La Ermita. Rito hispano-mozárabe

TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE

Pasionario

 

PASIONARIO HISPÁNICO (*)

MANCIO

Pasión del santo mártir Mancio, a quien martirizaron los judíos el veintiuno de Junio.
R/. Gracias a Dios.

2. Entre los mártires, que coronados por un martirio glorioso consiguieron la vida eterna con su muerte, hay que celebrar con el honor que merece la venerable pasión de San Mancio 1.
Fue, en efecto, por nacimiento morador de la ciudad de Roma [...] sobre todo por estar endurecidos en las dobleces de la perfidia judaica los que eran considerados sus amos, que creían que la religión no está en el corazón sino en la carne. Estos, habiendo llegado en compañía del santo a Hispania, a la provincia de Lusitania, al territorio de Évora, en una finca suya, que ahora se llama Miliana, situada en medio de la vía que toman los viandantes, la terquedad impía de los judíos enfurecidos empezó a forzar al fiel siervo de Cristo, que diariamente recibía el cuerpo y la sangre de Dios en santa disposición, a que por las asechanzas del Diablo embaucador, que había insuflado veneno mortífero en sus duros corazones, diese su asentimiento a la superstición y la profesión de fe judaica.

3. San Mancio, soldado intrépido de Cristo, poniéndose con la señal de la cruz sus armas, el casco y la coraza, contestó a esto con palabra serena: «No puedo prestar oídos a falsos dioses  2; no debo ser testigo falso; no rehúso en modo alguno los tormentos; prefiero la muerte, para que por ella se me otorgue la vida eterna. Si queréis una profesión de fe, no puedo confesar otra cosa sino al Padre ingénito, al Hijo engendrado del Padre único y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, por lo que no son tres como partes, ni uno solo, ni tres, sino que son realmente tres, porque son uno y uno porque son tres» 3.

4. Al oír esto, el Diablo comenzó a atizar con cólera más violenta los corazones de sus servidores. El fiel siervo de Dios es arrastrado al suplicio y despojándole de todos los vestidos, después de distorsionar sus miembros y tensarlos con cuerdas, lo azotan con incesantes golpes de látigo. ¡Como si el vestido pudiera poner al desnudo el miembro revestido con la fe proclamada! ¡Como si pudiera sentir los tormentos aquél, cuyo espíritu decidido avanzaba hacia el triunfo del martirio! Por si fuera poco haber sufrido tan graves tormentos, atan todo su cuerpo con muchas cuerdas; para que no se soltara ya de aquellas ataduras, hacen pasar cadenas entre las duras cuerdas por su cuello, sus manos y sus pies; un grillete atenazó sus pies, de tal modo que antes desgastaría las ataduras que sus miembros; por el estado debilitado de su cuerpo había contraído enormes llagas, de modo que sus miembros servían de alimento a los gusanos, a los que él a la manera del Santo Job recogiéndolos en su mano daba cobijo en sus heridas 4. A esto se añade que desde la salida a la puesta del sol se agregaba la penosa tarea de trabajar el campo en un cultivo demasiado duro.

5. En medio de todo esto él, aventajando en su trabajo a sus compañeros, gracias a la luz del Espíritu Santo, pasaba el día cantando himnos, además de que, cuando las tinieblas de la noche concedían un alivio, dándose entonces un pequeño reposo, sacudiendo de sí su piedad el sueño estallaba en bendiciones al Salvador. Estando siempre alegre de semblante y sereno de corazón en medio de estas penalidades, aunque con el cuerpo debilitado, como era natural, su espíritu que perseveraba en esta profesión de fe, liberado de la cárcel de este mundo, alcanzó el martirio que le estaba asignado. Ellos se enteran con gran dolor de que el santo mártir había muerto haciendo esta proclamación de fe. Lamentándose y pensando al mismo tiempo vencer muerto al que no habían podido doblegar en vida, llevan a la rastra su cuerpo, y así atado en la calzada pública que estaba próxima lo cubren con unas paladas de tierra, de suerte que más que enterrarlo, aquello fue dejarlo al descubierto.

6. Por los merecimientos del santo aconteció lo que no podía estar oculto largo tiempo. Esta posesión pasó a manos de los cristianos no muchos años después. Mientras esta acción criminal permanecía oculta, caminaba por la calzada no muy lejos de Évora 5 un padre de familia noble, que había gastado su fortuna, aparte de desvelos y desgracias, para defender su patrimonio. Después de haber comido allí, mientras dormía se le apareció San Mancio; lo sacude en su sueño, lo invita a estar en vela y lo obliga a escucharle, de modo que por sus gestos a la vista de los ojos se percibían los rasgos de su cara, la contextura de su cuerpo, la estatura, la edad y el vestido del mártir. Le declara su nombre, le invita a que lo observe, le aconseja y le asegura que cumplirá sus promesas; le expone todo el desarrollo de su pasión, le explica su martirio, que mantenía oculto la odiosa hipocresía de aquella familia por la maldad de la antigua creencia judaica. Hace una descripción de todas las preocupaciones del pater familias, le refiere el pasado, le descubre sus inquietudes por el pleito, le anuncia el futuro, le promete en un plazo de siete días la victoria, que el litigante no podía esperar ni siquiera tras un largo período de años; le pide que a su vuelta entierre su cuerpo dignamente. Levantándose reconfortado no tanto de un sueño como de una visión, va en busca de todas las señales en esa posesión; pregunta por el nombre, la edad, el aspecto, la contextura, la forma del martirio, la sepultura. Las palabras de todos los moradores coinciden en la descripción.

7. ¡Oh maravilla! ¡oh fe reconocida! Lo que había sido escondido se pone al descubierto. ¡Como si la envidia de los hombres pudiera ocultar al mártir de Cristo! Da gracias a Dios, emprende el camino contento, alarga sus jornadas de marcha, seguro ya de la victoria y considerando que la única demora para su triunfo era el largo trecho del camino. La recompensa premia su fe; consigue la victoria, no retrasa su vuelta; reúne las señales indicativas, busca el sepulcro, encuentra el cuerpo del mártir atado con sus grilletes, tan entero que se podía creer recién sepultado. En un sarcófago de piedra noble son enterrados sus restos gloriosos, a los que daba bello aspecto un mármol fino a modo de cristal. Se construye una capilla de pequeñas proporciones rápidamente. Se propaga al punto la noticia; veloz la fama llena los oídos piadosos. Todos se reúnen allí; crecen los sentimientos de pesar de los arrepentidos y las ofrendas que se hacen a porfía. Entre los muchos favores concedidos abundantemente en muchos lugares voy a contar unos pocos para no cansar a mis lectores.

8. En cierta ocasión Julián, hombre muy noble, se querellaba ante el conde 6 a causa de un grave ultraje. Entre tanto, hizo construir una magnífica basílica y liberado no sólo de este apuro sino también de otros, que estaban en relación con su honra, fue restituido en toda su dignidad en ese palacio. Secundó el deseo del mártir, que logró llevar a efecto. Tan pronto como regresó, fue ansiosamente en busca de los restos.

9. La propiedad pasó a manos de una anciana llamada Julia, de piadosos sentimientos y vida recta. Al proyectar él la construcción de una basílica de grandes proporciones, invitada la anciana a colaborar en la obra, acepta con piadosa disposición. Se construye la basílica de los fieles, se levanta adosado el baptisterio de forma octogonal sobre columnas de magnífica factura. En la cripta se añade además una basílica para los catecúmenos. El cuerpo del santo mártir es enterrado debajo del Altar Santo. Allí nada se construye con tierra, sino que a lo largo y a lo ancho los espacios del inmenso templo se cubren con techos elevados. Los preciosos atrios están apoyados sobre columnas ornamentales. Todas las paredes se revisten de mármoles. El suelo se decora con mosaico de vivos colores; los techos se construyen con admirables artesonados, y para que nadie creyera la madera material impropio en la construcción de tan precioso altar, la bóveda incluso se recubre hasta lo alto de oro y plata. No es posible describir qué ofrendas de vasos sagrados, joyas de piedras preciosas, cuántos cálices y patenas para el servicio del altar se acumularon allí, porque tampoco pueden contarse los favores y dones recibidos.

10. Por si era poco, levantan muros alrededor de las basílicas, construyendo torres en los flancos, de modo que, todo el que las contemplara desde lejos, creía que se había levantado una espléndida ciudad 7. Se plantan jardines de árboles, que con sus bonitos paseos proporcionan sombra no sólo alrededor de los edificios de la finca, sino también casi en la misma calzada; recientemente corre el agua que mana de abundantes fuentes, de manera que por los méritos del santo y, más de lo que pueda decirse, últimamente ha sido ampliada esta finca tan maravillosa.

11. Estas pocas cosas elegidas de entre muchas no las ha querido callar mi palabra, haciéndoos partícipes de la alabanza merecida, para que nadie, que lea esta narración, piense que se ha pasado por alto más de lo que se ha expuesto 8.

12. Estas son las celebraciones en honor de los santos mártires, ésta la participación en el culto merecido por los santos, por la que el Diablo es vencido y es glorificado Jesucristo Nuestro Señor omnipotente. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


*. Riesco Checa, Pilar, Pasionario Hispánico. Ed. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1995, pp. 325-333.

1 La historia de S. Mancio ha sido objeto de un extenso estudio de J. Fernández Catón (San Mancio. Culto, leyenda y reliquias, León 1983). Para él la fecha del martirio podría situarse en la segunda mitad del s. VI o principios del s. VII. La pasión se redactaría en los últimos años del s. VII o principios del VIII, siempre antes de la invasión musulmana en la zona de Évora. Para J. Gil («Interpretaciones latinas», Habis 15 (1984), p. 185-187) hay, en cambio, abundantes razones para adelantar la fecha al siglo VI.
2. El hagiógrafo, influido por las actas de la persecución romana, pone en boca de S. Mancio esta condena de los dioses paganos.
3. Fórmula de profesión de fe antiarriana que recoge la doctrina trinitaria. (cf. III Concilio de Toledo a. 589).
4. Cf. Job 2,7.
5. Se trata del camino desde Lisboa a Mérida por Évora. Allí se encontraba la finca Miliana. (Cf. Flórez, E.S., XIV, p. 118; Fernández Catón, o.c., p. 182).
6. Institución judicial hispano visigoda: el comitatus o iudex debía de estar establecido en la capital de la provincia, Mérida, metrópolis administrativa y religiosa de la región evorense.
7. La descripción de las dos basílicas, el baptisterio y restantes edificios se corresponden con ciertos elementos de la actual iglesia de la villa de San Mancos cercana a Évora (Cf. Femández Catón, o.c., p. 175 ss.).
8. Sus reliquias fueron transladadas desde Évora a Villanueva de S. Mancio (cerca de Rioseco, provincia de Palencia). La cabeza fue llevada al Monasterio de Sahagún y Évora recibió un brazo del Santo mártir en 1592. (cf. Fernández Catón, o.c., p. 255 ss.).

 

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