui pepéndit in ligno»; ut in géntibus benedíctio fíeret ábrahæ, ut beneditiónem Spíritus accipiámus per fidem; qui semetípsum exinanívit formam servi accípiens, in similitúdinem hóminis factus, et hábitu invéntus ut homo. Humiliávit se usque ad mortem, mortem autem crucis. Delens quod advérsum nos erat chirógraphum decréti, tulítque illud affígens cruci, spólians principátus et potestátes; transdúxit confidénter triúmphos in semetípsum. Christum autem véniens póntifex futurórum ómnium bonórum, per ámplius et perféctius tabernáculum non manufáctum, non huius creatúræ, neque per sánguinem hircórum et taurórum, sed per próprium sánguinem, introívit in sanctam redemptónem invéntam. Si ergo sanguis hircórum et taurórum et cinis vítulæ aspérsus coinquinátos sanctíficat ad emundatiónem carnis, quanto magis sanguis Christi Iesu, qui mundávit consciéntias nostras ad serviéndum. Deo vivo et vero. Ubi enim testaméntum, mors necésse est ut incédat testatóris. Testaméntum enim in mórtuis confirmátum est; alióquin non valet, dum vivit qui testátur. Unde nec primum quidem sine sánguine dedicátum est. Lecto enim mandáto univérso in pópulo, tunc Móyses accípiens sánguinem taurórum et hircórum cum aqua, et lana coccínea, et hyssópo, ipsúmque librum omni pópulo aspérgit dicens: «Hic est sanguis novi et ætérni testaménti, quem mandávit ad vos Deus».

In hoc enim vocáti estis, quia Christus Iesus pro vobis passus est, relínquens vobis exémplum ut sequámini vestígia pedum eius.

Qui peccátum non fecit, nec invéntus est dolus in lingua eius, qui cum maledicerétur non remaledicébat, qui cum paterétur non comminabátur, commendábat autem se iúdici iudicánti iniúste; qui peccáta nostra portávit in córpore suo super lignum, ut a peccátis nostris separáti cum iustítia vivamus, qui sicut oves errabámus, cuius vúlnere sanáti sumus. Nunc vero convertímini ad pastórem et visitatórem animárum vestrárum.

R/. Amen.

Hermanos:

Nosotros os anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos. Porque Cristo, nuestro cordero pascual, ya ha sido inmolado.

Se entregó a sí mismo por nuestros pecados para sacarnos de este mundo perverso, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre.

Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente la vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No rechazo la gracia de Dios; pues si la justicia se obtiene por la ley, entonces Cristo murió inútilmente.

¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentada la figura de Jesucristo crucificado?

Pues Cristo, cuando aún éramos nosotros débiles, en el tiempo ya establecido, murió por los malvados, el justo por los injustos, con el fin de llevarnos a Dios. Sufrió la muerte corporal, pero fue devuelto a la vida espiritual.

¿No sabéis, hermanos, que, al quedar unidos a Cristo mediante el bautismo, hemos quedado unidos a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos, para reducir a la impotencia mediante la muerte a aquel que tiene el imperio de la muerte, es decir, al diablo, y libertar a todos aquellos que estaban sometidos durante toda su vida a la esclavitud.

Cristo nos liberó de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros, como dice la Escritura: «Maldito el que está colgado en un madero», para que la bendición de Abrahán hecha en Cristo Jesús se extendiese a todas las naciones, a fin de que, mediante la fe, recibiésemos el Espíritu prometido; porque se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Ha destruido el acta que había contra nosotros clavándola en la cruz; y destituyó a los principados y a las potestades, y los expuso a la pública irrisión, triunfando de ellos en la cruz. Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes venideros, a través de un tabernáculo más santo y más perfecto, no hecho por mano de hombre, es decir, no de esta creación, y entró de una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos y de becerros, sino con su propia sangre. Pues si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y la ceniza de la vaca, con las que se asperja a aquellos que están manchados los santifica procurándoles la pureza del cuerpo, ¿cuánto más la sangre de Cristo Jesús, purificará nuestra conciencia de sus obras muertas, para servir a Dios vivo? Porque donde hay testamento, es necesario que sea constatada la muerte del testador. Un testamento no es válido sino en caso de muerte, porque no entra en vigor mientras vive el testador. Por eso ni siquiera la primera alianza fue inaugurada sin derramamiento de sangre. En efecto, Moisés, después de haber promulgado ante el pueblo todos los mandamientos según estaban escritos en la ley, tomó la sangre de machos cabríos y de becerros, con agua, lana, escarlata y el hisopo, y roció con ella el libro mismo y a todo el pueblo,  diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que Dios ha establecido para vosotros».

Ésta es vuestra vocación, pues también Cristo sufrió por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.

Él, en quien no hubo pecado y en cuyos labios no se encontró engaño; él, que, siendo ultrajado, no respondía con ultrajes; siendo maltratado, no amenazaba, sino que se ponía en manos del que juzga con justicia; él, que llevó en su propio cuerpo nuestros pecados sobre la cruz, para que, muertos para el pecado vivamos para la justicia: por sus heridas hemos sido curados. Pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

R/. Amén.

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Diaconus vel presbyter vel ipse præsidens legit partem secundam passionis. El diácono o el presbítero o el que preside lee la segunda parte de la pasión.
Evangelium / Evangelio Mt 27,1-11; Jn 18,34-37.28-32; ... (3)
Séquitur pássio Dómini nostri Iesu Christi.
R/. Glória tibi Dómine.
Continuación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
R/. Gloria a ti, Señor.

In illo tempore:

Consílium iniérunt omnes príncipes sacerdótum et senióres pópuli advérsus Dóminum Iesum, ut eum morti tradérent. Et vinctum adduxérunt eum et tradidérunt Póntio Piláto præsidi.

Tunc videns Iudas, qui eum trádidit, quod damnátus esset, pæniténtia ductus, rétulit trigínta argénteos princípibus sacerdótum et senióribus dicens: «Peccávi tradens sánguinem iustum».

At illi dixérunt: «Quid ad nos? Tu vidéris». Et proiéctis argénteis in templo, ábiit et láqueo se suspéndit.

Prínceps autem sacerdótum, accéptis argénteis, dixit: «Non licet míttere eos in córbanam, quóniam prétium sánguinis est». Consílio autem ínito, emérunt ex eis agrum fíguli in sepultúram peregrinórum. Propter hoc vocátus est ager ille lingua eórum Hacéldama, id est, ager sánguinis, usque in hodiérnum diem.

Tunc implétum est, quod dictum est a Dómino per Ierémiam prophétam dicéntem: «Accepérunt trigínta argénteos, prétium appretiáti, quod appretiavérunt a fílii ísrael, et dedérunt eos in agrum fíguli, sicut constítuit mihi Dóminus».

Iesus autem stetit ante præsidem, et interrogávit eum præses dicens: «Tu es rex Iudæórum?»

Respóndit Iesus: «A temetípso hoc dicis, an álii dixérunt tibi de me?»

Respóndit Pilátus: «Numquid ego Iudæus sum? Gens tua et pontífices tui tradidérunt te mihi; quid fecísti?»

Respóndit Iesus: «Regnum meum non est de hoc mundo. Si de hoc mundo esset regnum meum, minístri mei útique certárent ut non tráderer Iudæis; nunc autem regnum meum non est hinc»:

Dixit ítaque ei Pilátus: «Ergo rex es tu?»

Respóndit Iesus: «Tu dicis quia rex sum. Ego in hoc natus sum, et ad hoc veni in hunc mundum».

Adduxérunt ergo Iesum a Cáipha in prætórium. Erat autem mane, et ipsi non introiérunt in prætórium. ne contaminaréntur, sed ut manducárent Pascha.

Exívit ergo Pilátus ad eos foras, et dixit ad eos: «Quam accusatiónem affértis advérsus hóminem hunc?»

Respondérunt, et dixérunt ei: «Hic, si non esset malefáctor, non tibi eum traderémus».

Dixit eis Pilátus: «Accípite eum vos, et secúndum legem vestram iudicáte».

Dixérunt Iudæi: «Nobis non licet interfícere quemquam». Ut sermo Iesu implerétur, quem dixit, signíficans qua morte esset moritúrus.

Dicit eis Pilátus: «Accípite eum vos, et crucifígite: ego enim nullam invénio in eo causam».

Respondérunt Iudæi: «Nos legem habémus, et secúndum legem debet mori, quia Fílium Dei se fecit».

Cum audísset ergo Pilátus hos sermónes, magis tímuit. Et ingréssus prætórium íterum, dixit ad Iesum: «Unde es tu?».

Iesus autem respónsum non dedit ei. Dixit Pilátus: «Mihi non loquéris? Nescis quia potestátem hábeo crucifígere te, et potestátem hábeo dimíttere te?»

Respóndit Iesus: «Non habéres in me potestátem ullam, nisi tibi data esset desúper. Proptérea qui me trádidit tibi, magis peccátum habet».

Exínde Pilátus volébat dimíttere eum. Iudæi autem clamábant dicéntes: «Si hunc dimíttis, non es amícus Cæsaris. Omnis enim qui se regem facit, contradícit Cæsari». Pilátus autem cum audísset hos sermónes, magis tímuit, et addúxit foras Iesum. Et sedens pro tribunáli, interrogávit eum præses, dicens: «Tu es rex Iudæórum?»

Dicit illi Iesus: «Tu dicis». Dum accusarétur a princípibus sacerdótum et senióribus, nihil respóndit.

Dicit ei Pilatus: «Non audis quanta advérsus te dicunt testimónia?» Iesus autem non respóndit ei ullum verbum, ita ut mirarétur præses veheménter.

Per diem autem sollémnem consuéverat præses dimíttere pópulo unum vinctum, quem voluíssent. Habébant autem tunc vinctum insígnem, qui dicebátur Barábbas, qui erat propter seditiónem quandam in civitáte et homicídium missus in cárcere. Pilátus autem dicit eis: «Vultis dimíttam vobis regem Iudæórum?» Sciébat enim quod per invídiam tradidíssent eum summi sacerdótes.

Sedénte autem illo pro tribunáli, misit ad eum uxor eius, dicens: «Nihil tibi et illi iusto; multa enim passa sum hódie per visum noctis propter eum».

Príncipes autem sacerdótum et senióres persuasérunt pópulis ut péterent Barábbam, Iesum vero pérderent.

Respóndens autem præses, ait illis: «Quem vultis de duóbus dimíttam vobis?».

At illi dixérunt: «Barábbam».

Dicit illis Pilátus: «Quid ígitur fáciam de Iesus, qui dicítur Christus?».

Dicunt omnes: «Crucifigátur». Ait illis præses: «Quid enim mali fecit?».

At illi multo magis clamábant, dicéntes: «Crucifigátur».

Dixit ítaque illis Pilátus: «Regem vestrum crucifígam?».

Respondérunt pontífices: «Nos non habémus regem, nisi Cæsarem».

íterum Pilátus locútus est ad illos, volens dimíttere Iesum. At illi multo magis clamábant, dicéntes: «Crucifíge, crucifíge eum».

Videns autem Pilátus quia nihil profíceret, sed magis tumúltus fíeret in pópulo, accépit aquam, lavit manus suas coram pópulo dicens: «ínnocens ego sum a sánguine huius iusti; vos vidéritis».

Et respóndens omnia pópulus, dixit: «Sanguis huius super nos, et super fílios nostros». Tunc dimísit illis Barábbam; Iesum vero flagéllis cæsum trádidit eis ut eum crucifígerent.

Tunc mílites præsidis suscipiéntes Iesum in prætório, congregavérunt ad eum univérsam cohórtem; et exuéntes eum, clámydem coccíneam circumdedérunt ei, et plecténtes corónam de spinis, posuérunt super caput eius, et arúndinem in déxtera eius. Et genu flexo ante eum, illudébant ei, dicéntes: «Ave, rex Iudæórum». Et exspuéntes in eum, accepérunt arúndinem, et percutiébant caput eius. Et postquam illuxérunt ei, exuérunt eum clámyde, et induérunt eum vestiménto eius et duxérunt ut cruci eum affígerent.

Exeúntes autem invenérunt hóminem cyrenénses, nómine Simónem; hunc angariavérunt, ut tólleret crucem eius.

Sequebátur autem illum turba multa pópuli et mulíerum, quæ plangébant et lamentábant eum. Et convérsus Iesus ait: «Fíliæ Ierúsalem, nolíte flere super me, sed super vosmetípsas flete et super fílios vestros. Quóniam ecce vénient dies quibus dicent: Beátæ stériles quæ non genuérunt, et úbera, quæ non lactavérunt. Tunc incípient dícere móntibus: Cádite super nos; et cóllibus: Coopérite nos. Quia si in víridi ligno hæc fáciunt, in árido quid fiet?».

Et venérunt in locum, qui dícitur Gólgotha, quod est calvariæ locus. Et dedérunt ei acétum cum felle mixtum. Et cum gustásset, nóluit bíbere; ut implerétur quod dictum est per prophétam: «Et dedérunt in esca mea fel, et in siti mea potavérunt me acéto». Iesus autem dicébat: «Pater dimítte illis; non enim sciunt quid fáciunt».

Scripsit autem títulum Pilátus, et pósuit super crucem eius. Erat autem scríptum: «Iesus Nazarénus, Rex Iudæórum». Hunc títulum multi legérunt Iudæórum, quia prope civitátem erat locus, ubi crucifíxus est Iesus. Erat autem scriptum hebráice, et latíne.

Dicébant ergo Piláto pontífices Iudæórum: «Noli scríbere: Rex Iudæórum; sed quia ipse dixit: Rex sum Iudæórum».

Respóndit Pilatus: «Quod scripsi, scripsi».

Mílites vero cum crucifixíssent eum, accepérunt sibi vestiménta eius (et fecérunt quáttuor partes: unicuíque míliti partem). Erat autem túnica inconsútilis, désuper contexta per totum. Dicébant ergo ad ínvicem: «Non scindámus illam, sed sortiámur de illa, cuius sit». Ut adimplerétur Scriptúra, quæ dixit: «Divisérunt sibi vestiménta mea, et super vestem meam misérunt sortem». Et mílites quidem hæc fecérunt, et sedéntes servábant eum.

Tunc crucifixérunt cum eo duos latrónes, unum ada déxteram, et álium ad sinístram. Prætereúntes autem blasphemábant eum et movéntes cápita sua, et dicéntes: «Vah, qui déstruis templum Dei, et in tríduo rædíficas illud, salva temetípsum; si Fílius Dei es, descénde de cruce».

Simíliter et príncipes sacerdótum illudéntes eum cum scribis et senióribus dicébant: «álios salvos fecit, seípsum salvum fácere non potest; si rex ísrael est, descéndat nunc de cruce, et crédimus ei. Confídit in Dómino, líberet eum, si vult; dixit enim: quia Fílius Dei sum».

Unus autem de his qui pendébant, latrónibus, blasphemábat eum, dicens: «Si tu es Christus, salva temetípsum et nos».

Respóndit autem álius increpábat eum, dicens: «Neque tu times Deum, cum in eádem damnatióne es? Nos quidem iniúste égimus, nam digna factis recípimus; hic vero nihil mali fecit». Et dicébat ad Iesum: «Dómine, meménto mei, cum véneris in regnum tuum».

Et dixit illi Iesus: «Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradíso».

A sexta autem hora, ténebræ factæ sunt in univérsam terram usque ad horam nonam. Et circa horam nonam clamávit Iesus voce magna: «Eli, Eli, léma sabactháni?» Hoc est: «Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?» Quidam autem illic astántes, et audiéntes, dicébant: «Elíam vocat iste». Et contínuo cucúrrit unus ex his, accéptam spóngiam implévit acéto, et impósuit arúndini, et dabat ei bíbere. Cæteri dicébant: «Sine, videámus an véniat Elias liberáre eum».

Et clamávit Iesus íterum voce magna dicens: «Pater mi, in manus tuas comméndo spíritum meum». Et hæc dicens, emísit spíritum.

Et ecce velum templi scissum est in duas partes a summo usque deórsum; et terra mota est, et petræ scissæ sunt, et monuménta apérta sunt, et multa córpora sanctórum, qui dormíerant, resurrexérunt. Et exeúntes de monuméntis post resurrectiónem eius, venérunt in sanctam civitátem, et apparuérunt multis. Centúrio autem, et qui cum eo erant, custodiéntes Iesum, viso terræmótu et his quæ fiébant, timuérunt valde, dicéntes: «Vere Dei Fílius erat iste».

Iudæi ergo (quóniam Parascéve erat) ne remanérent in cruce córpora sábbato (erat enim magnus dies ille sábbati) rogavérunt Pilátum ut frageréntur eórum crura, et tolleréntur. Venérunt ergo mílites; et primi quidem fregérunt crura, et altérius, qui crucifíxus est cum eo; ad Iesum autem cum veníssent, ut vidérunt eum iam mórtuum, non fregérunt eius crura, sed unus mílitum láncea latus eius apéruit, et contínuo exívit sanguis et aqua.

Et qui vidit, testimónium perhíbuit, et verum est testimónium eius. Et ille scit quia vera dicit, ut et vos credátis. Facta sunt enim hæc ómnia ut Scriptúra implerétur, quæ dicit: «Os non comminuétis ex eo». Et íterum ália Scriptúra dicit: «Vidébunt in quem transfixérunt».

Cum sero autem factum fuísset, venit quidam homo dives ab Arimathæa, nómine Ioseph, qui et ipse discípulus erat Iesu. Hic accéssit ad Pilátum, petens corpus Iesu. Tunc Pilátus iussit reddi corpus. Et accépto córpore, Ioseph invólvit illud in síndone munda. Et pósuit illud in monuménto suo novo, quod excíderant in petra. Et invólvit saxum magnum ad óstium monuménti, et ábiit.

Erat autem ibi María Magdaléne, et ália María, sedéntes contra sepúlcrum.

áltera autem die post Parascévem, convenérunt príncipes sacerdótum et pharisæi ad Pilátum, dicéntes: «Dómine, recordáti sumus, quia sedúctor ille dixit adhuc vivens: "Post tres dies resúrgam". Iube ergo custodíre sepúlcrum usque ad diem tértium, ne forte véniant discípuli eius, et furéntur eum, et dicant plebi: "Surréxit a mórtuis", et erit novíssimus error peior prióre».

Ait illis Pilátus: «Habétis custódiam, ite custodíte sicut scitis». Illi autem abeúntes, muniérunt sepúlcrum, signántes lápidem, cum custódibus.

R/. Amen.

En aquel tiempo:

Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo decidieron condenar a muerte a Jesús. Lo ataron y lo llevaron al gobernador Poncio Pilato.

 Judas, el traidor, al ver que Jesús había sido condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los  sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado entregando sangre inocente».

Ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Tú verás!». Tiró en el templo las monedas, fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes recogieron las monedas de plata y dijeron: «No es lícito echarlas en el tesoro del templo, porque son precio de sangre». Decidieron comprar con  ellas el «campo del Alfarero» para sepultura de los extranjeros. Por eso aquel campo se llamó «campo de sangre» hasta el día de hoy.

Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta Jeremías: «Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien  pusieron precio los israelitas, y las dieron por el campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor».

Jesús compareció ante el gobernador, quien le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».

Jesús respondió: «¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato respondió: «¿Soy yo acaso judío?. Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»

Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis súbditos lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?»

Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Yo para eso nací y para eso he venido al mundo».

De casa de Caifás llevaron a Jesús al palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contaminarse y poder comer la cena de la Pascua.

Pilato salió fuera y les dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?».

Le respondieron: «Si no fuera un criminal, no te lo hubiéramos entregado».

Pilato les dijo: «Pues tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».

Los judíos replicaron: «A nosotros no se nos permite condenar a muerte a nadie». Para que se  cumpliera la palabra que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Pilato les dijo: «Tomadlo vosotros y crucificadlo, pues yo no encuentro culpa en él».

Los judíos respondieron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se hace hijo de Dios».

Pilato, al oír estas palabras, tuvo miedo. Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?».

Pero Jesús no le contestó. Pilato le dijo: «¿Por qué no me contestas? ¿No sabes que puedo darte la libertad o crucificarte?».

Jesús le respondió: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubiera dado Dios; por eso, el que me ha entregado a ti es más culpable que tú».

Desde entonces Pilato buscaba la manera de dejarlo en libertad. Pero los judíos gritaban: «Si lo dejas en libertad, no eres amigo del césar; todo el que se hace rey va contra el césar». Pilato, al oír estas palabras, tuvo aún más miedo, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».

Jesús respondió: «Tú lo dices». Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos.

Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?». Pero él no le respondió nada, hasta el punto de que el gobernador se quedó muy extrañado.

Con motivo de la fiesta, el gobernador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás, que había sido encarcelado por una revuelta ocurrida en la ciudad y por un homicidio. Pilato les dijo: «¿Queréis que os ponga en libertad al rey de los judíos?». Pilato  sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

Estando en el tribunal, su mujer mandó a decirle: «No resuelvas nada contra ese justo, porque he sufrido mucho hoy en sueños por causa de él».

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

Y al decirles el gobernador: «¿A quién de los dos queréis que os suelte?», ellos respondieron: «A Barrabás».

Pilato les dijo: «¿Qué haré entonces con Jesús, a quien llaman el mesías?».

Todos dijeron: «¡Que lo crucifiquen!». Él replicó: «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

Ellos gritaron más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!» Dijo Pilato: «¿Voy a crucificar a vuestro rey?».

Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos más rey que el césar».

De nuevo Pilato les habló, pues quería dejar en libertad a Jesús. Pero ellos  gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

Viendo Pilato que nada conseguía, sino que aumentaba el alboroto, mandó que le trajeran agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Vosotros veréis!».

Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces puso en libertad a Barrabás y les entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado.

Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo desnudaron, le vistieron una túnica de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y,  arrodillándose delante, se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!». Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y le obligaron a llevar la cruz.

Lo seguía mucha gente del pueblo y mujeres, que se daban golpes de pecho y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque vienen días en los que se dirá: Dichosas las estériles, los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han amamantado. Entonces comenzarán a decir a las montañas: Caed sobre nosotros, y a los collados: Sepultadnos; porque si esto hacen al leño verde, ¿qué no harán al seco?».

Al llegar a un lugar llamado Gólgota (que significa la Calavera) dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero él lo probó y no lo quiso beber; para que se  cumpliera lo que había dicho el profeta: «Pusieron veneno en mi comida, cuando tenía sed me dieron a beber vinagre». Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Pilato, por su parte, escribió y puso sobre la cruz este rótulo: «Jesús Nazareno, el  rey de los judíos». Muchos judíos leyeron la inscripción, porque donde Jesús fue crucificado era un sitio cercano a la ciudad; y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego.

Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas "El rey de los judíos", sino que él dijo: "Soy rey de los judíos"».

Pilato respondió: «Lo que he escrito, escrito está».

Los soldados, después de crucificar a Jesús, se repartieron la ropa en cuatro partes, una para cada uno. Dejaron aparte la túnica, tejida de una pieza de arriba abajo sin costura alguna. Por eso se dijeron: «No debemos partirla; echémosla a suertes a ver a
quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se repartieron mis vestidos y  echaron a suertes mi túnica». Es cabalmente lo que hicieron los soldados, y se sentaron allí para custodiarlo.

Con él crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban por allí le insultaban moviendo la cabeza y diciendo: «¡Tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!».

Del mismo modo, los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos se burlaban de él y decían: «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. ¡Es rey de Israel! ¡Que baje de la cruz y creeremos en él! Confiaba en Dios. Que lo libre ahora, si es que lo ama, puesto que ha dicho: Soy Hijo de Dios».

Uno de los criminales crucificados le insultaba diciendo: «¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro le reprendió diciendo: «¿Ni siquiera temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos aquí en justicia, porque recibimos lo que merecen nuestras fechorías; pero éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey».

Y Jesús le contestó: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso».

Desde el mediodía se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. Hacia las tres de la tarde Jesús gritó con fuerte voz: «Elí, Elí, lemá sabactani?» (que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).  Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «¡Éste llama a Elías!». En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja, la empapó en  vinagre, la puso en una caña y le dio de beber. Los otros decían: «¡Deja! A ver si viene Elías a salvarlo».

Y Jesús, con fuerte voz, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Dijo esto y expiró.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las  piedras se resquebrajaron; se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que estaban muertos resucitaron y, saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión, por su parte, y los que con él estaban custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, tuvieron mucho miedo y decían: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».

Como era la víspera de la pascua, para que no quedaran los cuerpos en la cruz el sábado -pues era un día muy solemne-, los judíos rogaron a Pilato que se les quebraran las piernas y los quitaran. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Al llegar a Jesús y verlo muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al punto salió sangre y agua.

El que lo ha visto da testimonio de ello, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis. Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán hueso alguno». Y también otra Escritura que dice: «Verán al que traspasaron».

Al caer la tarde, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato, le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato mandó que se lo dieran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en su propio sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca. Hizo rodar una losa grande para cerrar la puerta del sepulcro y se fue.

Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.

Al otro día, el siguiente a la preparación de la pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que ese seductor dijo cuando aún vivía: "A los tres días resucitaré". Manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos", y el último engaño sea peor que el primero».

Pilato les dijo: «Tenéis guardias, id y aseguradlo como creáis». Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y montando la guardia.

R/. Amén.

Post hæc, dicit celebrans hunc sermonem: Tras lo cual, el celebrante dice esta homilía:

 

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Sermo / Homilía
Caríssimi, hódie Dóminus noster in statéra crucis prétium nostræ salútis appéndit, et humána morte univérsum mundum redémit. Sicut ómnium cónditor, ita hóminum reparátor absólvit. Dénique inter redémptum et rediméntem dispensátio fuit, compensátio non fuit. Plus enim váluit quod dedit, quam váluit quod redémit. Dedit enim sánguinem innóxium, et redémit hóminem peccátis obnóxium. Qui ergo non habébat peccáta própria, digne tulit aliéna. Et quidem, si quis hóminum in amicítia Dei sánguinis effusióne præeléctus est, carnis suæ iactúram ac vitæ temporális expénsam in salútem suam tantum cóntulit, atque in própria lucra consúmpsit. Solus Christus víctima pro ómnibus cécidit, ut omnes releváret; et qui débitum solus non hábuit, recte prétium sui sánguinis pro debitóribus erogávit. Perpéndite ergo, fratres, qui talem pro nobis dedit pecúniam, qualem a nobis sit exactúrus usúram. Hódie ítaque, fidélis prophéticæ annuntiatiónis vox impléta est, dicéntis: «Corpus meum dedi percutiéntibus et genas meas velléntibus. Fáciem meam non avérti a fœditáte sputórum». Suscépit mala nostra, ut tribúeret bona sua. Agnósce ergo, homo, quantum váleas, et quantum débeas; et dum tantam redemptiónis tuæ próspicis dignitátem, ipse tibi indícito peccándi pudórem. Ecce pro ímpio píetas flagellátur, pro stulto sapiéntia illúditur, pro mendácio véritas abmóritur vita pro mórtuo. Nam, quid de piétate illíus lóquar, qui ut nemo desperáre debéret, latrónem iam moriéntem et se confiténtem in paradíso suscépit? Cuius latrónis si sócii esse vólumus, nos quoque simíliter cum gémitu proclamémus, atque ita dicámus: Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum. Amadísimos: Hoy, Dios nuestro Señor, puso en la balanza el precio de nuestra salvación, y con su muerte humana redimió al mundo entero. Y así el que fue Creador, vino a ser también reparador de los hombres. Y por ello, no hubo compensación del redimido al redentor sino indulgencia del redentor al redimido. Tuvo más valor lo que donó que lo que redimió. Derramó su sangre inocente y redimió al hombre cargado de pecados. Y el que no tenía pecados propios, llevó dignamente los ajenos. Y, ciertamente, si algún hombre fue reintegrado a la amistad de Dios por el derramamiento de su propia sangre, entregó su carne y su vida para su propia salvación, y la inmoló para su particular bien. Sólo Cristo fue inmolado como víctima por todos, para levantar a todos; y así, el único que no tenía deuda pagó en justicia el precio de su sangre por los deudores. Pensad ahora, hermanos: el que nos dio tal tesoro, qué interés nos ha de pedir. Porque hoy, en verdad, se cumplió fielmente el anuncio profético: «Entregué mis espaldas a los que me herían y no escondí mi rostro ante las injurias y salivazos». Recibió nuestros males, para darnos sus bienes. Reconoce, pues, hombre, cuánto vales y cuánto debes. Y al considerar la inmensa dignidad de tu redención, no caigas ya en la indignidad del pecado. Mira que la misma piedad es atormentada a causa del impío; la sabiduría es mofada por el necio, y la verdad es negada por el embustero; la justicia condenada por el malvado, la inocencia atormentada por el culpable y la vida muerta por el que está muerto. Pues, ¿qué voy a decir de la piedad de aquél, que, para que nadie desespere, recibe en su paraíso al ladrón que, al morir, le confiesa? Si queremos imitar al ladrón, clamemos gimiendo como él, y digamos: Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.
R/. Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum. R/. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

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Pars prima Psalmus Miserere / Primera parte del salmo miserere Sal 50,3-8.10-13

Miserére mei, Deus, secúndum magnam misericórdiam tuam, et secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum dele iniquitátes meam.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Usquequáque lava me ab iniustítia mea et a peccáto meo munda me.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Quóniam iniquitátem meam ego agnósco, et peccátum meum contra me est semper.

R/. Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum.

V/. Tibi soli peccávi et malum coram te feci, ut iustificéris in sermónibus tuis et vincas cum iudicáris.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Ecce enim in iniquitátibus concéptus sum, et in peccátis péperit me mater mea.

R/. Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum.

V/. Ecce enim veritátem dilexísti; incérta et occúlta sapiéntiæ tuæ manifestásti mihi.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Audítui meo dabis gáudium et lætítiam, et exsultábunt ossa humiliáta.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. áverte fáciem tuam a peccátis meis, et omnes iniquitátes meas dele.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Cor mundum crea in me, Deus, spíritum rectum ínnova in viscéribus meis.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

V/. Ne proícias me a fácie tua, spíritum sanctum tuum ne áuferas a me.

R/. Dum véneris in regnum tuum.

Ten compasión de mí, oh Dios, por tu misericordia, por tu inmensa ternura borra mi iniquidad.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Lávame más y más de mi delito y purifícame de mi pecado.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Reconozco mi iniquidad, tengo siempre delante mi pecado.

R/. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

V/. Contra ti, contra ti solo pequé y he hecho lo que tú no puedes ver. Por eso tu sentencia es justa y eres recto en el juicio.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Ya nací en la culpa, y en el pecado me concibió mi madre.

R/. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

V/. Tú quieres la verdad en el centro del alma y en el centro del corazón me enseñas la sabiduría.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Hazme sentir gozo y alegría, y que dancen los huesos que rompiste.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Aparta tu rostro de mis faltas, cancela mis pecados.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, implanta en mis entrañas un espíritu nuevo.

R/. Cuando llegues a tu reino.

V/. No me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu.

R/. Cuando llegues a tu reino.

 

Quo explicito, caput ab omnibus repetitur:  
Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

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Exinde iterum repetit celebrans sermonem ab hoc loco. Et dicit: Después, de nuevo el celebrante sigue la homilía desde aquí. Y dice:
Hanc ergo confessiónem sancti illíus latrónis, caríssimi fratres, quam decantándo protúlimus et respondéndo própriam fécimus mentiónem, devotióne promptíssima proferámus. Et sic dicámus, corde clamémus. Ipse autem Dóminus Deus noster áudiet profécto vocem nostri clamóris, si íntegram devotiónem probáverit mentis. Ipse apériat iánuam paradísi, qui confrégit portas inférni. Ipse perdúcat ad árborem vitæ, qui éruit de lacu misériæ. Ipse pópulum suum éruat a flagéllo, qui se tenéri permísit a Póntio præside Piláto. Ipse in regno suo perdúcat confiténtes, qui pati dignátus est pro ímpiis ínnocens. Nos autem, fratres, ea quæ díximus cum gémitu repetámus:

Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum.

Hermanos amadísimos, sintamos con profunda devoción esta confesión que acabamos de recitar y a la que habéis respondido. Digámosla de tal manera que seamos oídos, proclamémosla de tal modo que seamos salvados. Digámosla con fe, proclamémosla de corazón. Porque nuestro Señor oirá, de seguro, la voz de nuestra petición, si ve la sincera devoción de nuestra alma. Que nos abra las puertas del paraíso aquél que rompió las puertas del infierno. Que nos lleve al árbol de la vida, a quel que nos sacó del lago de la miseria. Que libre a su pueblo del castigo, aquél que consintió ser prendido por Poncio Pilato. Que lleve a su reino a los que le confiesan, aquél que se dignó padecer, siendo inocente, por los impíos. Volvamos ahora, hermanos, a repetir nuestra oración:

Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

R/. Meménto mei, Dómine, dum véneris in regnum tuum. R/. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino.

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1. Los textos latinos son los oficiales y están tomados del Liber Commicus I (pp.265-277). Los textos bíblicos en español están tomados de La Santa Biblia, edición San Pablo. Traducción de la homilía tomada del folleto: Sagrados oficios de Semana Santa según el antiguo Rito Hispano o Mozárabe. Parroquia de Santa Eulalia y San Marcos. Toledo, pp 131 y133.

2. 1Cor 1,23; 5,7; Gal 1,4; 2,19-21; 3,1;  Rom 5,6; 1Pe 3,18; Rom 6,3-4; Heb 2,14-15; Gál 3,13-14; Flp 2,7-8; Col 2,14-15; Heb 9,11-14.16-20; 1Pe 2,21-25. N. de La Ermita.

3. Mt 27,1-11; Jn 18,34-37.28-32; Jn 19,6b-13; Mt 27,11b-16; Lc 23,19; Mc 15,9-10; Mt 27,19-23; Jn 19,15b; Lc 23,20-21; Mt 27,24-32; Lc 23,27-31; Mt 27,33-34; Sal 69(68),22; Lc 23,34; Jn 19,19-24; Mt 27,36.38-43; Lc 23,39-43; Mt 27,45-49; Lc 23,46; Mt 27,51-54; Jn 19,31-37; Mt 27,57-66. N. de La Ermita.

(Se recuerda que hasta la fecha no existe misal oficial en español).

 

 

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