TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE

Pasionario

 

PASIONARIO HISPÁNICO (1)

SANTOS JUSTO Y PASTOR

1. Pasión de los Santos mártires Justo y Pastor, que sufrieron martirio en la ciudad de Cómpluto bajo el gobierno de Daciano, el día seis de Agosto.
R/.
Gracias a Dios.

2. En aquellos días, cuando el crudelísimo Daciano, inspirado por la voz de la Serpiente y por el consejo del Diablo, recorría rabioso todo el mundo, hasta el punto de que atormentaba con diversos tipos de suplicios a todos los cristianos, de los que le llegaban rumores de que llevaban una vida santa por distintas regiones, e insistentemente dirigía el vasallaje de todos los pueblos hacia el rito de su sacrílega religión, de repente el azar de su viaje lo llevó a la ciudad de Cómpluto. Al conocer casi toda la población la terrible noticia, dos niños muy santos, Justo y Pastor, abandonando las tablillas de la escuela, en las que sus tiernos años se iniciaban en las letras, se dirigieron no a la escuela de un maestro o de un doctor de este siglo, sino, como discípulos veteranos de Cristo, corrieron con entusiasta presteza al espectáculo de su propio martirio.

3. Viendo y comprendiendo con preocupación y ánimo atento qué se proponía el furor del demente Daciano, se le anunció a Daciano que estos dos niños eran cristianos y que eran hijos de padres cristianos: «Han venido al martirio a ofrecerse voluntariamente para ser atormentados, si vuestra clemencia hace una redada de cristianos. Después de escuchar atentamente esto Daciano, lleno de indignación, ordenó que fuesen detenidos sin ser oídos y fuesen azotados, temiendo que si los conducían ante su presencia para ser interrogados, fortalecerían los ánimos de los presentes para la confesión del nombre de Cristo, y que, si no ,los doblegaba, se vería públicamente que su maldad era vencida por unos niños.

4. Habiendo sido detenidos, antes de sufrir martirio los santos mártires, con la asistencia de un ángel de Dios se confortaban mutuamente con alegría. Justo decía: «Hermano Pastor, no temas este sufrimiento pasajero; no tengas miedo a los golpes de los verdugos sobre tu débil cuerpo. No sientas temor ante la espada cuando caiga sobre ti, porque, si por voluntad de nuestro Señor Jesucristo nos está reservado por ello ir a la merecida gloria, recibiremos en la vida futura una fortaleza, que no debilite nuestra pequeñez, sino que nos conduzca a la plenitud de los mártires y a la vida gloriosa de los ángeles. Estando aquí por breve tiempo tenemos una vida corta entre los hombres. Allí, en cambio, recibiremos la plenitud de la vida eterna a lo largo de los días, si le complacemos».

5. Le respondió San Pastor: «Hermano Justo, está bien que tú me exhortes, para que junto conmigo, tu hermano Pastor, alcances la justicia que llevas en tu nombre. Por la confesión del nombre de nuestro Señor Jesucristo soportemos que nuestro cuerpo sea degollado y nuestra sangre derramada, para que en el Santuario celestial de Cristo podamos adorar su cuerpo divino y su preciosa sangre. No nos eche atrás el amor a nuestros padres y allegados y no tengamos piedad de nuestra edad, sino que presurosos vayamos rápidamente a las alturas del Cielo, donde merezcamos obtener el perdón de los pecados de nuestra infancia y el de nuestros padres».

6. Los crueles verdugos que habían sido enviados, viéndolos hablar tales cosas con el mismo ánimo, informan a Daciano preguntándole qué disponía respecto a aquellos, a quienes habían oído consolarse valientemente en el nombre del Señor. Al oír esto Daciano estupefacto dice: «No merecen ser traídos a mi presencia quienes no han querido gozar de las tiernas fuerzas de su infancia y han desdeñado adorar el venerable culto de nuestros dioses». Y ordena que inmediatamente se les dé muerte con una espada lejos de la ciudad. Fueron conducidos al Campo Laudable, al que ningún muro cercaba, y en él recibieron meritorio martirio por el nombre de Cristo. Abiertos los Cielos y con ángeles triunfantes entre coros de mártires, el Salvador recogió sus almas en el descanso eterno de la morada celestial.

7. Después de la rápida partida del diabólico Daciano, algunos cristianos saliendo sepultaron con honor sus cuerpos en el mismo lugar, en el que habían sufrido el martirio, y para cada cuerpo dentro de una misma basílica levantaron un altar santo en su honor. Nuestro Señor Jesucristo llenó este santo lugar de tanta majestad de su poder, que cualquiera que con fe pura y sincera devoción suplique su piadosa ayuda, sea cual sea la enfermedad de la que esté aquejado o la asechanza de enemigos con que sea atacado, inmediatamente es liberado por la poderosa intercesión de los santos.

8. Por lo que debemos, unidas nuestras voces, en su festividad entonar cánticos y salmos diciendo: «Alegraos, justos, en el Señor. Conviene la alabanza a los rectos», para que elevemos nuestros cantos de alabanza en este día al Altísimo con nuestras ofrendas por su martirio, pues derramaron su preciosa sangre por el Reino de los Cielos y por la salvación de todos nosotros.

9. Bendito sea el nombre del Señor por los siglos de los siglos.
R/. Amén.


(1) Riesco Checa, Pilar, Pasionario Hispánico. Ed. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1995, pp 185-189.

 

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