TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE

Pasionario

 

PASIONARIO HISPÁNICO (1)

SAN CUCUFATE

1. Pasión del santo mártir Cucufate, que sufrió martirio en la ciudad de Barcelona, siendo emperador Maximiano y gobernador Galerio, el día veinticinco de Julio. R/. Gracias a Dios.

2. Grande, admirable, muy notable y grandísimo milagro se manifestó a todos en los santos siervos de Dios los mártires Félix y Cucufate, cuya fortaleza de ánimo fue tan grande que llegaron hasta la prueba del martirio. Eran oriundos de la ciudad de Escilio y se entregaron allí al estudio de las letras con igual afán. Sucedió que marcharon a la ciudad de Barcelona. Desde allí San Félix, protegido por la misericordia de Dios, se dirigió a la ciudad de Gerona y allí, después de realizar muchos milagros, consumó dignamente el martirio. También San Cucufate por la gracia de Dios llegó a ser mártir meritísimo de la ciudad de Barcelona y tanta gracia infundió Dios en él, que, antes de que sufriera el martirio, expulsaba con su oración a los demonios y por medio de él el Señor reveló al pueblo muchas maravillas.

3. Estaba entonces en aquella ciudad el malvado procónsul Galerio. Enviando a sus soldados, les dio orden de que lo trajeran a su presencia. Entonces le preguntó: «¿Quién crees que te socorre con su ayuda y protección, ya que no obedeces a los decretos de los gobernantes y no adoras a los grandes dioses?». San Cucufate en respuesta dice: «¿Por qué me obligas a adorar a quienes han sido fabricados dioses sin su voluntad, semejantes a ti?». Al punto el procónsul Galerio, encendido de ira, mandó que sufriera un terrible castigo y, entregándolo a los verdugos, dijo: «Atormentadlo y hacedle exhalar su espíritu». Y mientras doce soldados sometían a tortura a San Cucufate y lo golpeaban con fuerza, sus entrañas se desparramaron por el suelo y todos los soldados, que lo torturaban, al contemplarlas quedaron ciegos. Inmediatamente la misericordia de Dios le devolvió la salud como si no hubiera sufrido ningún daño. Y mientras sufría esto, el santo mártir de Dios dijo: «Señor Jesucristo, que lo ves todo y todo lo has creado según tu voluntad, muestra tu poder a los incrédulos, a fin de que los que persiguen tu nombre sean confundidos, de modo que, al ver tus milagros, o bien crean y se conviertan o bien perezcan y sean destruidos. Da muerte con tu divina espada al muy impío Galerio, que de tal manera se ensaña contra tu siervo». Y así sucedió y pereció el procónsul Galerio con todos sus ídolos.

4. Al ver esto San Cucufate, extendidas las manos al Cielo, elevando una plegaria dijo: «Te doy gracias, omnipotente Dios y Salvador del mundo, que no desprecias las súplicas de los que creen en Ti, sino que vives eternamente». Entonces todo el pueblo alabó al omnipotente Dios diciendo: «Él es Dios verdadero por los siglos de los siglos». San Cucufate dijo al pueblo: «Estáis viendo cuántas maravillas ha hecho el Señor. Así que abandonad esos ídolos hechos por mano de hombres, que carecen de voz, de oído y de movimiento y creed en el Dios vivo y eterno, que lo hizo todo de la nada».

5. Entonces el muy impío Maximiano dio orden a todos de que lo detuvieran y encadenado lo trajeran a su presencia. Entonces los muy eminentes varones Atranxio y Niloximo, apresando al santo de Dios Cucufate, lo condujeron cargado con pesadas cadenas ante su presencia. Maximiano le dijo: «¿De dónde eres tú? ¿De estos lugares o de otra región?». San Cucufate, ceñido del poder de Dios, le respondió con valentía diciendo: «¿Por qué me preguntas sobre mi origen y mi patria, que el Señor no ha querido manifestarte?». Le contestó Maximiano: «¿Qué Dios declaras tener?». San Cucufate respondió: «Creo en Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que hay en ellos». Maximiano dijo: «Si es verdadero ese Dios que dices, que venga y te saque de mis manos y de los tormentos que te están preparados». San Cucufate le respondió diciendo: «¿Qué es lo que me está preparado, malvado?». Maximiano contestó: «Infeliz, veo que en ti hay una gran obstinación y que con tus artes mágicas has pisoteado a nuestros dioses». San Cucufate, sonriendo, dice: «Desgraciado, la verdad es que pensaba que tenías algún adarme de sentido común, pero, a lo que he podido ver, tienes una locura sin límite, pues dejas al Dios vivo y adoras los santuarios de los ídolos, a los que te asemejas con tu príncipe, el Diablo».

6. Maximiano, encendido de furor, mandó que fuese asado en la parrilla y se le echara encima vinagre y mostaza. Hecho lo que había ordenado, Dios derramó su misericordia y nada le dañaron al santo varón estas penas; los verdugos, en cambio, fueron consumidos por este fuego. Habiéndose anunciado a Maximiano esto, lleno de rabia mandó que fuese traído a su presencia encadenado. Y le dijo: «Mucho poder tienen tus imposturas y tus sortilegios. ¡Por los grandes dioses, que te haré perecer con horribles tormentos!». San Cucufate le respondió con ánimo valiente: «¡Lengua viperina de Diablo, ¿por qué me amenazas? Tus amenazas no me importan nada».

7. Entonces Maximiano ordenó que se encendiese una gran hoguera fuera de la ciudad, para quemar al santo mártir de Dios. Y habiéndolo metido en el fuego, comenzó San Cucufate a elevar los ojos al cielo desde la pira diciendo: «Señor Jesucristo, que resucitaste de entre los muertos al tercer día, que estableciste todo según tu voluntad, líbrame de este fuego y confunde a este impío Maximiano». Acabada la oración, por la protección y misericordia del Señor se apagó el fuego y apareció sin daño, y entonaba salmos diciendo: «hemos atravesado el agua y el fuego y nos has aliviado». Al ver Maximiano tales maravillas, lleno de confusión, dijo a los guardianes: «encadenadlo y llevadlo a la cárcel, mientras ideamos nuevos géneros de tormentos».

8. Es encarcelado el santo mártir de Dios con pesadas cadenas de hierro. Y entrando en la mazmorra, el santo entonaba salmos diciendo: «Que mi oración se eleve, oh Señor, como el incienso a tu presencia, la elevación de mis manos sea como un sacrificio vespertino». Y aunque estaba cerrada la puerta de la cárcel, se manifestó en aquel mismo lugar un esplendor de gloria tan grande que, al verlo los guardianes de la cárcel, al punto creyeron en el Señor Jesucristo. San Cucufate comenzó a dar gracias a Dios diciendo: «Has saciado, oh Cristo, con la redención de tu sangre las almas de los que estaban hambrientos y sedientos». Después que el santo mártir hizo esta plegaria, Maximiano, enviando a sus soldados, ordenó que le trajeran al santo mártir de Dios. Una vez presentado, Maximiano le interrogó diciendo: «¿Persistes en la locura en la que andabas y no recobras el sentido común?». San Cucufate le respondió: «De ti es de quien se ha apoderado la locura, que ejecutas las órdenes de tu padre el Diablo y no reconoces quién es el verdadero Dios. Por lo que también a esa multitud, que reuniste contigo, la haces perecer contigo».

9. Entonces Maximiano, lleno de furor, dijo a los soldados: «Atormentadlo con cardas de hierro y con látigos de nervios de toro, de modo que estando desnudo sea desollada su carne». Cuando era azotado San Cucufate, elevando los ojos al cielo, dijo con profundo llanto: «Te doy gracias, omnipotente Dios, porque has derramado tu gracia sobre mí. Escucha las plegarias de tu siervo y confunde a este impío Maximiano, para que todos los que te reconocen como verdadero Dios, vean tus maravillas y se robustezcan en su fe». Y acabada la oración, una voz desde el Cielo le dijo: «Todo lo que pidas te será dado según tu fe». Al oír esto el santo mártir de Dios, comenzó a orar diciendo: «Confirma, oh Dios, lo que realizas en mí. Fortalece mi corazón y da valor a tu siervo para soportar todos los ataques del Enemigo, puesto que te he reconocido como verdadero Dios, y haz también que este tirano perezca rápidamente junto con sus ídolos y con su padre, el Diablo».

10. Maximiano ordenó preparar los altares para ofrecer un sacrificio con los sacerdotes y, estando sentado en una carroza en medio de la plaza, por voluntad de Dios y la gloria de su divinidad, cayó en tierra, reventó y murió. También cayeron al instante sus ídolos y se convirtieron en polvo. Entonces todo el mundo empezó a gritar y a decir: «Grande y verdadero es el Dios de Cucufate y de todos los cristianos y su libertador». San Cucufate dijo: «Omnipotente Dios, te doy gracias y te glorifico en mi interior y públicamente, porque destruyes a los incrédulos y fortaleces a los que te aman».

11. Entonces Rufino, que era gobernador de la ciudad, comenzó a persuadir al pueblo diciendo: «¿Por qué sois pérfidos y deshonráis a vuestra raza y abandonando a los grandes dioses adoráis a quien no conocéis?» Todos le respondieron diciéndole: «¿Por qué nos invitas a servir a dioses extraños? Es necesario que creamos en Aquél a quien San Cucufate adora y confiesa». Entonces Rufino, poseído de un furor diabólico, dice así a San Cucufate: «¿Eres tú quien haces que esta multitud blasfeme de los dioses en el nombre de un no sé quién, llamado Cristo?». Le respondió San Cucufate diciendo: «nosotros confesamos y adoramos al Dios vivo e inmortal. En cambio, vosotros adoráis a quienes no tienen oído ni voz, con los que vosotros seréis castigados en la eterna condenación».

12. Al oír esto Rufino, lleno de furor dijo a sus verdugos: «A este rebelde, si no lo matamos con la espada, no podremos vencerlo de ningún modo». Entonces el cruelísirno Rufino dictó sentencia diciendo: -Ordenamos que sea atravesado por la espada Cucufate, rebelde a nuestros gobernantes, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses*. Los verdugos, oída la sentencia, echándolo fuera de la ciudad, como les había sido ordenado, lo condujeron al lugar llamado Obtiano, que está situado a ocho millas de la ciudad. San Cucufate les pidió que le dejaran tiempo para orar. Y dándole permiso los verdugos, se hincó de rodillas en tierra y oró diciendo: «Dios omnipotente, que has hecho todas las cosas con tu poder y reinas Trino en la unidad, derrama tu misericordia sobre tu siervo y recoge mi alma en la paz». Acabada la oración, los verdugos le cortaron la cabeza. Entonces los cristianos recogieron su cuerpo y lo sepultaron con el honor merecido. En este lugar el poder de Dios se manifiesta por medio de su santo mártir hasta nuestros tiempos.

13. Reinando Nuestro Señor Jesucristo, cuyo Reino glorioso es uno en la Trinidad por los siglos de los siglos, que nunca tendrán fin. R/. Amén.

 


(1) Riesco Checa, Pilar, Pasionario Hispánico. Ed. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1995, pp 153-163.

 

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