TEXTOS LITÚRGICOS

RITO HISPANO-MOZÁRABE

Pasionario

 

PASIONARIO HISPÁNICO (1)

SAN FÉLIX DE GERONA

1. Pasión del mártir San Félix, que sufrió martirio bajo el gobierno de Daciano en la ciudad de Gerona el día primero de Agosto. R/. Gracias a Dios.

2. En aquellos días, siendo cónsules Diocleciano y Maximiano, en el tiempo en el que una violenta y cruel persecución se abatía sobre los cristianos, extendidos por todo el orbe de la tierra, en las provincias orientales y occidentales, estaba en vigor el decreto de los impíos príncipes de que no hubiera ciudad ni pueblo donde no se adorara a los ídolos y se sacrificaran a los demonios criminales víctimas.

3. San Félix fue oriundo de la ciudad de Escilio. Viniendo a la ciudad de Cesárea, que está situada en la costa de Mauretania y es su metrópolis, donde florecían los estudios liberales, se consagró el santo varón al estudio y a la ciencia, a fin de ser en todo más perfecto. Se divulgó entre la población la noticia oída ante una embarcación de que en la costa de las Hispanias se abatía una terrible persecución contra los cristianos. Al conocer esta noticia San Félix, como abeja prudentísima, que se esfuerza sin desmayo en terminar su tarea, oyendo esto, arrojó lejos de sí todos los volúmenes de autores, que llevaba en sus manos, diciendo: «¿Qué valor tiene para mí la filosofía de este mundo? Hay que encaminarse a toda prisa a aquella vida, que deja lo contingente al tiempo, que no teme al autor de la muerte, sino que pone ante sus ojos al Creador de la vida».

4. Así pues, por inspiración divina se embarcó en la nave, que con distintas mercancías se disponía a ir a Hispania. Con la ayuda de Dios, tras una feliz travesía arribó a la ciudad de Barcelona. Simulando ser un mercader de objetos venales comenzó a buscar en su fuero interno cómo podía llegar al Reino de los Cielos y alcanzar las cimas de la vida eterna.

5. Entretanto comenzó el cruel Daciano a desatar la persecución contra los cristianos. San Félix, embarcando, se dirigió desde Barcelona a Ampurias y estando allí se entregó a los libros divinos y oraba ininterrumpidamente deseando merecer ser querido por el pueblo; era, en efecto, amante de la fe, casto, sobrio, dulce, manso, pacífico y veraz; hacía sin cesar limosnas a los pobres; enormemente acogedor, salía al encuentro de todos los hermanos que venían con toda la alegría de su amor, para igualarse en méritos a Abraham, que recibió a Dios en hospitalidad. A todos aconsejaba especialmente diciéndoles que era necesario hacer limosnas por todos los medios y distribuir toda la riqueza del mundo a los pobres. Les decía que toda ira debía ser abandonada antes de la puesta del sol y todo el mal debía ser vencido con el bien.

6. Y no sólo exhortaba a estas virtudes al pueblo, sino que también encendía a todos en la fe de los cristianos. Como un buen negociante, que retenía en el corazón los tesoros espirituales, les exhortaba diciendo: «¿Por qué amamos la vida tenebrosa y efímera de este mundo? Encaminémonos a aquella vida feliz, que promete el Señor a los que le aman de verdad. Porque los horribles castigos del impío Daciano, que ha conmovido toda la costa de Hispania juntamente con su padre el Diablo, se reducirán a la nada y sus amenazas se desvanecerán y se esfumarán».

7. Sembrando hermosas perlas entre el pueblo se retiró a la ciudad de Gerona haciendo allí cosas semejantes. Muchas mujeres al oírlo acogían de muy buen grado las palabras de San Félix, a quien no sólo consideraban un mercader, que dando cosas terrenas adquiría bienes celestiales, sino que lo llamaban apóstol o uno de los profetas, que mostraba a todos el camino de la salvación.

8. ¿Para qué decir más? Los que le escuchaban anuncian esto a un tal Rufino, que era un oficial de Daciano y que informó a Daciano con toda rapidez de todo lo que había oído. Daciano le permitió que después de atormentarlo y encadenarlo lo encarcelara, por haberse atrevido a predicar a todo el pueblo los mandamientos de Dios y haber propagado la doctrina del llamado Cristo. En este edicto advirtió también que había que convencerlo de que, si hacía sacrificios a los dioses, aparecería ante todos honrado con inmensos honores; pero, si se negaba a sacrificar a los dioses y no quería rendir culto a las imágenes de los emperadores, sometido a ayuno y cargado en el cuello y en la cerviz con enormes cadenas de hierro, sería sometido a mayores castigos, para que no se atreviera a actuar más así con desprecio a ellos e injuria de los emperadores.

9. Habiendo llegado Rufino de la ciudad de Cesaraugusta con la autoridad del impío Daciano, comenzó a preguntar con diligencia dónde se encontraba San Félix. Le dijeron: «En medio de la plaza, en casa de una mujer llamada Plácida, nacida de noble familia». Al oír esto, se enfureció cual león rugiente y mandó a sus oficiales y a sus soldados que lo apresaran y lo aterrorizaran mucho, creyendo que podría conseguir su dinero e ignorando que ya había sido repartido a los pobres.

10. Se hace comparecer a San Félix ante la presencia de Rufino, que le habla así: «Félix, oigo a todos que tienes tanta sabiduría, que de tu boca salen palabras dulces como la miel; y hasta mi señor Daciano, oyendo esto a todos, se felicita de que, siendo tú tan grande y tan importante, hayas llegado a esta provincia. Y me ha encargado que te busque una esposa que convenga a tu fortuna, a tus costumbres y a tu noble raza. Sólo es necesario que le obedezcas en todo, de modo que si atiendes a mi indulgente y útil consejo, ofreciendo incienso a los dioses, y admites sus ritos, enseguida te concederé muchas de mis riquezas».

11. San Félix, lleno del Espíritu Santo, le respondió así: «Lengua viperina del Diablo llena de veneno, que halagas para engañar, ríes para dañar, prometes bienes terrenos e intentas arrebatar los celestiales. ¡Aléjate de mí, tentación seductora! No tengo necesidad de tus ayudas. Guarda los bienes que me prometes para tus hijos, porque a mí nadie me podrá separar del amor de Cristo, ni los ángeles, ni los príncipes de este mundo». Rufino le respondió: «Maldito, ¿ya tienes decidido no acceder a mis promesas y no haces caso a mi provechoso consejo?. San Félix le contestó: «Son malditos los que se muestran semejantes a ti y a tu padre el Diablo; que ellos accedan a tus sugerencias, consigan tus regalos ellos, con quienes habrás de ser quemado en el fuego eterno».

12. Al oír esto Rufino, dándose cuenta de que le respondía con absoluta seguridad, ordenó que fuera azotado y encerrado en las mazmorras de la cárcel. San Félix, confiando en el Señor, lleno de una gran alegría decía: «Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque hasta mí ha llegado tu gracia, que desde hace tiempo ansiaba ardientemente conseguir». Y entonaba salmos con gran fe diciendo: «Has probado, Señor, mi corazón y me has visitado de noche. Me has probado con fuego y no se ha hallado en mí iniquidad. Reconociendo Rufino el tono de esta canción, mientras el santo salmodiaba, dijo a los que estaban alrededor: «Que sea hecho volver rápidamente y atado de pies y manos sea colocado en una celda sombría, para que privado del alimento de la comida y la bebida muera, ya que no sólo desprecia nuestros consejos, sino que incluso se alza para insultarnos».

13. Mandó que de nuevo fuese conducido hasta él. Hecho volver y puesto ante su presencia le dice Rufino: «Félix, escúchame como a un hermano tuyo y accede a sacrificar a los dioses, para que el gobernador Daciano te eleve a un alto cargo. Yo también vine de fuera, pero por obedecer a sus órdenes, me hizo rico y me elevó a una alta dignidad». San Félix le replicó con gran valentía: «Aunque me prometieras el cielo con coros de ángeles y la belleza del paraíso, jamás accedería a tus promesas ni doblegaría mi mente a tus regalos».

14. Al oír esto Rufino, ordenó que fuese atado con cadenas más pesadas y arrastrado por mulas sin domar por todas las plazas hasta reducir a pedazos el cuerpo desgarrado del santo. Pero, como con la ayuda de Dios, aunque con el cuerpo lacerado su fe permanecía inamovible, ordenó encarcelarlo. Allí, mientras San Félix oraba con el alma fija en el Señor, se le apareció un joven cubierto de blancas vestiduras y le dijo: «No temas, Félix, yo he sido enviado por el Señor Jesucristo para fortalecerte en todo». Y tocando todos sus miembros, al punto fueron sanadas todas las heridas de su cuerpo.

15. Al día siguiente, estando Rufino con todos, ordenó que San Félix fuese traído y le dijo: «Ea, sacrifica ahora a nuestros dioses inmortales, como vas a ver que también hoy nosotros les sacrificamos víctimas con gran gozo». Y en seguida ordenó rendir culto a los altares de los demonios con sacrificios criminales y acercándose el malvado Rufino comenzó a invocar, en presencia de todos, los nombres de los demonios con horribles fórmulas: «Os invoco a vosotros, Júpiter, Mercurio, Saturno, Baal, Acarón y Minerva, por quienes el mundo se enorgullece, los emperadores obtienen gloria y mi señor Daciano es elevado a los honores. Ayudadme a mí y a todos los que están conmigo». Los restantes pronunciaron invocaciones semejantes.

16. Y dijo a San Félix: «Acércate y haz como has visto que hemos hecho, para que puedas escapar de los tormentos, que te están preparados». Entonces San Félix respondió: «¡Ay de vosotros, de quienes se ha apoderado por completo la ceguera del Diablo por la maldad de vuestro corazón. Desgraciados, apartaos de vuestros ídolos hechos a mano, a los que impíamente adoráis y conoced al Dios vivo, que os ha formado del barro de la tierra, pues de todas las cosas, que han sido hechas por mano de hombres, habéis de dar cuenta al Dios vivo de todos los siglos». E inmediatamente, irritados por sus palabras, se lanzaron contra él y, como las abejas, que han sido espantadas, se irritan y vengan la ofensa con su muerte. Haciéndolo detener inmediatamente, lo entregó a los verdugos, para que le aplicaran los garfios y lo desollaran y mandó que lo colgaran cabeza abajo, hasta que expirara. Al ser colgado San Félix decía: «Álzate, Señor, y ten en cuenta mi rectitud en mi causa, Dios mío y Señor mío. A pesar de estar colgado desde la hora tercera hasta el atarceder, no sintió ningún dolor, sino que lo confortaba Dios, Testigo fiel en el Cielo.

17. Después de la puesta del sol mandó encarcelarlo y que fuera custodiado más estrechamente. Allí enseguida brilló tal resplandor de luz y se propagó un olor tan fragante y suave, que los guardianes de la cárcel creían que ellos habían sido perfumados con bálsamo. También llegaba a todos el eco de las voces de ángeles que cantaban salmos con dulce melodía. Los guardianes, saliendo inmediatamente después de abrir la cárcel, se presentaron corriendo ante Rufino y diciendo: «En verdad es un siervo muy fiel ese, a quien nos has mandado custodiar. Pues hemos visto muchas maravillas en esta noche, que no podemos revelar a ningún hombre. También hemos oído toda la noche voces de ángeles que cantaban salmos».

18. Entonces, montando Rufino en gran cólera, ordenó que fuese arrojado a lo profundo del mar con las manos atadas detrás de la espalda. Embarcado recitaba salmos diciendo: «Tu mano me llevará allí y me sostendrá tu diestra, Señor». Llevado a casi treinta estadios de la costa lo arrojaron al mar y se soltaron todas las cadenas con las que había sido amarrado, como si hubiese sido atado con papiro. Y después que todas las cadenas se rompieron, inmediatamente caminó sobre las aguas del mar y cantó un himno y el aleluya en medio de los ángeles, que sostenían sus manos. Entonces llegando hasta ellos desde alta mar y embarcándose les refirió todo lo que había sucedido y ellos abrazando sus pies decían: «Ruega por nosotros al Señor, mártir de Dios, para que nos sean perdonados nuestros pecados».

19. Al instante se anuncia a Rufino que San Félix caminaba en la playa exultante y alegre, y Rufino dice a sus guardias: «Malvados, ¿por qué no habéis obedecido a mis mandatos y no lo habéis sumergido más lejos y más profundamente en plena travesía, como se os ordenó?». Ellos le contestaron replicándole que lo habían arrojado a las profundidades lejanas del mar, pero que había vuelto a la tierra acompañado de los ángeles y la protección de Dios. Entonces Rufino, como un león rabioso, exclamó diciendo: «¡Ay, nos ha vencido! Pero todavía idearé más crueles tipos de tormentos». Y dice a los verdugos: «Que se le arranquen con garfios las carnes hasta los huesos, para que pueda así ser aplastada su terquedad».

20. Hecho esto, fue conducido San Félix a la presencia de Rufino, quien comenzó a mirarlo con rostro amenazante y con mirada torva y le dijo: «Félix, ¿ves cuánto se han apiadado de ti nuestros dioses? Acércate al menos ahora y hazles sacrificios, y te haré su gran sacerdote». San Félix le respondió diciendo: «Sírveles tú perpetuamente junto con tu padre el Diablo; yo sacrificaré y serviré a mi Dios omnipotente, que me formó del barro de la tierra y me sacó de lo profundo del mar por las manos de sus ángeles, tras romper las cadenas, con las que había sido atado».

21. Habiendo dicho esto San Félix, mandó Rufino a sus verdugos que lo despedazaran hasta los huesos y lo agotaran con el esfuerzo de un largo camino, para que, reabiertas las heridas, y abatido por más duras penalidades exhalara la vida. Cumplido esto, entregó su alma. Es llevado el cuerpo del santo mártir a Gerona a casa de una mujer, muy temerosa de Dios. Yo, humildísimo diácono de Cristo, que en su pasión trabajé mucho, tras deliberar junto con mis paisanos, tomamos el acuerdo de traer sus restos a la provincia, llevándolos en un barco.

22. Así pues, habiendo orado toda la noche y habiendo hecho efecto el esfuerzo, el sueño se apoderó de las mentes cansadas por el excesivo trabajo; y mientras dormíamos frente al cenáculo, desaparece el cuerpo del santo. Despertados y atemorizados corrimos en distintas direcciones y lo hallamos en un sepulcro, que el beatísimo mártir se había preparado para sí, enterrado con gran honor y dignidad. Y puesto que ya no lo podíamos llevar, nos quedamos con unas reliquias de su sangre junto con el relato de su pasión, para que en la vida presente gocemos de su auxilio y en la futura con su intercesión alcancemos el premio de la vida eterna.

23. Con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, que coronó a su mártir en la paz. Suyo es el honor, la gloria, la virtud y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

 


(1) Riesco Checa, Pilar, Pasionario Hispánico. Ed. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1995, pp 167-181.

 

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