La Ermita. Rito hispano-mozárabe

TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE ANTIGUO

Pasionario

 

PASIONARIO HISPÁNICO (1)

VICENTE

1. Pasión del santo y bienaventurado diácono Vicente mártir de Cristo, que sufrió martirio en la ciudad de Valencia bajo el gobernador Daciano el veintidós de Enero. Gracias a Dios.

2. Es muy demostrativo de la gloria del mártir Vicente, que el Enemigo se opuso a que se escribieran los triunfos de su martirio; por lo que creemos con absoluta fe la relación de sus hechos, que con toda razón no quiso que se transiadaran por escrito él, que sentía vergüenza de oír su derrota. Precaución natural de los equivocados es, en efecto, quitar de en medio los testimonios de prueba.

3. Tal como atestiguan la sinceridad y la palabra verdadera de muchos, habiendo correspondido en la ciudad de Cesaraugusta al idólatra y pagano gobernador Daciano, de parte de sus señores y príncipes, la ansiada carroña de castigar a los cristianos y habiéndose insuflado su rabia a este perro hambriento, que a ladridos vociferaba a causa de su maldad impía, se abatió brutalmente con toda la violencia de su maldad rabiosa sobre los obispos, clérigos y todas las personas consagradas, que serían más aceptas a Dios por las pruebas del Diablo. Inmediatamente se lanzaron presurosos el glorioso obispo Valerio y el santo mártir Vicente a la prueba de su martirio, pensando que serían más felices en el martirio, si conseguían al punto la corona anticipada correspondiente a sus virtudes y méritos por su entrega.

4. Pero aquel maquinador perverso, para quebrantarlos con los malos tratos del camino y doblegar más fácilmente con ultrajes a los que veía que no podía vencer con castigos, mandó llevar a la ciudad de Valencia a los santos de Dios, con la grave condena de la cárcel, hambre y ruidosas cadenas, de modo que a duras penas soportaban el peso del hierro en sus manos y cuello, y aguantaban ya entonces en todos sus miembros los suplicios de la muerte, pesada carga que ellos llevaron para su gloria. Pero, cuando creía que habían desfallecido agotados por ininterrumpidos malos tratos, temiendo que, sorprendido por la muerte de ellos, sufriera merma en su crueldad, ordenó que los sacaran de la cárcel pensando que, alejados tanto tiempo de la luz de la vida pública, no tenía consistencia ya ni su cuerpo ni su alma; no quería, sin embargo, que murieran antes de las torturas; tenía el propósito de no compadecerse de ellos ni siquiera después de muertos.

5. Pero Daciano, espantado de horror ante la vista de ellos, pues estaban intactos de cuerpo y de fuerza dijo: «¿Por qué los habéis regalado con comida más exquisita y bebida más abundante?» Y su ciego furor se extrañaba de que fueran tan fuertes aquellos a los que Dios había nutrido. Llenándose de cólera su espíritu que intuía su propia maldad, al ver que en medio de sus suplicios se mantenían más vigorosos para vencerlo, la voz orgullosa de la Serpiente prorrumpe silbando: «¿Qué haces, Valerio, tú que con el pretexto de religión actúas contra los príncipes?», pensando el Enemigo que, si lograba confundir y abatir a la cabeza, es decir al obispo, más fácilmente quebrantaría a los demás miembros más humildes.

6. Pero el Dios único quiso que fuera vencido incluso por un hombre de menor dignidad, para que se diera cuenta de qué haría o cómo actuaría el que estaba a la cabeza del sacerdocio, si lo podía vencer su diácono, que tenía un ministerio de menor categoría. «¿Qué musitas?» dijo a su obispo San Vicente, cuyo pensamiento estaba ya en el martirio, y «¿qué hablas en voz baja contra el perro? Grita con gran fuerza, cristiano, para que su rabia, que ladra contra el ministerio santo de Dios, estremecida, se rompa herida por la autoridad de tu santa palabra. Esa es la serpiente venenosa, que sintió envidia de la gloria de nuestros primeros padres, transmitida a todos y que él había perdido». E inmediatamente, como insaciable homicida, para destruir lo que había hecho Dios inmortal, contento él también de morir, gustó él el primero la comida que a otros entregaba. Es éste a quien arrojamos de los cuerpos de los hombres invocando a Dios y en el nombre de Cristo; que combata, que luche conmigo, si puede. Pese a su seguridad verá que yo soy más poderoso en el tormento que él atormentándome, porque al castigarme tendrá que soportar castigos mucho más graves. Por ello tengo ya una inmensa alegría, ya que me vengaré en el momento de ser sometido a tormentos».

7. Se exasperó el Diablo contra la fe cristiana y, al verse desdeñado y menospreciado, dijo entre alaridos Daciano: «Retirad a ese obispo y someted a tormentos a Vicente, revoltoso más contumaz, que ha venido a injuriarme públicamente». Ordenaba que se aplicasen castigos más duros a su audacia y osaba vencer con castigos cuanto redundaría en su gloria, infiriéndose a sí mismo el Diablo los castigos con que le amenazaba cruelmente y viniendo a soportar las torturas que le aplicaba. «Sujetadlo al potro de tortura» -dijo «descoyuntadle sus miembros y desgarradlo en todo su cuerpo; que soporte el castigo antes del tormento final».

8. Entonces Daciano le pregunta: «¿Qué dices, Vicente? ¿En qué situación ves ese cuerpo tuyo miserable?» Él, sonriendo, le contestaba: «Esto es lo que siempre he deseado. No he tenido a nadie, ni más amable ni más amigo. Sólo tú eres el que más te ajustas a mis deseos. Fíjate que ya vivo en las alturas y te desprecio desde lo alto a ti y a tus emperadores en el mundo. No pongas término, Diablo, a la crueldad que respiras. Me proporcionarás la gloria, si eres vencido en medio de mis horribles torturas. No quiero que acabes; anímate, Diablo, y desata tu locura con toda la fuerza de tu maldad. No aminores mi gloria, no dañes mi alabanza; está dispuesto el siervo de Dios a soportarlo todo por el nombre del Salvador para que, cuanto más castigues mi piedad, más duramente seas castigado».

9. Daciano empezó a dar gritos y a moverse enloquecido en medio de sus sayones y verdugos, a flagelar a sus soldados con varas y garrotes y a ensañarse contra los suyos. Al encolerizarse, gime, y antes de dirigirse contra el piadoso siervo de Cristo, el Diablo había dado muerte a los suyos y, a los que tenía en su poder y estaban bajo su jurisdicción, a ésos los maltrataba más, mientras el cristiano estaba protegido del castigo y seguro en la eternidad de Dios. «¿Qué dices, Daciano?» preguntó San Vicente. Mira que ya me vengo de tus verdugos. Tú mismo me vengaste con el castigo».

10. El Diablo empezó a gritar a grandes voces, a expresarse con palabras rabiosas, a rechinar los dientes y a ensañarse más contra los suyos de modo que, cuanto más torturaba al siervo de Dios, más se torturaba a sí mismo. Los verdugos cansados pararon y las manos agotadas de los sayones quedaron rendidas, mientras se abatían sobre los costados del mártir. Los verdugos demudaron el color de su rostro y sus miembros se bañaron en ríos de sudor; sus pechos jadeantes se paralizaron por el cansancio; se diría que en medio de los tormentos del santo mártir eran más bien ellos los atormentados. El rostro pálido del propio Daciano empezó a temblar. Su corazón estaba palpitante, sus ojos desvaídos y embotados de luz, como turbados ya con su muerte. «¿Qué hacéis?» -dice a su soldados-. «No reconozco vuestras manos; con frecuencia habéis vencido a los homicidas, que tercamente resistían, habéis logrado romper los profundos silencios de los criminales y de los magos; incluso, los arcanos de los adúlteros os fueron descubiertos al forzarlos y todos los que temían morir, si declaraban, fueron forzados a confesar su asesinato. Oh soldados de mis emperadores, ¿no somos capaces de impedir lo que se dice para ofender a nuestros príncipes, para que al menos por respeto a nosotros se haga silencio? A otros los obligamos a hablar para confesar su crimen; a éste no podemos imponerle silencio en sus insultos contra nosotros».

11. Entonces al fin San Vicente sonriendo dice: «Esto es lo que está escrito en la Sagrada Escritura: «Los que tienen ojo no verán y los que tienen oídos no oirán». Confieso que el Señor Jesucristo es Hijo único de Dios, Padre altísimo y único y proclamo que con el Padre es un solo Dios. Y ¿tú afirmas que soy un renegado, porque proclamo lo que es verdad? Debes, sin duda, atormentarme, si miento, si llego a decir que tus príncipes son dioses; pero atorméntame más, si proclamo mi fe, y no ceses en mi castigo, para que al menos así puedas intuir la verdad mostrada a tu idólatra mente».

12. Enloquecido el Diablo de rabia, su voz de Dragón más resonante, su pecho jadeante, su cuello más hinchado y todo su aspecto humano desaparecido, clavó sus ojos ardientes, envenenados por una pestífera luz, en el cuerpo del santo mártir, viendo derramar la sangre que corría no sólo por sus costados, sino por todo su cuerpo, al descubierto sus entrañas más íntimas, las junturas y uniones descoyuntadas por el desgarro de los instrumentos de tortura. Nada había ya de que pudiera encolerizarse contra los suyos y se llenaba de estupor al verse vencido. «Apiádate de tí» -dijo Daciano a Vicente-; «no eches a perder la flor de tu vida, que ahora empieza a florecer; estando en tus primeros años no acortes una vida más larga. Ahorra tus suplicios, para que, aunque tarde, evites los tormentos que quedan».

13. Él, iluminado por su espíritu de santidad, dice: «Oh lengua viperina del Diablo, ¿qué no harás contra mí, cuando has querido tentar a mi Dios y Señor? No temo tus suplicios, cualesquiera que sean, los que en tu cólera hagas caer sobre mi. Más miedo me da que simules compadecerte. Vengan todos los castigos y, si algo puedes probar con tu magia, si algo con tu arte perversa, si algo con la fuerza de tu maldad, ejecútalo. Pon a prueba la fe y la fortaleza cristiana con tu amarguísimo veneno. No ceses en tus suplicios, para que confieses que has sido vencido en todo».

14. Daciano contestó: «Que Vicente pase a la tortura establecida por la ley. Sométasele a los duros tormentos de todos los ladrones, de los asesinos convictos y de los parricidas. Aunque su espíritu pueda resistir tanto, sus miembros entre los suplicios fallarán. Ése no podrá vencerme mientras viva». «¡Feliz de mí!» -replicó San Vicente-. Tus amenazas son para mí título de honor y cuanto más violento el terror, más colmada mi gloria. Cuanta más violencia crees desatar sobre mí, mayor piedad tienes para conmigo».

15. Arrastrado después hasta el patíbulo, una vez bajado del potro, pasando por mano de sus verdugos e increpando las dilaciones de los sayones en su crueldad, denostaba al Diablo por la vergonzosa tardanza. Es torturado, azotado, flagelado, abrasado y, con sus miembros descoyuntados, su cuerpo se engrandencía para el castigo y su espíritu, que confesaba a Cristo el Señor, resistía para la victoria. Le aplican láminas encendidas a su pecho y es rociado con el líquido fundido, que gotea de las barras candentes de hierro, mientras crepitan las llamas. Las heridas se añaden a las antiguas heridas, y las torturas se ensañan sobre las torturas; la sal extendida con el crepitar de las llamas salta en partículas sobre sus miembros y se disparan los dardos del suplicio no sólo sobre sus miembros sino sobre sus entrañas. Y como ya no quedaba parte alguna del cuerpo intacta, el castigo que había sido inferido al principio vuelve a recibirlo de nuevo.

16. Atónito Daciano e inquieto por la profesión de fe del santo mártir Vicente, perversa a su juicio y, sin duda, por su muerte, preguntaba a los soldados, que acudían a él, qué hacía y qué decía. Los soldados de su escolta comunican a Daciano que Vicente ha recorrido todas las torturas con aspecto alegre, ánimo más fuerte y con profesión de fe más obstinada que con la que había confesado al Señor Jesucristo. «¡Ay!» -dijo Daciano- «Estamos vencidos. Sin embargo, dispongo de un suplicio que me queda. Si no puede ser doblegado en su obstinación, sin embargo, que permanezca siempre en el castigo. Someted a tormento su ánimo, que no puede ser doblegado».

17. «Buscad» -dice- «un lugar tenebroso y angosto por la poca altura de su techo, alejado de toda luz pública, condenado a noche eterna. Que soporte allí una mazmorra adecuada a su maldad fuera de las cárceles. Echad allí por todas partes trozos de vasijas de barro puntiagudos, para que los trozos cortantes en todas sus partes se claven con sus filos sobresalientes en la parte del cuerpo que rozaren al acostarse y el cambio de postura del cuerpo sea renovación de sus dolores, de suerte que, al cambiar de posición, los miembros siempre tropiecen con aquello de lo que creen escapar. Distorsionad además su tronco, distendiéndolo hasta desgarrar casi sus miembros, para que el rebelde a nuestros príncipes exhale su vida por todos sus miembros. Después dejadlo encerrado en las tinieblas, para que ni siquiera con sus ojos mire hacia la luz. No quede allí hombre alguno, para que no se reanime con el intercambio de alguna conversación. Que todo esté cerrado y bien cerrado. Estad sólo atentos a, cuando muera, comunicármelo».

18. Y al instante, cuando el primer descanso había aflojado los miembros cansados de los guardianes vencidos por el sueño, la pena durísima de muerte, que Daciano le había impuesto, se transforma en gloria por intervención divina. La noche tenebrosa de aquella cárcel recibió una luz nueva; arden los cirios con luz más resplandeciente que de ordinario. San Vicente reconfortado ya sobre muelle lecho entona un salmo y lleno de júbilo canta un himno al Señor, entonando dulce melodía con el órgano de su voz. Toda la vecindad, que entristecida estaba pendiente de sus suplicios, queda embelesada por la dulzura de sus cadencias. Los guardianes se asustaron de pronto y creyeron que había huido el que guardaban.

19. Entonces San Vicente les dice: «No temáis por vosotros. Yo no rehúyo mi gloria. Entrad pronto, si podéis, y contemplad, tranquilos con vuestros ojos los consuelos, que al mártir otorga el servicio de los ángeles. Donde habíais dejado tinieblas, contemplad con gozo la luz; al que creíais gimiendo entre suspiros, alegraos de oírlo cantar jubiloso la alabanza del Dios verdadero y único con el Padre. Se han soltado las cadenas, han crecido mis fuerzas y mi cuerpo se restablece en un lecho más blando. Maravillaos y pregonad, a grandes voces y con palabra piadosa, que el que proclama a Dios siempre vence. Id y anunciad a Daciano la luz que gozo, que se las ingenie y añada, si puede, algo más a mi gloria el Diablo. Si tiene algún poder, que no escatime nada al título de mi gloria sino que ponga en acción todo lo que su furia desatada invente. Sólo temo su compasión, que me perdone».

20. Ante la noticia de todo lo ocurrido, Daciano sin fuerza, temblando y pálido, sintiendo su culpabilidad, experimentó en sí el castigo, mientras se ensañaba contra el siervo de Dios. Al fin la voz de la verdad, aunque con sencillez forzada, estalló: «Y ¿qué más podemos hacer? Ya estamos vencidos. Llevad su cuerpo a un lecho y colocadlo sobre una blanda cama; no quiero hacerlo más glorioso, si muere en medio de los tormentos». Es llevado al lecho por las manos de los que se alegraban y por los brazos de los que se gozaban de besar sus plantas y volver a besar todo su cuerpo lacerado y recoger la sangre que fluía para remedio de su salud. Y los que lo habían atacado con suplicios le ofrecen sus servicios para transportarlo; el santo siervo de Dios mereció recibir las atenciones de sus enemigos. Entonces exhaló el espíritu al instante de este mundo, una vez vencido el Diablo con su sanguinario plan y por esta razón sobre todo, a lo que creo, para que Daciano no creyera que él lo había salvado.

21. Al anunciársele su muerte, Daciano ya vencido y turbado dijo: «Si no pude vencerlo en vida, lo castigaré aunque sea muerto. No existe ya su espíritu para oponérseme, ni tampoco su vida para vencerme. No hay combate con uno sin vida; me ensañaré, privado de nuevos suplicios, contra los miembros exangües de su cuerpo. Me hartaré de castigarlo, ya que no pude conseguir la victoria. «Arrojadlo a un campo abierto sin ninguna barrera que lo proteja» -dijo-, «que allí las fieras, las aves y los perros coman su cuerpo muerto o al menos se vea privado de sepultura, lo único con lo que puedo ofender al muerto».

22. Pero he aquí que su cuerpo expuesto a la picota no lo custodia un grupo armado de hombres, que podía tal vez considerarse sobornado, ni tampoco la misericordia compasiva de los cristianos, que se alegraban todos de que les hubiese tocado un mártir. Para él no veló el servicio de vigilancia de nadie, para que no se pensara que había faltado al honor del mártir el cuidado de los ángeles y de Dios, si la guardia humana estaba en vela. Un cuervo que tenía su nido no lejos, ave lenta y perezosa, de negro plumaje, de aspecto descolorido, -creo que para mostrar su aspecto fúnebre con el plumaje por así decir de doliente-, después de haber alejado a las otras aves magníficas y rápidas de vuelo, enfrentándose con sus vuelos a un lobo, que apareció de repente, logró apartarlo del cadáver, cuando él volviendo su cabeza, no porque le asustara el ataque de aquel cuervo, sino porque se quedó atónito a la vista del cadáver, veía con asombro a alguna guardia angélica. Se repitió con tal ave una historia antigua: la que en otro tiempo llevó a Elías los grandes panes de los segadores, ahora proporcionaba al mártir San Vicente los servicios que se le ordenaban.

23. Asustado Daciano por esta nueva dijo: «Ya ni muerto puedo vencerlo y, cuanto más duramente lo persigo con mis diversos medios de crueldad, tanto más glorioso lo hago. Pero si la tierra no pudo acabar con él, sea sumergido en el mar, para que no tengamos que avergonzamos constantemente a la vista de los hombres. Su victoria la dejarán sepultada al menos los mares. Sea cosido en un cesto de mimbre como en el saco que se usa para los parricidas; mejor aún, rellenad un estrecho cesto de mimbre con su cuerpo desgarrado y con piedras muy pesadas y, cuando los marineros se hayan adentrado un largo espacio, que arrojen su cuerpo a las olas y que los peces coman, como pasto, lo que pueda quedar de su cuerpo desgarrado, incluso lamiéndolo. Y, si las fieras de la tierra no son capaces a causa de su indolencia, sea despedazado por las dentelladas más insaciables de los monstruos marinos. Y, si fuese arrojado a costas extranjeras, arrastrado de nuevo por las olas y lanzado muchas veces contra los escollos, ni muerto halle reposo entre las rocas».

24. ¿Qué haces, Diablo cruel? Haces que nuestro mártir sea glorioso también en medio de otro elemento. Es cosido dentro de un cesto, que vale para llevar la saludable sal o parte de la porción del Señor o la fe de un poco de mostaza o trigo para la subsistencia de la vida y alimento saludable. Allí, como digo, es cosido el cadáver y metido hasta la cabeza queda aprisionado su cuerpo. Se hubiera podido creer que Daciano tuvo miedo de que huyera. Entonces un hombre malvado, llamado Eumorfio, de mente impía, de linaje y espíritu idólatra, que desempeñaba la triste misión de recadero y servidor de Daciano, leal en sus crímenes, animó a los marineros, de manera que recorrieron largas y espaciosas distancias y, cuando los montes se borraron de la vista y todo el litoral desapareció, cuando ya cansados les pareció suficiente, temiendo que lo llevasen a otra provincia y que se lo robasen, lo lanzaron a las olas para que se hundiera en medio del mar.

25. Y volvían ya a Daciano, contentos, como si trajeran gozosas noticias, bromeando con la alegría propia de los marineros, alborotando con gritos, estridentes aplausos y silbidos insolentes y con gran prisa para llevar los primeros al gobernador la alegre noticia de que habían hecho desaparecer de la vista de los hombres a San Vicente. Pero he aquí que pese a que los remeros eran muy rápidos, siendo sin embargo más rápida la guía de la mano de Dios, el cuerpo del mártir había llegado antes a la costa. Y cuando se pensaba que estaba sumergido todavía en las profundidades de alta mar, había llegado ya al puerto para descansar buscando el honor merecido de la sepultura, antes casi de que se anunciara que estaba abandonado a la vista de todos. En efecto, a un hombre a quien, a lo que creo, había puesto a prueba en su fe, el santo espíritu de Vicente le advierte en un éxtasis que él había llegado al puerto, indicándole el lugar del litoral en que yacía. Al llegar este turbado y retrasado, una viuda avanzada en años y llena de santidad, avisada en sueños, recibió la indicación exacta de dónde el suave oleaje ya había cubierto de blanda arena el cadáver, que había sido arrastrado, y colaborando con su movimiento, mientras la masa del líquido elemento se deslizaba, le había otorgado eí honor de la sepultura.

26. Por tanto, nada extraño es que las atenciones de los hombres completaran lo que ya antes habían realizado los propios elementos. Fue sepultado en el litoral en los límites de la tierra y de las aguas, él que había sido puesto a prueba en testimonio de su fe tanto en tierra como en mar para su triunfo. Así pues, aquella anciana indica a muchos el lugar de la costa y como si siguiera con la vista señales inequívocas, se dirige con pasos rápidos a la lejanía sinuosa del litoral. San Vicente que había merecido ser hallado para honrarle con un monumento sepulcral, fue encontrado para hallar el reposo.

27. Su santo cuerpo venerable y bienaventurado para todos, despreocupado ya de los honores de un monumento sepulcral, fue transladado desde allí a una pequeña iglesia. Después en la iglesia Catedral es enterrado San Vicente bajo un altar; este lugar consagrado a Dios por la piedad y venerable por las reliquias, lo glorificó al ser él glorificado. Así el haberse producido el traslado de sus reliquias a muchos lugares sirvió para acrecentar más su culto. Se ganó la veneración de muchos de tal modo que cuantos más lugares consagra, más ampliamente es glorificado.

28. Que el nombre del Señor sea bendito por los siglos de los siglos. Amén.


(1) Riesco Checa, Pilar, Pasionario Hispánico. Ed. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1995, pp. 81-101

 

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